El martes amaneció gris, como si el cielo supiera a dónde me dirigía. El consultorio del Dr. Rinaldi no parecía un hospital. Parecía el lobby de un hotel de cinco estrellas: suelos de mármol blanco, orquídeas frescas en la recepción y un silencio tan caro que daba miedo romperlo con el sonido de mis tacones.
Dante no me soltó la mano ni un segundo. Su agarre era firme, cálido, posesivo. Para cualquiera que nos viera entrar, éramos la pareja perfecta: el magnate preocupado y su hermosa prometida. Nadie veía que su mano era en realidad una esposa de carne y hueso.
—Relájate —me susurró al oído mientras la recepcionista nos anunciaba—. Estás temblando. Rinaldi es un amigo. Solo quiere ver que estás bien.
—Lo sé —mentí, sintiendo cómo el desayuno (que Dante me había obligado a terminarmelo) se revolvía en mi estómago.
Las puertas dobles de caoba se abrieron y apareció el Dr. Rinaldi. Un hombre de unos sesenta años, con cabello plateado y una sonrisa paternal que no llegaba a sus ojos analíticos.
—Dante, hijo. Qué bueno verte, aunque sea en estas circunstancias. —Estrechó la mano de Dante y luego se giró hacia mí—. Y tú debes de ser Valeria. Dante me ha contado lo mucho que le preocupas.
—Es un placer, doctor —dije, con la voz más firme que pude fingir.
—Pasen, por favor.
El consultorio era amplio, dominado por una camilla de examen cubierta de papel blanco y máquinas de última generación que parecían robots dormidos. Me sentí como un animal entrando al matadero.
—Bien —dijo Rinaldi, revisando mi expediente en una tablet—. Dante me dice que has tenido antecedentes de peritonitis grave hace un tiempo y que últimamente has estado... inestable con la comida y el peso. ¿Es correcto?
Dante contestó por mí. —Come como un pajarito, Franco. Y se fatiga rápido. Tengo miedo de que esté anémica o algo peor. Quiero un panel completo. Hormonas, vitaminas, funcionamiento de órganos. Todo.
Rinaldi asintió, tomando notas. —Empecemos con lo básico. Valeria, sube a la báscula, por favor.
Me quité los zapatos y subí al aparato digital. Los números parpadearon en rojo. 49.5 kg.
Dante soltó un suspiro furioso. —¿Lo ves? —señaló el número, mirándome con acusación—. Has bajado dos kilos desde el mes pasado. ¡Dos kilos, Valeria! Te estás consumiendo.
—He estado... estresada —murmuré, bajando de la báscula. La pérdida de peso era real; las náuseas matutinas y el estrés de ocultar el embarazo no me dejaban retener nada.
—El estrés quema calorías, es cierto —concedió Rinaldi—. Pero esa bajada es preocupante. Vamos a necesitar muestras de sangre y orina para descartar infecciones o desequilibrios hormonales.
Ahí estaba. La sentencia. Orina y sangre. La hormona del embarazo (hCG) saldría gritando en cualquiera de las dos.
—La enfermera te acompañará al baño para la muestra de orina —dijo Rinaldi—. Y luego te sacaremos sangre aquí.
Una enfermera joven, con cara de aburrimiento, apareció en la puerta con un vasito de plástico. Vi una oportunidad. Una única y desesperada oportunidad. Si lograba estar sola en el baño... quizás podía diluir la muestra con agua del grifo. Si salía "muy diluida", el test sería no concluyente. Ganaría tiempo. Un día. Dos días.
Tomé el vaso. —Vuelvo enseguida —dije, intentando no correr.
Entré al baño privado del consultorio. La enfermera se quedó afuera. Cerré el pestillo y me apoyé contra la puerta, respirando agitadamente. «Agua. Solo ponle agua caliente.»
Abrí el grifo. Llené el vaso hasta la mitad con agua tibia. Eché apenas unas gotas de orina real para darle color, rezando para que no fuera suficiente para activar el reactivo de embarazo. Era una jugada estúpida. Un médico experto sabría que la densidad está mal. Pero era lo único que tenía.
Salí del baño con el vaso en la mano, sintiéndome una criminal. Le entregué la muestra a la enfermera. —Gracias —dijo ella, etiquetándola—. El doctor la analizará en el laboratorio luego.
