CAPÍTULO 2
—¿Dices que es ella? —preguntó mientras observaba la foto.
—Por supuesto —asintió la mujer—. Fue muy fácil encontrarla. Ha cometido todos los errores de una principiante.
—Una principiante que te quitó al objetivo —le recordó, sonriendo burlonamente.
—No me quitó nada. No actué porque no diste las órdenes correctas.
—¿Qué órdenes se supone que son las correctas? Todos aquí esperan que sepa qué hacer en cada ocasión.
—¡Porque tú estás a cargo, niño! ¿Tienes idea de cuánto dinero perdimos? Tu padre no lo habría dejado escapar.
—Pero no soy mi padre. Ya no soy un niño. Y sólo estoy al frente temporalmente —murmuró, poniéndose de pie—. ¿Tenemos la dirección? —preguntó, sacudiendo la fotografía frente al rostro de Judy.
—Pregunta a los de Inteligencia. Hace un rato estaban trabajando en ello, ya deben tenerlo. ¿A quién enviarás?
—Iré yo. —Sonrió al ver la expresión de Judy—. Oye, es linda, y si no puedo llevar el negocio como mi padre, al menos lo pasaré bien.
Se retiró antes de escuchar la respuesta. Debía admitir que le divertía bastante molestarla. Esa dama cincuentona que trabajaba con ellos desde antes de que él naciera necesitaba relajarse un poco.
Pero tampoco estaba mintiendo. La chica que les quitó un importante trabajo era hermosa, tanto que adoraría reclutarla para la nueva brigada que estaba armando.
Y eso era precisamente lo que haría.
Media hora después, conducía su convertible rojo camino a casa de Marianne. No sólo le dieron la dirección, también se había aprendido su rutina diaria y su motivación, así que no tendría problemas.
Esperó unos minutos en su calle, hasta que salió de su casa por víveres. Detuvo el auto frente a ella, ganándose su completa atención.
—Eres Marianne Gómez, ¿verdad? —La forma en que esos ojos verdes se abrieron por la sorpresa fue toda la respuesta que necesitaba—. Me llamo Ryan Dampierre, y estoy aquí para ofrecerte la vida de lujos que mereces.
Ella se mordió el labio mientras apretaba con fuerza la correa de su bolso.
Nunca había conocido a alguien con un lenguaje corporal tan transparente. Era sorprendente que una chica así fuera competencia para las Camaleones. Chicas que habían dedicado su vida a la labor y que nunca mostraban debilidad ni bajaban la guardia.
—S… Soy yo… —asintió—. ¿Cómo sé que esto no es una broma? —preguntó recuperándose de su estupor inicial.
—¿Broma? ¿Qué ganaría yo haciendo una broma a alguien que no conozco? —rió—. ¿Qué te parece si subes? —le ofreció, dando un par de palmaditas al asiento del acompañante—. Te llevaré a dar una vuelta y te explicaré mi propuesta.
—Hablas como si me fueras a secuestrar —dijo, entrecerrando los ojos.
Aquello sí le resultó divertido. Soltó una sincera carcajada antes de responder.
—¿Cuánto rescate crees que pagarían por ti?
Al parecer tocó una fibra sensible, ya que una mezcla de desilusión y molestia apareció en el bonito rostro de esa chica. Luego de unos segundos ella misma abrió la puerta del auto y se sentó a su lado.
—Yo pagaría fortunas —le aseguró sonriendo de lado, antes de presionar el acelerador a fondo—. Ponte el cinturón —recomendó luego de que ella abriera los ojos sorprendida por la velocidad—. Te busqué porque tengo una propuesta de trabajo que estoy seguro de que te encantará.
—¿Trabajo? —preguntó, apretando el bolso contra el pecho—. No necesito trabajo.
—Lo sé, lo sé. Tienes el trabajo ese con el fotógrafo…
—¡¿Cómo puedes saber eso?! —chilló ella—. Ese estúpido de Benjamín me está haciendo una broma. Es eso, ¿verdad? ¡Cuando lo vea te juro que…!
—Eres una máquina de soltar información. Tendrás que trabajar en eso.
—¿De qué hablas?
—Escucha por favor. Conozco tu trabajo porque hay gente que te investigó. —Ella tembló en el asiento—. Sabemos lo que han estado haciendo, por pura casualidad interfirieron en uno de nuestros negocios.
Detuvo lentamente el coche. Ya estaban en las afueras de la ciudad y no había nadie cerca que pudiera escuchar. No poder disfrutar de las genuinas expresiones de esa chica por mirar la carretera sería un desperdicio.
