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Capítulo 4: Saludos extranjeros

Quien caza en las sombras · por HomerWorld · 07 de septiembre de 2026

Al entrar al gremio de cazadores lo primero que encontró fue un bar abierto con juegos de azar y todo tipo de lujos caros, parecía ser el mejor momento para trabajar en picos marrones, la ciudad de Saint Drux era más popular de lo que parecía, aún aparentando ser una tumba mohosa.

La iluminación era excelente, la abundancia de cazadores no tanto, cuantos más, peor, algunos ya empezaban a seguir con la mirada al recién llegado y susurrar alguna maldición a sus espaldas. No era el más odiado, pero tampoco el más querido. Ezequiel era un pequeño héroe local, nada más, y aquello bastaba para tener a la competencia de los nervios.

El cazador de pelo verde se desabrochó el tahalí de su cinto y dejó la espada sobre un barril junto a muchos otros pertrechos de caza, cada arma más extravagante que la anterior, funcional en situaciones muy concretas. Desde espadas ballesta hasta picos de guerra explosivos, todas armas caras.

Soltó la espada y se adentró a lo profundo del bar, el bullicio le tranquilizaba mientras andaba hasta la barra. El Barman era una señora mayor y robusta, de tierras lejanas y con un parche en el ojo izquierdo, revelando uno casi ciego en el derecho. La señora no dijo nada, supo enseguida lo que prefería aquel hombre, un simple vaso de zumo de arándanos, nada de licor para los iniciados.

Ezequiel dejó un reluciente Ocaso sobre la barra, aquella moneda plateada con símbolo siniestro le hizo recordar las penurias de la prisión, apartó la mirada y recibió la bebida, se bebió la mitad de un trago y la dejó sobre la barra otra vez, aquello le sentó de fábula, el dulzor le hizo olvidar por un momento lo terrible de su situación.

Deseo que aquella cosa tuviera alcohol para poder olvidar antes. Miró de un lugar a otro con nerviosismo, todo estaba en paz, nadie le miraba en aquel momento, el cartel de cazarrecompensas estaba lleno de encargos veloces, lo más sensato sería trabajar lo antes posible después de comer algo y pedir hospedaje si es que aquello era posible.

Pero mientras se acababa su bebida, insatisfecho, un hombre alto y robusto le dejó claro las cosas nada más verlo, primero fue un empujón y después una patada en el estómago, una bienvenida increíblemente agradable. Ezequiel se quejó en el suelo, se intentó levantar, fingió lo máximo posible debilidad. La mole de músculos al cual estaba a sus pies le gritó.

—¡Vaya geta tienes como para atreverte a pisar esta ciudad, desertor hijo de puta! ¡Te vas a tragar tus propios piños ensangrentados!

Era un hombre feo con ganas, ex militar a deducir por el hoyo de cicatrices que tenía por cara, cubriendo su falta de mandíbula con una tupida barba que bajaba por sus mejillas y de dientes amarillentos. Pobre desgraciado víctima de la guerra, estaba desquiciado, nada más.

Ezequiel se incorporó a duras penas, tomó un clavo suelto de las tablas, aquello iría al ojo, después le hundiría los pulgares, le arrancaría una oreja de un bocado y acabaría el trabajo. Pero matarlo no era opción, no quedaría nada más que aturdirlo con una buena paliza. Ezequiel se llevó falsamente las manos a las tripas, estaba preparado, solo necesitaba...

Tres copas de vino se deslizaron por la barra con un sonido fugaz, el grandullón miró detrás de sí por un momento, Ezequiel, recién levantado de su segunda paliza nada más entrar a la ciudad, no reconoció al hombre que estaba delante de él.

Un hombre afeitado de rostro cuidado, moreno, de media melena corta y un ojo guiñado, sobre aquel mismo tenía un característico tatuaje, el de Albamegra, un tribal oscuro y pequeño que le atravesaba desde la ceja hasta un poco más allá del párpado. Su sonrisa blanca pareció tranquilizar el ambiente, su voz calmada sonó con elegancia.

—Caballeros... ¿Pero qué maneras son estas de empezar el mediodía? Estas cosas se hacen fuera, no dentro. Aquel hombre llevaba despreocupadamente la parte superior de la camisa desabrochada, un fajón escarlata a la cintura y unos pantalones anchos, un cazador se suponía. —¿Os he de dejar en ridículo?

