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Capítulo 1: El corsé de huesos

Perfecta Mentira: Bajo el Corset · por elisya.tess · 20 de agosto de 2026

Todos quieren un cuento donde el amor rompe las cadenas. Qué estupidez. La supervivencia te enseña que, si la jaula es lo suficientemente vasta, la única forma de ganar es sonreírle al monstruo en la oscuridad y adueñarte de la mentira. Pero mucho antes de aprender a ser la actriz principal en mi propio infierno, fui simplemente el adorno más patético de Dante Valli.

MESES ANTES..

El inodoro volvió a recibir lo poco que quedaba en mi estómago. Ácido. Amargo. Como todo en mi vida últimamente.

Me limpié la boca con el dorso de la mano, temblando, mientras el sudor frío me bajaba por la espalda, pegando la seda de mi bata a la piel. No era gripe. No era algo que pudiera curar con una pastilla y una noche de sueño. Era un secreto de siete semanas, del tamaño de una semilla de granada, que amenazaba con destrozar la única moneda de cambio que yo tenía para sobrevivir en el mundo de Dante: mi cintura.

Me apoyé contra el lavabo de mármol frío, buscando aire. El baño era inmenso, blanco y pulcro, diseñado para gente que no tenía nada que ocultar. En el espejo, mi reflejo me devolvió la mirada de una extraña. Ojos hundidos, piel pálida y ese terror constante vibrando en las pupilas.

-Valeria, si no estás lista en dos minutos, me voy solo.

La voz de Dante atravesó la puerta de roble como un disparo seco. No sonaba enojado, lo cual era infinitamente peor. La ira de Dante era manejable; podías llorar, pedir perdón, someterte. Pero su indiferencia... su indiferencia era un muro de hielo contra el que te estrellabas una y otra vez. A él no le importaba por qué tardabas; le importaba que su accesorio para la noche no estuviera listo para brillar.

-Ya... ya voy -grazné. Carraspeé para aclararme la garganta y probé de nuevo, esta vez con la voz que a él le gustaba: suave, dócil-. Ya salgo, amor. Solo me estoy retocando.

Mentira. Tomé la faja color carne que descansaba sobre el borde de la bañera como si fuera un instrumento de tortura medieval. Era una "Waist Trainer" de alta compresión, talla XS. Dos tallas más pequeña de lo que cualquier médico recomendaría en mi estado, pero el vestido de seda verde esmeralda que Dante había elegido para mí no perdonaba ni un gramo de "imperfección". No tenía cremalleras, ni botones, solo tela cayendo sobre la piel como agua.

«Aguanta. Solo tienes que aguantar tres horas. Sonríe, posa, no comas canapés y aguanta», me ordené a mí misma.

El proceso fue brutal. Enganché los primeros broches conteniendo la respiración, sintiendo cómo la tela rígida comprimía mis costillas flotantes. Empujó mis órganos hacia arriba, asfixiando la pequeña vida que crecía ahí abajo y cortándome el aire. Me miré al espejo de nuevo. Plana. Perfecta. Y con ganas de morirme.

Me maquillé con prisa, tapando las ojeras violáceas con capas de corrector caro y pintando mis labios de un rojo sangre que gritaba seguridad. Cuando por fin abrí la puerta, sentí que entraba a un escenario.

Dante estaba de pie junto al ventanal del dormitorio, ajustando los gemelos de ónix de su camisa. Llevaba un esmoquin negro hecho a medida que se adhería a sus hombros anchos con esa elegancia innata que me enfermaba y me fascinaba a partes iguales. Al escuchar el clic de la puerta, levantó la vista.

Sus ojos oscuros, casi negros, me escanearon. No fue una mirada de deseo, ni siquiera de afecto. Fue un barrido clínico, de arriba abajo. Como quien revisa que el coche no tenga rayones antes de comprarlo. Buscaba fallos. Buscaba una arruga, una mancha, un kilo de más que no estuviera ahí la semana pasada.

Yo contuve la respiración, irguiendo la espalda a pesar del dolor en el abdomen, rezando a todos los santos para que no notara la ligera hinchazón de mis pechos o la palidez cerosa de mi piel bajo el maquillaje.

El silencio se estiró, tenso como una cuerda de violín a punto de romperse.

-El verde te queda bien -dijo finalmente, volviendo su atención a su reloj.

No hubo un "estás hermosa". No hubo un beso. Solo una aprobación técnica de que el objeto combinaba con el decorado.

-Gracias -susurré, odiándome por sentir alivio.

-Vámonos. Los Di Stefano odian la impuntualidad y necesito cerrar ese trato con el inversor suizo. Te necesito lúcida, Valeria. Nada de tus ataques de ansiedad en el baño, ¿entendido?

Asentí, tragando saliva. -Entendido.