Volví al consultorio. Dante estaba de pie junto a la ventana, hablando por teléfono en voz baja sobre acciones. Al verme entrar, colgó inmediatamente.
—¿Listo? —preguntó.
—Listo —dije.
—Bien. Ahora, siéntate en la camilla, tomaré la muestra de sangre y voy a examinarte el abdomen —dijo Rinaldi, poniéndose guantes de látex. El sonido del látex estirándose me erizó la piel.
Me senté en el borde, con las piernas colgando, sentí el pinchazo crudo de la extracción que dolió más al salir que al entrar.
—Necesito que te levantes la blusa y te bajes un poco la falda, Valeria. Quiero palpar la cicatriz de la apendicectomía y ver si hay inflamación.
Me congelé. Llevaba la faja. No la de anoche, sino una más "suave", tipo body, pero seguía siendo una prenda de compresión que ninguna mujer sana usaría para ir al médico. Y debajo de ella... los moretones de la noche de pasión/tortura con Dante.
Miré a Dante. —¿Podrías... esperar afuera un momento? —pedí, con voz pequeña.
La expresión de Dante se endureció. El "Dante Protector" desapareció y el "Dante Traumatizado" tomó el control. —No —dijo tajante. Cruzó los brazos—. No voy a ir a ningún lado. Quiero ver que estás bien. Quiero ver qué escondes.
—Dante, es un examen médico... —intentó intervenir Rinaldi, incómodo.
—Ella es mi mujer, Franco. Yo la saqué de un charco de vómito la última vez que tuvo "privacidad" médica. Me quedo.
No tenía salida. Con manos temblorosas, me desabroché la blusa de seda y me la quité. Luego, bajé un poco la cinturilla de mi falda. Quedé expuesta en el body color carne.
Rinaldi frunció el ceño al ver la prenda. —Valeria... esto comprime demasiado. Para examinarte el abdomen necesito que te lo quites o te lo bajes.
Dante se acercó, mirando la prenda con esa mezcla de satisfacción y posesividad enferma. —Le gusta sentirse sujeta —dijo Dante, justificándome—. Tiene miedo de perder la figura.
Rinaldi no parecía convencido. —Bájalo hasta la cadera, por favor.
Obedecí. Bajé la tela elástica con dificultad. Y entonces, los moretones salieron a la luz. Manchas violáceas y amarillentas en mis costillas y caderas. Las marcas del tormento opresivo de la noche anterior. Y las huellas de los dedos de Dante.
El consultorio se quedó en silencio. Rinaldi detuvo sus manos en el aire. Miró los moretones. Luego miró a Dante. Luego a mí. Su expresión cambió. La amistad se enfrió y apareció el médico ético.
—Dante... —dijo Rinaldi, con voz muy seria—. ¿Qué es esto?
Dante parpadeó, sorprendido. Miró mi piel como si fuera la primera vez que veía esas marcas bajo la luz del día. —Es... es por la faja —se defendió Dante, pero sonó a la defensiva—. Ella usa esas cosas apretadas. Yo le dije que...
—Estas son marcas de dedos, Dante —le cortó Rinaldi, señalando mi cadera—. Y esto es trauma tisular por compresión extrema.
El médico se giró hacia mí, ignorando a Dante por primera vez. —Valeria, ¿te sientes segura en casa?
El mundo se detuvo. El médico pensaba que Dante me golpeaba. Y en cierto modo, lo hacía. Pero si yo decía que sí... si yo admitía abuso... Dante se volvería loco. Quemaría el mundo. Y mi secreto del embarazo saldría igual.
Miré a Dante. Estaba pálido. No de ira, sino de shock. Él no se veía a sí mismo como un abusador. Él se veía como un salvador. Ver la realidad de mis moretones a través de los ojos de otro hombre estaba rompiendo su narrativa.
—Estoy bien —dije rápido, cubriéndome—. Es la faja, doctor. De verdad. Y... y nos gusta jugar rudo. Es consensuado.
La mentira supo a ceniza. Rinaldi me miró con lástima. No me creyó, pero sabía que no podía obligarme a confesar con Dante ahí parado como una gárgola.
