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Capítulo 6: Jaque al Rey

Perfecta Mentira: Bajo el Corset · por elisya.tess · 20 de agosto de 2026

Al día siguiente, la palabra «martes» resonaba en mi cabeza como el tictac de una bomba mientras veía a Dante salir del ático.

Impecable en su traje gris marengo, con el maletín en una mano y mi vida entera en la otra.

No era una imagen nueva. Era el mismo ritual de todos los días: el beso calculado, los últimos ojos que me escanean de pies a cabeza antes de que la puerta se cierre. Pero esta mañana el ritual duró más. Esta mañana, él se detuvo.

Se giró hacia mí desde el umbral, con la mano aún en el pomo, y me estudió. No como un hombre que mira a la mujer que ama. Como un relojero que sospecha que uno de sus mecanismos ha empezado a fallar.

—Estás pálida —dijo.

—No dormí bien.

—¿Comiste el desayuno completo?

—Sí —mentí.

Dante caminó de vuelta hacia mí. Dos pasos. Suficientes para que su altura me quitara el horizonte. Me tomó de la barbilla con la punta de los dedos —suave, siempre tan suave cuando quería que pareciera amor— y me levantó la cara hacia la luz de la mañana. Me examinó con la misma frialdad clínica con la que revisaba los balances de sus empresas.

—Tienes los ojos rojos —observó.

—Ya te dije. No dormí.

Hubo un silencio de tres segundos que se me hizo eterno. Luego bajó la mano, se arregló el gemelo del puño, y volvió hacia la puerta.

—Pórtate bien, amor —dijo, y su voz volvía a sonar tibia, casi normal—. Recuerda que Rinaldi nos espera en dos días. No comas nada fuera de la dieta hasta entonces, ¿vale? Quiero que vea lo disciplinada que eres.

Besó mi frente. Un beso lento, deliberado. El tipo de beso que no es afecto: es firma. Como si me sellara con su nombre para que nadie —ni yo misma— olvidara a quién pertenecía.

Entonces se fue.

En cuanto la puerta se cerró, el aire volvió a mis pulmones. Pero el pánico no se fue.

Corrí hacia el baño y vomité el desayuno «romántico» que Dante me había obligado a comer. Ácido. Amargo. Mi cuerpo rechazaba la comida, rechazaba la farsa, rechazaba todo con una violencia honesta que yo misma ya no podía permitirme.

Me lavé la cara con agua helada y me quedé mirando el espejo durante un minuto largo. Tenía cuarenta y ocho horas.

En cuarenta y ocho horas, un médico me pesaría. Vería que había ganado dos kilos «inexplicables» a pesar de no comer. Me pediría análisis de sangre. Vería las hormonas. Y Dante lo sabría.

«Tengo que cancelar esa cita.»

Salí del baño y busqué mi teléfono con manos temblorosas.

El consultorio del Dr. Rinaldi era la clínica más exclusiva de la ciudad. La clase de lugar donde la confidencialidad se compraba con cheques de seis cifras y la discreción venía incluida en el precio de la consulta. Siempre me había sentido segura allí.

Marqué el número.

—Consultorio del Dr. Rinaldi, buenos días —respondió una voz femenina y profesional.

—Buenos días. Soy Valeria, la prometida de Dante Valli. Tenemos una cita el martes.

—Ah, sí, señorita Valeria. El señor Valli nos llamó personalmente esta mañana para confirmar. Todo está listo para su evaluación completa.

Tragué saliva.

—Sí, sobre eso... Ha surgido un imprevisto familiar ineludible. Necesito reprogramar para dentro de dos semanas. O tres.

Hubo un silencio al otro lado de la línea. El sonido de teclas siendo pulsadas. Cuando la recepcionista volvió a hablar, su tono había cambiado sutilmente. Ya no era servicial. Era cauteloso.

—Lo siento mucho, señorita. El señor Valli fue muy específico. Nos dio instrucciones de que su salud es prioritaria y que no debemos aceptar cambios de agenda sin su autorización expresa.

El teléfono casi se me cayó de la mano.

—¿Disculpe? Soy la paciente. Tengo derecho a cambiar mi cita.

—Por supuesto. Pero la cuenta está a nombre de Valli Enterprises y las instrucciones de facturación incluyen una cláusula de cumplimiento. Si desea cambiar la fecha, tendría que llamar primero al señor Valli para que él nos desbloquee el sistema. ¿Desea que lo llame yo y lo ponga en línea?