—¡Calla! ¡Tú no te metas piel negra! —Exclamó el salvaje acorazado de cuero y pelo grasiento.

—No soy negro, sería tostado, o moreno, pero me da a mí que me tomas por alguien de la otra punta del desierto. ¿Le vas llamando "negro" a tus camaradas de armas cuando los ves?

—No te metas. —Dijo Ezequiel, tenía el clavo listo, preparado para lanzarlo, solo necesitaba esperar un poco.

—Creo que necesitáis un trago, por eso os he pedido vino de calidad, de una reserva especial de por aquí. —El hombre se apoyó él la barra y le dio un sorbo a su copa, los cazadores restantes se miraron desconcertados. Ezequiel se sentó de vuelta algo adolorido más por el brazo recién tatuado que por el golpe, y dio un sorbo. Estaba delicioso.

—¿Me tomas por un idiota? ¿Un mariconazo traga vino? ¡Eso nada más lo beben los pijos de las dunas y los sureños en sus mansiones! ¡O peor aún!

—"Las damiselas en apuros" —se adelantó el hombre del desierto. —Pues fuera de este local, aquí únicamente te van a ofrecer calidad. —El desconocido sacó tres cartas de su manga derecha y las extendió sobre la mesa. Una calavera, un unicornio, una suerte de sirena malformada. —Las cartas dicen que has de tomar una decisión, en especial, una turbulenta. —Dio un sorbo a su copa. —¿Quieres intentar adivinar tu futuro, Mc. Erbus? Porque las cartas no mienten, parece que te va a ir mal.

El hombre norteño, alto como un roble, se sorprendió de que dijesen su nombre, su expresión fue más miedo que rabia.

—Pero... ¡Si mi nombre es secreto! ¡Solamente me conocen por mi título de cazador!

—Soy adivino, es mi trabajo terciario hacer estas cosas. ¿Te apetece jugar?

El hombre quiso gritar, dar un salto y romperle la cabeza a patadas... Pero no podía, no se atrevía. Ilusionistas, magos, videntes, todo ello eran cosas que evitar en el norte, lo sabía él y lo sabían todos. El señor simplemente agachó la cabeza, hizo un gesto veloz y se marchó.

—¿Qué leches acabas de hacer? —Preguntó Ezequiel, su copa ya estaba vacía.—Juraría que ese cerebro de mosquito me quería muerto.

—¿Ezequiel el caza lobos? —Preguntó él, evasivo. —Soy Nashar el vidente, cazador de monstruos, ex camarero, ex ayudante en un harem de los límites de Visstolé y empdernido ladrón a tiempo parcial. Con mi historial de oficios revelado y mi nombre ya en tu mente, he de decirte que sueltes ese clavo que tienes aferrado en la mano y te relajes. Aquí no correrás peligro alguno. Somos una familia, un gremio.

—Eso me dijeron en las islas del este... ¿Adivinas donde estoy? "Vidente". —Se acabó también lo que restaba del zumo de un trago. —Y gracias por la copa.

—Déjame intuir; ¿Buscando oficio? Estas de mala suerte, ya han tomado los contratos sencillos, aunque nada es fácil cuando matas bestias de los ríos desbocados. Picos marrones tiene esa mala fama de tener la peor fauna local.

—¿Te refieres a los cazadores norteños o los monstruos?

—Los dos. —Añadió con una sonrisa.

Ezequiel se percató de que nadie estaba cerca de la barra desde aquello, parecía que aquel Nishar tampoco era bienvenido normalmente. Una tabla de quesos se presentó ante ellos, de un aroma impresionante, tanto que llamó la atención al vidente.

—Invita la casa. —Dijo la camarera antes de servirá otros clientes.

—Fama es fama. —Ezequiel se llevó un pedazo de queso a la boca. —Así que estamos un poco en las mismas, a juzgar por ese tatuaje, tampoco te presentaste voluntariamente a Albanegra.—Hizo una mueca de extrañeza, en su vida había probado un queso tan peculiar, dulce, amargo, salado a la vez, engañaba sus sentidos. A decir verdad era algo adictivo.