—Muy bien —dijo Rinaldi, seco. Se quitó los guantes—. Pero como médico, te prohíbo volver a usar esa prenda. Estás dañando tus órganos internos.
Dante asintió, mudo, mirando mis moretones con una expresión indescifrable.
—Ahora, recuéstate —ordenó Rinaldi, recuperando el tono profesional—. Dado el dolor abdominal difuso y la pérdida de peso, no me voy a arriesgar a palpar y fallar. Vamos a hacer una ecografía abdominal y pélvica. Quiero ver el útero y los ovarios.
El alivio de la "excusa del maltrato" se evaporó. Ecografía. Vería el saco gestacional. Vería el latido. No había agua del grifo que pudiera diluir una imagen en pantalla.
—Doctor, ¿es necesario? —preguntó Dante, con la voz ronca, aun afectado por lo de los moretones.
—Absolutamente. Si hay un quiste, una infección o... cualquier otra cosa, lo veremos ahora mismo.
Rinaldi giró el monitor del ecógrafo hacia él. Tomó el frasco de gel frío. —Valeria, esto estará un poco frío. Relájate.
Dante se acercó a la cabecera de la camilla. Me tomó la mano. —Estoy aquí —me dijo. Pero esta vez no sonó a amenaza. Sonó a miedo. Miedo de que Rinaldi encontrara un tumor como el de su madre.
Rinaldi echó el gel sobre mi vientre bajo. Cerré los ojos, esperando el sonido del fin del mundo. Esperando que Rinaldi dijera: "Vaya... parece que no estás sola, Valeria".
Sentí la sonda del ecógrafo presionar mi piel. Se movió hacia la derecha (apéndice). —El ciego se ve bien...
Se movió hacia el centro. Hacia el útero. Apreté la mano de Dante tan fuerte que le clavé las uñas. Él me devolvió el apretón, pensando que era dolor físico.
—Veamos el útero... —murmuró Rinaldi, frunciendo el ceño y acercándose a la pantalla.
Abrí un ojo. La pantalla mostraba manchas grises y negras. Y ahí, en el centro, había una pequeña mancha negra circular. El saco. Mi hijo.
Rinaldi se quedó callado un segundo. Ajustó el contraste. Dante miraba la pantalla sin entender nada. Para él eran solo manchas. —¿Qué es eso, Franco? —preguntó Dante, tenso—. ¿Es un tumor?
Rinaldi dejó de mover la sonda. Se giró lentamente en su silla. Me miró a los ojos. Y supe que lo sabía. Vio el terror absoluto en mi cara. Vio mi súplica muda. Vio a la mujer que acababa de mentir para proteger a su prometido, rogándole con la mirada que no le entregara la sentencia de muerte.
Rinaldi miró a Dante. Luego miró la pantalla donde latía el secreto. Suspiró. Un error de cálculo aquí no solo le costaría su prestigiosa licencia, sino que lo convertiría en cómplice y testigo de un homicidio en su propia clínica. Si la bomba de tiempo que era Dante Valli estallaba al ver ese feto, la junta médica lo destruiría por no haber activado los protocolos de abuso a tiempo. Tenía que sacarse este problema de encima.
—No, Dante —dijo Rinaldi, con voz neutra—. No es un tumor.
Dante soltó el aire. —¿Entonces qué es? ¿Por qué está inflamado?
Rinaldi volvió a mirarme. Tenía mi vida en sus manos. —Parece... un quiste funcional en el ovario —mintió el médico.
Casi me desmayo del alivio. —¿Un quiste? —repitió Dante.
—Sí. Es común. Explica el dolor, las náuseas y el desajuste hormonal. —Rinaldi apagó el monitor rápidamente y me limpió el gel con un papel—. No es grave, Dante. Se reabsorberá solo. Pero necesita reposo absoluto y cero estrés. Y sobre todo... necesita comer. Si sigue perdiendo peso, el quiste podría complicarse.
Dante asintió fervientemente, tragándose la mentira completa. —Lo hará. Yo me encargaré. Reposo y comida. Lo juro.
Rinaldi me ayudó a sentarme. Mientras Dante se daba la vuelta para recoger mi ropa, el médico se acercó a mi oído y susurró tan bajo que apenas lo oí: —Vuelve sola mañana. O le digo la verdad.