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Capítulo 2: Trato hecho

Quien caza en las sombras · por HomerWorld · 31 de agosto de 2026

 

Las velas de sebo y antorchas iluminaban tenuemente la celda penumbrosa donde Ezequiel se encontraba, atado desde as muñecas, con el cuerpo extendido hacia delante, dejándose caer inútilmente sin poder tocar el suelo. 

 

La tortura empezaba con una posición lo suficientemente incómoda como para no dejarle descansar en ningún momento. Delante de él unos guardias se burlaban, una voz joven gritaba por piedad haciendo eco mientras se sentía el aporrear de una maza contra la carne viva de alguien, gritos, sonidos reconocibles, cadenas al menos no estaba solo.

 

Unos pasos firmes sonaron desde el pasillo, demasiado elegante para ser una mazmorra, todo repleto de decoraciones únicas y detalladas, pequeñas estatuas incrustadas en paredes sosteniendo cortésmente las antorchas. 

 

El tintineo de una espada contra un muslo alertó al cazador de monstruos, sus ojos apagados contemplaron la fuerte figura de la caballera Espinada tras abrir la puerta de acero, su melena corta parecía aún más cuidada que antes, sus labios rojizos hicieron una sonrisa poco afable, dientes como perlas, brillantes. La chica hizo abrir la celda, aún vestía con la misma armadura de antes, parecía que no se la quitaba ni para ir al baño.

 

—Tomaba a la orden de Albanegra como símbolo de cortesía y valor, no como unos carniceros excepcionales. —Ezequiel escupió a los sabatones negros de su captora.—Mátame con esa espada tan noble que cargas, rebaname el cuello y acabemos esto de una vez.

—No me gustan los juegos sencillos, mucho menos acabar algo tan interesante como lo eres tú. —La caballera Espinada se acercó al hombre y le tomó del rostro, lo acerco a sí misma. —Eres el cazador de lobos, nacido de la necesidad, la supuesta promesa del momento.

—No eres tan joven de cerca. —Ezequiel contaba antes unos veinticinco años, pero a deducir por sus faciones y piel, parecía más mayor y o cansada. —¿Te has vuelto a maquillar? ¿Por mí? Que románticas son las nobles de la corte oscura. ¿Te puedo preguntar por qué me has descamisado?

Aquello fue cierto, el cazador sentía el frío de la mazmorra en su torso, ocasionalmente, una gota desde arriba caía hasta su espalda y recorría su columna vertebral. La caballera miró odiosa al hombre, quien esbozaba una sonrisa burlesca, pero una mirada depredadora. Los hombres de las lejanas islas eran todos iguales, unos bobalicones, eso pensaba ella.

—Quiero que hables antes de que saque el látigo, tu castigo son ciento noventa latigazos hasta dejarle el músculo de tu pútrida espalda mutante expuesta. No llevo armadura por nada, cúmulo tóxico.

Que razón llevaba la mujer, tanta pelea, caza y juego con la muerte, no era gratis ni por asomo. Para matar monstruos tenían que nacer otros nuevos, así que jugar con la genética para formar mejores luchadores era la norma entre el gremio, inmoral, pero eficaz.

 

Los ojos verdosos de Ezequiel se cruzaron en la mirada avellana de la Caballera Espinada, desafiantes.—¿Quieres saber sobre mi historial delictivo antes de ejecutarme? ¿O solo te doy pena? —Ezequiel sonó especialmente agresivo.

—Me interesa poco o nada tu vida, de ti solo quiero una cosa simple, sencilla… Soy la honorable salvadora de estas tierras, la poderosa Rosalina, y en mi potestad de caballera de la orden Albanegra, yo…

Ezequiel sitió un vuelco en el estómago, sus ojos se abrieron como platos, las cadenas que se aferraban a sus antebrazos temblaron y se sacudió por un momento. Aquello no estaba pasando, no lo merecía, era injusto. 

—Te absuelvo para ser un peón en el tablero de la conquista del Nuevo Mundo, te bendigo con el honor de toda orden caballeresca Albanegra. —Dijo ella, calmada.

—Ni se te ocurra… —Murmuró entre dientes Ezequiel.

—Serás miembro de Albanegra como cazador de monstruos y misionero, necesitamos mutantes como tú, conejillos de indias con espadas.

La caballera tuvo que retroceder, por poco recibió el bocado del cazador en su cuello.

—¡Calla! ¡Joder! —Gritó impotente el hombre. —¡He roto mi juramento! ¡He matado a un humano! ¡Acaba con esto maldita sea!

—A tres. El niño de la taberna, a tus diecisiete años, al caza monstruos acusado por abuso a tus veinte seguido de su novia, quien se suicidó. Pero ese no es tu único crimen, también eres desertor del ejército.

—¡Me niego a esto! ¡Soy un puto cazador! ¡No un muñeco! ¡Jamás lucharé por el honor de una maldita bandera! —Ezequiel se retorcía, deseaba antes la muerte que aquello. Jamás debió de entrar a la ciudad, merecía algo, pero no aquello.

—Tus principios ahora importan nada o menos. —Rosalina miraba al cazador como a un perro rabioso, se acercó con un gesto sádico, pasó su mano por su cabeza. —Sé un buen chico y compórtate, el proceso para acceder al juramento es muy doloroso. Pero ya estás acostumbrado… ¿No es así?

—No he jurado nada. —Dijo cabizbajo, agachando el cuerpo y reteniendo la furia, no tenía escapatoria, no existía opción. Jamás moriría libre.

