El trayecto de vuelta al ático fue una tortura silenciosa, solo interrumpida por el zumbido del motor del deportivo y mi propia respiración entrecortada.
Desde que salí del baño y me encontré a Dante esperándome en la puerta del salón con el abrigo en la mano y una mirada gélida, no habíamos intercambiado ni una palabra.
Me había sacado de la fiesta como a una niña que se había portado mal.
-Si no sabes comportarte, nos vamos - había susurrado en mi oído frente a todos, con una sonrisa falsa pegada a los labios para que nadie notara su furia-. No voy a dejar que me avergüences escondiéndote en los inodoros.
Ahora, en la soledad de la autopista Dante conducía con una mano en el volante y la otra apoyada en la palanca de cambios, pero lejos, muy lejos de mi alcance. Su mandíbula estaba tensa, marcada por esa línea dura que aparecía cada vez que yo le "fallaba". No había calefacción, o quizás era yo quien tenía el frío metido en los huesos, tiritando bajo el abrigo mientras la faja me mordía la piel con cada bache de la carretera.
De repente, el sonido estridente de su teléfono rompió el silencio. La pantalla del tablero se iluminó. Número desconocido.
Dante contestó por el altavoz, sin mirarme. -Dante Valli.
-Dante, soy Estefany -la voz ronca y divertida llenó el habitáculo. Me encogí en mi asiento-. Te fuiste sin despedirte. Los inversores suizos preguntaron si tu prometida se sentía mal o si simplemente la aburrimos.
Sentí una punzada en el pecho. Dante, que había estado irradiando hielo hacia mí durante veinte minutos, cambió al instante. Su voz se volvió cálida, encantadora.
-Ya sabes cómo es Valeria, Estefany. Un poco frágil para estas noches largas. Tuve que llevarla a casa para que descanse.
-Pobre -se rio ella. No sonaba a lástima-. Bueno, tú te pierdes el after-party. Intentaré cerrar el trato con los suizos por ti, pero me deberás una cena.
-Te deberé dos -respondió Dante, sonriendo al parabrisas-. Gracias por cubrirme. Eres mi salvavidas.
Colgó. La sonrisa desapareció de su rostro tan rápido como había llegado, y el silencio volvió a caer sobre nosotros como una losa de plomo. Ahí estaba la diferencia. Con ella, risas y gratitud. Conmigo, la carga. La "frágil" Valeria que arruinaba la fiesta.
Llegamos al edificio. El valet parking se llevó el auto y nosotros subimos al ascensor privado. Treinta pisos de acero y espejos. Me miré en el reflejo del metal: estaba pálida, con los labios rojos ya despintados y los ojos enormes de miedo. Dante ni siquiera me miró; revisaba correos en su celular, ignorando mi existencia.
Al entrar al departamento, el aire acondicionado estaba demasiado alto. Dante tiró las llaves sobre la consola de mármol. El sonido metálico resonó como un disparo en el espacio vacío y minimalista.
-¿Me vas a explicar qué te pasa? -preguntó finalmente, dándome la espalda mientras se quitaba el saco y lo lanzaba sobre un sofá de cuero blanco-. Y no me mientas diciendo que te dolía la cabeza.
Me quité los tacones, sintiendo el frío del suelo en mis pies descalzos. Me sentía minúscula. -No es mentira... me sentía mal. La comida, el olor...
Dante se giró bruscamente, con una velocidad de depredador. -¡No comiste nada, Valeria! -Su grito me hizo retroceder hasta chocar con la pared del pasillo-. Estefany me lo dijo. Me dijo que te pasaste la noche con cara de mártir, rechazando el champán y mirando a todos por encima del hombro. ¿Sabes lo que parece eso? Parece que te crees mejor que ellos. O peor, que eres una antisocial que no puede soportar una simple conversación de negocios.
Caminó hacia mí, acorralándome. Su colonia, mezclada con el alcohol que había bebido, inundó mis sentidos, mareándome. -Estoy cerrando tratos de millones de dólares. Necesito una mujer a mi lado que sea un activo, no un pasivo. No un fantasma que huye al baño a llorar porque otra mujer es más segura de sí misma.
-Lo siento -susurré, bajando la cabeza, incapaz de sostener su mirada furiosa-. Lo siento, Dante. No quería arruinarte la noche. Te juro que lo intenté.
Él soltó un suspiro largo, pasándose la mano por el cabello perfecto, desordenándolo. Me miró desde arriba, y vi cómo su ira mutaba lentamente en algo más oscuro y conocido. Decepción. Y deseo. Porque para Dante, mi sumisión era el mayor afrodisíaco. Verme vencida lo excitaba.
-Mírate -dijo, bajando la voz a un susurro peligroso. Dio un paso más, pegando su cuerpo al mío, atrapándome. Su mano viajó a mi cuello, sus dedos largos acariciando mi garganta, sintiendo mi pulso acelerado-. Eres preciosa, Valeria. Tienes la cara de un ángel. Pero eres tan... complicada. ¿Por qué no puedes ser simplemente perfecta para mí? ¿Es tan difícil sonreír y beber una maldita copa?
Su otra mano bajó por mi espalda hasta encontrar el cierre invisible de mi vestido. Me tensé. Mis músculos se congelaron. El pánico estalló en mi pecho, más fuerte que antes. Si me bajaba el vestido, se acababa el juego. Vería la faja. Vería los broches, la carne comprimida, la hinchazón que ya no podía esconder.
-Dante, no... -intenté alejarme, poniendo las manos planas en su pecho duro-. Estoy muy cansada. Por favor, mañana...
-¿Cansada? -Dante soltó una risa incrédula y cruel-. ¿De qué? ¿De estar parada sosteniendo un bolso? Yo he trabajado doce horas hoy para pagar este ático, estos vestidos y esa vida cómoda que llevas. Creo que me merezco un poco de atención, ¿no?
