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Capítulo 9 — La cuarentena de Yozora

Nexus: El Umbral Despierto Vol.1 · por Nexus · 26 de julio de 2026

Cuando el helicóptero dejó atrás la isla, Rostella no miró el mar.

Se sentó junto a la puerta abierta de la cabina, con el arnés todavía puesto y la ropa manchada de lluvia, polvo y sangre que no era toda suya. El viento frío golpeaba el interior. A sus espaldas, Kisaragi permanecía inmóvil entre Mei y Haruto, con una manta térmica sobre los hombros y esposas de seguridad en las muñecas.

Kenji había dejado de hablar.

Eso era lo que más le molestaba.

Toma Fujisaki no ocupaba ningún asiento. Solo quedaba su mochila, cerrada y asegurada bajo una red de carga, y una tableta rota dentro de una bolsa de evidencia.

Mei sostenía la placa de identificación de Toma dentro de un sobre transparente. No la miraba, pero no la había soltado desde que despegaron.

—Cuando volvamos —dijo Kenji al fin— no quiero que su informe diga solo “baja durante la operación”.

Rostella asintió una vez.

—No lo va a decir.

No prometió perdonarlo. No prometió defenderlo. Solo que no permitiría que una línea administrativa reemplazara dos años de trabajo, amistad y una última decisión equivocada.

Vadim estaba frente a Rostella. La máscara seguía cubriéndole el rostro. Sus manos limpias sostenían el módulo de almacenamiento que habían rescatado de Kagari.

—La transferencia se interrumpió —dijo.

Rostella lo miró.

—¿Cuánto salió?

—No sé. La red externa estaba protegida. Puedo decir cuánto intentó copiar, no cuánto recibió alguien al otro lado. El dispositivo que usó no era de fabricación militar japonesa. Tampoco es uno de los modelos rusos que conozco.

—¿Y qué intentó copiar?

Vadim bajó la mirada al módulo.

—Archivos de investigación. Registros de transporte. Directorios cifrados. Había referencias cruzadas a instalaciones en Japón, Rusia, Norteamérica y nombres que no aparecen completos.

—No ahora —dijo Rostella.

No era una orden de silencio. Era una orden para seguir respirando hasta llegar a tierra.

El piloto habló por el intercomunicador.

—Cambio de destino. No volvemos a la base costera.

Rostella levantó la vista.

—¿Quién ordenó eso?

—Comando de Seguridad Científica. Nos esperan en Yozora.

Mei se giró desde el asiento junto a Kisaragi.

—¿Yozora? Estamos a horas.

—La orden tiene prioridad máxima —dijo el piloto— Hay una anomalía local bajo cuarentena.

Rostella sintió cómo la palabra se instalaba entre ellos.

Anomalía.

En Kagari había aprendido a desconfiar de las palabras que se usaban para no decir algo peor.

—¿Qué clase de anomalía? —preguntó.

El piloto tardó un segundo.

—No lo especificaron.

Rostella miró a Kisaragi.

El investigador cerró los ojos.

—No puede ser —murmuró.

—¿Qué no puede ser? —dijo ella.

Kisaragi no respondió. Afuera, el cielo empezaba a aclarar sobre el mar.

La ciudad recibió la orden de quedarse en casa a las seis de la mañana.

No hubo sirenas generales ni mensajes que hablaran de invasiones. Las autoridades describieron “una operación de seguridad preventiva” en un sector reducido de Yozora y pidieron que las escuelas, comercios y transportes de tres barrios suspendieran actividad durante cuarenta y ocho horas.

La mayoría obedeció porque Japón sabía obedecer ante una emergencia.

La mayoría también abrió las cortinas para mirar.

Desde el transporte blindado, Rostella vio persianas cerradas, patrullas en cada esquina y cintas de seguridad rodeando varias cuadras cerca de Hikarizaka. Había vehículos de bomberos, ambulancias y técnicos con trajes grises moviendo sensores sobre el asfalto.

En una esquina, una mujer discutía con un policía porque su hijo no respondía el teléfono desde la noche anterior. A unos metros, un repartidor dejó una bolsa de comida frente a un edificio y retrocedió sin esperar respuesta. Las pantallas del transporte público repetían el mismo aviso de calma con letras demasiado grandes.

Nadie gritaba. Ese silencio ordenado le resultaba más peligroso que el caos.

—No parece una invasión —dijo Kenji.

—Porque no lo es —respondió Mei.

—No dije que lo fuera.

—Lo pensaste fuerte.

Kenji miró por la ventana.

—Después de Kagari, mi cabeza tiene derecho a pensar cosas raras.

Rostella no intervino. El silencio de Toma seguía ocupando demasiado espacio dentro del vehículo.

