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Capítulo 8

Perfecta · por Trekumy · 21 de agosto de 2026

CAPÍTULO 8

Se dejó caer en uno de los asientos de la sala a la que los condujeron. Permaneció en silencio un buen rato, sopesando lo sucedido y sus implicaciones.

Había sido estimulante, no podía negarlo, pero también peligroso. Demasiado. Tanto que no compensaba en absoluto.

No se trataba de él, que había buscado activamente ponerse en esa situación. Se trataba de haber arrastrado a esos dos en su locura.

Emanuel era un gran tipo y una de las personas más sinceras y de buenos sentimientos que conocía. En esos momentos estaba paseándose como un león enjaulado, mirando hacia la puerta a cada minuto. Preocupado por alguien que apenas conocía.

Y Marianne era… simplemente ella. Hermosa, dulce a su manera, perspicaz y con un talento excepcional.

—¿Qué usó ese tipo para pegar esta cosa a mi cabello? —se quejó Marianne, intentando quitarse el disfraz.

Sonrió, saliendo de sus elucubraciones. La chica había nacido enfadada, y de alguna forma, eso lo ponía de buen humor.

—Tranquilo, amigo —le habló a Emanuel—. Ella sabe perfectamente lo que hace.

—Tal vez… —dijo él sentándose—. Pero ese lugar debía tener mucha vigilancia, escuchamos perros, los guardias usaban armas…

—Viste tan bien como yo la forma en que redujo a ese par de tipos en un instante.

—Sí, pero estaban de espaldas, esta vez es diferente.

—¿Y la patada que le dio a ese portón? Uno es realmente fuerte.

—No se trata sólo de fuerza. La cantidad de oponentes es determinante…

En ese momento entró Micaela con una gran sonrisa.

—Me alegra que hayan regresado ilesos, parece que estuvieron a la altura.

—Casi no salimos —respondió Marianne, ya con su apariencia original—. Todo iba bien hasta ese momento.

—He escuchado que el escape es la parte más difícil, pero todos están aquí, así que lo lograron.

—No todos —respondió Emanuel sombríamente—. La dejamos atrás. Sola… Ha pasado más de media hora y aún no regresa…

—¿La dejaron? —preguntó Micaela con curiosidad.

—Habla de Uno… Se quedó para cubrirnos —le explicó, preocupado. Emanuel había logrado contagiarlo.

—Ah… Entonces, ¿perdieron algo? No se preocupen, si no aparece en un par de días, se le dará de baja en el inventario —le restó importancia.

Emanuel apretó los puños con fuerza. Iba a intervenir antes de que su amigo explotara de frustración, pero Marianne se le adelantó.

—¿Envidia? —preguntó, sonriendo de lado—. ¿Qué otro motivo podría haber para que la perfecta Camila detestara tanto a alguien como Uno?

Micaela la miró sorprendida antes de reírse en su cara.

—Lo siento, Marianne, podría detestar a alguien como cualquier otra persona, pero no a algo —explicó con aparente buen humor—. Así que esta vez te equivocaste, al igual que con mi nombre… Como siempre…

—¿Algo? —tomó la palabra poniéndose de pie para enfrentarla—. ¿Vas a continuar con aquella tontería del arma?

—Deberías saberlo —se dirigió a él, viéndolo con seriedad—. Tu padre está muy orgulloso de su primer éxito, estoy segura de que te ha hablado de eso.

Antes de que pudiera responder, la puerta se abrió y Uno entró a la sala.

—¡Regresaste! —exclamó Emanuel corriendo hacia ella—. ¿Estás bien?

—Sí.

—¿Te hirieron?

—No.

—¡Muy bien! —exclamó Micaela, ignorando el interrogatorio de Emanuel, que Uno respondía únicamente con monosílabos—. Ahora que el equipo se completó le informaré al señor Klein, en cuanto venga a pedirles su informe podrán irse.

—¿Informe? —preguntó confundido.

—Sin embargo, es demasiado tarde, así que probablemente no llegue hasta la mañana —continuó hablando sin responder a su pregunta—. Usen el baño y las habitaciones disponibles para descansar, si necesitan comida o cualquier otra cosa lo piden —señaló el teléfono que había en un rincón—. Debo irme, hasta pronto —se despidió antes de marcharse.

—¿Regresaste caminando? —Emanuel continuaba interrogando a Uno.

—Sí.

