CAPÍTULO 6
—¡¿Qué demonios fue eso?! —exclamó Marianne, rompiendo el silencio de varios segundos que siguió al portazo del señor Klein.
Aquello lo sacó del shock inicial. Demasiada información en muy poco tiempo. La voz de ese hombre aún retumbaba en su cabeza.
—He escuchado hablar de él —respondió Ryan—. Dicen que es estricto, pero es el mejor estratega que tiene la organización.
—¿Estricto dices? Ese tipo es un maleducado —lo corrigió Marianne—. ¿Cómo nos va a dejar todo esto para memorizar? Somos nuevos. ¡Necesitamos ayuda!
Contempló su carpeta aún sin abrirla. Parecía tener apenas dos o tres hojas al igual que la de Ryan. La de Marianne era mucho más gruesa. Sintió pena por ella. Entonces miró a su lado con curiosidad. Uno ya había comenzado a leer las hojas; no la culpaba, sus instrucciones tenían la extensión de un libro.
—Eres muy rápida para leer —le comentó, sorprendido por la velocidad con la que cambiaba de página.
No obtuvo respuesta alguna, pero tampoco se sintió ignorado. Parecía estar muy concentrada en lo que leía. Sus otros compañeros de equipo seguían discutiendo, así que se enfocó en el material.
Eran tres páginas: la primera con un plano bastante detallado del lugar donde realizarían la misión, en el cual aparecían coloreadas las zonas de acción de cada uno. La segunda especificaba que él sería uno de los guardaespaldas de la Camaleón. Se disfrazaría de mesero y fingiría formar parte del servicio de catering del evento. En todo momento debía estar al tanto de la posición de su protegida y detectar cualquier actitud sospechosa de los invitados que pudiera ponerla en peligro.
La última página era un listado de actitudes sospechosas. En todas, el plan de acción era hacerle una seña a Uno. La miró nuevamente. Ella ya había terminado de ver sus instrucciones.
—Tienes mucha experiencia en esto, ¿verdad? —preguntó, señalando la carpeta que ella tenía en las manos.
—Sí.
—La Camaleón, ¿es ella o eres tú?
—Ella.
Ryan se les acercó.
—¿Ya viste tus instrucciones? —le preguntó—. ¿Se ve muy difícil?
—No lo sé —se encogió de hombros—. Creo que depende más de otras personas que de nosotros. Si no pasa nada sólo es vigilar, pero si algo pasa… —miró a Uno, que continuaba viendo al frente estática—. Al parecer hay que pedir ayuda.
—¡Entonces será fácil! —exclamó Ryan con optimismo—. ¡Vamos a festejar que finalmente el equipo se reunió!
—¡Debo leer todo esto yo sola! No hay tiempo para festejar —chilló Marianne—. No cuenten conmigo. Tú me caes mal, a ese ni lo conozco y ella es muy rara. Me voy a mi perfecta casa a estudiar o me la quitarán.
—A mí también me da un poco de miedo el trabajo, pero no tienes que… —intentó calmarla, sin éxito. Ella ya se estaba yendo—. Estresarte tanto… —terminó de decir junto con el sonido de la puerta cerrándose.
—¡No te preocupes! —El chico le palmeó la espalda—. No creo que sepa cómo salir de aquí. Ya regresará.
Aquello no le gustó nada. Marianne parecía ser impulsiva, sí, pero tenía bastantes motivos para sentirse nerviosa por ese trabajo que parecía depender de algo que sólo ella podía hacer.
—¿Disfrutas de molestarla? —preguntó sin rodeos.
Por la sabiduría que le habían dado las series de su infancia, sabía que los equipos debían mantenerse en armonía si querían tener éxito.
—¿Eh? —Ryan lo miró sorprendido—. ¡Claro que no! —exclamó, antes de sonreír de lado—. Bueno, un poco sí. Pero debes admitir que es muy divertida cuando se enfada.
Lo miró preocupado. El equipo se iba a pique apenas formado.
—Uno, ¿vienes a festejar con nosotros? —preguntó Ryan, en un claro intento por cambiar el tema de conversación.
—No.
—Entonces seremos sólo nosotros —le dijo, asumiendo que sí aceptaría.
Asintió más por no dejarlo solo que porque hubiera algo que festejar.
Entonces lo vio asomarse al pasillo y hablarle al techo.
