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Capítulo 2: Fantasmas de seda

Perfecta Mentira: Bajo el Corset · por elisya.tess · 20 de agosto de 2026

El salón de baile de los Di Stefano olía a dinero viejo, peonías frescas y a esa clase de hipocresía que solo se encuentra en la alta sociedad. Las lámparas de araña goteaban cristales sobre nuestras cabezas, multiplicando la luz y haciendo que todo brillara demasiado.

Me sentí mareada apenas cruzamos el umbral.

La faja, mi cruel compañera de la noche, se clavó un poco más en mis costillas cuando intenté respirar hondo para calmar las náuseas. Dante, a mi lado, se transformó al instante. Su postura se irguió, su sonrisa se volvió depredadora y encantadora. Soltó mi brazo, no con brusquedad, sino con esa indiferencia practicada de quien deja un abrigo en el guardarropa.

-Dante, querido -una mujer mayor, cargada de diamantes, se acercó a nosotros-. Qué alegría verte. Y vienes acompañado.

Dante me rodeó la cintura con un brazo posesivo. Sus dedos se hundieron en la tela verde esmeralda, tocando la armadura que ocultaba mi secreto.

-Siempre, Antonella. Te presento a Valeria, mi prometida.

-Oh, es encantadora -la mujer me escaneó con ojos críticos-. Aunque un poco pálida, ¿no? Te ves algo frágil, querida. Como si fueras a romperte con un soplo de aire.

Sentí el rubor subir por mi cuello. La "fragilidad" era un insulto velado en este mundo. Significaba debilidad. Miré a Dante, esperando que hiciera algún comentario ingenioso para defenderme, como solía hacer antes. Esperando a mi protector.

En cambio, él soltó una risa corta y seca. -Valeria es una flor de invernadero, Antonella. No está acostumbrada a la intensidad del mundo real. A veces creo que debería sacarla más a menudo para que se curta, pero ya sabes cómo son... delicadas.

El comentario me golpeó más fuerte que una bofetada. No me defendió; se burló. Me redujo a un adorno defectuoso frente a la élite de la ciudad. La mujer rio, cómplice, y Dante retiró su brazo de mi cintura para aceptar una copa de champán que un camarero le ofrecía, dándome la espalda para hablar de acciones y fusiones.

Me quedé ahí, sola en medio de la multitud, con el eco de su risa en mis oídos y el corsé triturándome los huesos. El aire se volvió denso. Las risas de los invitados empezaron a sonar como graznidos lejanos. «No puedo respirar. Necesito aire.»

Las agujas invisibles de la ansiedad, viejas conocidas, empezaron a pincharme la garganta. Di media vuelta y caminé lo más rápido que mis tacones me permitieron hacia la terraza lateral. Empujé las puertas de cristal y salí a la noche fría, boqueando como un pez fuera del agua.

Me abracé a mí misma, temblando, y me apoyé contra la pared de piedra rugosa. Cerré los ojos con fuerza, intentando contener las lágrimas.

-Él no es así -susurré, mi voz rota por el viento-. Solo está estresado. Él me ama. Él me salvó más de una vez.

Y mientras mi pecho subía y bajaba en espasmos dolorosos, mi mente, buscando refugio, voló tres años atrás. Al día en que Dante Valli dejó de ser mi jefe inalcanzable para convertirse en mi salvador.

Hace tres años. Archivo del sótano de Valli Enterprises.

El mundo se acababa. O al menos, así se sentía. Estaba sentada en el suelo frío, entre estanterías llenas de expedientes polvorientos, con las rodillas pegadas al pecho. No podía respirar. Mi jefe de sección me había gritado frente a todos por un error que no cometí, y la humillación había detonado la bomba de tiempo en mi pecho.

Jadeaba, rascándome los brazos con desesperación, sintiendo que las paredes se cerraban sobre mí. Era patética. Era débil. No merecía estar aquí.

-¿Hay alguien ahí?

La voz grave me hizo congelarme. Pasos firmes resonaron en el pasillo. Intenté callar mis sollozos, pero un gemido agónico se me escapó. Una figura alta apareció al final del pasillo. Dante Valli. El CEO. El "Príncipe de Hielo". Me vio hecha un ovillo en el suelo, con el rímel corrido y temblando como una hoja.

Pensé que me despediría. Que llamaría a seguridad para sacar a la loca del sótano.

Pero no lo hizo. Dante se quitó el saco de su traje italiano de tres mil dólares y lo tiró al suelo sucio sin pensarlo dos veces. Se arrodilló frente a mí, sin importarle el polvo en sus pantalones.

-Eh... mírame -ordenó. No fue un grito, fue un ancla. Su voz era firme, pero extrañamente suave.

Negué con la cabeza, cubriéndome la cara. -Lo siento, señor Valli. Yo... no puedo... me voy a ir...

-No te vas a ir a ningún lado en este estado. Te vas a desmayar.

