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Capítulo 11: La Dosis del Rey

Perfecta Mentira: Bajo el Corset · por elisya.tess · 20 de agosto de 2026

El ascensor privado se abrió directamente en el ático, y el aire acondicionado me golpeó como una bofetada helada. Enzo caminaba detrás de mí, como una sombra silenciosa y traidora.

Dante nos estaba esperando. No estaba sentado. Estaba de pie en el centro del salón, con las manos en los bolsillos de su pantalón de vestir, mirando hacia la puerta del ascensor con la paciencia de un depredador que sabe que la presa no tiene a dónde correr.

Al verme entrar, sus ojos oscuros recorrieron mi cuerpo de pies a cabeza, buscando fallos. Buscando mentiras. —Llegas tarde —dijo. Su voz era suave, aterciopelada, pero cortante—. Enzo me dijo dieciocho minutos en el consultorio. El trayecto son doce. Has tardado treinta y cinco en subir.

—El tráfico... —empecé a decir, abrazando mi bolso contra mi vientre.

—No me mientas, Valeria —me cortó, sin levantar la voz—. El tráfico está fluido. Enzo conduce como un profesional. Sé que te quedaste abajo en el coche un momento.

Se acercó a mí, ignorando completamente a Enzo, que se quedó en posición de descanso junto a la puerta, cerrando la única vía de escape. Dante se detuvo a un centímetro de mí. Emanaba ese aroma amaderado, denso y embriagador que solía anestesiar mis sentidos y que ahora me provocaba una náusea profunda que se enroscaba en la boca de mi estómago

—Estás pálida —observó, tocando mi mejilla con el dorso de su mano fría—. Y estás temblando. ¿Qué te dijo Rinaldi? ¿El quiste ha crecido?

—No —me apresuré a decir—. No, dijo que... que se puede tratar. Solo necesito medicación y reposo.

Dante bajó la mirada hacia mi bolso, que yo estrujaba con fuerza. —¿Medicación? —Extendió la mano, con la palma abierta hacia arriba—. Dámela.

Mi corazón martilleó contra mis costillas. Dentro del bolso estaban los frascos que Rinaldi me había dado. Eran vitaminas prenatales y progesterona, pero el médico había prometido re-etiquetarlas. Si Rinaldi había fallado... si había una sola palabra que dijera "gestación" o "embarazo"... estaba muerta.

—Es solo... son suplementos —tartamudeé, retrocediendo un paso.

La expresión de Dante se endureció. La paciencia se evaporó. —Valeria —advirtió, y su tono bajó una octava, volviéndose peligroso—. No me hagas quitártelo. Sabes que odio forcejear con mis cosas. Se rompen.

«Mis cosas». No "mi amor". No "mi prometida". Sus cosas. Con manos temblorosas, abrí el bolso y saqué los dos frascos de plástico blanco. Se los puse en la mano, sintiendo que le entregaba una granada sin anilla.

Dante los levantó hacia la luz, entrecerrando los ojos para leer las etiquetas impresas. El silencio en la sala era absoluto. Podía oír la respiración rítmica de Enzo a mis espaldas. Dante leyó el primero. "Suplemento Hormonal - Complejo B y Ácido Fólico. Indicación: Regulación de quistes funcionales."

Leyó el segundo. "Progesterona 200mg. Indicación: Soporte uterino y reducción de inflamación."

Dante se quedó quieto un segundo. Luego, asintió lentamente. —Soporte uterino —murmuró—. Rinaldi cree que tu útero está débil. Que estás inflamada por dentro.

Me miró, y la furia desapareció para dar paso a esa obsesión clínica que me aterrorizaba aún más. —Estás defectuosa, Valeria. Tu cuerpo está fallando. Pero vamos a arreglarlo.

Se guardó los frascos en el bolsillo de su pantalón. —Dante... —intenté protestar, extendiendo la mano—. Tengo que tomarlas. Rinaldi dijo...

—Lo sé —me interrumpió—. Dijo que tienes que ser disciplinada. Y tú, mi amor, eres muchas cosas, pero la disciplina con tu salud no es tu fuerte. Casi te matas la última vez, ¿recuerdas?

