Desperté con el cuerpo dolorido, como si me hubiera atropellado un camión. La luz del sol entraba a raudales por los ventanales del ático, hiriéndome los ojos. Me estiré con cuidado, sintiendo el pinchazo en las costillas y el ardor en la piel de la cintura donde las marcas de la faja seguían vivas.
Tanteé el lado de la cama de Dante. Frío. Vacío.
El pánico me despertó de golpe. ¿Se había ido? ¿Estaba enojado todavía? Me senté en la cama, cubriéndome con la sábana de seda hasta el cuello, sintiéndome vulnerable y sucia por lo de anoche.
Entonces, me llegó el olor. Café recién hecho. Tostadas. Vainilla.
La puerta de la habitación se abrió suavemente y Dante entró. Pero no era el Dante de anoche, el de la mandíbula tensa y los ojos de hielo. Era mi Dante. Llevaba pantalones de pijama de franela gris y una camiseta blanca ajustada que dejaba ver sus brazos tatuados. Tenía el cabello húmedo y desordenado, cayéndole sobre la frente, lo que le hacía parecer cinco años más joven. Menos monstruo, más pequeño.
En sus manos traía una bandeja de madera.
-Buenos días, bella durmiente -dijo, con una sonrisa ladeada que iluminó la habitación. Esa sonrisa que, maldita sea, hacía que se me olvidara respirar.
Caminó hacia la cama y dejó la bandeja sobre mis piernas con cuidado. Había tortitas con frutas, zumo de naranja, café y una rosa blanca recién cortada del jarrón del salón.
Lo miré, parpadeando, confundida. El cambio era tan brusco que me mareaba. -¿Dante? ¿Qué... qué es esto?
Él se sentó en el borde del colchón, hundiendo el peso de su cuerpo cerca de mis caderas. Suspiró y me miró a los ojos con una intensidad que parecía arrepentimiento puro. Levantó una mano y me acarició la mejilla con el dorso de los dedos. Su tacto era suave, reverente. Terciopelo puro.
-Soy un idiota, Valeria -murmuró, negando con la cabeza-. Anoche... anoche fui un animal. Estaba estresado por los suizos, la presión de Estefany, el alcohol... Me desquité contigo y no te lo merecías.
Mi corazón dio un vuelco. Se estaba disculpando. Sentí que un nudo se desataba en mi pecho. «Lo ves», me dijo mi voz interior, desesperada por perdonarlo. «No es malo. Solo estaba abrumado. Él te ama.»
-Estaba... asustada -admití en un susurro, bajando la mirada a las tortitas-. Me hablaste muy feo.
-Lo sé. Y me odio por eso -Dante tomó mi barbilla y me obligó a mirarlo suavemente-. Pero luego... luego vi lo que hiciste por mí.
Sus ojos bajaron a mi pecho cubierto por la sábana, imaginando lo que había debajo. -Usaste esa maldita cosa apretada toda la noche solo para que yo estuviera orgulloso de tu figura. Soportaste el dolor por mí. -Volvió a mirarme a los ojos, con una admiración brillante-. Pocas mujeres tendrían esa lealtad, Valeria. La mayoría solo se quejan. Tú... tú te sacrificas.
Me besó la frente, un beso largo y casto que me hizo cerrar los ojos. La culpa me golpeó el estómago. Él creía que era sacrificio por amor. No sabía que era pánico por un secreto. Pero su ternura se sentía tan bien, tan cálida después del frío de anoche, que decidí callar.
-Come -dijo, tomando un trozo de fruta y llevándolo a mis labios-. Estás pálida. Necesitas energía. Hoy me tomé el día libre.
Me atraganté con el trozo de melón. -¿Te tomaste el día libre? -pregunté, sorprendida. Dante nunca dejaba la empresa.
-Sí. He cancelado todo. Quiero estar contigo. -Me sonrió y, por primera vez en meses, vi brillo en sus ojos-. Vamos a quedarnos en la cama, ver películas y... mimarte un poco. Quiero compensarte por lo de anoche.
Me quitó la sábana de golpe, dejándome expuesta en mi ropa interior de encaje. Instintivamente, intenté cubrir mi vientre, donde los moretones de la faja y de su agarre eran visibles. Pero Dante fue más rápido.
-Shhh... déjame ver -susurró.
Sus dedos grandes y calientes trazaron las marcas rojas en mi cintura. Yo contuve la respiración, aterrorizada de que notara la pequeña curva, el abultamiento sutil del útero. Pero Dante no estaba buscando embarazos. Estaba viendo "marcas de guerra".
Se inclinó y besó uno de los moretones en mi cadera. -Te marqué -murmuró contra mi piel, con una voz ronca que vibró en mi abdomen-. Me encanta ver mi huella en ti. Eres mía, Valeria. De nadie más.
Luego subió, besando mi vientre plano (por ahora), mi ombligo, mis costillas, hasta llegar a mi boca. Me besó con pasión, con hambre, pero también con una dulzura que me derritió. -Te prometo que voy a cuidarte -dijo sobre mis labios-. Eres mi posesión más valiosa. Nadie te va a hacer daño... ni siquiera yo. Voy a ser mejor.
Me abracé a su cuello, enterrando la cara en su hombro, inhalando su olor a jabón y café. Quería creerle. Dios, cuánto quería creerle. En ese momento, con el sol entrando y Dante dándome el desayuno y prometiéndome amor eterno, era fácil olvidar que él era la razón por la que tenía moretones en primer lugar.
-Te quiero, Dante -susurré, y era verdad. Una verdad dolorosa y estúpida.
