Las ruinas se sentían impotentes una vez pudo cruzar la calle por sí mismo, altas estructuras, una encima de la otra, cada una más vieja que la anterior, ahora que le habían dado permiso para trabajar y buscarse un lugar donde dormir que no fuera la prisión, podía apreciar bien aquella arquitectura arcaica.
Calles curvilíneas y la peste de los excrementos de los Pastores de Piedra, toscos y gruesos caninos enormes, cuáles paseaban descuidados por las calles dirigidos por algún pastor de fuera que hacía sus quehaceres y compras, que hablando de compras, Ezequiel necesitaba una equipación diga si quería dar caza a algún monstruo y cobrar por su cabeza. Suerte que le devolvieron la espada, la bolsa de monedas y su ropa original.
Una tienda incrustada entre dos estructuras viejas de piedra como diminutos templos resaltaba entre las casas repetitivas y altas, expulsando humo desde una gran chimenea de ladrillos rojos.
La herrería más que un local cerrado era una gran exposición de armas. Espadas exquisitas que ni un buen cazador podría tener en años de ahorros, herramientas variadas como cepos modificados y jaulas lanzables, colgando de cadenas y cuerdas.
El olor al metal se le hacía ya familiar a Ezequiel, siempre pasaba por lugares parecidos para repostar sus suministros y modificar sus armas, el problema de las mismas herrerías no eran el calor de las fraguas y el estridente martilleo de los yunques, eran los mismos tendederos mezquinos de los que uno no podía quitarse de encima ni aunque quisiera.
El cazador se acercó rascándose el brazo donde tenía el tatuaje, escocía y molestaba constantemente, temía de arremangarse y enseñarlo, aceptar que se había subyugado a aquella orden espantosa.
Se acercó al mostrador de roca, miró la inmensa cantidad de arsenal desperdigado por el suelo, desde martillos más grandes que él, picas que parecían kilometricas, mandobles de oro por algún motivo. El tendedero era un viejo despreciable, con un cigarrillo chamuscado en la boca, boina negra, delantal de cuero gastado, enteramente lleno de hollín de cabeza a los pies. Su mirada gritaba avaricia.
—Supongo que estás buscando algo útil para empezar las batidas de cazador, es época de matanza, los ríos se desbocan y los monstruos aparecen de las profundidades para llevarse a alguna que otra provisión. —El anciano se retiró el cigarro y expulsó una humareda negra, aquello no parecía ser tabaco convencional. —¿Buscando una buena espada?
—Si es posible de equipamiento de protección media. —Ezequiel sonó aturdido.
—¿Se refiere a petos de acero y grebas? —preguntó el anciano, tenía un ojo más grande que el otro, causo desconcierto en el cazador.
—Sí, necesitaré de eso para matar cosas grandes, no se puede perder la oportunidad de una época de cacería tan interesante, más en tierras desconocidas.
—Ah… Así que extranjero… —El viejo se rascó la calva, retiró algo de mugre de su bigote y le miró de arriba a abajo. —Me da a mí que a los cazadores novatos no se les puede vender acero, mucho menos a inmigrantes.
—¿Cree que soy un novato? —Ezequiel se apoyó en el mostrador, su cara mostraba bastante inconformidad como mínimo. —Llevo veinte años en el negocio, así que cállese la boca y deme una pieza de acero.
—No es por insultar, pero los cazadores extranjeros primero han de conocer las leyes, y tú pareces muy atrasado en ese aspecto. El acero se lo queda la orden de Albanegra, solo caballeros o grandes miembros pueden portar acero de calidad o minerales contaminados de mágia.
Ezequiel se arremangó, mostró la negrura del tatuaje desde el antebrazo que subía al bíceps como una llama oscura, lo hizo sin pensar. Como mínimo era intimidante, por algo le habían tatuado aquerllo en el brazo, debía de significar algo.
—¿Suficiente? —Esperó que aquello funcionase.
—Sigues siendo un inmigrante, uno que apesta a toxinas. ¿Crees que no me he percatado de que eres un mutante? Para gente como tú solamente tengo lo justo y necesario. ¡Me da igual que seas un marcado!
—¿Pues que tienes en este catálogo tan especial? —Contestó irónico, con una mirada cansada.
El viejo arrastró de mala gana uno de los maniquíes que tenía de fondo, junto a las estanterías de planos y armas pequeñas. El que puso ante Ezequiel era un gabesón corto y ancho, color negro con tachuelas amarillentas imitando ser doradas, con la estampa de una calavera en amarillo en el pecho, a la derecha. Estaba gastado, un tajo en el lateral, apuñaladas en los hombros, polvoriento.
—¿No hay uno nuevo? —Preguntó incordiado el cazador.
—Todo el equipo de grado militar está reservado al ejército, di gracias que conservo uno de segunda mano.
—¿Y el equipo de cazador?
—Oh, amigo mío… No vas a tener de eso hasta que confirmes tu estancia en el gremio, yo de tí, me pondría a pagar ya.
Ezequiel dejó cuatro monedas en el mostrador, el viejo le miró insatisfecho, así que dejó otras cinco. El anciano le observó con indecisión.
—¡Estás de coña! —Exclamó Ezequiel.
