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Capítulo 9: Oxígeno Prestado

Perfecta Mentira: Bajo el Corset · por elisya.tess · 20 de agosto de 2026

El diagnóstico del Dr. Rinaldi no me liberó; me puso grilletes nuevos.

Desperté con el sonido de las persianas automatizadas subiendo lentamente, dejando entrar la luz gris de la mañana. Me removí entre las sábanas de seda, instintivamente llevando una mano a mi vientre.

—Buenos días, mi vida.

La voz de Dante me hizo dar un respingo. No se había ido a trabajar. Estaba sentado en un sillón de terciopelo azul que había arrastrado hasta el borde mismo de la cama, observándome dormir. Llevaba ropa cómoda, un suéter de cachemira negro y pantalones de chándal, pero su mirada tenía la intensidad de un francotirador.

—Dante... ¿qué hora es? —pregunté, con la voz pastosa.

—Las nueve. Rinaldi dijo reposo absoluto, así que cancelé todas mis reuniones de la mañana. —Se inclinó hacia adelante, invadiendo mi espacio antes de que pudiera siquiera sentarme—. He trasladado mi oficina al despacho de aquí. No voy a dejarte sola con ese... "problema" en tu interior.

Un escalofrío me recorrió la espalda. "Problema". Así llamaba al quiste imaginario (y a mi bebé real). Dante chasqueó los dedos y, como por arte de magia, una empleada doméstica entró con una bandeja enorme.

—Desayuno —anunció Dante, tomando la bandeja y poniéndola sobre mis piernas. Había huevos revueltos, aguacate, tostadas integrales y un batido verde espeso—. Rinaldi dijo que tu pérdida de peso es peligrosa. Así que vamos a arreglar eso.

El olor del huevo revuelto me golpeó como un puñetazo en el estómago. Las náuseas matutinas, puntuales como un reloj suizo, subieron por mi garganta. —No tengo mucha hambre... —murmuré, apartando la mirada.

La mano de Dante se cerró suavemente sobre mi muñeca. Suave, pero inamovible. —No te pregunté si tenías hambre, Valeria. —Su tono era dulce, enfermizamente dulce—. Estás enferma. Tu cuerpo se está consumiendo. Necesitas nutrientes para curarte. Come.

Tomó el tenedor, pinchó un trozo de huevo y me lo llevó a la boca.

—Abre —ordenó.

Lo miré a los ojos. Había amor en ellos, sí, pero un amor asfixiante, paranoico. El amor de alguien que riega una planta hasta ahogarla por miedo a que se seque. Abrí la boca. Comí. Tragué con dificultad, luchando contra el reflejo de vomitar. Dante sonrió, satisfecho, y me acarició la mejilla.

—Buena chica. Lo ves, no es tan difícil. Vamos a cuidarte hasta que vuelvas a ser perfecta.

Pasé la siguiente hora siendo alimentada como una niña pequeña, bajo su vigilancia estricta. Cada vez que mi teléfono vibraba en la mesita de noche, mi corazón se paraba. Rinaldi. El médico me había dicho: "Vuelve sola mañana o le digo la verdad". Tenía que salir de aquí. Tenía que ir al consultorio antes de que Rinaldi cumpliera su amenaza.

—Dante... —empecé, limpiándome la boca con la servilleta—. Necesito... necesito salir un momento.

La sonrisa de Dante desapareció. El aire en la habitación bajó diez grados. —¿Salir? ¿A dónde? Tienes reposo absoluto.

—A la farmacia —improvisé, desesperada—. Necesito... cosas de mujeres. Compresas, cremas... cosas que prefiero elegir yo misma.

Dante me analizó, buscando la mentira. —Puedo mandar a alguien. O puedo ir yo.

—No, es personal. Por favor, Dante. Me siento encerrada. Solo serán veinte minutos. El chófer me lleva y me trae.

Él pareció considerarlo. Se levantó y caminó hacia la ventana, mirando la ciudad con esa postura de dueño del mundo. —No —dijo finalmente. —¿No? —No vas a salir sola. No en tu estado. Podrías marearte. Podrías desmayarte como la última vez. —Se giró, y sus ojos brillaron con una determinación oscura—. Si necesitas salir, irás escoltada.