-Yo también te quiero, nena -respondió él, acariciando mi cabello-. Ahora come. Quiero que recuperes fuerzas. Estás muy delgada y no quiero que te enfermes.
Me separé un poco y empecé a comer, sintiendo su mirada protectora sobre mí. -Por cierto -dijo él, tomando un sorbo de mi café-, hice una cita para ti la próxima semana.
La tostada se me hizo polvo en la boca. Me congelé. -¿Una... cita? ¿Con quién?
Dante sonrió, orgulloso de su gestión. -Con el Dr. Rinaldi. Es el mejor nutricionista y entrenador personal de la ciudad. Le conté que estabas obsesionada con las fajas y haciendo dietas raras, y le dije que quiero que te haga un plan profesional.
Mi sangre se heló. Un nutricionista. Un médico. Me pesaría. Me mediría. Me haría análisis de sangre. Descubriría el embarazo en cinco minutos.
-Dante, no creo que sea necesario... -empecé, con el corazón galopando.
-Claro que es necesario -me cortó, pero su tono seguía siendo dulce, inflexiblemente dulce-. No quiero que sigas haciendo locuras por tu cuenta. Rinaldi te diseñará una dieta para mantenerte en talla 36 pero sana. Ya está pagado. Vas el martes.
Me acarició la mejilla de nuevo. -Lo hago por tu bien, amor. Porque me preocupo por ti. No me vas a decir que no, ¿verdad?
Lo miré a los ojos. Esos ojos oscuros llenos de "amor" y control. Si decía que no, sospecharía. Si decía que sí, estaba muerta.
-Claro que no -mentí, forzando una sonrisa que sentí como una mueca de payaso-. Gracias, mi amor. Eres... increíble.
Dante me besó la punta de la nariz, satisfecho. -Lo sé. Ahora termina tu desayuno. Tenemos todo el día para nosotros.
Volví a morder la tostada, que ahora me sabía a ceniza. Tenía una semana. Una semana para encontrar una forma de engañar a un médico, perder al bebé, o huir del país. Porque el martes, la burbuja de jabón en la que vivíamos iba a explotar.
Dante bajó las escaleras para buscar algo que ver juntos, y el sonido de la puerta cerrandose detras de él fue la señal para que yo soltara el aire que contenía.
Dejé la tostada en la bandeja. Mis manos temblaban tanto que la taza de café tintineó contra el plato. Me levanté y caminé hacia el espejo de cuerpo entero. Me subí la camiseta de pijama que Dante me había dejado puesta.
Ahí estaba. Mi vientre. Aún plano para el mundo, pero yo sabía lo que había dentro. Toqué la piel con suavidad, lejos de la violencia con la que la faja me había apretado toda la noche.
-Un accidente -susurré al reflejo-. Eso eres. Un maldito y hermoso accidente.
Recordé el día que vi las dos líneas rosas. No debió pasar. Yo tomaba mis pastillas religiosamente. Dante odiaba los preservativos ("se siente como plástico, Valeria, yo quiero sentirte a ti"), así que la responsabilidad recaía 100% sobre mis hombros. Pero el mes pasado, la ansiedad por la gala de beneficencia me había hecho vomitar tantas veces que mi cuerpo probablemente expulsó la píldora antes de que hiciera efecto.
Ironías del destino. Mi miedo a no ser perfecta para él fue lo que provocó la única "imperfección" que él nunca perdonaría.
Al principio, cuando vi el test positivo, mi primer instinto fue el terror puro. Pensé en "solucionarlo". Pensé en ir a una clínica, borrar el error y seguir siendo la muñeca de Dante. Habría sido lo fácil. Habría sido lo que me aseguraría seguir viviendo en este ático y vistiendo seda.
Pero entonces, algo cambió. Fue una noche, hace dos semanas. Dante había llegado tarde, oliendo a perfume de otra, y se había dormido dándome la espalda sin decirme buenas noches. Me sentí tan sola en esa cama gigante que el frío me calaba los huesos.
Y en esa soledad absoluta, puse la mano en mi vientre y me di cuenta de algo devastador: Este bebé era lo único en el mundo que era mío. No de Dante. Mío.
Este bebé no me pediría que fuera talla 36. No me pediría que me callara en las reuniones. No me compararía con Estefany.
Este bebé me amaría incondicionalmente. Me amaría aunque estuviera gorda, aunque estuviera fea, aunque estuviera rota. Sería la primera persona en mi vida que me amaría solo por existir.
-Tú no me vas a arruinar -le dije a mi vientre, sintiendo cómo las lágrimas calientes bajaban por mis mejillas-. Tú eres mi salvación. Eres lo único real que tengo.
Por eso aguantaba la faja. Por eso aguantaba las náuseas. Porque cada día que lograba ocultarlo, era un día más que lo protegía de la realidad de su padre. Sabía que Dante me daría a elegir: El niño o yo. O peor, me obligaría a "corregir el problema" con dinero y médicos discretos.
Y por primera vez en mi patética vida, estaba dispuesta a elegirme a mí. O mejor dicho, a elegirnos a nosotros. Aunque eso significara perder al hombre que creía amar.
Un pequeño grito me llamó desde abajo: -Valeria todo está bien?- preguntaba Dante, y yo me apure en bajar la camiseta mientras me secaba las lágrimas. Volví a ponerme la máscara de sumisión. Pero algo había cambiado. Ya no aguantaba el dolor por Dante. Lo aguantaba por mi hijo. Era mi pequeña rebelión secreta.