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Capítulo 1

Perfecta · por Trekumy · 19 de agosto de 2026

CAPÍTULO 1

—Marianne, ¿ya estás lista?

—Claro que sí, ¿cuándo cobramos?

—En dos o tres meses.

—¡¿Tanto?! ¡Estúpido trabajo!

Se colocó la peluca negra y la aseguró con varias horquillas. Todo debía quedar en su lugar sin importar cuánto se moviera.

—Pensé que ya estabas lista.

—No me presiones —le espetó, tomándose aún más tiempo para ponerse los lentes de contacto de color—. ¿Dónde estarías sin mí?

—La pregunta es: ¿dónde continuarías tú sin mí?

—¡Cierra la boca y vamos! —le ordenó, tomando su bolso—. Déjame ver esa foto una vez más.

Benjamín le mostró la fotografía de un hombre de unos cincuenta años. Tenía cabello canoso, ojos cansados y un Rolex en su muñeca. Ese viejo le asqueaba al igual que todos los demás.

Minutos más tarde se dirigían al lugar en una camioneta desteñida. El tonto parecía muy feliz con ese armatoste que no tenía ni aire acondicionado.

—¡Si sudo demasiado se correrá mi maquillaje!

—Abre la ventana y ya.

—¿Te volviste loco? ¡El viento me despeinará!

Él suspiró y encendió la radio. Siempre que no quería escucharla hacía eso.

Se dedicó a mirar el paisaje con desinterés. Esas reuniones de alta sociedad casi siempre se hacían en las afueras de la ciudad. En ellas abundaba el lujo. Los hombres usaban impecables trajes de etiqueta, y las mujeres, largos vestidos de diseñador que estrenarían esa noche y descartarían al día siguiente.

Uno solo de esos vestidos valía lo que su ropa de todo un año.

Maldito rincón del mundo en el que nació. ¿Por qué sus padres sintieron la necesidad de traerla al mundo sólo para que padeciera la misma miseria que ellos?

—Llegamos.

La voz de Benjamín la devolvió al mundo real. Él se detuvo a cinco cuadras de la fiesta.

—Tu turno, morena ardiente. —Le sonrió. Siempre decía ese tipo de tonterías cuando la enviaba a una misión.

—Toma buenas fotografías y ¡que mi rostro no esté en ellas! —le advirtió antes de bajar del vehículo.

—Entonces no mires hacia la ventana como la última vez.

—¡Cállate y simplemente hazlo bien!

—Como siempre…

Se marchó caminando. No pensaba perder más tiempo.

Benjamín era bastante talentoso con la cámara. Sus fotografías se veían espectaculares, pero nunca se lo admitiría.

Faltaban apenas un par de cuadras para llegar, así que acomodó mejor su vestido y revisó la peluca. Debía estar perfecta; si era descubierta, todo el trabajo se iría por la borda.

Aun así, era mejor que su trabajo anterior. Valía la pena el riesgo.

Entró sin problemas. Benjamín tenía buenos contactos. Ya dentro de la fiesta, tras volver a ver la fotografía de su víctima, lo buscó.

Caminó por el salón, observando personas y detalles de la decoración. Rechazó las invitaciones de caballeros jóvenes y mayores. El tiempo pasaba muy rápido. Tenía que encontrarlo pronto.

En un intento por calmarse entró al tocador, retocó su maquillaje y respiró hondo. Vestido, peluca, zapatos, joyería, incluso el maquillaje, valían una pequeña fortuna y no podría volver a usarlos. Todo desperdiciado si no daba con él antes de que la noche terminara.

Al regresar al salón, lo vio sentado en uno de los sofás, con una exuberante pelirroja muy pegada a él.

Una rival. Eso lo hacía más divertido.

Tomó una copa y se acercó con un paso bien estudiado. Podía mostrarse sensual y arrebatadora, o dulce y tímida. No sólo era una maestra del disfraz, también de la actuación.

Al llegar frente a él se detuvo y sacó la aceituna de su martini seco. Jugó con ella entre sus labios, desviando su mirada al objetivo. Tal como lo pensaba, el hombre tenía sus cansados ojos clavados en ella.

Había llamado su atención. La parte más difícil estaba hecha.

Continuó con el espectáculo. No sólo miradas masculinas se posaban sobre ella. No sabía qué le daba más satisfacción, si ser deseada por ellos o envidiada por ellas.

Ni siquiera las sugerentes caricias que su rival dejaba caer sobre él evitaron que la venciera en menos de diez minutos. Con sus movimientos, con ese tono de voz que tanto había ensayado para que sonara auténtico. Con una sensualidad que brotaba de su piel y flotaba en el aire.

Un par de intensas miradas y una sonrisa segura alcanzaron para conseguirle un lugar en el sofá a su lado.