Ignoró mi protesta débil y bajó el cierre de un tirón seco. El sonido de la cremallera rasgó el silencio. El aire frío del ático golpeó mi espalda desnuda. La seda verde se deslizó por mis hombros, cayendo hasta mi cintura, dejándome expuesta en sostén.
Pero la faja subía alto, hasta justo debajo del busto. Era color carne, industrial, diseñada para ser invisible bajo la ropa, pero bajo la luz cruda y halógena del pasillo, era innegable. Las costuras se marcaban contra mi piel pálida como cicatrices.
Dante frunció el ceño. Se detuvo. Sus ojos negros se clavaron en mi torso. -¿Qué demonios es esto? -preguntó. Su voz no tenía deseo ahora, solo confusión genuina.
Tocó la tela rígida que me estrujaba las costillas. Estaba dura como una roca. Mi corazón se detuvo. El mundo se inclinó sobre su eje. Se acabó. Lo sabe.
Dante metió un dedo bajo el borde superior de la faja, tirando de ella bruscamente. Gemí de dolor. La piel debajo estaba roja, irritada, marcada por la presión extrema de las varillas metálicas. -¿Una faja? -Me miró a los ojos, con una mezcla de extrañeza y repulsión-. Valeria, eres talla 36. Estás en los huesos. ¿Por qué carajos llevas una armadura debajo del vestido?
Tenía dos segundos. Dos segundos para salvar mi vida y la de mi hijo. No podía decirle «estoy embarazada». No podía decirle «tengo miedo de que me dejes».
Lo miré a los ojos, temblando, y decidí usar la única arma que funcionaba con él: su propio ego.
-Porque quería verme delgada para ti -solté, y la voz se me quebró de verdad-. Estefany... ella es tan perfecta. Tan firme. Y yo me siento... hinchada. Fea. No quería que me miraras y pensaras que estoy gorda al lado de ella. Quería que tuvieras la mejor versión de mí esta noche.
El silencio volvió. Pesado. Espeso. Dante me miró. Miró la faja que me cortaba la respiración y me impedía comer. Miró las marcas rojas en mi piel. Cualquier hombre que me amara me habría dicho: «Estás loca, quítate eso, te hace daño». Me habría abrazado.
Pero Dante sonrió. Su expresión se suavizó. La ira desapareció, reemplazada por esa ternura retorcida. -Tontita -murmuró.
Pasó sus dedos sobre las marcas rojas, trazándolas como si fueran un mapa de su propiedad. No intentó quitármela. -No necesitas competir con Estefany. Ella es una socia. Tú eres mi mujer.
Se acercó más, invadiendo mi espacio, y susurró contra mi oído, enviando escalofríos por mi columna. -Pero... tengo que admitir que me gusta que te esfuerces. Me gusta saber que estás dispuesta a sufrir un poco para verte hermosa para mí. Eso es dedicación. Eso es lealtad.
Me besó el torso debajo del busto, justo encima del borde de la faja asfixiante.-Déjatela puesta -ordenó en un susurro ronco, mordiendo el lóbulo de mi oreja-. Me excita saber que estás apretada ahí abajo. Que te duele un poco por mí.
Cerré los ojos, sintiendo una mezcla de alivio y náusea absoluta. Me había salvado. Él no había sospechado el embarazo. Había asumido que era mi obsesión por complacerlo. Y lo peor de todo... le había gustado. Había validado mi autolesión.
-Vamos a la cama -dijo, tomándome de la muñeca y arrastrándome hacia la habitación principal.
No hubo romance. No hubo "hacer el amor". Dante me tomó con la urgencia de quien reclama lo que es suyo, sin quitarme la faja. Fue incómodo. Fue doloroso. Cada vez que él cargaba su peso sobre mí, las varillas se clavaban en mi vientre. Yo clavaba las uñas en las sábanas de seda gris, mordiéndome el labio para no gritar, disociándome. «Protege al bebé», pensaba obsesivamente. «Tensa los músculos. Haz un hueco. Que no lo aplaste.»
Miraba al techo oscuro, contando los segundos, mientras Dante gemía mi nombre en mi oído, creyendo que mi tensión era pasión, cuando en realidad era puro terror materno.
Media hora después, el sonido rítmico de la respiración de Dante llenaba la habitación. Dormía profundamente, satisfecho, con un brazo pesado sobre su cara.
Yo me deslicé fuera de la cama con movimientos lentos y dolorosos. Caminé hacia el baño en puntas de pie y cerré la puerta con seguro antes de encender la luz. El brillo fluorescente me cegó por un instante.
Me miré al espejo. Mi cabello estaba revuelto, mis labios hinchados, mis ojos muertos. Con manos temblorosas, desabroché la faja. Uno. Dos. Tres. Al soltar el último gancho, mis pulmones se llenaron de aire de golpe, doliendo.
Me quité la prenda y miré mi vientre. No había sangre, gracias a Dios. Pero había marcas profundas, surcos rojos y violáceos donde el metal y el elástico habían presionado durante horas. Y un moretón nuevo, pequeño y oscuro, justo en la cadera, recuerdo de la "pasión" de Dante contra la faja.
Pasé mi mano suavemente sobre la pequeña curva, casi imperceptible, de mi vientre bajo. -Perdóname -susurré al espejo, y una lágrima solitaria cayó sobre el mármol-. Te prometo que aguantaré. Aguantaré todo lo que él me haga, pero tú vas a nacer. Aunque me rompa yo primero.
Escondí la faja al fondo del cesto de la ropa sucia, apagué la luz y volví a la oscuridad de la habitación, a acostarme al lado del hombre que estaba devorando mi cordura, rezando para que la mañana tardara en llegar.