CAPÍTULO 9
Veinte bolsas, con logos de las mejores tiendas de ropa de la ciudad, estaban amontonadas en un rincón de la sala. Si no se había dignado a abrirlas, mucho menos a subirlas y acomodarlas en el armario.
—¿Qué me pasa? —se preguntó, observando su hermosa casa.
Habían pasado tres días desde la misión, en los que se dedicó a disfrutar el fruto de su trabajo: compras, masajes y spa. Sin embargo, en algún momento comenzó a parecerle aburrido.
Estaba sopesando aquello, cuando sonó el timbre. Se acercó a la puerta y miró por la mirilla.
—¿Qué hace aquí? —se preguntó en voz baja antes de abrirle—. ¿Qué quieres?
—¡Me alegra que estés a salvo! —dijo él con claro alivio.
—No respondiste mi pregunta —se cruzó de brazos mirándolo con reproche.
—Ni tú mis mensajes.
Entrecerró los ojos. Ese tonto acosador no dejaba de mandarle mensajes preguntando si estaba bien. Ni en sueños le respondería; eso sólo le haría creer que lo consideraba un amigo o alguien mínimamente soportable para ella.
—Si no vas a decirme qué quieres, puedes marcharte, porque voy a cerrar la puerta.
—¡No, por favor! ¿Puedo pasar? Necesito preguntarte algo importante.
—Pasa… —murmuró resignada, debía admitir que tanta insistencia había despertado su curiosidad.
—¡Linda casa! —exclamó él al entrar—. Es grande y luminosa.
—No digas tonterías. Debes vivir en una mansión cincuenta veces más grande y hermosa.
—Cincuenta no… Y no es tan linda —respondió él, siguiéndola hasta la sala.
—Lo que digas… —se sentó en el sofá esperando que él hiciera lo mismo—. ¿Qué es eso tan importante y secreto que querías preguntar?
—Papá me dio a entender que no seguiste las reglas —explicó, viéndola con seriedad—. Me preocupa que tengas problemas por eso…
—¿Tu padre…? —preguntó, haciendo memoria—. ¡No me digas que esa vieja pelona le fue con el chisme!
—¿Vieja pelona? —preguntó desconcertado. Segundos después comenzó a reír—. ¿Hablas de Judy?
—Creo que así se llamaba —asintió, cruzándose de brazos ofuscada.
—Pagaría por ver su rostro si se entera de cómo la llamaste —dijo él sin dejar de reír—. ¿Puedes contarme qué sucedió entre ustedes?
—Esa perra quería que me rasurara el cabello, las cejas… ¡Que me quitara las pestañas! ¿Puedes creerlo? —lo miró con desesperación.
—¿Eso te pidió? —preguntó sorprendido—. Imagino que te negaste.
—¡Claro que me negué! Pero ella me amenazó. Dijo que si no lo hacía me iría muy mal… O algo por el estilo.
—Tal vez sólo sea una recomendación, no una amenaza.
—¡Me da igual! No voy a quitarme mi cabello. ¡Es parte de lo que soy!
—Entiendo… —asintió—. No sabía que le pidieran eso a las chicas Camaleón.
—¿Cómo que no lo sabes? —preguntó, frunciendo el ceño—. Entendiste de inmediato la referencia a esa tipa.
—Judy es diferente —le quitó importancia—, la conozco desde que soy un niño. A las otras chicas apenas si las he visto alguna vez.
—¿Te llevaban a ese lugar cuando eras niño?
—No. Ella vivió con nosotros unos años.
—¿Por qué? —preguntó con interés.
—Creo que fue pareja de mi padre o algo así.
Aquello despertó su interés, ninguna chica en su sano juicio se perdería la oportunidad de conocer información comprometedora de su enemiga declarada.
—¡Espera aquí! Voy por comida y bebida, y me cuentas —regresó en pocos minutos con una dotación de dulces, snacks y refrescos—. ¡Dime todo lo que sepas de ella!
—No sé tanto… Sólo que fue la primera chica Camaleón. Mi abuelo la reclutó cuando tenía unos quince años.
—¿Tu abuelo? Pensé que tu padre había creado la organización.
—La creó mi bisabuelo, durante la guerra o algo así… Me lo contó papá hace años, no le presté atención realmente —rió, encogiéndose de hombros.
—Eres un idiota…
La tarde se le pasó volando. Aunque Ryan no fue capaz de revelarle detalles escabrosos de aquella mujer, disfrutó de hablar de casi cualquier cosa con él.
—¿Nos vemos en la base? —preguntó él, a punto de entrar al coche.
—Pasaré por allí en unos días —cedió—. Pero dime algo, ¿cómo supiste mi dirección? —él tragó saliva—. Ryan, dime.