—El boto para pertenecer a Albanegra es de nacimiento, no te haces a nosotros, ya naces siendo nuestro. Así que… ¿Hacemos un trato simple? Sin opción a negociar. ¿Entras a la orden y cazas por mí? A cambio tendrás el dinero que desees, se te dejará comprar equipo de caza bestias adecuado a tu experiencia, si es que te permiten comprar nada.

—Ni en sueños. —Rugió.

—Ese “No” es un preciado “Si” para mí. Tranquilo, el tatuaje no dañará esos músculos tuyos. Te esperaba más decrépito, pero pareces muy resistente. —La caballera se alejó y abrió la puerta de la celda, cedió paso a tres tatuadores experimentados, con un equipo preparado. —Suerte, no te desmayes mucho.

 

Los tres portaban agujas largas bajo un manejable mango de madera resistente, con una suerte de inscripciones, una bandeja con pequeños cuencos rellenos de pigmentos negros, pinceles, alguna regla, escuadra y transportador. Sean quienes fuesen, se tomaban muy muy en serio su trabajo.

 

Le sostuvieron la cabeza, le extendieron el brazo izquierdo sin considerar el espanto que expresaba su cliente, lo único que dijeron era que dolería, que en esta ocasión se había encargado un tatuaje grande, que aquello no era común entre las filas de Albanegra. 

 

Ezequiel maldijo con un grito al notar una punzada terrible en su hombro, así constantemente, toque a toque, pinchazo a pinchazo, algunas gotas de sangre resbalando por su brazo y cayendo al suelo. Se sacudía, le hicieron morder un pedazo de cuero endurecido envuelto con un paño, con una suerte de cuerda flexible que se ataba al rededor de la cabeza de Ezequiel, se sentía como si le hubiesen puesto la muserola de un caballo. 

 

Mordió con fuerza el cuero para evitar gritar, jamás le habían torturado en su vida y pensó que aguantaría sin temor, esperaría que le arrancarían las piernas, le romperían las costillas, le sacarían diente a diente como a aquellos presos rebeldes de los límites de Picos Negros. 

 

Se sintió en realidad aliviado de que nada de aquello sucediera, era a lo único que se aferraba mientras una fina aguja punzaba lentamente su brazo, clavándose y saliendo segundo tras segundo. Aquellos tres hombres de apariencia exótica, alguno rapado y otro con melena, poseían una técnica única y veloz para marcar a los criminales. Su trato fue más profesional que el de cualquier carcelero, a veces le decían en burla que no era para tanto, solo era un mero tatuaje a final de cuentas.

 

Zarpazos en la espalda, mordidas en la pierna que casi le hicieron desangrarse, alguna estocada de algún mercenario, toxinas que matarían a cualquier persona común, nada de ello se comparaba al dolor de miles de agujas destrozando piel, tiñendo el cansado cuerpo del cazador desde el hombro bajando al antebrazo. 

 

Más sangre, se sorprendían aquellos hombres y con razón, aquella sangre pura y roja tenía un olor espantoso, sentían que se quemarían si la palpaban con los dedos. Volvió a gritar, se sacudió y el tintineo de las cadenas espanto un poco al hombre que le sujetaba la cabeza para evitar movimientos bruscos o se quitará la pieza de cuero y morderse la lengua. Alguno de aquellos salvajes dijo algo como “Tranquilo, que falta nada” Ezequiel quiso gritar otra maldición, pero solo la balbuceo patéticamente, sudando a mares. No solía ser de los que lloraban, pero no pudo evitar el derramamiento de algunas lágrimas.

 

Se alejaron de inmediato, le retiraron aquel rudimentario intento de mordaza, su cuerpo temblaba del dolor, jadeaba cansado, cabizbajo, sentía que se quedaba sin voz aún sin haber gritado a todo pulmón. 

 

Allí estaba, la patética imagen del cazador, exhausto, con una mirada de terror en unas pupilas pequeñas y salvajes, el pelo revuelto y verdoso, los dientes afilados, carnívoros. Aquellos tatuadores entendieron el dicho de los cazadores: “Una bestia para matar a otra”. 

 

Entonces salieron con su equipo, pinceles manchados, objetos de medir sucios, agujas gastadas y con algo de sangre en sus puntas. Pasaron en realidad treinta minutos de oficio, un récord para ellos, satisfechos y sonrientes se fueron a  cobrar por su talento, cerraron la puerta al salir. Los soldados miraron sorprendidos la obra de arte.

 

Entre gotas rojas que resbalaban, había una magnífica obra semejante a unas llamas retorcidas color negro, iniciando por el hombro y acabando en puntas afiladas en su antebrazo, un símbolo de coraje, de castigo, de poder. El tatuaje llameante de los peones pertenecientes a La Caballera del Espino, una desgracia más que un honor propiamente dicho.

 

Ezequiel movió su cabeza lentamente, observó su brazo sangrante. Llamas caóticas dibujadas sobre su enrojecida piel, agresivas, desbocadas, perfectamente dibujadas en negro opaco, imborrables de ahora en adelante a no ser que te arrancarás el mismísimo brazo o lo quemaras. 

 

Apartó la mirada, incrédulo, apretó los dientes y se rindió. Definitivamente, se sentía derrotado, destruido, sometido ante la caballera rigente de la ciudad. El hombre libre, el cazador de las islas del este, su pequeña leyenda local arrebatada, sus títulos callejeros revocados, la confianza de lo que pudo llamar familia al garete. 

 

Lo que más le dolió en aquella cárcel, fue que decidió vivir entre cadenas antes de morir libre. 

 

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