—¿Qué fue eso? —le preguntó a Marianne—. ¿Intentaste defenderla?

—Sólo le devolví un favor —respondió ella, viéndolo con molestia—. ¡Ey! —le habló a Uno—. Quiero que sepas que ya estamos a mano.

Uno la miró con la misma ausencia de expresión de siempre.

—No debe saber de qué hablas —comentó divertido.

—Me da igual… Me voy a bañar y luego a dormir.

—¿Pido algo de comer? —preguntó en voz alta para todos.

—¡Una pizza por favor! —exclamó ella antes de meterse al baño.

—Pizza estaría bien —respondió Emanuel más tranquilo.

—Uno, ¿qué comes tú? —le preguntó, levantando el teléfono.

—Carne.

Cuando Marianne salió del baño la comida ya había llegado. El hambre pudo más que la caballerosidad, así que quedaban apenas un par de porciones de pizza.

—¡Son unos glotones! —les reclamó sentándose a comer con ellos, visiblemente más relajada.

—Perdón por no esperarte —se disculpó Emanuel antes de bostezar—. Disculpen, fue un día largo.

—¡Y que lo digas! —exclamó, terminando su porción.

—¿Y eso…? —preguntó Marianne, haciendo señas hacia un rincón de la habitación.

En ese lugar, Uno, sentada en el piso, comía un enorme trozo de carne cruda a mordidas, sin plato, ni cubiertos ni protocolo alguno.

—Supongo que… No lo sé. Cosas de ella… —respondió, encogiéndose de hombros. Era muy tarde para pensar en alguna explicación coherente.

—Parece un animal… —le susurró viéndola con recelo—. ¿Crees que debamos comprarle balanceado para perro? —preguntó riendo de su propio chiste.

—No seas mala, todos tenemos nuestras excentricidades.

—¿Ah, sí? ¿Y cuáles son las tuyas?

—Muchas —respondió levantándose para caminar hasta donde Emanuel se había quedado dormido—. Vamos, amigo, al menos duerme recostado.

Arrastró al chico medio dormido hasta el sofá y lo dejó allí tendido.

—Tú también deberías dormir —le recomendó Marianne que acababa de terminar su comida y se encaminaba hacia uno de los dormitorios.

Obedeció sin más, necesitaba descanso con desesperación.

—Uno —la llamó antes de meterse a la otra habitación disponible—. ¿Puedes tapar con una manta a Emanuel?

—Sí.

Sin más, entró al cuarto, se dejó caer en la cama y se quedó dormido al instante.

***

Fuertes golpes en su puerta lo despertaron. Levantó la cara del colchón y lo primero que vio fue su reflejo en el espejo. Detestaba ver esa cara de perdedor que lo recibía cada mañana al despertar.

—Odio los espejos… —murmuró de mal humor. Se levantó y se acomodó un poco la ropa y el cabello antes de abrir—. ¿Qué suce…?

—¡Dejen de hacerme perder el tiempo! —gritó Klein—. ¡Hace dos minutos que llegué!

Desconcertado, echó un vistazo. Ese hombre le gritaba a la puerta de Marianne mientras que Emanuel lo miraba, completamente erguido en su lugar, como si estuviera en el ejército.

—Va a tener que esperar mucho más. ¡Hombre grosero! ¡No se despierta de esa forma a una dama! —le gritó Marianne desde su habitación.

—¡¿Qué espera que haga?! ¿Cantarle una serenata? ¡Mujer insensata!

—¡¿Cómo me llamó?!

—¡No tengo tiempo para esto! Soy un hombre ocupado, volveré en quince minutos. Si valoran este trabajo, estarán en pie y listos para dar su informe.

Cuando Klein se marchó, la habitación quedó en un agradable silencio.

—¿Pedimos el desayuno? —preguntó, intentando bajar un poco la tensión de sus compañeros.

—Tal vez sea mejor esperar a que regrese. Si nos encuentra desayunando puede volver a enfadarse —recomendó Emanuel relajando su posición.

—Si tú lo dices… —aceptó sin oponer mucha resistencia, viendo de reojo el sofá en el que lo dejó la noche anterior—. ¿Pudiste dormir? Estaba demasiado cansado para arrastrarte hasta la habitación.

—Dormí bien, gracias.

La manta arrugada a un lado del sofá no pasó desapercibida para él. Buscó a Uno con la mirada. La encontró, como esperaba, de pie en una esquina sin molestar y sin moverse. De a poco se acostumbraba a su casi imperceptible presencia.

