CAPÍTULO 7
El día llegó.
Un coche la recogió y la dejó en la base en pocos minutos. Su nuevo hogar era bastante más cercano que el anterior.
¿Se sentía preparada? De ninguna manera. Pero agradecía que finalmente comenzara. Esos tres días se le hicieron eternos. Demasiada información que retener y demasiado que perder si ella o los demás lo arruinaban.
No confiaba para nada en sus compañeros de equipo.
Al llegar bajó del coche y se dirigió al piso de caracterización. Poco a poco se adaptaba a que desconocidos la llevaran por la base. Le sorprendió encontrarse con una especie de centro comercial, con pisos de espejo y áreas bien identificadas: peluquería, maquillaje, vestimenta, etcétera. El paraíso para cualquier chica.
—Y ahora, ¿a dónde voy primero? —se preguntó, caminando por el pasillo y mirando a través de las puertas de vidrio de cada sección.
—¡Marianne! —alguien gritó su nombre. Miró en esa dirección. Desde una de las puertas esa persona le hacía señas—. ¡Ven, por aquí!
Se dirigió hacia allí, sintiéndose nerviosa. Cada vez estaba más cerca de comenzar la misión. De hecho, el material que la obligaron a memorizar decía claramente que para una Camaleón la misión comenzaba en el momento de la caracterización.
—¡Pasa, pasa! —la apuró la chica de la puerta. Se veía joven, tal vez demasiado.
—Hola… —la saludó algo intimidada por tanta prisa.
—¡Siéntate ahí, enseguida te maquillo!
Se sentó observando cada movimiento de la chiquilla que no podía tener más de catorce o quince años. Estaba apartando numerosas cajas de maquillaje, brochas y demás artilugios de belleza, muchos de los cuales no conocía.
Después de un par de minutos se le acercó con una pequeña navaja.
—¡Comenzaremos quitándote las cejas! —le explicó, antes de acercar el filo peligrosamente a su rostro.
—¡Espera! —exclamó, deteniendo su brazo—. ¿Te refieres a que perfilarás mis cejas?
—Nop. Voy a quitarlas.
—¡¿Cómo que quitarlas?! —chilló aterrorizada—. ¡No dejaré que me quites mis cejas!
—¡Buu…! —Hizo una especie de berrinche—. Debemos quitarlas, también las pestañas y el cabello, pero de eso se encargan en peluquería.
—¡¿Mi cabello?! —gritó, perdiendo por completo la compostura mientras se cubría la cabeza con las manos—. ¡Nadie va a quitarme mi hermoso cabello!
Esa peculiar maquillista la miró unos segundos con desilusión antes de correr hacia la puerta.
—¡Señorita Judy! ¡Necesito ayuda! —gritó con todas sus fuerzas.
Se levantó de la silla y abrazando su bolso buscó una salida. ¡Al diablo con la casa y la fortuna! Ese lugar era una locura y jamás dejaría que nadie tocara el cabello al que tanto tiempo había dedicado.
—¿Qué sucede, Luz? —Entró una mujer alta y esbelta—. ¿De nuevo cortaste una oreja? —preguntó con calma, observando la navaja que llevaba en la mano.
—Eso sólo pasó una vez… —murmuró la chica, apenada—. Y era mi primer día.
—Lo sé, lo sé… Dime, ¿qué sucedió?
—La nueva no quiere rasurarse —la acusó señalándola.
—¡No me voy a cortar el cabello! —aseguró con firmeza—. ¡Y aléjense de mis orejas!
—Escucha, niña —esa mujer la miró fijamente—. Ahora eres una Camaleón, debes realizar misiones de alto riesgo. No es el trabajo más agradable, pero sí el mejor remunerado y tú lo elegiste en pleno uso de tus libertades.
—¡Nadie me dijo que debía perder mi cabello! ¡O mis cejas y pestañas!
—¡¿Por qué nadie en este lugar lee el maldito contrato?! —exclamó para sí misma antes de continuar—. Las Camaleones somos la primera línea de exposición. Nuestros cuerpos deben ser neutros y moldeables, sin rasgos identificables. Ni cabello que pueda caer, ni huellas dactilares expuestas, ni lunares característicos. Cada rasgo visible en nosotras debe ser falso.
—Pero… —intentó argumentar sin saber realmente qué decir—. ¡Voy a verme horrible!
—Vas a verte como desees —la corrigió.
—No voy a quitarme mi cabello —le informó después de unos segundos de silencio—. Pueden despedirme si quieren.
