Saltar al contenido
Explorar novelas

Capítulo 1: Sangre Vil

Quien caza en las sombras · por HomerWorld · 25 de agosto de 2026

 

Un camino de tierra firme guiaba a Ezequiel por un denso camino repleto de punzantes pinos oscuros entre penumbras siniestras, cualquiera diría que un carromato jamás sería capaz de pasar por allí; sin embargo, las marcas de las ruedas indicaban justo lo opuesto. Con las botas manchadas de barro, la sensación de la humedad norteña en su cuerpo y mal vestido con una camisa sucia y bombachos marrones, prosiguió cautelosamente su recorrido. El cielo estaba nublado como de costumbre, portaba una espada serrada por si le atacaban osos o lobos, el pelo verdoso y sus ojos esmeralda eran una clara señal de que no merecía la pena robarle en absoluto, un mutante en aquellas condiciones no sería presa fácil. Sin embargo, y tras las revueltas en los pueblos de ríos principales varios mercenarios le habían intentado echar el guante.

Ezequiel quiso maldecir a sus adentros al escuchar un aullido en las cercanías, volvió a mirar al cielo solo por si acaso, y para cuando se dio cuenta el sol empezaba a ocultarse lentamente entre los árboles punzantes. Aquello era una mala señal hasta para un bicho raro de su calaña, las noches en Balzote eran peligrosas por su densidad de monstruos superdepredadores. Pero para darles caza estaba él ¿No era así? No había practicado durante años la esgrima del caza monstruos, construido trampas en decenas de bosques y haber sufrido cicatrices como la que adornaba su cuello hasta el mentón como señal de haber sido inexperto alguna vez. Cada tanto se palpaba la cicatriz y notaba un dolor urente, especialmente molesto en noches de luna llena. Como aquella noche donde hizo su primer error como caza monstruos, el ser muy acelerado.

Tranquilamente, prosiguió con su viaje, no tenía mucho que perder, al menos notaría el frescor nocturno mientras caminaba en silencio, acompañado por la presencia de los roedores, zorros, insectos y todo animal nocturno no dispuesto a hincarle el diente. Paso a paso, como hacía siempre, con una presión en el pecho, esperaba algo que sabía que sucedería tarde o temprano. Una vez subió la angosta pendiente recordó muy bien el motivo de su nerviosismo. Una ciudad amurallada, sobre un precioso campo de lirios florecientes que brillaban al anochecer, como una fantasía auténtica, todo ello sobre ruinas arcaicas. El primer destino al que estaba predestinado a llegar vivo, Picos Marrones, extremo norte de la isla central del nuevo mundo. La ciudad de las oportunidades para cazadores de bestias y aventureros desconsolados. Su mirada miedosa reflejaba más que una simple impresión, el pisar una ciudad así de densa supondría su final, sabía que le querían muerto fuera a donde fuera por ser quien era, un cazador violento que se tomaba la licencia de juzgar sin entender. Hasta que todo cambió, cuando recibió su merecido. Tristemente, bajó por el sendero, en aquel momento un poco más amplio que antes, ensanchado a medida para los grandes comercios, bastante impuntual a sabiendas del estrecho y empinado recorrido de subida. Le temblaron las rodillas, supo el motivo y no era el cansancio. “Desertor” decía un nosequé poco amigable en su cabeza, era consciente de lo que estaba haciendo aún creyendo que se sumía en la inconsciencia.

 

Anduvo entre los lirios brillantes, el cielo grisáceo mezclado entre la espesura negra del cielo, no se necesitaba de ninguna antorcha, las estrellas multicolores iluminaban el entorno como el mismo sol. Se le hacía molesto al intentar dormir a veces, pero era un sacrificio menor a comparación de poder ver el cielo estrellado cada vez que salía a cazar. Las plantas reaccionaron a su presencia, un vendaval sacudió los lirios y le hizo sentir un escalofrío a Ezequiel, quien miró dirección a las antiguas murallas abrazadas por la hiedra y moho verdosa, sus ojos verdes indagaron, no había guardas en las alturas. ¿Tenía la oportunidad de dar media vuelta? ¿Existía esa opción? En aquel momento correr contra dirección fue tentador, de hecho estuvo por hacerlo si no fuera por un detalle poco importante. Una guardia de soldados alabarderos salió por el portón semicerrado, el cazador de monstruos se fijó bien en aquella puerta de madera carcomida, resistente al tiempo y aprueba de saetas y balas de plomo.