—Veinte por el gambesón, pero te arriesgas a morir desangrado en una arboleda por el bocado de un simple pastor de rocas.
—Esta basura no me va a salvar siquiera del arañazo de una ardilla.
—Pues adiós, porque esta es la única herrería reservada a cazadores en la ciudad, a no ser que quieras especular en el mercado del gremio y obtener algo peor a mayor precio.
Ezequiel dejó un puñado de monedas extra con un golpe seco contra la piedra, no se quejó, pero si hizo un movimiento con las manos demostrando el golpe que se había llevado.
—¿Contento? ¿Te sacrifico una cabra y te hago los recados?
—Esto está bien, si… ¡Un placer hacer negocios! Que bien que esto esté a tu medida, eres alguien fortachón. En cuanto cobres tu primer encargo, ya me dirás.
—Este sitio no lo pisaré ni queriendo. —Ezequiel se acercó al maniquí y agarróla prenda gastada. Era ligero, aparentemente resistente a puñaladas a traición, pero no era lo mismo recibir el mandoblazo de un soldado entrenado a ser mordido en el cuerpo por un monstruo de río.
Salió de la tienda hecho una furia, no le quedan tantas monedas como quería, solo lo justo para hospedarse en algún sitio y comer. No pudo comprarse unos pantalones nuevos.
El cazador tenía que fichar al gremio lo antes posible, no sabía bien donde quedaba, pero preguntar a los habitantes sería un buen comienzo. A veces lo más sencillo era lo más útil cuando uno se encontraba medio perdido, o perdido del todo como en su caso.
Recorrió lo que le pareció las calles más densas, intentó fijarse si había algún cartel en algún recoveco, pero nada. No era especialmente alto, de hecho, en el norte la gente le superaba en altura y por bastante, siendo Ezequiel de tamaño estándar para las islas de donde venía.
Preguntó a una mujer de prendas coloridas, tanto como la mayoría de aquellos agrestes ciudadanos. Se le indicó con cierta extrañeza por su aspecto, que más allá de los torreones gemelos, a la izquierda de la plaza que llegaba al enorme bastión negro, después andar hacia la izquierda y dar con el sector de cazadores. “Albanegra” Ezequiel se le quedó mirando a la mujer recordando ese odioso nombre, tras darse cuenta de la incomodidad que le causaba se retiró con un simple “Gracias y buenos días”, los modales se guardaban para quienes los merecían.
El trayecto era en principio fácil de seguir, ir a dos torreones gemelos, miró hacía arriba y sencillamente las pudo ver un poco más al noroeste, dos enormes pilares de roca que sirvieron en una civilización más vieja sobre la que se ha cimentado la humanidad, como vigilancia principal cuando las ruinas fueron más escasas. ¿Por qué mantener aquellas antiguallas arquitectónicas? Estorbaban en mitad del camino, eran feas, deformes, algunas parecían fundirse entre suelo y paredes.
No mediaba palabra con nadie, miradas discretas y no tan discretas se dirigían hacia él constantemente, su olor corporal ya decía bastante, ex-preso y encima mutante. Se sentía como un escarabajo aceitero, o una serpiente con los colmillos fuera, sabían todos que su sangre quemaba a otros seres, “sangre vil” le denominaban los más callejeros. Casi tropezó, los adoquines estaban sueltos en cierto momento del recorrido, nadie cuidaba aquel lugar adecuadamente, solo fingían decorando las calles con flores aromatizantes.
Caminó entre los torreones, por un momento sintió que se le caerían encima. Estos estaban adjuntados a pedazos derruidos de murallas, no protegían nada, eran más que una entrada secundaria para volver al mismo bastión. Pasó rápido sin detenerse mucho a apreciar aquel rectángulo oscuro, punzante, retorcido. El parque repleto de hojas secas y árboles muertos, hierba muerta, nadie prestaba mucha atención a aquella zona por temor o respeto, como si su estilo violento fuese una defensa indirecta para la ciudadela. El único castillo en pie en aquel lugar, y era de ellos.
El barrio de los cazadores era muy popular en la ciudad, fácilmente el más moderno y cuidado. Las luces no eran antorchas sino de lámparas colgantes con cera en su interior, locales variados y abiertos a todo el mundo, desde carne exquisita de especies gourmet a restos de monstruos comestibles, piezas de caparazones pálidos y lisos, puestos para tramperos, arcos de caza y mosquetes caros, municiones de todo tipo para todas las situaciones.
La calle era estrecha, abarrotada de negocios importantes para un cazador, angosta y recta, sin pérdida. Más allá de las tiendas, escaparates vistosos, ciudadanos coloridos y el ruido, se alzaba una mansión titánica de madera, de techo tan retorcido como el del bastión negro, pero con tejas rojas. El ambiente general que presentaba era calidez, aquella estructura se asemejaba a una gran montaña picuda e irregular.
Ezequiel se quedó un momento pensativo, era bastante grande para tratarse de una simple sede u hostal, parecía demasiado caro, lujoso, aterradoramente glamuroso y estilizado. Los habitantes andaban de un lugar a otro sin parar, las agujas de un gran reloj no se detenían sobre Ezequiel. Este anduvo decidido hacia el antro subiendo el cuello de su camisa.