—Eso no tiene importancia. Sólo tuve que preguntarle a la gente correcta…
—¿Te dieron mi dirección así de fácil?
—No dije que haya sido fácil —comentó antes de saltar al interior del convertible—. ¡Gracias por la comida, lo pasé genial! —se despidió y aceleró.
—Estúpido…
***
Por la noche le avisaron que tenía una nueva misión. A la mañana siguiente se reunió con el resto en la base. Esta vez no tuvieron tiempo ni de saludarse ya que, apenas llegó, entró Klein rompiendo la paz como siempre.
—¡Espero que estén preparados! —exclamó el hombre, golpeando las carpetas sobre la mesa en un intento por hacer el mayor ruido posible—. Esta misión durará una semana y no será tan fácil como la anterior.
—¡¿Una semana?! —chilló—. ¡¿Cómo voy a mantener el personaje por una semana entera?!
—Para eso tienen las instrucciones —les lanzó las carpetas, que esta vez eran aún más gruesas—. Tienen diez días para prepararse. Háganlo bien o no podrán salir de la isla.
El tipo se marchó sin más protocolo.
—¿Debemos salir de una isla? —preguntó Emanuel abriendo sus instrucciones, asustado.
—Casi no salimos del patio de una mansión. ¡¿Cómo vamos a salir de una isla?! —exclamó ya al borde de la histeria.
—Chicos… —Ryan llamó su atención—. Se están poniendo muy nerviosos…
—Cualquier persona con sentido común se pondría nerviosa —lo interrumpió—. ¡No todos somos unos niños tontos sin instinto de supervivencia!
—No podemos lanzarnos a la desesperación por las palabras de Klein —insistió Ryan.
—Ese hombre parece disfrutar de vernos asustados. Tal vez exageró un poco —argumentó Emanuel.
—¡Claro! Como el tipo que nos da las misiones es un completo psicópata, mejor nos sentamos a tomar un café como equipo.
—¡Esa es una gran idea! —exclamó Ryan, con esa estúpida sonrisa.
—¡No se puede ser tan estúpido! —le gritó, completamente ofuscada. Otra vez le tomaba el pelo—. Me voy antes de que se me pegue.
—Espera… —Emanuel le puso una mano sobre el hombro—. Somos un equipo, necesitamos escucharnos.
Lo miró con molestia, pero decidió darle una oportunidad. Ese chico con su voz tranquila parecía aportarle algo de sensatez a las estupideces de ese tonto.
—Tenemos que ganar confianza entre nosotros. Te recuerdo que estás poniendo tu seguridad en nuestras manos —le habló Ryan, viéndola directamente.
—No lo hago por gusto —replicó, cruzada de brazos.
—La última vez cada uno tenía información recortada de la misión. Si las cosas no salieron perfectas fue porque ninguno de nosotros sabía todo lo que pasaría. Necesitamos estudiar esto en conjunto —continuó, sacudiendo su carpeta.
Dio un vistazo rápido a las instrucciones de cada uno de ellos. Las de Uno parecían insignificantes, dudaba que hubiera más de una página en ellas. Las de los chicos no pasaban de las diez. Pero las suyas eran demasiado largas.
—Tardaremos una semana en leerlo si lo hacemos juntos —calculó, un poco más tranquila—. Tampoco creo que ustedes necesiten leer los detalles de mi disfraz, ni yo los de sus cosas.
—Entonces leámoslo por separado, y luego nos juntamos y charlamos los detalles —sugirió Emanuel—. No perderemos tiempo y podremos armar un buen plan de acción.
—No suena tan mal —admitió.
—Si todos están de acuerdo nos reuniremos esta noche —propuso Ryan—. ¿Creen que puedan llevarlo leído?
—No todo… Pero puedo hojear lo más importante —asintió—. A la que no le va a costar nada es a ella. —Señaló a Uno.
—Me parece que lo leyó mientras discutían —comentó Emanuel antes de dirigirse a la susodicha—. Por cierto… ¿Qué opinas, Uno? ¿Será duro?
—Sí.
—¡Estamos jodidos! —exclamó Ryan. Por primera vez estaba de acuerdo con él.
—¿Saldremos con vida? —se apresuró a preguntarle, sintiendo cómo la desesperación regresaba.
—¿Soy yo, o la está tratando como si fuera un oráculo? —preguntó Ryan, pero lo ignoró.
—Indeterminado —respondió Uno.
Un escalofrío recorrió su cuerpo. Volvió a mirar sus instrucciones e intentó respirar hondo. Era un hecho que lo que leería no iba a gustarle nada.
***
Entró al restaurante donde Ryan los citó unas horas antes por mensaje. Los chicos ya estaban allí, ninguno se veía feliz. No le resultó extraño. Esa misión se sentía casi como un suicidio.
