Llevaba setenta y dos horas en lo que yo llamaba "La Jaula de Terciopelo". Dante cumplía su palabra con una eficiencia militar: me alimentaba, me vigilaba y me amaba hasta asfixiarme. Mi vida se había reducido a una hoja de cálculo de nutrientes: Omega 3 por la mañana, salmón al vapor al mediodía y esas malditas pastillas blancas que él me colocaba en la lengua cada noche, vigilando mi garganta para asegurarse de que las tragara.
Pero mi cuerpo, traicionero y hormonal, tenía otros planes.
Eran las tres de la tarde. El ático estaba sumido en ese silencio caro y artificial que solo el dinero puede comprar. Dante estaba encerrado en la biblioteca, en una videoconferencia de alto nivel con los socios de Tokio. Podía oír su voz amortiguada a través de las paredes, hablando en un japonés fluido y agresivo.
Yo estaba en la cocina, descalza sobre el mármol frío, con la puerta de la nevera abierta de par en par. La luz blanca del electrodoméstico iluminaba mi miseria. Filas perfectas de agua Voss. Tuppers de cristal con apio cortado. Yogures griegos sin azúcar. El hambre no era normal. No era un "antojo". Era un agujero negro en el centro de mi estómago que gritaba, exigía y lloraba por grasa. Por sal. Por algo que estuviera sucio y prohibido.
Mis ojos se desviaron hacia la encimera del fondo, cerca de la cafetera de los empleados. Ahí, olvidada sobre una servilleta, había una rebanada de pizza. Probablemente era de la cena de ayer del turno de noche. El queso estaba solidificado, el borde se veía duro y tenía trozos de piña seca. En mi vida anterior, me habría dado asco. En este momento, me pareció un manjar de los dioses.
Extendí la mano, temblando. Me sentía como una ladrona en mi propia casa, robando sobras mientras mi prometido multimillonario cerraba tratos en la habitación de al lado. Mis dedos rozaron el borde de la masa fría.
—Tiene cuatrocientas cincuenta calorías. Y la piña en la pizza es un crimen de guerra en tres continentes.
Di un salto tan violento que casi tiro un frasco de especias. Retiré la mano como si la pizza quemara y me giré.
Enzo estaba apoyado en el marco de la puerta de servicio. No lo había oído entrar. Se movía con ese silencio depredador de los exmilitares, diseñado para no ser detectado hasta que ya es demasiado tarde. Estaba cruzado de brazos, con su traje negro impecable que disimulaba la pistolera en el costado. Su rostro era una máscara de piedra, pero sus ojos color miel me miraban con un juicio silencioso y devastador.
—No... no iba a comerla —mentí, la voz me salió aguda por la culpa. Me limpié las manos en mi vestido de seda, aunque no había tocado nada—. Solo... estaba limpiando. Me molesta el desorden.
Enzo arqueó una sola ceja. Un movimiento lento, deliberado. —Claro. Iba a limpiar la pizza con la boca. —Miró su reloj de muñeca, un modelo táctico negro—. El señor Valli ordenó merluza al vapor y espárragos para la cena. Faltan cinco horas y doce minutos.
Sentí que las lágrimas de frustración me picaban en los ojos. Malditas hormonas. Maldito Dante. Y maldito guardaespaldas perfecto. —Me muero de hambre, Enzo —solté, perdiendo la compostura de "señora de la casa"—. Hambre de verdad. No de comida de conejo. Siento que me voy a desmayar si no como algo con carbohidratos reales.
Enzo se descruzó de brazos y caminó hacia mí. Su presencia llenó la cocina. Era mucho más grande que Dante, más ancho, más... denso. Se detuvo frente a la encimera, mirándome desde su altura.
—El jefe dice que está a dieta estricta por su "condición médica". —Hizo las comillas con los dedos, con un sarcasmo sutil—.
Si la dejo comer basura y le sube el colesterol o vomita, es mi cabeza la que rueda. Y me gusta mi cabeza donde está.
—Si me desmayo por hipoglucemia y me golpeo contra el mármol, también será tu cabeza —contraataqué, desesperada. Me apoyé en la isla de la cocina, fingiendo un mareo que no era del todo falso—. Y Dante no perdona los accidentes, ¿verdad?
Enzo me analizó. Sus ojos fríos escanearon mi temblor, mi palidez, la forma en que mis manos apretaban el borde de la mesa. No hubo compasión en su mirada, solo cálculo. Era un ordenador procesando riesgos. Riesgo A: Dante se entera de que comió pizza. Consecuencia: Gritos. Riesgo B: Valeria colapsa y hay que llamar a emergencias. Consecuencia: Despido fulminante.
Soltó un suspiro largo, de esos que hacen los hombres cuando saben que van a hacer algo estúpido. —Si se desmaya, tengo que cargarla. Y no me pagan el plus de peligrosidad por levantar peso muerto —dijo, seco.
