CAPÍTULO 5
—¡Wow! —exclamó al entrar en la casa, su nueva casa.
Con la emoción de una niña pequeña corrió hacia el interior sin cerrar la puerta. Recibidor. Sala. Comedor. Cocina. Baño. Escalera. Dos dormitorios, uno con un segundo baño. ¡Infinitamente mejor de lo que esperaba!
El aroma a casa nueva la maravilló.
Todo parecía un sueño desde que se topó con Ryan, demasiado bueno para ser real. Pero lo era. No había nada más real que esa perfecta casa totalmente amueblada, con costosa ropa en el armario y suficiente comida en la alacena.
—Voy a acostumbrarme muy rápido a esto… —comentó para sí misma luego de dejarse caer en el esponjoso colchón.
El día anterior había firmado, sin leer, el contrato para ese extraño trabajo del que conocía muy poco. Al despertar, pasado el mediodía, le costó mucho asimilar lo sucedido, y cuando comenzaba a pensar que tal vez comprometerse a cumplir algo tan incierto había sido un error, descubrió el sobre que alguien deslizó por debajo de su puerta.
La carta era escueta y clara: debía llevar sólo un bolso con sus efectos personales más preciados, aquellos irremplazables, el resto lo encontraría en su nueva casa. Una llave, una dirección y el dinero suficiente para tomar el par de buses que la llevarían allí.
Por último, una advertencia: no debía olvidar nada, ya que no podría regresar.
Sintió escalofríos al leerlo, pero en esos momentos, al recorrer la maravillosa casa que ahora era su hogar, todo fue olvidado.
—¡Son de las buenas! —exclamó feliz mirando con atención las cremas que encontró en el baño.
Se dirigía al segundo dormitorio cuando escuchó el timbre de un celular, pero no era su teléfono. Bajó por las escaleras siguiendo el sonido. Tardó casi un minuto en encontrar el aparato sobre un mueble, y sin pensarlo demasiado atendió.
—¿Diga?
—Deberías cerrar la puerta. —Escuchó la voz al otro lado de la línea. La reconoció al instante.
—¿Camila…? ¡¿Pusieron cámaras?! —exclamó, dándose cuenta en ese instante de que aquella casa no podía ser tan perfecta.
—Micaela… —la corrigió pacientemente—. Y no hay cámaras, simplemente tenemos gente afuera corroborando que todo esté bien. Ellos me avisaron.
Caminó con el teléfono hasta una ventana buscando a esas personas en la calle.
—Pero no te llamé por eso, espero que te guste tu nuevo hogar —continuó la chica.
—Sí… Me encanta —respondió sin mucho interés, aún empeñada en ver a quienes la vigilaban, sin éxito alguno.
—El que estás usando ahora será tu nuevo teléfono, con él mantendremos el contacto. Hablando de eso: te esperamos a las nueve de la noche en la base para una reunión de equipo.
—¿Reunión de equipo? —preguntó cerrando la puerta finalmente—. ¿O sea que conoceré a mis compañeros de trabajo?
—Y comenzarán a preparar su primera misión —le informó alegremente—. Como son novatos, se les dará un poco más de tiempo para estudiar el plan.
—¿Estudiar? —preguntó reticente. Nadie le había hablado de estudio.
—¡No te preocupes! No será nada que no hicieras antes, además, ahora tienes a varios compañeros que te apoyarán —intentó tranquilizarla.
Pero no lo logró. Se sentía nerviosa. Tal vez ese trabajo le quedaba demasiado grande, y hasta donde sabía Ryan sería uno de sus compañeros de equipo. Era seguro que ese tonto metería la pata. Si los otros dos no eran capaces de hacerlo bien a pesar de él, aquello sería un desastre.
—A las ocho pasará alguien por ti, un auto blanco, sube sin llamar demasiado la atención y todo estará bien. Nos vemos en un rato. Disfruta de tu nuevo hogar —se despidió y colgó.
Dejó el teléfono sobre la superficie más cercana. Dio un nuevo vistazo a su casa; era enorme para ella sola. Nadie le regalaría algo así a cambio de un trabajo simple. Inhaló profundo, deseando volver a ser la de siempre, la que perseguía sus objetivos sin importar qué tan difíciles fueran.
Había buscado aquella vida desde hacía años. La necesidad de no ser comida por las ratas la había arrojado a hacer los trabajos más desagradables. No podía echarse atrás en esos momentos en los que todo parecía finalmente encaminarse.
Decidida a enterrar su ansiedad debajo de dulces y chocolates, se dirigió a la cocina.