—¡No! —grité, demasiado rápido—. No... no hace falta. No lo moleste. Está muy ocupado.

—Entiendo. Entonces la esperamos el martes a las 10:00 AM. Que tenga buen día.

Colgué.

Tiré el teléfono al sofá y me llevé las manos a la cabeza, caminando de un lado a otro del salón inmenso. Él lo había previsto. No sabía lo del embarazo, pero me conocía. Conocía mis instintos, mis miedos, mi forma de huir antes de que el peligro se volviera real. Me había cerrado las puertas antes incluso de que yo intentara abrirlas.

Era un movimiento de ajedrez maestro. Jaque al rey. Y yo era el rey que no lo había visto venir.

Me dejé caer en la alfombra blanca con las rodillas contra el pecho.

Miré el salón inmenso: cuatrocientos metros cuadrados de mármol, cristal y silencio perfecto. El tipo de silencio que no existe en los hogares reales, solo en los museos y en las cárceles muy caras. Cada mueble había sido elegido por Dante. Cada cuadro, cada maceta con orquídeas blancas —«las flores que no huelen, como todo lo que es verdaderamente elegante»—, cada lámpara de diseño que daba una luz que jamás era demasiado cálida.

¿Cuándo fue la última vez que elegí algo? ¿Una taza? ¿Un libro?

El pensamiento me golpeó de forma física, como un calambre. Llevaba treinta meses viviendo en esta jaula de terciopelo y había borrado tan bien mis propios contornos que ya no sabía dónde terminaba Dante y dónde empezaba yo. Si acaso yo seguía siendo algo independiente de él.

«Piensa, Valeria, piensa. Tiene que haber una forma. Un soborno. Una mentira. Algo.»

Entonces mi mirada cayó sobre la tableta que Dante había dejado en la mesa de centro. La pantalla se iluminó con una notificación. No era un mensaje de trabajo.

Era una alerta de Instagram.

@Estefany_M ha subido una nueva historia.

La curiosidad, morbosa y estúpida, me hizo desbloquear la tableta. Dante nunca cambiaba su contraseña: Éxito2024.
Abrí la historia de Estefany.

Era la foto de un café. Dos tazas. Y una mano masculina con un Rolex de oro que yo conocía perfectamente. El texto decía: «Reuniones de mañana que arreglan el mundo. ☕»

Miré el reloj de la pared. Las 10:30 AM. Dante me había dicho que iba a la oficina a «recuperar el tiempo perdido». Estefany no trabajaba en la sede central. Su oficina estaba al otro lado de la ciudad.

La mentira me golpeó en el pecho. Pero —y esto me asustó más que la propia traición— no sentí celos. Sentí algo frío y útil expandiéndose en mi pecho, ocupando el espacio que antes ocupaba el amor.

Sentí una oportunidad.

Dante tenía secretos. Dante mentía. Y si él mentía, quizás yo podía usar eso. No para vengarme. Para sobrevivir.

Me levanté del suelo.

Si no podía cancelar la cita, tenía que hacer que la cita fuera irrelevante. Necesitaba crear un problema mayor. Un problema que obligara a Dante a cancelarlo todo por «emergencia».

¿Qué era lo único que Dante valoraba más que mi perfección?

Su reputación.

Fui a mi bolso y saqué el frasco de pastillas para dormir que me había recetado mi antiguo terapeuta, antes de que Dante me prohibiera ir.
«Esos loqueros solo te meten ideas raras en la cabeza.»
Quedaban tres pastillas. No eran suficientes para matarme. Pero sí para un desmayo dramático. Para un colapso visible. Para una llamada de urgencia que cancelara todo lo del martes.

Miré el frasco. Miré mi vientre bajo la seda del salto de cama.

—No te haré daño —le prometí al bebé, pasando la palma de la mano por la tela—. Solo voy a dormir a mamá un rato. Solo necesito ganar tiempo.

Pero en el fondo sabía exactamente lo que estaba haciendo. Estaba jugando con fuego para tapar otro fuego. Estaba eligiendo el desastre controlado sobre el desastre inevitable.

Y lo peor de todo: la foto de Estefany y Dante seguía brillando en la pantalla, recordándome que mientras yo buscaba la forma de destruirme un poco para salvar a nuestro hijo, él estaba tomando café con la mujer que quería mi puesto.

Él construía su siguiente movimiento.

Y yo aún ni siquiera había terminado de entender el tablero.

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