 

Sonaban las armaduras sacudiéndose al trote de las tropas, viejos y jóvenes por igual en una misma formación, se notaba que era la guardia urbana. Normalmente, llevarían armaduras al crudo acero grisáceo, pero en aquel momento vestían todos con petos negros, sin perneras pesadas y carentes de hombreras, todos con un raro emblema en común sobre su tabardo carmesí, el símbolo tribal triangular y punzante como una zarza, rodeando lo que se asemejaba a un sol retorcido. Muy complicado de estampar para ser meros guardas urbanos. Ese mismo emblema estaba por todas partes en su isla natal, en los puertos, locales, bancos… Ellos eran Albanegra, y su capitana apareció con un majestuoso arnés completo, brillante a pesar de ser opaco negro, armada con una conmemorativa espada bien enfundada en su vaina adecuadamente decorada. Olía agradablemente bien a pesar de estar en una distancia prudente, ordenando a sus soldados que rodearán al forastero. Ezequiel suspiró como si se lo esperase, sabiendo que el momento llegaría tarde o temprano. Cerró los ojos, se llevó la diestra a la empuñadura de su ruda espada dentada colgando de su tahalí negro, una vaina añeja y gastada. Los soldados hicieron lo que cabría esperar, apuntaron con sus alabardas al rufián, amenazando con apuñalarle. Este sostuvo su espada un momento, la mantuvo al aire sosteniendo la mirada a sus adversarios y sorprendentemente, con un valor que costaría ver en algún otro hombre, soltó el arma y desabrochó las correas de su vaina demostrando que estaba en son de paz, alzando las manos tímidamente.

 

 —Tu rostro se reconoce desde las islas del noroeste hasta el extremo y árido rocoso oriente, Cazador de Lobos de ojos verdes. —La voz de la mujer era ruda y juvenil, sus labios rojizos, rostro redondo y media melena negra perfectamente peinada, más una actriz de teatro que una guerrera diría cualquiera, si no fuera porque presentaba picadas y diminutas cicatrices por todo su rostro, Ezequiel intuyó que fue una explosión de arcabuz y los restos la rajaron su delicada cara. —Me alegra ser yo quien te atrapase al momento, me empezaba a preocupar… ¿No vas a montar un berrinche? Has costado uno que otro soldado curtido. —Dio un paso en frente, largo, calculado, el cazador pudo apreciar aquella mirada mortecina, su palidez cadavérica, muerta en vida.

 —Ya me dirás qué clase de maquillaje usarás en la horca, hoy vienes de caballera honrada y mañana, en mi funeral, de cortesana con peluca ¿Me equivoco?—El cazador parecía buscar problemas por activa y por pasiva, su tono hubiese sido risible en una taberna de mala muerte.

 —¡Ezequiel! ¡Queda arrestado por sus imprudencias, por desertar en momentos de necesidad, omitir las pruebas de la milicia, no registrarse en las filas de Albanegra cuando se le reclamó y traicionar a tu imperio! —La chica hizo un gesto volátil y dos soldados le tomaron de los sobacos. Apretaron lo suyo, el cazador se quejó.

 —No puedo maldecirte, esa era que me llevas ya es maldición suficiente como para pasarla mal de por vida ¿Qué toca hoy? ¿Soga? ¿Decapitación? ¿Perros? ¡Mejor! ¡Operación pública en la plaza y sin sedantes!

 

Arrastraron a Ezequiel por la larga calle, edificios rocosos, una ciudad que parecía un montón de ruinas sobre construidas, cada edificio más alto que el anterior, aprovechando cada hueco de la enorme ruina que era la discreta ciudadela de Saint Drux. Era como visitar un arcaico templo, los ladrillos decadentes que amenazaban con derrumbarse, casas amplias repletas de familias alegres, hospedajes para aventureros. Cuando el hombre era arrastrado por el camino enlosado más apreciaba las grietas en el suelo, las pequeñas hierbas creciendo entre las brechas, gotas húmedas de una lluvia pasada. En cuanto pasó por delante de una floristería pensó en aquellos lirios blanquecinos. Muy meloso de su parte, bien lo sabía, pero mostraba interés por la jardinería y fitoterapia, algo que se le instruyó a sus diecisiete cuando practicaba para cazador de monstruos. Las flores eran bellas, pero venenosas, esa mezcla era lo que tanto le intrigaba a él, había vivido mucho como para no darse cuenta de aquellos detalles de la vida. Veinte años ejerciendo la caza, a sus ya treinta y siete años creía haberlo visto absolutamente todo. Tantos errores hacían envejecer de forma más rápida, experiencia y error. Su aspecto no reflejaba aquello, al cuidarse tan bien y prestarse a experimentar con las mutaciones, su cuerpo y rostro asemejaban más al de un veinteañero tardío, en plata, envejecía menos.

