CAPÍTULO 4
Bloqueó la contundente patada lateral con ambos brazos. No sintió dolor alguno. El constante entrenamiento había fortalecido su cuerpo de una forma que aún lo sorprendía.
Notó la corriente de aire a un lado de su rostro al esquivar el puñetazo en el último momento. Puñetazo que casi impactó en otro de sus adversarios. Retrocedió con un salto para poder ver a los tres jóvenes que decidieron desafiarlo esa noche.
—El chico famoso es veloz… —comentó uno de ellos burlonamente—. Pero no te servirá de nada si no golpeas. —Se señaló la mejilla dando un par de pasos hacia él—. Quiero ver qué tan fuerte eres, campeón.
Dio un paso hacia atrás, negando.
—Hoy no tenía planeado pelear, lo siento, chicos, no tengo tiempo para charlar —intentó explicarles mientras les mostraba una modesta bolsita de nylon con el logo de algún supermercado ya desgastado por el uso—. Solamente salí a hacer las compras.
—¡Deja eso y pelea! —le ordenó otro de los jóvenes, intentando quitarle la bolsa.
Lo esquivó. No podía darse el lujo de perder los pocos comestibles que tanto necesitaban en su casa, ¿qué le diría a su familia al llegar sin la comida ni el dinero?
Pensó en huir, pero eran tres, no se lo dejarían fácil. Y lo último que podía permitirse era que lo siguieran a casa y tomaran represalias contra su familia.
—¡Realmente no quiero pelear! —exclamó, casi suplicando—. Les cedo el título si eso quieren.
—Eso sería muy aburrido —se quejó el chico que estaba detrás de él, antes de lanzarse sobre su espalda.
Aquello reactivó la pelea. Se mantuvo esquivando a los tres, mientras protegía la media docena de huevos y las pocas verduras que llevaba.
Sin embargo, ellos no parecían cansados ni aburridos, y él no podía permitirse tardar mucho tiempo más. Era casi la hora de cenar, seguramente estaban hambrientos en su casa. Así que, tras una última advertencia, cerró sus puños. Le tomó varios minutos derribarlos sin dañarlos más de lo necesario.
—¡Lo siento, debo irme! —exclamó, corriendo hacia su hogar con sus pertenencias intactas.
Las peleas clandestinas nunca le gustaron, pero le habían permitido llevar dinero a su hogar desde una edad en la que nadie le daría un trabajo. Con el tiempo se volvió bueno, muy bueno en ello, tanto que ganó una fama que no deseaba.
Antes pensaba que los peleadores luchaban a muerte y que eran visitados por excéntricos millonarios que apostaban grandes sumas de dinero por ellos.
Ahora sabía que las mejores noches reunían a unos pocos hombres solitarios, la mayoría de ellos alcoholizados, que apostaban unos centavos para olvidar sus miserables vidas. En resumen, sólo obtenía un poco de dinero por semana que apenas alcanzaba para sobrevivir.
No podía culpar a esos chicos por querer quitarle el título: todos necesitaban el dinero.
Recorrió la distancia que lo separaba de su casa, soñando con un mundo donde pudiera tener un trabajo honesto y legal, que no implicara hacerle daño a alguien.
Pero eso era imposible…
—¡Ya llegué! —se anunció mientras entraba—. Perdón por la tardanza, enseguida preparo la cena. —Dicho esto, cerró la puerta levantándola un poco para que no rozara el piso y se puso manos a la obra.
—¿Qué estabas haciendo allá afuera? —preguntó su anciano padre desde la silla de ruedas.
—Déjalo… el niño debe tener sus cositas… —interrumpió su madre—. ¿Verdad, mi niño? —le preguntó, mientras acomodaba la sábana que le cubría las piernas.
—Nada de eso, mamá… —negó, sonriendo, mientras se lavaba las manos en el baño—. Había demasiada gente en el supermercado, eso es todo.
Su padre lo miró con sospecha, pero prefirió no presionarlo más. Siempre había sido un hombre muy reservado. Era una especie de marca personal.
—Pero si no tiene nada de malo, mi amor… —continuó ella—. Ya estás grandecito, y eres muy guapo, seguro tienes alguna noviecita.
—Esas cosas no me interesan, mamá… —respondió, atravesando la cortina que separaba la cocina del resto de la casa.
No era una mentira, pero tampoco una verdad. Él jamás se permitiría condenar a una chica a involucrarse con un luchador callejero. Y menos uno que no podría ni siquiera regalarle un ramo de rosas sin que eso significara dejar a su familia sin comer varios días.
El amor no era para él, así que mejor no pensar en ello…
—¡¿Cómo no te van a interesar?! —exclamó ella desde su cama—. Cualquier niño de tu edad sólo piensa en chicas.
—Deja al muchacho, si no quiere contarnos será por algo… —intervino su padre.
—¿Crees que sea una delincuente? —preguntó su madre, con preocupación.
