La tregua de la hamburguesa no me trajo paz, solo una paranoia más aguda. Cada vez que cruzaba mi mirada con la de Enzo en los pasillos del ático, sentía que él estaba leyendo los subtítulos de mi vida que yo intentaba borrar con maquillaje y sonrisas dóciles.
Dante, ajeno a mi tormenta interna, había transformado su oficina en un centro de comando para mi "recuperación".
—Rinaldi dice que la consistencia es la clave, Valeria —dijo una mañana mientras me observaba terminar un cuenco de avena con bayas que sabía a cartón húmedo—.
Si no recuperas ese par de kilos, el quiste no se reabsorberá.
Él no me miraba como un hombre mira a su prometida; me miraba como un ingeniero mira una pieza de maquinaria que necesita mantenimiento. Sus dedos trazaron la línea de mi mandíbula, y aunque su toque era suave, sentí la cadena invisible apretarse.
—Enzo te sacará a la terraza a mediodía —ordenó, ajustándose el reloj—. Necesitas sol. Te estás volviendo translúcida.
El jardín de la terraza era una prisión a treinta pisos de altura. Enzo caminaba tres pasos detrás de mí, manteniendo esa distancia de seguridad que lo hacía parecer una sombra con voluntad propia. El silencio entre nosotros ya no era incómodo, era expectante.
—¿Va a seguir haciendo eso? —preguntó Enzo de repente. Su voz grave cortó el aire como un cuchillo.
Me detuve frente a una hilera de orquídeas blancas.
—¿Hacer qué?
—Contar los pasos —dijo él, colocándose a mi lado, pero mirando hacia el horizonte de la ciudad—.
Camina como si estuviera midiendo cuánto aire le queda en los pulmones. Es una señal de estrés postraumático... o de alguien que oculta una herida abierta.
Tragué saliva, sintiendo el metal de la faja presionando mis costillas.
—Es el quiste, Enzo. Me duele al respirar profundo.
—Claro. El quiste —repitió él con un sarcasmo tan seco que casi dolió—.
Ese quiste que le da antojos de hamburguesas dobles a las tres de la tarde y que la hace mirar los frascos de vitaminas como si fueran contrabando de diamantes.
Caminó alrededor de mí, evaluándome. No con el deseo de Dante, sino con la precisión de un soldado buscando una falla en el blindaje enemigo.
—He pasado diez años en zonas de guerra, señorita. He visto a gente mentir para salvar su vida, para ocultar armas, para desertar. Usted miente con la misma desesperación.
De repente, una ráfaga de viento frío barrió la terraza. El cambio de presión, el olor a lluvia inminente y el batido de proteínas de la mañana se mezclaron en mi garganta en un torbellino violento. Me doblé sobre la jardinera de mármol, perdiendo la batalla contra las náuseas.
Sentí una mano grande y firme en mi hombro, sosteniéndome para que no me cayera de bruces. Enzo no se apartó con asco, como lo haría Dante si viera a su "muñeca" en este estado. Se quedó allí, firme como una roca, mientras mi cuerpo se vaciaba.
—Respire —ordenó Enzo. No fue un ruego, fue un comando militar—. Inhale por la nariz. Exhale lento. No deje que el pánico le cierre la tráquea.
Cuando por fin pude erguirme, mi bolso se deslizó de mi hombro, cayendo al suelo y desparramando su contenido. El frasco de "Suplemento Hormonal" que Rinaldi me había dado rodó hasta los pies de Enzo.
Él lo recogió antes de que yo pudiera reaccionar. Sus ojos miel se clavaron en la etiqueta blanca.
—Progesterona de liberación lenta —leyó en voz alta, girando el frasco entre sus dedos—. Doscientos miligramos.
—Es para regular... —empecé, pero mi voz murió bajo su mirada.
—Sé para qué es, Valeria —me cortó él, y por primera vez, usó mi nombre sin el "señorita".
Su voz bajó a un susurro peligroso—. Mi madre pasó por un embarazo de riesgo. Yo mismo tuve que correr a la farmacia de madrugada a buscar estas pastillas porque su cuerpo intentaba expulsar al bebé.
Me quedé helada. El mundo se detuvo. El secreto que me estaba matando acababa de ser nombrado por un extraño.
—Enzo... por favor...
—Usted no tiene un quiste —dijo él, dando un paso hacia mí, invadiendo mi espacio personal de una forma que nada tenía que ver con la protección y todo con la confrontación—.
Usted tiene un problema de siete u ocho semanas que está intentando asfixiar bajo esa armadura de seda que lleva puesta.
Señaló mi vientre con un gesto seco de la cabeza.
—¿Sabe lo que le pasa a un feto cuando su madre le corta el oxígeno y el espacio con fajas industriales de talla XS?. Se muere, Valeria. O nace roto.
Las lágrimas que había estado conteniendo durante semanas explotaron.
—¡Él no lo quiere! —sollocé, cubriéndome la cara con las manos—. Dice que los hijos arruinan a las mujeres. Que le dan asco. Si se entera, me obligará a deshacerme de él.
Enzo se quedó en silencio. Miró hacia la puerta de la terraza, asegurándose de que el reflejo del cristal no mostrara a nadie más. Luego, me tomó de las muñecas y me obligó a bajar las manos.
—El señor Valli vive en un mundo donde todo lo que no es perfecto se tira a la basura. Usted lo sabe. Yo lo sé. Es el tipo de hombre que prefiere un cadáver hermoso a una mujer real con estrías.
Me devolvió el frasco de pastillas, pero su agarre se mantuvo un segundo más en mis manos.
—Me pagan por protegerla de amenazas externas. Pero la mayor amenaza para usted ahora mismo es ese hombre que le da besos en la frente mientras le revisa el peso en la báscula.
—¿Se lo vas a decir? —pregunté, con el alma en un hilo.
Enzo soltó mis muñecas y se ajustó la chaqueta del traje, recuperando su máscara de estatua impenetrable.
—Si le digo la verdad, él entrará en un frenesí de control que pondrá en riesgo su salud y, por extensión, mi contrato. No me gustan los trabajos complicados.
Me miró una última vez antes de caminar hacia la puerta.
—No se lo diré. Por ahora. Pero deje de apretarse esa faja cuando él no esté mirando. Si el niño sufre, usted se pondrá enferma de verdad. Y no quiero tener que cargarla hasta la UCI de nuevo porque decidió ser una "muñeca perfecta" hasta el final.
Se detuvo en el umbral y añadió con su habitual tono de hielo:
—Y limpie esas lágrimas. La mostaza fue fácil de ocultar. Los ojos rojos por llanto no lo son tanto.
Caminé detrás de él hacia el interior del ático, sintiendo que el aire era un poco menos pesado, pero el fuego del bosque ahora tenía un nuevo espectador. Tenía un aliado. Un aliado que no me amaba, que me juzgaba y que me protegía por puro pragmatismo militar.
Pero en la casa de Dante Valli, eso era lo más parecido a la lealtad que iba a encontrar jamás.