—Nos hicieron perder unos cuatro o cinco millones, ¿sabes?
Ella palideció. Abrió la boca, pero las palabras no salieron. Le pareció tierna, pero se veía como si en cualquier momento fuera a llorar. Quería sorprenderla, no angustiarla.
—Tranquila, nadie está enojado contigo —dijo para tranquilizarla—. Bueno, casi nadie… Yo no lo estoy al menos —le sonrió—. No estoy aquí por eso.
—¿Quién eres? ¿Qué quieres de mí? —preguntó asustada.
—¿Quién soy? —No tenía demasiado que decir de sí mismo—. Soy el hijo de Jacob Dampierre, un importante empresario que tiene negocios con gente muy poderosa.
—Eres el hijo de alguien con dinero —murmuró ella, viéndolo con desconfianza—. Eso no me dice demasiado de ti.
—Tal vez no haya demasiado que decir… Mi padre tiene un negocio que le hace favores a quienes pueden pagar por ello.
—¿Un negocio que le hace favores a millonarios? Suena turbio…
—¿Tú crees? ¿No es lo mismo que hacen tú y tu amigo?
—No dije que lo que nosotros hacemos no lo sea también.
—Estoy temporalmente al mando —continuó—. Luego de ver el buen trabajo que hiciste con ese tipo, pensé que sería genial tenerte trabajando con nosotros.
—¿Qué se supone que haría?
—Un trabajo similar al que haces ahora, sólo que probablemente la paga sea mejor y estarás bien protegida si algo sale mal —recitó casi de memoria.
—¿Probablemente? —repitió ella observándolo con seriedad—. ¿Cuánto me pagarán?
—Eh… No conozco los detalles, tendría que preguntarle a quien se encarga de eso.
—¡Pues pregunta! —le exigió—. No esperarás que acepte un trabajo tan extraño sin saber siquiera cuánto voy a cobrar.
—Supongo que no, pero no puedo llamarla ahora. Tendríamos que ir y hablarlo personalmente —se inventó.
—¡Entonces decide tú cuánto me vas a pagar!
—No creo que pueda hacer eso…
—Pensé que estabas al mando.
—Lo estoy, pero desde hace muy poco tiempo y casi todo lo manejan los demás.
Ese no era un invento.
—Entonces no estás al mando —le informó sin piedad—. Anda, llévame de vuelta. No puedo seguir perdiendo el tiempo.
—¿Eh? ¿No vas a ir conmigo? —Ella lo miró con expresión de aburrimiento, ni siquiera dignándose a responderle—. Pero… la propuesta es seria. Y estoy seguro de que te encantará. Ganarás mucho dinero y trabajarás mucho más cómoda —hizo un último intento.
—Eso dices, pero en todo este rato no he visto ni un dólar.
Al parecer su capacidad de argumentación no era tan buena como pensaba, tendría que usar el Plan B.
—¿Quieres ver dinero? —preguntó, antes de estirarse para sacar un sobre bastante abultado de la guantera—. Toma, me dijeron los chicos que te entregara esto como un adelanto.
Ella tomó el sobre con desconfianza, pero al abrirlo su expresión cambió por completo. La vio revisar el contenido con sorpresa pintada en su rostro.
—¿Por qué haces eso? —preguntó cuando ella tomó uno de los billetes para verlo a trasluz.
—No son falsos —dijo en voz baja.
—¿Por qué lo serían?
—¡Porque es demasiado dinero! No puedes andar con eso en la guantera.
—¿Por qué no? Sólo es dinero…
—¡¿Sólo dinero?! —preguntó ofendida—. ¡Se nota que nunca pasaste necesidades!
—Se nota que nunca perdiste algo importante —se le escapó.
Se ganó un mirada llena de odio.
—¡Lo siento! No quise decir eso —se disculpó, volviendo a sonreírle—. Te propongo una cosa —cambió de tema—. Si vienes conmigo podrás hablar con una persona que responderá a todas tus preguntas.
—No sabes ni en qué consiste tu propio trabajo, mucho menos el mío. ¿Por qué debería ir contigo?
—Porque sé el camino.
Lo miró durante varios segundos con una expresión indescifrable.
Le parecieron una eternidad, tanto que casi no logró mantener su sonrisa confiada. Finalmente ella respondió.
—Está bien… llévame —accedió luego de mirar el sobre una última vez.
La vio guardar el dinero en su bolso y apretarlo contra el pecho con recelo.
—¡Sí! —festejó, poniendo el coche en marcha—. Será muy divertido trabajar contigo.