—¡No hay nadie! —gritó él desde la cocina, casi quemándose con el agua que usaba para hervir los huevos—. Sólo me demoré un poco… ¡Nada más!
Por fortuna, sus padres no tardaron en desviar su charla a asuntos más importantes, como la vida privada de cada vecino en esa cuadra. Nunca entendería de qué forma se enteraban de absolutamente todo sin moverse de la casa.
—Toma, mamá —le entregó un tazón con una sopita muy magra y completamente sin sal que ella tomó en su cama—. Dejo aquí el tuyo, papá —apoyó el otro tazón en la mesa que estaba a un lado, este con un poco de sal y sin papa, su padre odiaba la papa.
—Gracias, corazón… —agradeció su madre.
—Gracias —murmuró su padre con la sequedad de siempre.
Compartió la cena con ellos, disfrutando como cada noche de esos momentos.
Momentos que no sabía cuánto tiempo más podrían compartir.
Cada vez que veía esos ojos cansados en sus rostros llenos de arrugas que tanto amaba. Cada vez que su padre movía con creciente dificultad esa vieja silla de ruedas. Cada vez que cargaba a su madre para llevarla al baño y sentía su cuerpo delgado y huesudo…
Algo dentro de él se resquebrajaba más y más.
Continuaría metido en aquel sórdido y clandestino mundo que apenas les permitía subsistir. Haría lo que fuera por darles una vida digna y prolongar su tiempo.
***
Salió de casa temprano. Necesitaba entrenar una hora al menos, no podía descuidarlo o comenzaría a perder peleas y aquello sería nefasto para la economía del hogar.
Había pensado mil veces en dejarlo, en conseguir un trabajo decente ahora que era mayor de edad. Sin embargo, aquello lo alejaría demasiadas horas de su hogar. Sus padres necesitaban cuidados casi permanentes, sobre todo su madre, que estaba postrada en una cama.
Las peleas clandestinas lo alejaban unas pocas horas una vez a la semana en el horario en que sus padres ya dormían. No necesitaba salir más que un rato cada día a entrenar y realizar las compras de rutina. De esa forma podía cuidarlos como se merecían.
—¡Joven! —escuchó la voz de alguien, pero absorto en sus asuntos no se percató de que era a él a quien llamaban.
—¡Joven Emanuel Reyes! —repitió la voz.
Tardó unos segundos en procesarlo, entonces se detuvo y miró en esa dirección.
Un hombre alto y delgado, con un bigote que se curvaba en las puntas y un sobretodo ocre, se le acercó con un bastón que claramente no necesitaba para caminar. Él aún no salía del asombro, no tanto porque un completo desconocido lo llamara por su nombre completo, sino porque parecía sacado de una película antigua.
—¡Me alegra tanto que os hayáis detenido! —exclamó el pintoresco personaje—. Necesito hablar con vos, joven caballero de prominente musculatura.
—¿Conmigo…? —preguntó desconcertado—. ¿Por qué?
—Porque os traigo una propuesta que no podréis rechazar —aseguró, antes de observar a su alrededor como si buscara algo—. Venid conmigo por favor, compartamos una infusión —lo invitó, encaminándose a un pequeño café que había a unos pasos.
—¿Qué es una infusión? —preguntó, siguiéndolo inocentemente.
—Un té, joven —aclaró, adentrándose en el lugar.
Se sentó frente al hombre, tan fascinado por cómo se veía, hablaba y se movía, que olvidó su entrenamiento e incluso su propia seguridad.
Sus padres le habían inculcado que nunca siguiera a un extraño.
El hombre permaneció en silencio mientras le llevaban el té. Él no dejaba de ver con curiosidad cada detalle de su ropa. Cuando finalmente llegó el pedido y esa persona se quitó los guantes blancos para probar la bebida, retomaron la conversación.
—He de presentarme, podéis llamarme Gino, servidor de una organización consagrada a descubrir y reclutar talentos excepcionales en ciertas artes, entre ellas el combate. Y vos, joven Emanuel, sois un verdadero prodigio en ello.
—¿Prodigio? —preguntó atónito, sin ser capaz aún de procesarlo del todo—. ¿Empresa que recluta gente…?
—Así es, joven, llevo años en la búsqueda de almas excepcionales, talentos que el mundo no siempre alcanza a comprender. Pese a ello, jamás había conocido a alguien que, durante su niñez, hubiera abandonado su hogar día tras día para ir a batirse en batalla, con la sola finalidad de convertirse en sustento de su familia.
—¡¿Cómo sabe eso?! —exclamó alterado. Aquello había pasado hacía diez años, en una ciudad muy lejos de allí y no había vuelto a tener contacto con ninguna de las personas que lo conocieron en ese entonces.
—Os sorprendería la vasta información que poseemos sobre vuestra persona. —Debió reflejarse en su rostro el miedo que aquello le causó, porque el hombre se apresuró a continuar—. Y es precisamente por ello que nos resulta admirable que, a pesar de cuanto habéis vivido, sigáis preservando la bondad en vuestro corazón.