Cuando Klein regresó Marianne ya había salido de su habitación y lo miraba con molestia mal disimulada.

—Muy bien, niños estúpidos, denme su informe.

—¿Qué informe? —preguntó, luego de mirarse con los demás—. ¿Debíamos escribir algo?

—Deben decirme si se cumplió el objetivo y qué errores cometieron para poder castigarlos.

—¿Cuál era el objetivo? —preguntó con interés. Aquello le rondaba la cabeza desde que les informaron de la misión—. Sólo sé que nosotros debíamos cuidar de Marianne y creo que lo hicimos.

—Entonces ese era su objetivo, ¿algún error?

—Tiré una bandeja… —le contó sonriendo, aquello había sido bastante divertido.

—¡¿Tiró una bandeja?! Niño estúpido que no puede ni hacer el trabajo de un simple mesero. Usted no está a la altura de esta organización. ¡Puede ir olvidándose de la paga de esta semana!

—No me están pagando de todas formas… —comentó, pero Klein ya miraba a Emanuel con aire intimidante.

—¿Y usted?

—Escapé con los demás dejando a Uno encargarse de los guardias sola —confesó cabizbajo.

Emanuel era demasiado bueno para su propio bien.

—Eso no es un error —negó el hombre y miró a Marianne—. ¿Cumplió su objetivo?

—Por supuesto, ¿quién cree que soy? —respondió ella cruzándose de brazos.

—¿Algún error?

—N…no… —respondió Marianne.

Se veía muy nerviosa, Klein también lo detectó y miró a Uno de inmediato.

—¿Ella cometió algún error? —le preguntó, señalando a Marianne, que había palidecido en un segundo.

—No.

—Bien —respondió el hombre.

Marianne exhaló aliviada. ¿Esas dos estaban ocultando algo?

No hubo felicitación, ni siquiera un mínimo reconocimiento. El hombre se marchó en menos de un minuto advirtiéndoles que no se confiaran, porque cada misión era diferente a la anterior.

Después de eso, finalmente pudieron regresar a sus hogares.

***

—¿Me llamaste? —preguntó entrando al estudio.

—¡Ven, mira esto! —exclamó el hombre, conduciéndolo hasta una pecera enorme que estaba en el centro de la habitación—. Mi viaje a Indonesia no fue en vano —comentó orgulloso mirando un pez, que debía medir más de un metro, flotando dentro.

—¿Lo dices por ese pez horrible? —preguntó, viendo con una mezcla de asco y pena al pobre animal encerrado en una pecera en la que apenas podía moverse.

—¡Este es un celacanto! —dijo con emoción, como si aquello significara algo para él—. ¡Es un espécimen único por su longevidad y resistencia a condiciones extremas! Este pequeñín puede vivir más de un siglo —informó antes de sonreírle con malicia—. ¡Anda, mete la mano y acarícialo!

—Papá, no —se alejó un paso por instinto. La última vez que le siguió el juego y se acercó demasiado a uno de esos bichos raros, terminó hospitalizado una semana—. ¿Me llamaste sólo para ver al pez?

—¿Por qué otra cosa lo haría?

—Tal vez… para saber cómo me fue reemplazándote estas semanas… O qué tal mi primera misión…

—¡Ah… eso! No me interesa, Micaela me contó todo lo que necesito saber —comentó tranquilamente sin dejar de ver al pez—. ¿Ya vas a dejarlo?

—Claro que no… No dejaré solos a mis compañeros.

—Sí, claro… ¡Qué harían ellos sin ti! —exclamó con sarcasmo.

—Mejor me voy —murmuró, intentando disimular su molestia.

—Por cierto, parece que la rubia esa que reclutaste decidió hacer las cosas a su manera.

—¿Y qué con eso? —preguntó a la defensiva, olvidando por completo su orgullo herido.

—Nada en particular, sólo me resultó interesante.

—¡No te acerques a ella! —le advirtió. La única respuesta de su padre fue una media sonrisa—. Si pones tus ojos en ella, haré que te arrepientas por el resto de tu vida.

Lo escuchó reír. Su padre era un misterio, sobre todo para él. Nunca levantaba la voz, pero siempre encontraba la forma de que se cumplieran sus caprichos.

Odiaba admitirlo, pero ese hombre le daba escalofríos.

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