—¿Le avisaste a Uno? —preguntó, sentándose frente a ellos.
—No es como si pudiera enviarle un mensaje… La busqué en la base antes de venir, pero me dijeron que mi padre pidió que se la llevaran para una demostración o algo de eso —respondió Ryan con una seriedad poco común en él—. Imagino que ya leyeron… ¿Quién comienza?
—Lo mío fue corto —dijo Emanuel—. Seré un salvavidas. Estaré una semana en una isla a unos quinientos kilómetros de tierra firme.
—Lo mismo yo —comentó Ryan—. Iremos en un barco que tardará casi un día en llegar, y luego pasaremos cinco más en la isla y otro de regreso. Espero que ninguno de ustedes se maree en el mar.
—¿Cómo voy a saber? Si nunca subí a un barco… —murmuró molesta. Aquello era lo que menos le importaba en esos momentos.
—Tampoco yo… —respondió Emanuel—. Ni siquiera sé nadar, ¿cómo voy a salvar a las personas de ahogarse?
—¿No sabes? ¡Puedo enseñarte! —le aseguró Ryan, logrando que Emanuel sonriera emocionado.
—¿No me van a preguntar qué dice mi material? —llamó la atención de esos dos, que claramente no tenían idea de la parte central de la misión—. Un grupo de jóvenes millonarios va a celebrar un concurso de belleza privado, y por algún motivo debo ser una de esas chicas. ¡Y debo ganar! —exclamó lo último indignada.
—¿Concurso de belleza? —preguntó Emanuel.
—¡Así es! Parece que les pagarán una buena cantidad a las chicas por participar. La ganadora recibe cincuenta mil dólares y el “privilegio” de pasar la última noche en la isla con un tipo… El dueño de la isla o algo así.
—Suena muy turbio… —comentó Ryan.
—¡No te hagas el inocente! —le reclamó—. ¡Seguro que tú y tus amigos ricachones hacen cosas parecidas todo el tiempo!
—¿Qué concepto tienes de mí? —preguntó él ofendido.
—Eres un niño rico, como esos morbosos de la isla, ¿no?
—Yo no soy así.
—No creo que sea seguro para ti… —los interrumpió Emanuel—. Estamos hablando de una isla. Aunque haya tres personas vigilando, en algún momento te llevarán a un sitio donde no te veremos. Me da miedo que alguien pueda hacerte daño sin que podamos evitarlo.
—¡Gracias por agregar más presión! —le dijo irónicamente, aunque en el fondo agradecía la preocupación—. Y no es como si fuera una damisela en apuros, sé manejarme bien en situaciones complicadas. Aunque me preocupa que las instrucciones hagan énfasis en que debo hacer todo lo que me pidan.
Recordar esa parte le ponía la piel de gallina.
—¿Eso dicen? —preguntó Emanuel, viéndola con franca preocupación—. Por favor, no hagas eso.
—¿Para qué? —preguntó Ryan—. ¿De qué le sirve a la organización meterte en algo así?
—¿Y yo cómo voy a saber? —preguntó, encogiéndose de hombros—. Si quieren fotos, podrían sacarlas cuando se acueste con cualquier otra chica. No tengo por qué ser yo.
Emanuel la miró de forma extraña. En ese momento reparó en que él probablemente no sabía cuál era su objetivo en las misiones. Por fortuna no preguntó más, así que no necesitó explicitarlo.
Rato después, Ryan los llevó a casa, primero a Emanuel, luego a ella.
—Has estado muy callado —comentó extrañada, él no era así—. ¿Te ofendiste por lo que dije que haces con tus amigos ricachones?
—No… Me siento frustrado. Detesto que nos den trozos incompletos de información. Realmente nunca comprendí del todo los trabajos que hace la organización, pensé que trabajando directamente lo haría, pero…
—¿Te metiste en esto para entender?
—Me metí en esto para tomar alguna decisión propia en mi estúpida vida sin sentido. Pero no importa lo que haga, sigo siendo una marioneta.
El coche se detuvo, entonces se dio cuenta de que habían llegado a su casa. Pero no podía marcharse y ya. Tal vez ese tonto despreocupado tenía algo en común con ella.
—Todos somos marionetas en cierta forma… —le recordó—. Las circunstancias nos llevan a sitios que nunca habríamos elegido… Una isla en el fin del mundo, por ejemplo.
—Gracias por intentar consolarme… —le sonrió él, pese a que claramente no lo había logrado.
—Gracias por traerme —respondió bajando del auto y dirigiéndose a su hogar.
Definitivamente hacer sentir bien a los demás no era uno de sus talentos.
Pero había cosas más importantes en las que pensar: si fallaba esta vez, todos estarían en peligro.