—Chicos, ¿podrían asegurarse de que Marianne llegue bien a casa?
—¿A quién le hablas? —preguntó, acercándose para mirar. Era un techo normal, no había nadie allí.
—A los de vigilancia. Hay cámaras y micrófonos en los pasillos y algunas salas. Ellos se encargan de ayudarnos a movernos con facilidad —le explicó.
—Oh… —Eso explicaba por qué cuando Gino lo llevó por primera vez las puertas se abrían con sólo hablarles—. Te preocupas por la seguridad de tus compañeros de equipo, eres alguien muy responsable —le dijo, bajando la voz. Le intimidaba sentirse observado.
—Espero serlo, después de todo, yo la metí en esto.
Ryan salió y él lo siguió.
—Hasta luego —se despidió de la chica que estaban dejando sola.
Ella no se movió ni respondió.
***
El festejo se redujo a ellos dos comiendo algo en el comedor de la base. Leyeron las instrucciones de Ryan, que eran casi iguales a las suyas. La única diferencia era que las de él tenían una descripción detallada del par de armas que llevaría. Ambos debían deambular sirviendo comida y tragos mientras vigilaban.
—Debemos practicar cómo sostener una bandeja o será un desastre —sugirió, saboreando la comida.
—Mis sirvientes lo hacen ver fácil. Aunque nunca pude experimentarlo, cada vez que tocaba una me la quitaban diciendo que no era un juguete —le contó de buen humor mientras se levantaba—. ¡Vamos a practicar!
Se apresuró a terminar su plato antes de seguirlo. Era bastante tarde, pero sus padres estaban acostumbrados a sus salidas nocturnas cada tanto. De todas formas, últimamente no hacían demasiadas preguntas.
Y Ryan era un buen chico, sincero y con un optimismo envidiable. Estaba pasándolo muy bien con él.
Lograron que les prestaran un par de bandejas de mesero para entrenar. Se le dio mejor de lo que esperaba. Ryan, por otro lado, era pésimo.
El hombre que atendía el comedor les prestó también platos y copas para practicar distintas distribuciones de peso. Fue divertido comprender cómo cambiaba el centro de gravedad de la bandeja y la forma en que debía caminar con ella para no dejar caer nada.
—¡Eres muy bueno! —exclamó Ryan—. Voy a tener que practicar mucho estos días.
—Gracias… Pero caminar entre tantas personas va a ser bastante difícil, yo también tendré que practicar.
—¿Te imaginas lo que pasaría si tiráramos todo sobre alguna de esas personas? Nos despedirían de inmediato y no podríamos completar la misión.
—Sería terrible, no podríamos ayudar a Marianne si eso pasara.
—Para eso está Uno. Si te fijas, ambos somos bastante descartables.
—Lo noté —asintió—. Parece que las chicas harán todo el trabajo duro. Pero si nos contrataron debe ser porque somos necesarios, ¿no te parece?
—Tal vez tú —lo corrigió, visiblemente menos feliz que antes—. Yo estoy puesto con calzador en todo esto.
—¿Qué quieres decir?
—Nada, no le des importancia —le pidió—. ¿Cuál crees que sea la misión?
Notó de inmediato el cambio de tema, pero decidió no insistir en lo anterior.
—¿A qué te refieres?
—¡Al objetivo! —explicó Ryan, pero él seguía viéndolo sin enterarse—. La misión no puede ser que nos paseemos por una fiesta viendo a Marianne para nada… ¿Qué crees que deba hacer ella?
—No lo sé, no he pensado mucho en ello —confesó apenado. No se había percatado de que ninguno de los dos tenía la información completa.
—Sé un poco del trabajo que hacía antes, me dijeron que sería algo parecido, pero… —hizo una pausa endureciendo su expresión—. Si Uno es parte del equipo, debe ser peligroso.
—¿Quién es Uno? —preguntó seriamente.
Esa duda le rondaba la cabeza desde que la conoció. Claramente no era una persona normal. Micaela la había llamado “arma”. ¿Por qué llamarían de esa forma a una chica?
—¿Un miembro de nuestro equipo? —respondió confundido, sin entender la profundidad de la pregunta.
—Eso no, me refiero a qué cosas puede hacer ella… Además de subirse a un techo altísimo y tirarse de él sin lastimarse.
—No lo sé realmente —confesó—. Mi padre suele hablar de lo fuerte y capaz que es. Ella es algo así como uno de los mejores miembros de la organización. Por eso me siento tan seguro y preocupado al mismo tiempo.