Se giró hacia la puerta de servicio y sacó las llaves del coche del bolsillo. —Vamos. —¿A dónde? —pregunté, parpadeando. —Al garaje. Tengo que revisar la presión de los neumáticos del Audi. Es un procedimiento estándar que lleva... —miró su reloj— exactamente veinticinco minutos.
Me miró por encima del hombro, inexpresivo. —Si casualmente pasamos por el drive-thru de esa hamburguesería grasienta de la esquina, y usted come algo en el asiento de atrás agachada como una fugitiva... yo no vi nada. No entra en mi informe.
—¿Por qué harías eso? —desconfié. Ayer le había contado cada segundo de mi visita al médico a Dante.
Enzo me sostuvo la mirada. —Porque una cliente hambrienta es una cliente errática e impredecible. Y odio las sorpresas. —Se ajustó la chaqueta—. Además, nadie debería verse obligado a comer pizza fría con piña. Tengo mis límites morales.
El trayecto fue una operación encubierta. Enzo conducía con una mano, mirando los espejos constantemente, como si esperara que Dante apareciera volando detrás de nosotros. Yo iba en el asiento trasero, encogida para que nadie me viera a través de los cristales tintados, con una bolsa de papel marrón en el regazo que olía a gloria bendita.
Saqué la hamburguesa doble con queso. El pan estaba aplastado, el queso se desbordaba por los lados y la carne brillaba de grasa. Le di el primer mordisco y casi gimo de placer. Dios. Grasa. Sal. Vida. Cerré los ojos, masticando con una felicidad que rozaba lo obsceno.
—Por el amor de Dios, no haga ruidos —dijo la voz de Enzo desde el frente, cortando mi momento místico—. Y no sorba el refresco. El sonido es... perturbador.
—Lo siento —dije con la boca llena, tragando rápido—. Es que... no tienes idea de lo que es vivir a base de pescado hervido.
Lo miré por el retrovisor. Sus ojos me observaban. —No le vas a decir a Dante, ¿verdad? —pregunté de nuevo, bajando la voz—. Si se entera, me... se pondrá muy intenso.
Enzo mantuvo la vista en la carretera, girando el volante con suavidad. —El señor Valli me pregunta por su seguridad y su ubicación. Mientras la hamburguesa no la envenene, técnicamente no es una amenaza de seguridad. —Hizo una pausa y añadió con su tono monótono habitual—. Aunque, viendo cómo devora eso, la amenaza de asfixia es real. Mastique, señorita. No es una carrera.
Solté una risa corta, nerviosa, y me limpié una gota de salsa que caía por mi barbilla. —Eres un idiota, Enzo. —Soy un profesional, señorita. Y usted tiene salsa en la nariz.
Me limpié frenéticamente. —¿Ya está? —No. El otro lado. —¿Ahora? —Mejor. Pero parece una niña de cinco años en un cumpleaños.
Terminé la hamburguesa en tiempo récord. Arrugué el papel y lo metí al fondo de la bolsa, junto con el cartón de las papas fritas vacías. Me sentía llena. Culpable. Y extrañamente eufórica. Era nuestro secreto. Un secreto sucio y grasiento compartido con el ropero inexpresivo.
—Gracias —le dije al retrovisor, sincera.
Enzo me miró un segundo más de lo necesario. —No me agradezca. Termine el refresco. El jefe acaba su reunión en ocho minutos. Tenemos que subir, deshacernos de la basura en el contenedor general y rezar para que el sistema de ventilación del coche elimine el olor a fritura.
—Enzo..—dije algo nerviosa. —¿Puedo preguntar porqué arriesgas tu puesto por mi?— Enzo detuvo el auto a una cuadra del edificio. No me miró, pero sus nudillos blancos apretaron el volante de cuero.
«Mi hermana mayor también le tenía ese mismo terror a su marido. Él la golpeaba, ella ocultaba las marcas, bajaba la mirada y sonreía ante el mundo. Cuando finalmente me llamó pidiendo ayuda, llegué tarde. La encontré muerta en el suelo. Y en la autopsia nos enteramos de que estaba embarazada de tres meses; ella no se lo había dicho a nadie por miedo; Y porque tanto ella como yo necesitabamos el dinero de ese malnacido.»
Enzo giró lentamente el rostro. Sus ojos miel se clavaron en ella con una dureza implacable, desprovista de cualquier ironía. «No me gustan los hombres que asfixian, Valeria. Y detesto los secretos que matan.»
Arrancó el coche con un acelerón suave. —Por favor, revísese los dientes en el espejo. Si el señor Valli le ve un trozo de lechuga, no podré salvarla.— dijo con su siempre humor irónico tratando de disuadir, la bomba que acababa de lanzar.