 

Los pocos habitantes nocturnos parecían hacerle ascos al cazador con la mirada, era reconocido por doquier y era momento de ser apresado. Nadie se atrevía a insultar, lanzar verduras o quejarse, solo miraban con una mezcla de desprecio y sorpresa, quien diría que sería tan fácil meter entre rejas a un mutante mata bestias, al mismo Cazador de Lobos, no una leyenda a reconocible, solo un nuevo mito que quedaría en el olvido como el resto de jóvenes promesas. Los soldados que le sujetaban no le quitaban la mirada de encima, habían apresado psicópatas más agresivos y turbulentos, aquello se les hacía una tarea sencilla, tanto así que descuidaban su postura. Ezequiel lo podía ver, puñales a libre acceso, falta de fuerza en algunos momentos, un cinturón mal abrochado donde tirar y robar, cuellos expuestos, viseras sin cerrar con ojos cuáles apretar hasta hundirlos en sus cuencas, oportunidades que no tomaría por su principio, su pacto como cazador de monstruos, puede que el único que lo siga al pie de la letra. Total ¿Qué importaba aquello si su destino final era morir? Todos acababan en la misma situación, bailaban con la parca, contaminaban su sangre a base de pociones, condecoraban sus cuerpos con cicatrices profundas, dolores al levantar, vómitos rojos al pelear tras ingerir peligrosas pociones tóxicas para cualquiera, aquella era la vida del cazador de monstruos, solo se combate el fuego con fuego. Paranoicamente, volvió a dirigir su mirada a las ruinas, un último vistazo antes de jamás poder volver a ver nada.

 

Acabó ante un bastión negro, una fortaleza militar y cuadriculada más que un glamuroso castillo en el centro de una ciudadela. Aquella monstruosidad de roca rompía la lógica de lo que se llamaba arquitectura en Balzote, era como presenciar una anomalía construida por la humanidad. 

Paso entre cuatro tejos secos, arrastrado por los peldaños de roca gastada, le hicieron cruzar el umbral a patadas como un monstruo, otros soldados tiraron de sus ropas y le dirigieron por el vestíbulo, encamindandolo  por pasillos cada vez más oscuros. Con la cabeza gacha no se dignó a mirar decoración alguna de aquel lujoso sendero hacia su muerte, el éxtasis rebelde que había tenido antaño se drenó en cuestión de minutos. En una época diferente hubiese dado pelea, pero el hecho de ya estar en el mismo antro donde moriría le causaba una desazón tal que le dejaba sin oportunidades.

De pasillos a un ascensor amplio, como si fuera de carga, llevarían a muchos prisioneros por aquellos lugares, las marcas de las botas en la alfombra lo indicaban, las paredes arañadas, pequeñas gotas de sangre de golpes para someter a los castigados. Era el momento de descender a las mazmorras, donde nadie ni nada salía vivo o entero. Cerraron la puerta del elevador, ya no eran cuatro soldados, sino seis, no le habían encadenado hasta ese mismo momento, aunque todos sabían que no haría falta, pues era una formalidad engrilletar a quienes serían sometidos a tortura, porque el primer paso de ser destrozado en las mazmorras de la tercera sede de Albanegra era la desesperanza. Ezequiel miró al frente, al pasadizo que recorrió, por última vez contempló los rayos lunares colarse por la ventana. 

La cicatriz en su cuello le escoció y se la tapó con un gesto fugaz. Con una mirada verde brillante, aún con la esperanza en sus pupilas. 

 

Comenta este capítulo, guarda la novela y sigue a HomerWorld en el lector de Culto de Papel. Es gratis.

Otras novelas: Cuentos de amor de locura y de muerte · El caso extraño del Doctor Jekyll · Sub terra