—¿Siempre es así de silenciosa, o le caímos muy mal?
—Nunca la escuché decir más de una palabra —se encogió de hombros y bajó la voz—. Pero tampoco es el bicho más raro de aquí. Supongo que los cuatro iremos conociéndonos con el tiempo.
—Es verdad —asintió sonriendo—. Me alegra haber pasado este rato contigo, fue un gusto conocer a alguien tan agradable.
—El gusto es mío, amigo —exclamó Ryan—. ¡Eres genial! Me habría gustado que ellas hubieran aceptado venir, pero disfruté mucho de nuestra noche de chicos.
Esa madrugada regresó a su casa sintiendo una extraña mezcla de nervios y alegría. Hacía mucho tiempo que no la pasaba tan bien con alguien. Si hacía memoria, no recordaba haber tenido amistades reales desde muy pequeño.
***
Al despertar, observó el techo impoluto de su nuevo hogar. Aún no comprendía del todo lo que estaba sucediendo.
Hacía una semana su vida estaba plagada de preocupaciones: llevar comida a su hogar, atender a sus padres o lidiar con las peleas clandestinas. Pero en esos momentos el único problema era que las cosas estaban saliendo demasiado bien y su familia ni siquiera se molestaba en averiguar el porqué.
—¡Buenos días, mi niño! —lo saludó su madre cuando entró al comedor. Estaba sentada en un cómodo sofá que le permitía mantener los pies en alto, con una mesita de desayuno frente a ella en la cual había numerosos platitos con diferentes comidas saludables—. ¿Regresaste muy tarde de tu trabajo?
—Sí, bastante —asintió, acercándose para darle un beso en la frente—. ¿Y papá?
—En el jardín, le pidió a Juanita que lo llevara. Sabes cuánto le gusta apoyar los pies en el pasto… Ese hombre es algo insólito. ¡Mira que dejarse picar por los mosquitos en lugar de estar aquí mirando este fantástico televisor que ocupa toda la pared!
Su madre nunca apreció demasiado la naturaleza. En cambio, su padre había sido jardinero en su juventud. Él solía contarle algunas cosas del trabajo, y aunque nunca le inculcó realmente su vocación, debía admitir que salir de la casa a rodearse de verde se le hacía muy relajante.
—Buenos días, señorito —lo saludó Juanita, la joven enfermera que vivía con ellos y se ocupaba de sus padres.
—Buenos días, Juanita —le devolvió el saludo—. Sabes que puedes llamarme Emanuel.
—N…no… eso sería descortés —negó ella con claro nerviosismo. Su madre desde detrás de ella le hacía unos ademanes extraños que prefirió no intentar descifrar. Aunque se imaginaba por dónde iba.
—Yo no creo eso —le respondió a la chica antes de dirigirse al jardín.
Quería saludar a su padre. Pero también necesitaba escapar antes de que su madre comenzara, una vez más, a hablarle de lo buena chica que era Juanita y lo interesada que se veía en él.
—Buenos días, papá.
—¿Ves esa haya roja? —preguntó el hombre, sentado en su silla de ruedas, viendo un gran árbol frente a él—. Se ve bien, ¿verdad? —continuó sin esperar respuesta.
—Sí —asintió—. Parece un árbol fuerte y sano.
—Por eso me gustan las plantas, si sus raíces están podridas, lo notarás en su apariencia… Las personas no son así.
Lo miró con intriga. Su padre a veces decía esas cosas de la nada.
—Las personas no tienen raíces… —respondió. Se arrepintió al instante. Aquello sonó bastante tonto y poco profundo.
—Algunas no…
—¿Intentas decirme algo? —preguntó directamente.
—¿A qué hora debes ir a trabajar hoy?
Claramente, eso no era lo que intentaba decir. Pero como siempre, prefirió no insistir, así que se limitó a responder.
—Después del mediodía, espero volver a tiempo para cenar con ustedes.
—Bien.
Y así terminó la charla con su padre. El hombre no diría más y él no preguntaría.
Por la tarde regresó a la base. Necesitaba entrenar duro para estar preparado el día de la misión. Seguiría practicando sus habilidades como mesero y con algo de suerte también podría darle una mano a Ryan.
Debía salir bien. La esperanza de vida de sus padres dependía de ello.