CAPÍTULO 3
Observó el majestuoso edificio frente a ellos.
—¿Un banco?
—Claro, ¿qué esperabas? ¿Un cartel que dijera “Negocios turbios aquí”? —respondió él antes de entrar al estacionamiento.
—No creo que debas hablar de esas cosas tan abiertamente —comentó, notando las numerosas personas que se cruzaban, mientras él conducía lentamente buscando dónde estacionar.
—Tal vez tengas razón… —admitió—. Pero nunca he tenido problemas por eso.
—¡Y la máquina de soltar información soy yo! Por si acaso no hables del tema en público.
Al bajar del auto se adentraron en el edificio, pero en lugar de tomar el ascensor, él la condujo por una discreta escalera. Bajaron unos pocos escalones hasta llegar a un largo pasillo aparentemente vacío.
—¿Y ahora qué? —preguntó, buscando una puerta o cualquier otra forma de seguir su camino.
—Y ahora esperamos unos segundos —le indicó él. Lo miró con desconfianza—. ¿Crees que habría una puerta cualquiera a la vista de todos?
—No… Pero ¿qué es exactamente lo que esperamos?
—Los chicos de vigilancia no abrirán hasta asegurarse de que nadie pueda descubrirnos. —En ese momento, una puerta camuflada como parte de la pared se abrió frente a ellos, dándoles acceso a una pequeña habitación—. ¿Ves? —la señaló, entrando y esperándola.
Lo siguió no muy segura. Aquello se ponía cada vez más extraño, pero todo ese dinero en su bolso era una especie de retorcida garantía. ¿Para qué intentar convencerla, si perfectamente podían llevarla a la fuerza?
La “habitación” resultó ser un ascensor que no tenía botones ni ningún otro indicio de su verdadera funcionalidad. No lo notó hasta que sintió cómo todo el lugar descendía.
—¡Ahh! —chilló sorprendida, apoyándose en la pared para no caer—. ¡¿Por qué no me avisaste que se iba a mover?!
—Lo siento, no me di cuenta —se encogió de hombros—. Creo que estoy tan acostumbrado a esto que me parece normal.
Poco después la puerta se abrió frente a ellos. Una chica pequeña y delgada con traje de oficina los esperaba con una sonrisa.
—Buenas tardes —los saludó con una leve reverencia—. Tú debes ser Marianne. ¡Bienvenida!
—Mucho gusto…
—Soy Micaela y el gusto es mío —se presentó, haciéndose a un lado—. Salgan de ese ascensor, ¡tenemos mucho que enseñarle a nuestra flamante compañera!
—Aún no aceptó —le informó Ryan mientras salían—, vinimos a que le explicaras los detalles que yo no conozco.
—¿No aceptó? —le preguntó la chica, viéndolo con decepción—. Y aun así la trajiste.
—¿Tiene algo de malo? —preguntó él.
—Deberías repasar el protocolo —le aconsejó fríamente, antes de dirigirse a ella—. Está bien. ¡Estoy segura de que te encantará el trabajo! —aseguró, recomponiendo su enérgica actitud—. Ven conmigo, te explicaré todo. —Comenzó a encaminarse por el largo pasillo hacia una oficina.
Ryan la siguió, así que ella también.
—Entonces, ¿qué quieres saber? —preguntó la secretaria, cuando ya se habían acomodado en las cómodas butacas frente al escritorio.
—¿Cuánto me pagarán?
—Así me gusta, directo al grano —comentó Ryan, sonriéndole.
—Diez mil de base, más un plus por cada trabajo exitoso, que suele ser de unos seis mil —informó ella, ignorándolo—. También te daremos una casa adaptada a tus necesidades. Tendrás un teléfono que sólo usarás para comunicarte con tus compañeros. Seguro médico ilimitado y por supuesto todo lo que necesites para caracterizarte.
—¿Estás bien? —preguntó Ryan viéndola con preocupación—. Te pusiste muy pálida.
—¿Dólares…? —preguntó, casi sin aliento. La chica frente a ella asintió—. ¿Al… mes…?
—¡Claro que no! A la semana.
Aquello fue demasiado para ella. Todo se volvió borroso y luego…
***
Despertó en una cama bastante amplia y cómoda. Se sentó confundida, admirando el lujoso y desconocido dormitorio en el que se encontraba.
—Me desmayé… —murmuró.
Le tomó un par de minutos recordar lo que había pasado.
—¿Dónde estoy? —se preguntó, bajando de la cama y revisando su bolso por si acaso.
El dinero seguía allí. Todo sonaba demasiado a cuento de hadas mezclado con película de espías para ser cierto.