—¿Me ha estado siguiendo desde entonces? —preguntó confundido. Aquello se convertía en algo más y más surrealista.
—No fui yo —negó con una sonrisa—, fue un colega mío quien lo hizo. Lamentablemente feneció algunos años atrás, de modo que retomé su labor investigativa.
—No me di cuenta de nada… —murmuró, comprendiendo lo expuesto que había estado.
—No os culpéis por ello, nosotros también figuramos entre los mejores en nuestro oficio.
—Ya veo…
—Pues bien, joven Emanuel, he venido a ofreceros un empleo que podría trocar vuestra vida por completo. Os ofrecemos una generosa paga, un hogar nuevo para vos y vuestra familia, y nos haremos cargo de cualquier gasto médico que concierna a los tres. —El hombre hizo una corta pausa observando su expresión—. Asimismo, asignaremos una enfermera que vele por vuestros padres, para que no tengáis motivo alguno de preocupación —terminó con su oferta, sonriéndole amablemente.
—Eso… es demasiado… —exhaló, negándose a creerlo—. ¿Por qué?
—Porque vos valéis mucho más de lo que creéis. Tan sólo os halláis en un lugar… inapropiado.
No supo qué responder. Aquello parecía un sueño. Era como en esas películas que solía mirar en la infancia, donde un cazador de talentos estudiaba en las sombras a un chico y en algún momento lo abordaba para ofrecerle la oportunidad de su vida.
Sentía que debía haber algún truco, que debía mostrarse desconfiado de tan generosa propuesta. Al menos preguntar cuál sería el trabajo.
Pero sabía perfectamente que aceptaría. Aunque fuera una trampa o un error, la propuesta era demasiado tentadora para intentar resistirse.
No importaba lo que tuviera que hacer, no importaba si no era el trabajo honesto que anhelaba.
Él quería… No. Él necesitaba ese trabajo.
—¿Aceptáis entonces? —preguntó Gino, sacándolo de sus pensamientos.
—Sí.
Todo se volvió aún más extraño, si eso era posible, cuando el hombre lo llevó consigo a un cuartel secreto. Ese sitio era espectacular, las puertas se abrían solas, el gimnasio tenía aparatos que nunca había visto, y las personas que trabajaban allí parecían muy interesantes.
Firmó el contrato que le entregó una chica muy amable.
—¿No lo leerás? —preguntó ella, mientras lo veía firmar decidido.
—No importa lo que diga… Lo firmaré de todas formas —le confesó con una sonrisa nerviosa.
Regresó a casa por la noche. Le dijeron que sería integrado a un nuevo equipo que se estaba formando. Su trabajo iba a ser el de guardaespaldas. Podían eventualmente solicitarle algún otro tipo de tarea. Y por supuesto, no debía hablar de su trabajo con nadie, en especial con sus padres.
Tendría que inventar algo, no le gustaba mentirles. Pero desde hacía muchos años les ocultaba sus peleas nocturnas, así que esta vez sería más de lo mismo.
—Pensaré alguna excusa… —se dijo, intentando tranquilizarse, antes de entrar a su casa.
***
Estaba en el enorme gimnasio subterráneo, entrenando con un par de chicos más experimentados, fuertes y con mejor técnica que él.
—Debes moverte de esta forma —le aconsejaba uno de ellos—, si no, te dolerá luego.
—Sí —asintió motivado. En apenas una semana, había aprendido muchísimo.
—¿Cómo van las cosas con tu familia? —preguntó el otro chico, observando el entrenamiento—. ¿Pudiste convencerlos?
—No estoy seguro. Pero hace unos días que dejaron de preguntar, así que supongo que está bien —respondió sinceramente.
Aquello lo había desconcertado. Sus padres sabían que él mentía. ¡Tenían que saberlo! Nadie consigue un trabajo y de la noche a la mañana cambia su casa y su estilo de vida por completo. Sin embargo, no hicieron más que preguntar un par de veces, y aceptar la primera excusa que les dio.
Pero si a ellos no les molestaba, entonces no debía haber problema. Todos estaban mejor alimentados, vivían más cómodamente y eran más felices.
Continuó entrenando un rato más, hasta que los gritos de alguien distrajeron a los tres.
—Fantástico. ¿Escucharon, chicos? ¡Se queda!
—Parece que el hijo del jefe encontró al cuarto integrante de tu brigada —comentó uno de sus compañeros—. Pronto comenzarás a trabajar. —Le palmeó la espalda amistosamente.
Asintió, observando detenidamente a la persona que se alejaba de Ryan a toda velocidad, la última integrante del grupo.
Desde tan lejos apenas pudo ver su silueta y el cabello rubio, pero algo en su forma de moverse llamó su atención.
Sonrió emocionado. Pronto comenzaría la aventura más grande de su vida.