***
Llegó al punto de reunión a la hora indicada. Al parecer debía buscarlos en el gimnasio. Aquello le recordó toda la gente rara que vio el día anterior. Sólo esperaba que sus compañeros de equipo fueran personas normales. No quería tener que lidiar con fenómenos. Con Ryan era suficiente.
—¡Marianne! —la llamó el susodicho caminando rápidamente hacia ella seguido por otro al que no prestó demasiada atención—. ¡Hoy es el gran día! ¿Estás ansiosa por comenzar?
—¿Por qué siempre tienes tanta energía? —preguntó cansadamente. Su sola presencia le drenaba los deseos de vivir.
—Porque finalmente el equipo está completo —le explicó como si fuera la obviedad más grande—. Él es Emanuel —señaló al chico a su lado—, será nuestro compañero de equipo.
—Un gusto conocerte —la saludó el aludido sonriendo amablemente.
Ahora que se fijaba en él, se veía bastante joven y tenía una cara de bueno que desentonaba con el resto de los bichos raros que estaban entrenando por doquier.
—El gusto es mío —respondió escuetamente. Detestaba ese tipo de situaciones, nunca sabía cómo comportarse.
—Emanuel es experto en combate cuerpo a cuerpo —le explicó Ryan. Por lo poco que lo conocía sabía que no se callaría ni bajo el agua—. Con mi habilidad con las armas y sus golpes te sentirás muy segura.
—¿Y por qué los necesitaría a ustedes para sentirme segura? —preguntó levantando una ceja—. ¿En qué rayos consiste este trabajo?
—No tengo idea —respondió Ryan con una estúpida sonrisa que en esos momentos deseaba borrarle de la boca.
—¿No la tienes? —preguntó Emanuel, observándolo con franco desconcierto. Al menos uno de sus compañeros sí tenía sentido común.
—Ya les expliqué a ambos que mi padre no me ha enseñado nada —se defendió.
—Pero tú sigues estando al frente de esto, ¿no? —preguntó Emanuel.
—Por tres días más —asintió Ryan—. Él me llamó hace un par de semanas para decirme que lo reemplazaría unos días. No dio más detalles…
—¡Y tú dijiste que sí! —resopló indignada—. Mira que eres tonto.
—¿Por qué me hablas así?
—Debe ser muy duro que tu padre te dé tantas responsabilidades sin haberte preparado para ello —comentó Emanuel seriamente. Realmente parecía que sintiera pena por Ryan.
—¿Ves? Él sí me entiende.
Estaba a punto de comenzar a gritarle a ambos, a uno por tonto descuidado y al otro por ser tan condescendiente con alguien que claramente se había metido en problemas solo, cuando escuchó una conocida voz.
—Buenas noches, me alegra que ya se lleven tan bien —les sonrió la chica.
—Hola, Micaela —la saludó Ryan—. Apenas nos estamos conociendo.
—Ya que están todos reunidos, comenzaremos a planificar su primer trabajo —les informó ella, conduciéndolos hacia algún lugar.
—¿Todos reunidos? —preguntó Emanuel—. Pensé que éramos cuatro en el equipo.
—Es verdad… —murmuró, observando a Ryan—. ¿Dónde está el cuarto?
—¡Cierto! —exclamó él—. Ha estado aquí todo el tiempo, lo siento por no presentárselas.
Observó a Micaela con sorpresa. Entonces ella no sólo era una secretaria allí, sino que también sería parte de su equipo.
—¡Uno! —gritó Ryan.
Lo miró confundida. Entonces alguien apareció repentinamente detrás de ellos.
Su propio grito retumbó en todo el gimnasio, opacando el de Emanuel, que al instante se interpuso entre ella y ese alguien. Si no hubiera estado muy ocupada en no sufrir un infarto, le habrían sorprendido sus reflejos.
—Una chica… —lo escuchó murmurar.
Dio un paso al costado para ver a través de él. Efectivamente se trataba de una chica bastante delgada y menuda, cabello negro corto y un rostro que no tenía expresión alguna.
El rostro que sí tenía expresión era el de Ryan, que estaba conteniendo la risa. Iba a golpearlo un día de estos, probablemente esa misma noche.
—¿Vamos? —preguntó Micaela con un tono impaciente, comenzando a caminar.
—Lamento haber reaccionado así —se disculpó Emanuel con la recién aparecida—. Fue como si salieras de la nada.
—¡Jajaja! ¿Cómo va a salir de la nada? —preguntó Ryan, ya sin molestarse en ocultar su risa burlona—. Simplemente cayó detrás de ustedes.