Los llevaron primero a una instalación subterránea del gobierno, escondida bajo un edificio administrativo sin letrero. Kisaragi fue separado de inmediato por dos agentes con uniformes sin insignias. Los maletines de evidencia pasaron por una mesa de descontaminación. Cada módulo, cada documento y cada muestra sellada recibió una etiqueta nueva.

Rostella miró cómo un técnico se llevaba una pieza recuperada de Kagari dentro de una caja metálica.

—Esa pieza no sale del laboratorio sin cadena de custodia compartida —dijo.

El técnico ni siquiera levantó la vista.

—Recibí órdenes de transportarla al Departamento de Investigación Especial.

—Yo también recibo órdenes. Esta viene de mí.

El hombre pareció a punto de protestar. Entonces vio a Rostella completa, todavía con sangre seca en la manga, y decidió que la discusión podía esperar.

—La dejamos bajo registro compartido, teniente.

—Hacé eso.

No era paranoia. Después de Toma, cualquier evidencia que cambiara de manos sin dejar huella parecía una amenaza.

Un guardia abrió la puerta de la sala de reuniones.

—La esperan.

El coronel Hiroshi Takamura estaba de pie frente a una mesa larga. Era un hombre de cabello gris corto, uniforme impecable y manos que parecían demasiado quietas para alguien que trabajaba en operaciones especiales. A su lado se encontraba una mujer de traje oscuro, con una carpeta roja bajo el brazo y expresión de alguien acostumbrada a tomar decisiones que otros tendrían que explicar después.

—Teniente Primera Kalaskov —dijo Takamura

—Soy el coronel Hiroshi Takamura, supervisor de operaciones especiales y seguridad científica.

Rostella se cuadró.

—Señor.

La mujer extendió una mano.

—Reika Morimoto, ministra de Coordinación Nacional. Lamento que su primera noche en Yozora haya sido ocupada.

—Mi primera noche en Yozora fue en una isla con un laboratorio clandestino y un sujeto de prueba con un hacha. La ocupación no es mi preocupación principal.

Morimoto no se ofendió. Pareció agradecer la respuesta.

—Entonces iremos al punto. ¿Qué encontró en Kagari?

Rostella no miró las pantallas que cubrían una pared entera. Explicó los hechos en orden: estación meteorológica falsa, niveles subterráneos, cámaras limpias, jaulas, muestras sin origen, Kisaragi, un sujeto alterado y la traición de Toma. No añadió teoría. No intentó convertir lo imposible en una respuesta cómoda.

Cuando terminó, Morimoto pidió que las grabaciones de la sala quedaran bajo clasificación inmediata.

—No vamos a usar la palabra “criatura” en ningún comunicado —dijo la ministra— Ni “portal”, ni “ataque”. La ciudad necesita instrucciones verificables, no un pánico que nos impida encontrar a los desaparecidos.

—La ciudad también necesita que no le mientan —respondió Rostella.

—Necesita que no se publique una hipótesis como si fuera un hecho. La diferencia importa cuando hay familias mirando el perímetro desde sus casas.

Rostella no estuvo de acuerdo del todo. Pero entendió que la discusión no era solamente política: tres civiles seguían sin volver.

Cuando terminó, Takamura cruzó los brazos.

—¿El doctor vinculó la instalación con un proyecto concreto?

—No. Dijo que llegó hace menos de un año y que trabajaba bajo compartimentación. Sabía conservar organismos vivos, no de dónde venían.

—¿Y el sujeto?

—No lo clasifiqué. Era humanoide, modificado quirúrgicamente y tenía tecnología que no coincide con ningún fabricante que conozcamos.

Morimoto abrió la carpeta roja. Dentro había fotografías borrosas de símbolos, jaulas y el hacha negra.

—Hace siete horas, una cámara de seguridad en Hikarizaka registró una distorsión espacial. El área interior de un callejón mide ocho metros más de lo posible. La temperatura cambia cada treinta segundos. Dos cámaras dejaron de transmitir y tres estudiantes fueron reportados como desaparecidos.

Rostella levantó los ojos.

—¿Tres estudiantes?

—Dos hombres y una mujer. El último registro muestra que entraron por el sector antes de que se cerrara el perímetro.

Una pantalla mostró imágenes deterioradas: un callejón de ladrillos, máquinas expendedoras, tres figuras caminando y un destello blanco que borraba el cuadro.

Rostella sintió que el informe de Kagari se volvía más pesado sobre la mesa.

—¿Qué hay dentro? —preguntó.

—No lo sabemos —dijo Takamura— Los robots de reconocimiento no avanzan más de tres metros. Uno regresó con su memoria vacía. El otro no regresó.

—¿Hay radiación?

—No.