Las miradas se convirtieron en risas, los gestos en caricias, las palabras en susurros y el sofá en una cama con sábanas de seda.

Odiaba lo que venía después, pero no podía decir que fuera difícil… o nuevo.

Mientras se desnudaba y dejaba que ese hombre disfrutara de ella, se decía que así estaba mejor.

No era lo que merecía, pero aquella calle sucia y fría en la que noche a noche debió ganarse la vida en el pasado era mucho peor.

En esa época soñaba con un príncipe azul en convertible rojo, que aparecería para rescatarla del horrible mundo en que estaba atrapada. Un sueño recurrente entre las chicas en su situación: sólo variaba el color del auto.

El príncipe azul nunca apareció; en su lugar, un plebeyo desaliñado y depresivo que conducía un horrible vehículo fue quien llegó a su rescate.

Se planteó no subir a la destartalada camioneta; sin embargo, la semana había estado difícil, y no podía despreciar ningún trabajo.

En lugar de lo de siempre, el chico sólo quería hablar. Pasó varias horas escuchando los problemas amorosos de un extraño. Lo interrumpió varias veces para recordarle su tarifa por hora.

Estaba amaneciendo cuando él terminó su catarsis y se marchó dejándola con el dinero y una sensación de confusión tal, que ese día soñó con él y su interminable parloteo.

La noche siguiente volvió a aparecer en la misma camioneta vieja, pero con ánimos renovados y una sonrisa de oreja a oreja, incluso se había peinado para la ocasión. Estaba claro que esta vez buscaba otra cosa.

El trabajo que le ofreció resultó ser algo muy diferente a lo que esperaba: un negocio para el cual necesitaba a una chica hermosa, dispuesta a entregar su cuerpo a cambio de dinero.

Escuchó pacientemente, lista para rechazar la oferta… hasta que mencionó a su familia: sus padres eran una verdadera carga para él y no dudaba en decirlo.

Por primera vez sintió algo de empatía hacia él; no eran tan diferentes. Ambos habían vivido en la necesidad, ambos habían sido condenados a la miseria por sus padres y ambos harían lo que fuera por salir de esa vida, por tener la riqueza que tanto ansiaban.

Seguía viéndolo como el patético tipo que sollozaba frente a una chica de la calle por alguien a quien nunca le importó. Pero debía admitir que su estúpido y peligroso plan podría acercarlos a su objetivo compartido.

No aceptó de inmediato; sin embargo, la noche siguiente, al regresar a la calle, todo se veía diferente. Rechazó a cada cliente esperando ansiosa a que apareciera la camioneta.

Y finalmente apareció. Subir a ella se sintió como abordar una carroza que la llevaría a un palacio para comenzar una nueva vida.

En el fondo sabía que estaba siendo infantil e incluso descuidada, pero en esos momentos no le importó.

Respiró hondo frente al espejo intentando regresar a la realidad. Su trabajo había concluido, sólo necesitaba terminar de vestirse, salir de la habitación y luego de la fiesta sin levantar sospechas.

No fue difícil; lo difícil fue encontrar un taxi que la llevara a casa a esa hora.

***

—¡Estuviste fantástica!

—Lo sé —asintió sin dignarse a verlo, mientras continuaba deshaciendo su disfraz—. La pregunta es, ¿cómo lo hiciste tú?

—Genial como siempre. En la mañana revelaré las fotografías y se las enviaré a la esposa de ese hombre tal como acordamos.

—No me importan los detalles, ¿cuánto para mí?

—Unos dos mil, o tres si queda muy contenta y paga un extra como la anterior.

—Espero que se dé prisa. ¿Qué haremos si decide no pagar?

—Debemos tener paciencia, no nos pagará hasta que se realice el juicio y le quite todo el dinero que pueda a su marido. Pero tranquila, si pretende estafarnos, tengo otras fotos que podrían filtrarse —le guiñó un ojo.

Respondió con una mirada indiferente. Aún no entendía bien cómo conseguía clientes. Todo pasaba a través de él y lo agradecía. Cuanto menos esfuerzo mejor.

—Está bien, márchate. Tengo que dormir.

—¿Y si… dormimos juntos?

—¡Ni hablar! ¡El trabajo y eso no se mezclan!

—Tu trabajo es eso…

—¡Te vas! —Lo echó a empujones.

No era estúpida. Él buscaba más que eso.

Podía haberle tomado algo de respeto como fotógrafo, pero sabía perfectamente que el idiota se enamoraba con demasiada facilidad de cualquier chica con la que tuviera contacto.

Seguiría esperando a su príncipe en convertible rojo. Algún día entraría a esas fiestas por la puerta principal y tendría todo aquello que merecía.

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