Sin embargo, el convertible rojo de Ryan, ese edificio y esa habitación, eran abrumadoramente reales.
Abrió la puerta. Al otro lado se extendía un largo pasillo, sin ventanas, sólo puertas iguales y un ducto de ventilación atravesando el techo.
Apenas puso un pie fuera, escuchó una puerta abrirse a lo lejos, de la que salió una mujer que caminó apresuradamente hasta ella.
—Me alegra mucho que hayas despertado —dijo la desconocida, deteniéndose a su lado—. Soy Liv, trabajo como doctora aquí, es un gusto conocerte —saludó con un acento extranjero muy marcado—. Te bajó la presión y perdiste el conocimiento, no es grave ni dejará secuelas. Pero necesito que vengas conmigo para asegurarme de que estás completamente recuperada.
Asintió y la siguió hasta su consultorio.
—¿Este lugar es…?
—El piso de enfermería —respondió la mujer—. Me dijeron que eres nueva, no te preocupes por lo que pasó; suele suceder.
—Entonces, donde desperté no es la habitación lujosa de alguien… —dedujo, mientras la doctora tomaba sus instrumentos de control.
—¡Claro que no! —negó Liv, auscultándole el corazón—. Es sólo una salita de las muchas que hay.
—Este sitio está lleno de sorpresas…
—Me recuerdas un poco al día que llegué —rió con dulzura—. Prometo que pronto te acostumbrarás.
Diez minutos después el examen físico había terminado y estaba esperando el ascensor frente a una de las puertas. Tal como Liv le indicó: “Los chicos” sabían que debían llevarla con “el señor Ryan”.
En cuanto la puerta se abrió, entró de inmediato y, mientras bajaba lentamente, tomó conciencia de cómo la conducían de un lado al otro sin que tuviera poder de decisión.
Entonces recordó la propuesta de Ryan, tal vez la única decisión que debía tomar en esos momentos. ¿Qué le diría?
Exhaló. De pronto se desconocía. ¿Por qué se lo preguntaba? Por el dinero que le ofrecieron era capaz de vender a su abuela, era evidente que aceptaría sin dudas.
Ella hacía cualquier cosa por dinero. Desde la muerte de sus padres, esa había sido su única filosofía de vida.
Cuando el ascensor se detuvo, esperó impaciente a que la puerta se abriera. Le sorprendió no encontrar un nuevo pasillo, sino un lugar extremadamente amplio. Mientras lo atravesaba con recelo, dio un vistazo rápido. Había aparatos y algunas personas que los usaban.
—¿Un gimnasio? —se preguntó en voz baja.
—Esta es una de las zonas de entrenamiento —escuchó una voz conocida acercándose rápidamente—. ¡Me alegra ver que te sientes mejor!
—Sí, lo siento por lo de hace un rato, Camila —murmuró. Esa chica la había visto desmayarse por escuchar unas cifras, lo cual era bastante vergonzoso.
—No hay problema, y me llamo Micaela —le recordó—. Ven, te mostraré el lugar. —Comenzó a caminar—. Como puedes ver aquí trabajan personas muy diferentes.
Fue tras ella, observando con detenimiento a aquellos que se cruzaban. Lo que decía era cierto: al cabo de un par de minutos había visto personas de todas las edades, incluso niños y ancianos. ¿Qué clase de trabajo requería gente tan diferente?
Algunos se veían normales, pero otros parecían extremadamente excéntricos. Entrenaban en aparatos, lanzaban golpes al aire con los puños o con armas, otros permanecían quietos meditando.
—Parecen personajes de una película… —le susurró.
—Aquí tenemos a los mejores en su especialidad, así que no es extraño que todos tengan una fuerte personalidad —le informó, encaminándose hacia una puerta blindada—. Por cierto, ¿ya tienes tu respuesta? ¿O necesitas que te dé algo más de información?
—La tengo.
—Me alegra escuchar eso… Toma —le entregó unas orejeras que parecían auriculares—. Úsalas cuando entremos.
Las tomó sin comprender por qué le había entregado aquello. Pero tuvo sentido cuando Micaela, después de colocarse las propias, abrió la enorme puerta. El ensordecedor sonido de los disparos, muchos de ellos sonando al unísono, la obligó a colocarse torpemente esos protectores auditivos. El contraste fue impresionante. El sonido que le lastimaba los oídos se convirtió abruptamente en un silencio tan profundo que incomodaba.
Siguió a la chica por el angosto pasillo de la sala de tiro, hasta llegar al cubículo donde Ryan le disparaba a una extraña figura casi humana con círculos concéntricos en el cuerpo. Cuando él se percató de su presencia, se detuvo y comenzó a hablarles. Se quitó los protectores para escuchar lo que él decía.