—Despedirte no depende de mí, sino de Dampierre. Por esta vez dejaré que lo hagas a tu manera. Pero déjame decirte algo, niña: pierdas este trabajo o no, si no sigues las reglas, te irá muy mal.
La mujer caminó hasta la puerta, deteniéndose antes de salir para ver a la maquillista.
—Haz tu trabajo lo mejor que ella te lo permita, y date prisa. Ya perdieron demasiado tiempo.
Regresó reticente a la silla y se mantuvo en silencio dejando que la niña la maquillara. En todo ese tiempo no le quitó los ojos de encima a la navaja. La tal Judy era una persona despreciable; en pocos minutos había logrado ganarse su odio con creces.
Cuando estuvo más calmada miró su reflejo. Le sorprendió no reconocerse. Esa chica era buena en lo suyo.
Una vez que terminó, Luz la envió a la peluquería. Creyó que allí también tendría que luchar por conservar su cabellera. Pero al parecer Judy ya había hablado con el encargado del área, así que él se limitó a ocultar muy bien su cabello natural. Le colocó una peluca negra, y la peinó de forma que su nuevo rostro luciera encantador.
La siguiente parada fue la vestimenta. Eligieron por ella un vestido de seda verde largo hasta los pies y un bolso y tacones a juego. Las joyas eran hermosas, con perlas y diamantes reales, lo único real en su apariencia.
Ya totalmente caracterizada, le indicaron que pasara por la manicura, donde le hicieron los pies y las manos de forma magistral. Incluso le colocaron unos parches invisibles en los dedos para cubrir las huellas.
—No sabía que algo así existía —comentó sorprendida, observándolos—. No se nota nada…
—Así es —asintió la manicurista—. Fueron desarrollados por la organización, existen imitaciones en el mercado, pero no son buenas.
Cuando la caracterización terminó, se reunió con el grupo. Esperaba que ninguno de esos tres arruinara tanto trabajo.
Los dos chicos la observaban con intriga.
—¿Por qué me miran de esa forma? —preguntó, sentándose en uno de los sofás—. ¿Ya saben cuándo nos iremos?
—¿Eres Marianne? —preguntó Ryan con cautela.
—Claro que lo soy —respondió, como si fuera obvio.
—¡¿De verdad?! —exclamó Emanuel sin molestarse en disimular su asombro—. Pareces alguien completamente diferente.
—Lo sé, y así debe ser. Nadie debería reconocerme —explicó antes de verlos con firmeza—. Espero que hagan bien su trabajo, o estaré en peligro.
—Lo haremos —asintió Ryan—. Confía en nosotros.
—Entrenamos mucho para estar listos hoy —aseguró Emanuel sonriéndole.
—¿Y tú? —le preguntó a la que faltaba.
Esa tal Uno estaba observándolos en silencio desde una esquina de la habitación. Usaba una prenda negra sin gracia y no parecía tener intenciones de responder.
—¿Vas a protegerme? —insistió, exasperada por su mutismo.
—Sí.
Pocos minutos después entró Klein con su malhumor característico, y luego de advertirles que no toleraría fallas, les avisó que los coches que los llevarían al lugar estaban esperándolos y los envió sin más.
Se sentía extremadamente nerviosa, tanto que no pudo disfrutar del primer viaje en limusina de su vida. Todo debía salir bien. Se había acostumbrado demasiado rápido a su nueva casa y a la holgada disponibilidad económica. Pese a lo que le dijo a Judy, ni loca volvería a aquel departamento de mala muerte.
Al bajar del lujoso auto ya no era ella, sino Lisa, una arrebatadora morena en busca de caballeros acaudalados con los cuales divertirse. Ese era el perfil del personaje que representaría esa noche, una de las tantas cosas que debió memorizar.
Se paseó por el lugar como una invitada más a la fiesta, repitiendo algunos patrones de su anterior trabajo. Se cruzó un par de veces con Emanuel, que no podía evitar verla de reojo mientras servía las bebidas. A Ryan lo vio de lejos, parecía tener problemas con la bandeja.
Suplicó internamente que ese tonto no llamara la atención. Un instante después escuchó el estruendo de metal y cristal cayendo al piso.
Se alejó del escándalo. Había ubicado a su objetivo poco después de llegar. No quería ser tan evidente acercándose de inmediato, pero ya era el momento.