—¡¿Cómo que cayó?! —preguntó molesta. Ese tipo los tomaba por idiotas.
—¿Dices que estaba… allí? —preguntó Emanuel mirando hacia el techo del gimnasio y señalando hacia arriba.
Por pura inercia lo hizo ella también. Le sorprendió lo alto que era.
—Así es —asintió—, estabas esperando en las vigas, ¿verdad, Uno?
—Sí —respondió ella con una voz completamente monótona.
—¿Van a llegar tarde a su primera reunión de equipo? —les preguntó Micaela, desde el ascensor donde los esperaba.
—¡Claro que no! —exclamó Ryan de buen humor, encaminándose.
La rara caminó tras él. Ella y Emanuel finalmente los siguieron. La situación se volvía cada vez más extraña e incómoda. La cuarta integrante del equipo no le daba buena espina.
El ascensor los llevó a otro piso, el cual no tenía ni una pizca del glamour de los que ya había recorrido. Las oficinas eran pequeñas y nada acogedoras, como si estuvieran diseñadas para no permanecer demasiado tiempo en ellas. Tenían una mesa sin gracia en medio que las hacía parecer salidas de la sala de interrogatorio de alguna tonta película de policías.
—En breve vendrá el informante —les comentó Micaela—. Permaneceré con ustedes hasta entonces, así que si tienen alguna pregunta pueden hacerla ahora.
Y no iba a esperar a que lo repitiera dos veces.
—¿De qué se trata el trabajo? ¿Por qué este lugar es tan feo? ¿Era necesario que bajáramos todos esos pisos en el ascensor? ¿Por qué ellos serán mis guardaespaldas?
—Te tomaste muy en serio lo de las preguntas —comentó Ryan, divertido.
Antes de que pudiera reclamarle, Micaela se apresuró a responder.
—La mayoría de esas preguntas son potestad del informante, yo no manejo los trabajos específicos. Este piso es de los más inaccesibles porque aquí se maneja información clasificada, y es verdad que las salas no son tan lindas. Pero es lo que queda de las instalaciones viejas, supongo que en algún momento las reformarán —explicó viendo con detenimiento una mancha de humedad en una de las paredes.
—Yo también tengo una pregunta… —Emanuel levantó la mano tímidamente—. ¿Por qué la llaman Uno?
—Así se llama —respondió Ryan como si aquello fuera normal.
—¿Cómo se va a llamar como un número? ¿Qué es? ¿Un robot? —le reclamó, harta de que ese imbécil le tomara el pelo.
—No es un robot —respondió Micaela—. Es un arma, la primera, por eso se llama de esa forma.
—¿Arma? ¿Qué significa eso? —preguntó completamente desconcertada.
En ese momento se abrió la puerta y un hombre con un parche en el ojo y apariencia de malhumorado entró a la habitación.
—Disculpen la demora, no son los únicos aquí. —Se paró al otro lado de la mesa y dejó unas carpetas sobre ella.
—Les presento al señor Klein, es uno de nuestros estrategas. Él les explicará todo lo que necesiten saber sobre la misión. —Micaela se apresuró a presentarlo—. Es hora de que me retire, los dejo en buenas manos.
Dicho eso, se marchó sin esperar respuesta. Era como si no quisiera compartir espacio con él.
—Buenas noches, señor Klein —lo saludó Emanuel con cortesía.
—Hola… —intentó saludar Ryan, pero fue interrumpido.
—Basta de formalidades. ¡El tiempo es dinero! —exclamó ese tal Klein—. En tres días se reunirán aquí para su primer trabajo —dijo levantando la voz más de lo necesario y alternando la mirada entre cada uno—, a las seis la Camaleón, a las siete el resto, sean puntuales, toda la misión depende de ello.
—¿La Camaleón…? —preguntó en voz baja. Ese tipo de alguna forma lograba intimidarla.
—Traigan memorizado el contenido de este material —continuó hablando por encima de la pregunta.
Les arrojó de mala manera las carpetas que minutos antes dejó sobre la mesa, logrando que tres de los presentes las atraparan torpemente. A Ryan incluso se le resbaló la suya de las manos. Reprimió una risa burlona al verlo inclinarse para levantarla. Sólo esa persona que llamaban Uno la tomó con naturalidad. Parecía estar acostumbrada a aquello.
—Allí encontrarán los detalles de la misión, cada uno lea el propio, y si tienen dudas vuelvan a leerlo. Me retiro.
El hombre se dio la vuelta y se marchó dejándolos con el sonido del portazo, unas carpetas en las manos y miles de preguntas sin respuesta.