El camino en el auto fue una tumba de lujo. Yo iba mirando por la ventana, concentrada en contar las luces de la ciudad para no vomitar de nuevo por la presión de la faja contra mi estómago revuelto. El cuero del asiento olía a caro, a nuevo, y a ese perfume amaderado y almizclado que él usaba y que se había impregnado en mis sábanas, en mi ropa y en mi alma.

Dante conducía con una mano, relajado, dueño del mundo. Yo, a su lado, era un manojo de nervios envuelto en seda.

De repente, sentí su mano. Caliente, grande y pesada. Se posó sobre mi muslo izquierdo, justo donde la abertura del vestido dejaba la piel expuesta al aire acondicionado.

Me tensé instintivamente. Mis músculos se contrajeron bajo su palma. Dante no retiró la mano ante mi rechazo involuntario. Al contrario, sus dedos se cerraron un poco más, reclamando el territorio. Empezó a trazar círculos suaves con el pulgar sobre mi piel, un gesto lento, casi hipnótico... casi cariñoso.

-Estás muy callada hoy -murmuró, sin apartar la vista de la carretera. Su voz había bajado una octava, perdiendo el filo cortante de antes-. ¿Te pasa algo?

Giré la cabeza para mirarlo. La luz ámbar de las farolas entraba y salía del coche, iluminando su perfil. Esa mandíbula cuadrada que tantas veces se tensaba para gritar, ahora parecía relajada. Por un segundo, solo por un maldito segundo traicionero, vi al hombre que me había prometido el mundo al principio. Al Dante que me había hecho creer que yo era especial.

-Solo... estoy un poco cansada -mentí, sintiendo cómo mi corazón, estúpido y hambriento de afecto, se aceleraba por su toque-. He tenido un día largo.

Dante aprovechó un semáforo en rojo para girarse y mirarme. Sus ojos se suavizaron. Llevó su mano de mi pierna a mi mejilla, acariciándola con una suavidad que contrastaba con la brutalidad de sus palabras habituales. Su pulgar rozó mi labio inferior.

-Pórtate bien esta noche, ¿vale? -susurró, y su voz era terciopelo puro envolviéndome en la oscuridad-. Sabes que me pongo de mal humor cuando te escondes en los rincones o te comportas como una niña asustada. Quiero presumirte. Eres lo más bonito que voy a llevar del brazo hoy.

Ahí estaba. La droga. La migaja de atención que me mantenía encadenada. «Me quiere presumir», pensó mi cerebro, ignorando todas las alarmas de incendio. «Le gusto. Aún le gusto. Si soy perfecta, él me querrá.»

Me incliné hacia su tacto como un animal herido que busca calor, cerrando los ojos por un instante. La presión en mi estómago dolió un poco menos. El miedo al embarazo se disipó bajo la calidez de su palma.

-Lo haré -prometí en un susurro-. Seré perfecta para ti.

Dante sonrió. Una sonrisa de medio lado, satisfecha, de depredador que acaba de comprobar que la jaula sigue cerrada.

El semáforo cambió a verde. Él retiró la mano bruscamente, como si el momento de debilidad hubiera terminado, y volvió a poner ambas manos en el volante, acelerando el deportivo. La temperatura en el auto pareció bajar diez grados de golpe.

-Bien -dijo, con su tono de negocios de nuevo-. ¿Recuerdas a Marco? El dueño de esa escribania; Escuché que su esposa engordó diez kilos después de su embarazo y no ha logrado bajarlos. El pobre hombre tiene que buscarse la vida fuera de casa porque le da asco tocarla.

El aire se me congeló en los pulmones. La faja, de repente, dejó de ser una prenda para convertirse en un alambre de púas incrustándose en mi carne. Sentí que la sangre se me iba de la cara.

-¿Asco? -pregunté, con un hilo de voz que apenas salió de mi garganta.

-Es natural, ¿no? -Dante se encogió de hombros, como si hablara del clima-. Uno se casa con una mujer, no con una ballena.

-Por alguna razón me dió un vistazo rápido de arriba abajo- No quiero que nadie piense jamás que mi mujer se descuidaría así. Qué vergüenza ajena. Dejar que tu cuerpo se arruine de esa manera es una falta de respeto hacia tu pareja.

Mis manos viajaron instintivamente hacia mi vientre plano, protegiéndolo, aterrorizada. Podía sentir el latido de mi propio pulso golpeando contra mis yemas. Él no lo sabía. No tenía idea de que, bajo la seda y la compresión inhumana, yo ya era eso que él despreciaba. Yo ya estaba "arruinada".

Miré por la ventana para que no viera cómo se me llenaban los ojos de lágrimas. La ciudad pasaba borrosa, deformada por el agua salada que me negaba a derramar.

-Sí... -susurré, sintiendo cómo la bilis volvía a subir, quemándome la garganta-. Una vergüenza.

Dante tarareó una canción suavemente, satisfecho, conduciendo hacia la fiesta donde yo tendría que beber champán falso y sonreír mientras mi cuerpo gritaba. No tenía idea de que acababa de firmar mi sentencia. O quizás, la suya.

 

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