El ascensor subía demasiado rápido. Los números cambiaban: 15... 20... 25... Yo me miraba en el espejo de metal pulido, alisándome el cabello, revisando mis dientes, masticando tres chicles de menta a la vez. Mi corazón latía tan fuerte que temía que Dante lo escuchara al abrirse las puertas.
—Relájese —murmuró Enzo a mi lado, sin mirarme. Estaba en posición de firmes, manos a la espalda—. Huele a pánico. Eso es más sospechoso que el olor a hamburguesa.
—Cállate. Estoy nerviosa.
Ding. Planta 30. Las puertas se abrieron.
Y ahí estaba. Dante. No estaba en la biblioteca. Estaba en el pasillo, justo frente al ascensor, como si hubiera estado contando los segundos. Llevaba los brazos cruzados y el ceño fruncido. Al vernos, su postura se tensó. Sus ojos negros pasaron de Enzo a mí como un escáner de aeropuerto.
—Aquí están —dijo. Su voz era suave, pero tenía ese filo peligroso que yo conocía bien—. ¿Dónde demonios se metieron? La reunión terminó hace diez minutos y la casa estaba vacía.
Enzo dio un paso adelante, interponiéndose sutilmente en su línea de visión, bloqueándome un poco. —Sin novedades, señor. —Su voz era roca sólida—. La señorita Valeria se sentía un poco mareada por el encierro. Me pidió bajar al nivel del garaje para caminar un poco sin salir del perímetro de seguridad. Revisamos el vehículo y volvimos. Todo en orden.
Dante no miró a Enzo. Me miró a mí. —¿Mareada? —Se acercó, invadiendo mi espacio. Me tomó de la cintura y me atrajo hacia él con brusquedad. Hundió su nariz en mi cuello, inhalando profundamente. Me tensé, dejando de respirar. Por favor, que funcione el chicle. Por favor, que no huela a cebolla.
Dante frunció el ceño contra mi piel. —Hueles... raro —murmuró. Se apartó un poco para mirarme a los ojos—. Hueles a... ¿comida barata? ¿Grasa?
El pánico me heló la sangre. Lo sabía. Abrí la boca para inventar una excusa, pero mi mente estaba en blanco.
—Es el guardia de la garita de seguridad, señor —intervino Enzo, con un tono de aburrimiento absoluto—. El tipo estaba comiendo dentro de la cabina cuando bajamos a firmar el registro. Tenía la calefacción puesta y apestaba a fritura. El olor se pega a la ropa en segundos. Ya le he puesto una amonestación verbal por falta de higiene.
Dante se quedó quieto. Miró a Enzo. Luego me miró a mí. La tensión en el pasillo era insoportable. Finalmente, Dante relajó los hombros y sonrió. Una sonrisa encantadora y terrorífica.
—Bien hecho, Enzo. Odio la incompetencia y la falta de clase. —Volvió a mirarme, acariciándome la mejilla con el pulgar—. Pobre mi amor. Te has impregnado de olor a pueblo.
—Sí... fue asqueroso —susurré, siguiéndole el juego.
—Ve a ducharte inmediatamente —ordenó Dante, dándome un beso rápido en los labios. Se detuvo un instante, saboreando el beso—. Mmm. Menta. Al menos tienes buen aliento.
Me soltó. —La cena estará lista en cuarenta minutos. Merluza. Quiero que te quites ese olor antes de sentarte a mi mesa.
Asentí y caminé hacia el dormitorio, sintiendo que me temblaban las piernas. Antes de entrar al pasillo, me giré. Dante ya estaba hablando con Enzo sobre horarios de mañana. Enzo me miró por encima del hombro de Dante. Su rostro era inexpresivo, pero entonces, hizo un movimiento casi imperceptible. Se llevó el dedo índice a la comisura de su propio labio y lo tocó.
Me toqué la boca. Ahí, en la comisura derecha, había una pequeña, minúscula mancha amarilla. Mostaza.
Me quedé helada. Enzo la había visto en el coche. Me había dicho que me limpiara, pero... ¿se me había pasado? ¿O me había dejado esa mancha ahí a propósito? Dante había estado a centímetros de verla. Si la hubiera visto, la mentira del guardia se habría desmoronado.
Enzo me sostuvo la mirada un segundo más, y sus ojos brillaron con algo indescifrable. Me había salvado. Pero me había dejado al borde del abismo. Era una advertencia silenciosa: «Juega conmigo, y te puedes quemar. Hoy te salvé. Mañana, quién sabe.»
Entré al cuarto de baño y cerré la puerta con seguro, apoyando la frente contra la madera, respirando agitadamente. Me miré al espejo y limpié la mancha amarilla con furia. Esto era un juego. Pero al menos, ya no estaba jugando sola.