Fingió chocar con él. Ambos se disculparon pese a que fue su culpa. El hombre parecía amable, y al contrario de sus anteriores trabajos, no estaba rodeado de chicas. Sería fácil…
—¡Oh, Dios! Le hice derramar su trago —exclamó señalando unas gotas en el traje del hombre—. De verdad lo siento tanto —fingió angustia.
—Le he dicho que no se preocupe, señorita. Creo que su vestido también se salpicó —señaló de buen humor.
Se miró. Era verdad. Esperaba que no le descontaran el vestido de su sueldo.
—Debo verme muy tonta —rió adorablemente.
—En absoluto —negó él sonriéndole.
Había picado. Cuando un hombre le sonreía de esa forma, era suyo.
—Me llamo Lisa, es un gusto conocerlo.
—El gusto es mío, soy David.
David Copeland, ministro de algo que ya no recordaba. Alguien bastante importante, según las instrucciones.
La charla continuó en uno de los sofás, hablaron de trivialidades mientras la cercanía física aumentaba gradualmente. Los chicos se acercaron un par de veces sirviéndoles tragos o aperitivos. Esos dos la incomodaban, pero aun así no cometió ningún error.
Una hora más tarde, el hombre la invitó a una de las habitaciones privadas de la residencia, no sin antes informarle a un par de personas dónde estaría.
Esas personas eran sus guardaespaldas. En todo ese tiempo no los había notado. Ellos sí eran profesionales. No como el par de idiotas que tenía como compañeros.
Lo siguió riendo y acariciándolo torpemente, como si el alcohol hubiera hecho efecto en ella. Debía admitir que era un hombre bastante agradable. Y aunque le desagradaba mucho lo que venía a continuación, le daba un poco de pena emboscarlo de esa forma.
“Nunca empatices con el objetivo”, recordó aquello que había leído tantas veces.
Ya en la habitación hizo su trabajo. Él se veía nervioso; le pareció casi tierno. Al terminar, luego de fingir descansar un poco a su lado, se levantó.
—Iré a vestirme —le avisó recogiendo sus pertenencias del piso.
Todas ellas. Las instrucciones eran claras: ningún indicio podía quedar, ya que no regresaría a esa habitación.
—¿También llevarás tu bolso? —preguntó él, viéndola desde la cama.
—Claro que sí, debo retocar mi maquillaje —explicó, encerrándose en el baño.
Exhaló al encontrarse sola y se dispuso a vestirse. Mientras lo hacía observó la pequeña ventana que daba al exterior. Debía salir por ahí. Estaría un poco apretada, pero tenía que caber.
Entonces vio en el reflejo del espejo a alguien totalmente vestido de negro tras ella. Casi gritó, pero una mano cubrió su boca antes de que saliera algún sonido.
Forcejeó unos segundos, hasta que el desconocido se quitó la capucha del rostro.
—¿Mmm…? —intentó decir con su boca aún tapada. Cuando dejó de forcejear, la persona la soltó—. ¿Uno? —preguntó en voz baja—. ¿Estuviste aquí todo el tiempo? —susurró.
—Sí.
Había olvidado que una vez que ella se metiera al baño, Uno debía ayudarla a salir.
—Está bien —terminó de arreglarse, necesitaba salir lo antes posible—. ¡Mi collar! —exclamó, buscando la joya por todos lados—. Creo que lo olvidé en la habitación —le informó—. Debo ir por él.
—Ir —respondió Uno señalándose a sí misma.
—¿Estás segura? Ese collar es extremadamente valioso, me matarán si saben que lo perdí —le susurró.
—Salir —la chica le señaló la ventana.
No muy segura, tomó su bolso, se miró una vez más en el espejo verificando que todo estuviera en su lugar, y se dirigió hacia la ventana que estaba demasiado alta. Antes de que pudiera pensar en una forma de subir, se sintió elevada en el aire.
—¡No vuelvas a hacer eso! —le reclamó, sosteniéndose de la ventana para luego asomarse.
Del lado de afuera estaba Emanuel esperándola.
—Ven, te ayudaré a bajar —le ofreció con una sonrisa—. Tuvimos mucha suerte de que eligiera una habitación del primer piso.
Realmente fue de mucha ayuda, los vestidos largos no eran buenos para esa clase de aventuras.
—¿Ryan? —preguntó mientras Emanuel la dejaba en el suelo.
No era como si le importara ese tonto, pero si se le ocurría quedarse dentro arruinaría toda la misión.
—Está vigilando, aún no estamos fuera.
Entonces notó que se encontraban en el patio interior de la mansión. Era enorme y hermoso, pero debía estar custodiado.