Mala idea…
Volvió a colocárselos de inmediato y lo observó con frustración. ¿Ese estúpido no se daba cuenta de que no podía escucharlo? ¿Y por qué demonios él no usaba nada que lo aislara de ese ruido que nadie en su sano juicio soportaría?
Ryan le indicó con una señal que esperara mientras terminaba de descargar el arma disparando una y otra vez en el centro de ese cartón, con una precisión sorprendente.
Su expresión seria y llena de concentración se esfumó cuando la última bala impactó en el blanco. Entonces volvió a verla con la misma sonrisa que llevaba cuando lo conoció.
Ambas lo siguieron hacia la salida de ese lugar. Se sintió aliviada al ver cerrarse la puerta y poder quitarse los protectores.
—¡Odio estas cosas! —se quejó, buscando un lugar donde dejarlas.
—¡Me alegra que estés mejor! —exclamó Ryan con alivio—. Yo también creo que las orejeras son un fastidio.
—Aun así, deberías usarlas. ¡Vas a quedarte sordo!
—Opino lo mismo —intervino Micaela.
—Ustedes son muy frágiles —rió de buen humor—. Lo hago desde pequeño, estoy más que acostumbrado.
Sintió algo de curiosidad, pero prefirió no ahondar en el asunto. Estaba cansada y hambrienta, necesitaba una siesta de al menos un mes para asimilar todo lo que había ocurrido en esas horas.
—Supongo que tienes razón —admitió—. Eres bueno…
—¡El mejor! —aseguró orgulloso—. He ganado varios…
—¿Por qué no se lo cuentas en otro momento? Debe estar muy cansada —lo interrumpió Micaela—. Además, ya tiene la respuesta.
—¿Tienes la respuesta? —preguntó él, viéndola con interés—. ¿Te quedas?
Asintió incómoda. Algo en él lograba intimidarla.
—Fantástico. ¿Escucharon, chicos? ¡Se queda! —festejó, dirigiéndose a algunas personas que entrenaban cerca, quienes apenas asintieron para continuar con lo suyo.
—Entonces debemos firmar el contrato —le recordó Micaela, encaminándose nuevamente hacia los ascensores, ignorando por completo los gritos de él.
Lo observó un instante con recelo antes de apresurarse a alcanzarla. No era como si alguno de los presentes le inspirara demasiada confianza, pero sin dudas prefería estar en una oficina firmando el contrato de sus sueños a quedarse con ese idiota efusivo.
***
—Léelo —le pidió Micaela, dejando frente a ella una pila de papeles. Ese contrato debía tener más de cien páginas.
—¿Es necesario? —preguntó, calculando las horas que le tomaría leer todo eso.
—¿Necesario? Para nosotros no. Pero sería conveniente para ti conocer los pormenores de tu nuevo empleo, ¿no crees?
Lo intentó, realmente lo intentó. Hojeó algunas páginas leyendo fragmentos sueltos, todos ellos con palabras incomprensibles. No se consideraba tonta, pero tampoco era una chica letrada.
Finalmente, el deseo de llegar a su casa a descansar ganó y lo firmó sin entender casi nada.
—Listo… ¿Puedo irme ahora? —preguntó, poniéndose de pie y caminando hacia la salida sin esperar respuesta.
—Sí, claro. Pero espera un momento —la detuvo Micaela cuando ella abrió la puerta—. Llamaré a Ryan para que te lleve a casa.
Sintió un escalofrío.
—Cualquiera menos él —le suplicó, observándola con desesperación.
—Te llevaré yo entonces, estamos bastante lejos de tu actual residencia —dijo la chica, tomando sus cosas.
Se sentía agotada. Tanto como para no detenerse a pensar en que aun en esos momentos, saliendo del lugar, había otra persona tomando sus decisiones.
Siguió a la chica sin decir nada más. Lo último que quería era hablar. Agradecería que el viaje transcurriera en silencio.
Y casi fue así. La chica sólo interrumpió el silencio para recordarle que no debía hablar con nadie del trabajo ni de lo que había visto, y que al día siguiente tendría que organizar sus pertenencias para mudarse a su nueva casa.
¿Qué pensaría Benjamín cuando fuera a buscarla y no la encontrara? Seguramente se enojaría… Mala suerte…
Al llegar a casa se dejó caer en la cama sin cambiarse ni quitarse el maquillaje. Se quedó dormida casi de inmediato. Ya tendría tiempo de pensar en lo que se había metido.