Caminó hacia la cocina abierta. —Si te dejo estas pastillas, se te olvidarán. O las tirarás porque te dan náuseas. O me mentirás diciendo que te las tomaste. Abrió la nevera y sacó una botella de agua mineral Voss. —Así que yo me encargaré.

—¿Qué? —Lo seguí hasta la cocina—. No soy una niña, Dante. Puedo tomar mis propias pastillas.

Dante se giró, apoyando las caderas en la isla de mármol. Desenroscó la tapa de uno de los frascos con un movimiento preciso y sacó una cápsula blanca. —No eres una niña, eres una inversión. Y cuando uno tiene un activo valioso que requiere mantenimiento, no deja las reparaciones al azar.

Caminó hacia mí con la pastilla entre el índice y el pulgar, y la botella de agua en la otra mano. —Abre la boca.

Me quedé paralizada. Esto era humillante. Enzo estaba ahí, viendo cómo el gran Dante Valli medicaba a su prometida como si fuera un perro enfermo. —Dante, por favor... Enzo está mirando.

—A Enzo no le importa. A Enzo le pagan para ser ciego y mudo —dijo Dante sin apartar la vista de mis labios—. Abre. Ahora.

Sabía que no iba a ceder. Si me resistía, usaría la fuerza, o peor, empezaría a sospechar por qué estaba tan nerviosa. Tenía que ser la muñeca obediente. Tenía que tragarme el orgullo (y la pastilla) para ganar tiempo.

Abrí la boca. Dante sonrió. Una sonrisa pequeña, satisfecha. Colocó la pastilla en mi lengua con delicadeza, rozando mi labio inferior con su pulgar. —Buena chica.

Me acercó la botella de agua. Bebí y tragué la cápsula. Dante no se apartó. Me levantó la barbilla y me miró dentro de la boca, comprobando que realmente la hubiera tragado. —Muy bien. —Me dio un beso casto en la frente—. Ves, no duele dejarse cuidar.

—Ahora... —Dante miró el otro frasco—. Rinaldi dice: "Tomar con comida. Estómago lleno obligatorio" Me miró el vientre plano (por ahora), protegido por la ropa. —Estás vacía. Si te doy la progesterona ahora, vomitarás. Y no podemos permitir que pierdas ni un gramo más.

Se giró hacia Enzo, que seguía junto a la puerta como una estatua. —Enzo. —¿Señor? —Quiero que vayas a La Trattoria. Trae el risotto de champiñones y trufa que le gusta a Valeria. Y trae postre. Tiramisú. Doble ración. —Sí, señor. —Enzo se dio la media vuelta y salió, dejándonos solos.

Dante me rodeó la cintura con un brazo, pegándome a su cuerpo. Pude sentir la dureza de los frascos en su bolsillo, presionando contra mi cadera. Era una ironía cruel. Él tenía en su bolsillo las vitaminas para que mi hijo creciera fuerte. Él mismo me las estaba administrando. Él me estaba alimentando con risotto y trufa para nutrir al bebé que, si supiera que existe, querría destruir.

—Vamos al sofá —dijo, guiándome—. Te pondré una película. Vas a comer, vas a tomarte la segunda pastilla de mi mano, y luego vas a dormir en mis brazos mientras yo trabajo.

Me dejé llevar, sintiéndome una prisionera en mi propia vida. Me senté en el sofá de cuero blanco. Dante se sentó a mi lado, abrió su portátil y empezó a revisar correos, con una mano posesiva descansando sobre mi rodilla.

—Estás a salvo, Valeria —murmuró sin mirarme, tecleando—. Mientras me obedezcas, nada malo te va a pasar. Yo arreglo todo lo que se rompe.

Cerré los ojos, sintiendo las náuseas volver. Había ganado tres semanas. Pero el precio era este: ser su mascota. Ser su proyecto de restauración. Y mientras él creía que estaba "arreglando" mi quiste, en realidad estaba alimentando su propia destrucción.

«Come, bebé», pensé, acariciando mentalmente a mi hijo. «Come todo lo que papá nos da. Hazte fuerte. Porque cuando él sepa la verdad, vamos a necesitar toda esa fuerza para correr.»

 

 

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