El Audi blindado de Dante se deslizaba por la autopista como un depredador negro. Dentro, el silencio era tan espeso que se podía cortar con un cuchillo.
Enzo conducía con una mano relajada sobre el volante y la otra cerca de la palanca de cambios (y de su arma oculta). Sus ojos color miel me escaneaban por el espejo retrovisor cada treinta segundos exactos. No me miraba con deseo. Me miraba como se mira un paquete explosivo que puede detonar en cualquier momento.
—Le estás mintiendo —dijo Enzo. Su voz grave rompió el silencio, sobresaltándome. No me miró al decirlo; sus ojos seguían fijos en la carretera.
Me abracé el bolso contra el pecho, protegiendo mi vientre instintivamente. —Es un tema médico privado, Enzo. Dante se preocupa demasiado. Si sabe que vine sola, montará un escándalo y cancelará sus reuniones. Lo hago por él.
Enzo soltó un resoplido corto, casi una risa. —"Lo hago por él". Esa es la mentira más vieja del libro, señorita. Me miró por el espejo, y esta vez su mirada fue afilada. —El señor Valli me paga para mantenerla viva, no para juzgar sus decisiones. Pero si su "secreto" pone en riesgo su seguridad... se lo diré. Mi lealtad es con quien firma el cheque.
Tragué saliva. —No está en riesgo mi seguridad. Solo necesito veinte minutos.
Enzo frenó suavemente frente a la clínica de Rinaldi. —Tiene quince. Y yo subo con usted hasta la sala de espera.
No tuve opción. Subimos en silencio. La presencia de Enzo era imponente; las enfermeras se giraban a mirarlo, intimidadas por su tamaño y su aura de violencia contenida. Se quedó plantado junto a la puerta del consultorio como una gárgola, cruzándose de brazos.
—Nadie entra. Nadie sale —le dijo a la recepcionista, que asintió temblando.
Entré al consultorio. El Dr. Rinaldi estaba de espaldas, mirando una radiografía en la pared de luz. Al oírme entrar, se giró. No sonreía. Parecía diez años más viejo que ayer.
—Cierra la puerta —ordenó, seco.
Lo hice. El clic del seguro sonó como un disparo. —Siéntate, Valeria.
Me senté en el borde de la silla, sintiéndome pequeña. —Doctor, gracias por no decir nada ayer. Yo...
—¡Cállate! —Rinaldi golpeó su escritorio con la palma de la mano, haciéndome saltar—. ¿Tienes idea de lo que me hiciste hacer? ¡Me hiciste mentirle a Dante Valli a la cara! Ese hombre destruye empresas por diversión. Si se entera de que le oculté que su prometida está embarazada... me arruinará. Me quitará la licencia. O peor.
Rinaldi se pasó una mano por la cara, sudando. —Vi los moretones, Valeria. Vi las marcas en tu cadera. Por eso mentí. Porque pensé: "Si le digo que está embarazada ahora mismo, con ese temperamento que tiene, la mata ahí mismo".
Se inclinó sobre el escritorio, mirándome con urgencia. —Pero no puedo sostener esto. No es un quiste. Es un bebé. Y tú estás en los huesos. Estás anémica, deshidratada y estresada. Ese feto es una bomba de tiempo.
—Lo sé —susurré, las lágrimas picándome los ojos—. Solo necesito tiempo. Necesito que él se calme. Necesito...
—Necesitas un milagro —me cortó Rinaldi—. Escúchame bien. Dante me paga una fortuna para que te "cure". Espera resultados. Espera que el "quiste" desaparezca. Abrió un cajón y sacó un frasco de pastillas sin etiqueta y unos papeles.
—Este es el trato —dijo, con voz dura—. Te voy a dar progesterona y vitaminas prenatales, pero las he re-envasado en frascos de "suplementos hormonales para el quiste". Tienes que tomártelas todas. Si Dante pregunta, son para regular tu ciclo y disolver el quiste.
Me empujó los frascos por la mesa. —Te doy tres semanas, Valeria. —¿Tres semanas? —pregunté, horrorizada—. Es muy poco tiempo.
—Es todo lo que tienes. En tres semanas, ese útero empezará a subir por encima del hueso púbico. Tu vientre se notará, por mucha faja que uses. Y Dante no es estúpido; es obsesivo. Él palpará la diferencia.
Rinaldi se levantó y rodeó el escritorio para quedar frente a mí. —Tienes tres semanas para decirle la verdad, o para irte. Porque en la próxima revisión mensual, si tú no se lo has dicho... se lo diré yo. No voy a ir a la cárcel ni al cementerio por tu secreto.
Tres semanas. Veintiún días. Era una sentencia de muerte con cuenta regresiva.
—Gracias, doctor —dije, tomando los frascos y metiéndolos en mi bolso con manos temblorosas.
—No me des las gracias. Salva a ese bebé. O aborta. Pero deja de jugar con Dante Valli, porque vas a perder.
Salí del consultorio temblando como una hoja. Enzo seguía ahí, inmóvil. Al verme salir pálida y con los ojos llorosos, se descruzó de brazos y dio un paso hacia mí. —¿Está bien? —preguntó. Su voz sonó genuinamente preocupada por un segundo.
—Sí —mentí, abrazando mi bolso—. Vámonos.
Enzo me miró. Miró la puerta del médico. Miró mi bolso, donde los frascos chocaban entre sí. No dijo nada. Me escoltó hasta el ascensor.
Justo cuando las puertas de metal se cerraban, mi teléfono vibró. Lo saqué. Un mensaje de Dante.
Dante: Enzo me dice que tardaste 18 minutos. Espero que Rinaldi te haya dado buenas noticias. Te estoy esperando para almorzar. No tardes. Te extraño.
El mensaje terminaba con un emoji de un reloj de arena. Se me heló la sangre. Enzo le había cronometrado el tiempo. Le había informado al segundo.
Miré a Enzo. Él me sostenía la mirada en el reflejo del ascensor, impasible. —Le dije que le contaba todo —dijo Enzo, encogiéndose de hombros—. 18 minutos no es una consulta larga, señorita. Es tiempo suficiente para recibir una receta... o una mala noticia.
—¿Qué le dijiste exactamente? —pregunté, con pánico.
—Le dije que salió pálida. Y que guarda algo en el bolso con mucho cuidado.
El ascensor llegó al garaje. Quise gritarle. Quise abofetearlo. Pero Enzo abrió la puerta del coche para mí. —Si fuera usted, señorita Valeria... prepararía una muy buena historia para explicar qué lleva en ese bolso. Porque el señor Valli la está esperando en la puerta del edificio. Y no se ve contento.
Subí al coche, sintiendo que me metía en una jaula de leones. Dante sabía que ocultaba algo. Enzo le había dado las pistas. Y ahora tenía que enfrentarme a él con las vitaminas prenatales camufladas en el bolso.
El motor rugió. Tres semanas. Pero tal vez no llegaría ni a esta noche.