—Así que somos dos, que curioso. ¿Te raptaron y te dieron ese discurso? Creo que se lo hacen a todos, asusta, pero nada más. —Dijo el vidente.

—Y se pasa frío en esas mazmorras cuando te despojan de la camisa, es un tema esto de los saludos violentos, tendré que acostumbrarme.

—Que detallista fue la caballera del espino contigo ¿Una cita romántica? ¿Tu primera vez?

—¿Es que te han raptado más de una vez aquí?

—Sí, unas... ¿Cutro o cinco? No les gusta mi modo de hacer las cosas. Pero ese no es el tema de esta conversación. A mí me interesas para hacer un encargo simple a primera vista pero complicado en el fondo. ¿Me sigues?

—No. —Admitió Ezequiel, se había comido la mitad de la tabla de quesos. —¿Me sobornas con comida para cazar monstruos?

Nishar se levantó del taburete sin decir nada, Ezequiel intuyó que tenía que seguirlo hasta el tablón de encargos no muy cerca de la sección de juegos y apuestas. Los carteles de misión e información estaban tachados en su mayoría experto uno, que parecía viejo y arrugado.

Mal asunto, muy mal asunto, cuando una hoja estaba en tan pésimo estado significaba que la cosa era complicada, que muchos murieron antes de siquiera poder intentarlo. Las llamas de las velas se sacudieron, algunos cazamonstruos, con sus armaduras pintorescas de acero y cuero pasaron con jarras de cervezas frías celebrando otra victoria exitosa contra la misma naturaleza.

El mercenario de pelo verde se lo pensó de verdad. Nashar se llevó las manos a los bolsillos, sacó una pequeña baraja y empezó a jugar con las cartas haciendo trucos con las mimosas.

—¿Y bien? —El hombre moreno guardó de vuelta la baraja. —Te he dado vino, queso, y con el dinero que ganaremos con esto tendrás para meses de hospedaje, comida y la compra del equipo básico que necesites. ¿Contento?

—Pues me gusta esa idea. Pero ya que pertenecemos a Albanegra...—Murmuró.—¿No, no esperan misiones especiales? Y sabes, batidas y encargos más profesionales.

—Llevo este condenado tatuaje desde hace cuatro meses y nadie me ha llamado para hacer nada, así que mejor arriesgar a quedarnos parados. Además, eres un cazador de renombre, en las islas del este, al menos las más pequeñas, eres un mito. ¿Como temerle a algo tan banal como una mazmorra?

—Yo ya he estado en una, paso de volver a entrar a otra.

Nashar sonrió con una chispa en sus ojos, era el momento perfecto para quitarse de en medio una misión así, de por fin vivir de verdad. Solo necesitaba algo lo suficientemente atractivo para poder tenerlo sin problema alguno.

—Cuentan que esa mazmorra tiene tesoros viejos, una historia única, monstruos de esos que no vives para contarlo. ¿Me estás rechazando una aventura tan interesante? Yo no soy un cazador profesional he de admitir, soy nuevo en esto del norte, este, sur y esas cosas, en las dunas no hay de estas movidas, pero tú, que eres tan especial con esto... —Hizo una pausa, vio que Ezequiel no cedía a la idea. —De seguro apuntabas cosas en tu diario en tu juventud, como los niños pequeños. Nada más matar a un monstruo, dibujabas sus restos y tambíen su cuerpo completo, apuntabas cada minucioso detalle, les dabas una nueva vida, otra utilidad en esos diarios...

—¿Como sabes eso?

—Porque mi padre fue cazador, tenía esa mirada desafiante como la tuya. Se que no nos llevamos mucho y que no te me pareces a mi viejo muerto en asboluto, eres Ezequiel, el cazador que desertó por su libertad, nadie confía en tí exepto unos pocos. ¿Me comprendes?

El Ezequiel le dio la razón en un único punto, hacía tiempo que no escribía en un pequeño diario las características de lo que mataba, sin contar con el perro extraño que anotó durante su paseo por la ciudad. Cultivaba la mente, te preparaba para lo peor y lo mejor, te daba dinero en tiempos difíciles en forma de guía para algún novato. Volvió a revisar el cartel, aquella vez con más detalle y miramientos.

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