—¡¿Cómo vamos a salir de aquí?! —le preguntó, comenzando a alterarse. Sus instrucciones no iban más allá de salir por la ventana.
—Esperaremos a Uno, ella nos guiará.
Miró hacia la ventana del baño.
—Espero que todo salga bien…
—Ya hiciste tu parte. Nosotros nos encargaremos a partir de ahora —le sonrió intentando inspirarle confianza.
Y lo logró, tal vez sus compañeros no fueran tan ineptos.
Ryan se acercó un minuto después. Se veía serio, preocupado en realidad.
—Hay dos tipos por ese lado —les informó señalando el norte—. Por allá hay tres más, y creo que tienen cámaras.
—¿Eso significa que no podemos salir de aquí? —preguntó perdiendo la confianza en un instante.
—Tiene que haber una forma —respondió Ryan mientras miraba atentamente los alrededores.
—Uno tiene más experiencia que nosotros, espero que salga pronto —dijo Emanuel viendo hacia la ventana.
—¿Qué está haciendo? —preguntó ella exasperándose—. ¡¿Por qué demora tanto?!
En ese momento, Uno salió por la ventana con impresionante facilidad. Apenas sus pies tocaron el suelo le entregó el collar que había extraviado.
—¡Gracias! —exclamó, colocándoselo de inmediato—. Espero que no hayas tenido problemas en encontrarlo.
—Seguir —fue su respuesta antes de comenzar a caminar.
—Hay dos guardias por ahí —le indicó Ryan, apresurándose para caminar a su lado.
—Deberíamos seguirlos —sugirió Emanuel esperando a que ella comenzara a caminar. Al parecer él sí recordaba que era su guardaespaldas.
No muy segura, caminó junto a Emanuel tras esos dos. ¿Y si los veían? Nunca pensó que salir de allí iba a ser lo más difícil de la noche.
Efectivamente, dos guardias vigilaban la salida oeste. Se detuvieron a pedido de Uno, que luego de ocultar su identidad con la capucha, corrió hacia esos hombres.
Fue rápido, ambos cayeron inconscientes antes de detectarla.
—Eso fue impresionante… —comentó Emanuel sorprendido.
—Te dije que Uno es la mejor —exclamó Ryan, volviendo a ser el tonto efusivo de siempre.
—¡Dejen de hablar y salgamos de aquí! —les reclamó, viendo cómo Uno continuaba caminando sin esperarlos.
La siguieron y se detuvieron junto a ella al llegar a un portón cerrado.
—No iban a ponerlo tan fácil, ¿verdad? —comentó Ryan, riendo. Probablemente por nervios, pero eso no hacía que sintiera menos deseos de golpearlo.
—Si sólo tuviéramos unas ganzúas —murmuró Emanuel—, y supiéramos usarlas…
En ese momento Uno le dio una patada al cerrojo con tal fuerza que el portón se abrió de par en par haciendo que las hojas se golpearan contra el muro.
Problema resuelto.
Si no fuera porque el estruendo se escuchó en toda la manzana.
Los tres se congelaron cuando oyeron gritos y a algunos perros ladrando no muy lejos de allí.
—Ir —ordenó Uno con su monotonía habitual.
—S…Sí —Ryan fue el primero en salir del shock—. ¿A dónde vamos? —preguntó mientras los empujaba para que se movieran.
—Coche —les indicó, señalando a la derecha sin dejar de ver hacia el lugar del que provenían las voces.
Se detuvo un momento para quitarse los tacones, y luego corrió en esa dirección.
—¿Vienes? —le preguntó Emanuel a Uno, retrasándose un poco.
—No.
—¡Date prisa o nos atraparán! —le gritó a él, mirando hacia atrás con desesperación.
El chico titubeó unos segundos, probablemente planteándose la estupidez de quedarse a ayudarla, antes de correr tras ellos.
A un par de cuadras de allí los esperaba un coche negro con la puerta trasera abierta, al que entraron rápidamente.
Apenas el coche se puso en marcha, dejó caer la cabeza hacia atrás, sintiendo que el cuerpo le pesaba una tonelada. Los chicos sentados a ambos lados no estaban mejor. Lo único que se escuchaba era la respiración agitada de los tres.
Emanuel no dejaba de ver hacia atrás con preocupación. Ryan continuaba con esa expresión llena de seriedad tan rara en él.
Su primera misión había finalizado. Desastrosamente, en su opinión. Pero al menos estaban a salvo y de momento no podía pedir más.