Me limpié las lágrimas con rabia, cuidando que el rímel no se hubiera corrido. «No llores. Las mujeres perfectas no lloran en los balcones. Ellas entran y marcan su territorio.»
Tomé una bocanada de aire helado; Mi objetivo estaba claro: la barra. Dante. Y la mujer de rojo.
Caminé hacia ellos con la cabeza alta, imitando el andar de las modelos que Dante tanto admiraba. Cada paso era una tortura, pero mi orgullo dolía más que mis huesos. Al acercarme, pude verla mejor. Era despampanante. Cabello negro, piel bronceada (incluso en invierno) y una seguridad que yo había perdido hacía años (en realidad, nunca la tuve).
Dante la escuchaba con atención, sonriendo de una forma que no me dedicaba a mí desde lo que se sentía una eternidad. Cuando llegué a su lado, deslicé mi mano por el brazo de Dante, reclamándolo. Mis dedos se cerraron sobre la tela de su esmoquin con fuerza, quizás demasiada.
-Amor -dije, interrumpiendo su risa. Mi voz salió un poco más aguda de lo que pretendía-. Me dejaste sola mucho tiempo. Empezaba a extrañarte.
Dante giró la cabeza. Su sonrisa no desapareció, pero sus ojos se enfriaron al verme. Le molestaba la interrupción. -Valeria. Pensé que necesitabas aire.
La mujer de rojo se giró lentamente, copa en mano. Sus ojos, perfilados como los de un gato, bajaron a mi mano aferrada al brazo de Dante y luego subieron a mi cara. Había burla en esa mirada.
-Así que tú eres la famosa Valeria -dijo. Su voz era ronca, sensual. Extendió una mano con manicura perfecta-. Soy Estefany. Dante me ha hablado mucho de ti.
-¿Ah, sí? -estreché su mano. Estaba fría-. Espero que cosas buenas.
Estefany soltó una risita suave y miró a Dante de reojo. -Dijo que eras... tranquila. Y muy hogareña.
«Aburrida», tradujo mi mente. «Dijo que soy aburrida.»
-Estefany es la nueva directora de marketing de la firma en Milán -intervino Dante, ignorando mi incomodidad-. Estamos cerrando los detalles de la campaña de verano.
-Negocios -dije, intentando sonar interesada-. Siempre trabajando, ¿verdad, cariño?
En ese momento, un camarero pasó con una bandeja de cristal llena de copas flauta burbujeantes. Estefany, que ya había terminado la suya, dejó la vacía en la bandeja y tomó dos llenas con una agilidad felina. Extendió una hacia mí.
-Brindemos -dijo Estefany, con una sonrisa que mostraba demasiados dientes-. Por el éxito de la campaña... y por conocer a la mujer que logró atrapar al soltero de oro.
El pánico me heló la sangre. El alcohol. Mi bebé.
Miré la copa dorada como si contuviera ácido sulfúrico. Si bebía, ponía en riesgo al embarazo. Si no bebía, levantaba sospechas. En este círculo social, rechazar una copa de champán era como admitir que eras alcohólica o que estabas embarazada. No había punto medio.
-Yo... -empecé, retrocediendo un paso-. No, gracias. No me apetece ahora.
La sonrisa de Estefany se congeló un milímetro. -¿No te apetece? -insistió, acercando la copa un poco más a mi cara. El olor dulce y fermentado me golpeó la nariz, revolviéndome el estómago violentamente. Tuve que tragar saliva para no arcadear ahí mismo-. Vamos, es Dom Pérignon. No me hagas brindar sola, es de mala suerte.
Busqué la mirada de Dante, suplicando ayuda silenciosa. «Di algo. Di que estamos tomando antibióticos. Di que conducimos nosotros. Sálvame.»
Pero Dante solo me miró con impaciencia. -Toma la copa, Valeria. No seas descortés.
Mi corazón se rompió un poco más. Él prefería que yo fuera educada a que yo estuviera bien. -Es que... me duele un poco la cabeza -mentí, la excusa más patética del manual-. El alcohol lo empeorará.
Estefany bajó la copa lentamente, pero sus ojos brillaron con malicia. Había olido sangre. -¿Dolor de cabeza? Vaya. O quizás estás en una de esas dietas "detox" extremas, ¿no? -Su mirada bajó descaradamente a mi cintura-. He notado que apenas has tocado los canapés.
Dio un paso hacia mí, invadiendo mi espacio personal. -Aunque, honestamente, querida... -Estefany levantó su mano libre y, con una confianza pasmosa, la posó sobre mi cintura, fingiendo un gesto amistoso-. No creo que necesites dieta. Estás...
Sus dedos se cerraron sobre mi costado. Y se detuvieron.
No encontraron piel suave ni carne. Sus yemas chocaron contra la rigidez implacable del corsé y la tensión antinatural de la tela de compresión bajo la seda del vestido. Era como tocar la superficie inerte de un maniquí.
La expresión de Estefany cambió. De curiosidad a sorpresa, y luego a una satisfacción cruel. Se dio cuenta. Se dio cuenta de que mi silueta de avispa no era mía. Era construida. Falsa.
-¡Oh! -exclamó, fingiendo sorpresa, pero hablando lo suficientemente alto para que Dante escuchara-. Estás durísima. Qué disciplina.
Retiró la mano, pero su mirada se clavó en la mía con complicidad venenosa. Se acercó a mi oído, invadiendo mi espacio con su perfume empalagoso, y susurró solo para que yo la oyera: -Cuidado con apretar tanto, cariño. A veces, si aprietas demasiado el envase... el contenido se derrama.
Me quedé helada. Paralizada. Ella lo sabía. O al menos, sabía que yo era un fraude.
Estefany se apartó y se giró hacia Dante, radiante. -Tu prometida es todo un misterio, Dante. No bebe, no come y... -me lanzó una última mirada de arriba abajo- se mantiene rígida ante la presión. Me encanta.
Dante soltó una risa, ajeno a la guerra fría que acababa de ocurrir, o tal vez disfrutándola. -Valeria es muy estricta con su imagen -dijo él, tomando un sorbo de su propia copa-. A veces demasiado. Le aterra perder la línea.
-Entiendo -dijo Estefany, bebiendo su champán mientras me miraba por encima del borde de cristal-. La belleza cuesta, ¿verdad, Valeria?
Sentí las náuseas subir por mi garganta como una marea incontrolable. La mezcla del olor a alcohol, el perfume de Estefany, el dolor físico de la faja y la humillación de Dante burlándose de mis inseguridades fue demasiado.
-Discúlpenme -dije, con la voz estrangulada-. Necesito ir al tocador.
No esperé respuesta. Me di la vuelta y caminé lo más rápido que pude, sintiendo sus miradas en mi nuca. Escuché la risa de Estefany a mis espaldas mientras me alejaba. -Pobrecita -dijo ella-. Se ve tan... inestable.
Llegué al baño de mujeres justo a tiempo. Me encerré en el último cubículo, caí de rodillas frente al inodoro y dejé que mi cuerpo expulsara todo el miedo y la bilis que había estado tragando.
Cuando terminé, me quedé ahí, tirada en el suelo frío del baño, abrazando mi vientre dolorido. -Lo siento, bebé -sollozé en silencio-. Lo siento tanto.
Pero mientras lloraba, una certeza oscura empezó a crecer en mi pecho, más fuerte que el miedo. Estefany no era solo una rival. Era un depredador. Y si yo quería sobrevivir en esta selva con mi hijo... iba a tener que dejar de ser la presa.