Tomó su teléfono y marcó un número. —Que suba. Ahora.

Dos minutos después, el timbre sonó. Dante fue a abrir y regresó acompañado. El hombre que entró en la habitación ocupó todo el espacio con su presencia. Era alto, casi tanto como Dante, pero más ancho de hombros. Tenía el cabello castaño corto, una cicatriz pequeña en la ceja y una postura militar que gritaba "peligro". Pero sus ojos... sus ojos eran color miel, tranquilos, observadores.

—Valeria, te presento a Enzo —dijo Dante, sin mirar al hombre, solo mirándome a mí para ver mi reacción—. Es el mejor en seguridad privada. Ex fuerzas especiales. A partir de hoy, él es tu sombra.

Enzo asintió levemente hacia mí, con respeto pero sin sumisión.
—Señorita Valeria.

—Enzo no es solo un chófer —continuó Dante, caminando alrededor del nuevo guardia como si inspeccionara un arma—. Es tu escudo. Donde tú vayas, él va. Si vas al baño en un restaurante, él espera en la puerta. Si vas a comprar "cosas de mujeres", él te lleva las bolsas. No das un paso sin que él lo sepa. ¿Entendido?

Sentí que las paredes se cerraban sobre mí. —Dante, esto es ridículo. Es un quiste, no un secuestro.

Dante se acercó a mí en dos zancadas rápidas, tomándome la cara entre sus manos, ignorando que Enzo estaba ahí parado viendo todo.
—Es precaución —susurró, rozando mis labios—. No voy a arriesgarme a que te pase algo y yo no esté ahí. Enzo responde ante mí. Él me informará de todo lo que haces, comes y compras.

Luego, se giró hacia Enzo. Su voz cambió, volviéndose hielo puro. —Y tú, escúchame bien. Tu trabajo es proteger su cuerpo, no mirarlo. Enzo mantuvo la mirada de Dante, impasible.
—Entendido, señor Valli.

Dante volvió a mirarme, marcando territorio. Deslizó una mano por mi cuello, bajando hasta mi pecho, posesivo, delante del extraño. —Ella es frágil, Enzo. Y es mía. Cuídala como si tu vida dependiera de ello... porque depende de ello.

Dante miró su reloj. —Tengo que ir a la oficina dos horas. Una crisis con los proveedores. —Me besó con fuerza, marcándome—. Enzo te llevará a la farmacia si tanto insistes. Pero recuerda: él me cuenta todo.

Dante salió de la habitación como un huracán, dejándome sola con el desconocido. El silencio fue incómodo. Miré a Enzo. Él me miró, y por primera vez vi algo más que un soldado. Vi... ¿lástima?

—¿Señorita? —dijo Enzo, con una voz grave y tranquila—. ¿Está lista para salir o prefiere descansar? El señor Valli dijo que no la forzara.

Tragué saliva. Tenía a un guardaespaldas informante. Tenía a un médico extorsionador esperando. Y tenía a un prometido paranoico controlando mi agenda.

—Vamos a salir, Enzo —dije, levantándome con cuidado y poniéndome una mano en el vientre—. Pero no vamos a la farmacia.

Enzo arqueó una ceja. —¿A dónde vamos, entonces? Tengo órdenes estrictas de reportar la ruta.

Lo miré a los ojos, rogando que su humanidad fuera mayor que su lealtad a Dante.
—Necesito ir al consultorio del Dr. Rinaldi. Y necesito que Dante no se entere de que fui.

Enzo se quedó quieto. El destino de mi secreto ahora dependía de un hombre que acababa de conocer hace cinco minutos. —El señor Valli paga mi sueldo, señorita —dijo lentamente.

—Y el señor Valli te despedirá si me pasa algo —contraataqué, usando el miedo de Dante a mi favor—. Es un tema médico privado. Si no voy, el problema se agrava. ¿Vas a ser mi escudo o vas a ser mi carcelero?

Enzo me sostuvo la mirada unos segundos eternos. Luego, suspiró y se pasó una mano por el cabello. —Al coche. Tienes una hora antes de que él llame para verificar.

Solté el aire que no sabía que estaba conteniendo. Tenía una hora. Una hora para convencer a Rinaldi de que guardara silencio. Una hora de libertad vigilada.

 

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