Dante extendió la mano y, con una delicadeza que no creía posible en él, tomó mis muñecas y las apartó de mi cara, obligándome a bajar la guardia.

-No puedo... -lloré, sintiendo que me ahogaba, que el aire no llegaba a mis pulmones.

Dante frunció el ceño. Sus ojos bajaron rápidamente hacia mi pecho, donde colgaba mi tarjeta de identificación de plástico barato, girada al revés por el ajetreo. Con dedos ágiles, le dio la vuelta al plástico sin soltarme.

-Valeria -leyó en voz alta, probando el nombre en su lengua como si fuera algo nuevo-. Valeria, escúchame.

El sonido de mi nombre en su voz grave me hizo detener el llanto por un segundo. Nadie lo decía así. Nadie en este edificio me llamaba por mi nombre, solo "becaria" o "niña".

Tomó mi mano y la puso sobre su propio pecho, justo sobre su corazón. Podía sentir el latido fuerte y constante bajo su camisa blanca.

-Sigue el ritmo, Valeria -susurró, usando mi nombre de nuevo para traerme a la realidad-. Inhala... Exhala... Eso es. No te voy a dejar caer.

Estuvimos así diez minutos. O quizás una hora. Él no miró su reloj. No se impacientó. Se quedó ahí, en el suelo sucio, sosteniendo mi mano hasta que mis temblores cesaron.

Cuando por fin pude respirar, bajé la mirada, avergonzada. -Soy un desastre. Lo siento.

Dante soltó una risa amarga y se sentó a mi lado, apoyando la espalda contra la estantería. Se aflojó la corbata, luciendo repentinamente humano. Cansado.

-No eres un desastre, Valeria -dijo, mirando al techo-. Eres la única persona real en todo este maldito edificio lleno de maniquíes con caretas. Tienes sentimientos. Eso es un regalo, no un defecto.

​Lo miré, sorprendida. El gran Dante Valli parecía... agotado.

-¿Usted también se siente así? -me atreví a preguntar.

La comisura de sus labios se tensó. Me sostuvo la mirada con una fijeza que me heló la sangre y, al mismo tiempo, me aceleró el pulso.

-Todos ahí arriba son falsos, Valeria. Falsos. Intercambiables -Su voz bajó de tono, volviéndose áspera-. Pero tú... tú por alguna extraña razón haces que el ruido de mi cabeza se apague.

Me tendió la mano de nuevo. No como jefe, sino como igual.

-Quédate conmigo -susurró, como si me estuviera ofreciendo un pacto irrompible-. A mi lado jamás tendrás que volver a esconderte de nadie.

Y yo le creí.

Abrí los ojos en la terraza, volviendo de golpe al presente frío y cruel. Una lágrima solitaria rodó por mi mejilla y la limpié con furia.

Ese era el verdadero Dante. El hombre que se sentaba en el suelo. El hombre que odiaba la perfección falsa de los "maniquíes". El hombre que me había pedido que lo acompañe. «Sigue ahí», me dije, aferrándome a la esperanza como si fuera un salvavidas. «Solo tengo que ser perfecta un poco más, hasta que él vuelva a ser ese hombre. Lo hago por él y por mí.»

Me arreglé el vestido, tomé aire (o lo poco que la faja me permitía) y volví a entrar al salón, decidida a encontrarlo y decirle que lo amaba. Que estábamos juntos en esto.

Mis ojos lo buscaron entre la multitud. Y lo encontraron. Estaba cerca de la barra, de espaldas a mí. Pero no estaba solo.

Una mujer estaba frente a él. Llevaba un vestido rojo sangre, tan ajustado que parecía pintado sobre su piel. Era alta, escultural, con una cintura diminuta y un vientre plano y firme que gritaba perfección. Una de esas "muñecas" que él decía odiar en el pasado.

Me quedé paralizada. Dante se inclinó hacia ella para susurrarle algo al oído. La mujer rio, echando la cabeza hacia atrás, y puso una mano sobre el pecho de Dante. Pero lo que me detuvo el corazón no fue eso.

Fue lo que hizo Dante. Con una sonrisa suave, esa misma sonrisa que me había regalado en el sótano, Dante levantó la mano y le apartó un mechón de cabello de la cara. Luego, bajó la mano y, con una familiaridad que me revolvió el estómago, acarició la espalda desnuda de la mujer. Justo en el centro.

Era el mismo toque. La misma delicadeza. La miraba como si ella fuera lo único que él necesitaba en su vida o al menos en ese momento.

Nuestras miradas se cruzaron a través del salón lleno de gente. Dante me vio. Vio mi palidez, vio mis ojos rojos de haber llorado, vio mi soledad. Y no vino. No soltó a la mujer de rojo. Simplemente, retiró la mirada, tomó un sorbo de su copa y volvió a sonreírle a la perfección que tenía enfrente, dejándome a mí ahogándome sola, tal y como prometió que nunca haría.




 

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