—¿Contaminación biológica?

—No detectada.

—¿Explosivos?

—Ninguna fuente identificada.

Rostella miró a Morimoto.

—Entonces no es una escena criminal común.

—No —respondió la ministra— Y no podemos declarar una amenaza pública sin saber qué estamos conteniendo.

Takamura cambió la pantalla. Apareció una imagen de Kisaragi sentado bajo custodia, con la cara más pálida que en el helicóptero.

—El doctor vio las lecturas del callejón. Dijo que se parecen a un patrón de Kagari.

—¿Se parecen cómo? —preguntó Rostella.

—Dijo que los sistemas de la isla registraban cambios de masa y señales electromagnéticas antes de cada transferencia de muestra.

—¿Transferencia desde dónde?

El coronel no respondió de inmediato.

—Eso es lo que vamos a averiguar.

Rostella entendió la parte que no habían dicho. Kagari no había sido un accidente aislado. Tal vez no era la única instalación. Tal vez tampoco era el origen.

Morimoto cerró la carpeta.

—Quiero que dirija un nuevo equipo de reconocimiento. Su unidad ya ha visto un entorno no convencional y mantuvo disciplina. Entrará, buscará a los estudiantes desaparecidos, documentará el fenómeno y regresará.

Rostella pensó en Toma. En el cuerpo que habían dejado atrás porque no había otra opción. En la cámara de descontaminación y la mirada de Kisaragi cuando decía que no sabía de dónde venían las muestras.

—Mi unidad perdió un miembro hace menos de doce horas.

—Lo sé —dijo Takamura.

El coronel colocó sobre la mesa una ficha negra sin nombre visible. Rostella la reconoció: el identificador temporal que usaban antes de que un informe oficial confirmara una baja.

—El informe de Fujisaki sigue abierto —continuó Takamura— No voy a pedirle que decida hoy qué parte de su conducta fue traición y qué parte fue miedo. Eso le corresponde a una investigación. Pero no vamos a borrar lo que hizo bien durante los últimos dos años para simplificar el informe.

Rostella no esperaba esa clase de frase de un superior al que acababa de conocer.

—No necesito que lo simplifiquen —respondió— Necesito que nadie convierta su muerte en excusa para cerrar Kagari.

Morimoto miró los símbolos impresos en las fotos.

—No vamos a cerrarlo. Ya se creó una comisión conjunta y hay órdenes para localizar a todos los implicados que aparezcan en los archivos. El problema es que esos archivos quizá tardaron años en ser reunidos. Los desaparecidos de Yozora no tienen ese tiempo.

Rostella volvió a mirar la imagen del callejón. Tres siluetas entraban en el cuadro; la luz las borraba antes de que las cámaras pudieran grabar una salida.

No eran soldados. No habían aceptado una misión. No sabían qué era Kagari ni qué clase de puertas podían abrirse en una ciudad.

Ese detalle resolvió la última duda que le quedaba.

—No voy a usar a los demás para tapar un informe político.

La ministra sostuvo su mirada.

—No se trata de tapar nada. Tres civiles desaparecieron delante de nuestras cámaras. Si existe una posibilidad de encontrarlos, necesitamos a alguien que no dispare primero para explicar después.

Rostella miró la pantalla congelada del callejón.

—Necesito un especialista.

—Ya está en camino —dijo Takamura.

Antes de que el nuevo especialista llegara, Rostella revisó la ficha que Takamura le había entregado.

Mizuki Amahara, veintiséis años. Doctora en biología aplicada, médica de campo acreditada y consultora civil del programa japonés de respuesta a materiales biológicos no identificados. Había completado un curso de defensa y evacuación con las Fuerzas de Autodefensa, pero no tenía rango militar ni formaba parte de una unidad de asalto.

Rostella encontró a Takamura junto al mapa.

—Una civil no entra a un lugar así por leer una hoja técnica —dijo.

—No entra como soldado —respondió el coronel— Entra como observadora biológica y médica, bajo su mando. Es la persona que identificó que las muestras de Kagari no coinciden con ninguna clasificación sanitaria japonesa. Si encontramos civiles, necesito a alguien capaz de evaluar una herida o un organismo sin convertirlo en objetivo por reflejo.

La respuesta no eliminó el riesgo. Lo hizo comprensible.

—Si cruza, sigue mis órdenes —dijo Rostella.

—Eso figura en su autorización.

Mizuki Amahara llegó al perímetro con una mochila blanca demasiado grande, una cola alta de cabello morado y gafas de marco redondo que se empañaron al bajar del vehículo. Llevaba chaqueta gris sobre ropa táctica ligera, botas negras y una pistola silenciada en una funda bajo el brazo.

Sonreía como si hubiera llegado a una excursión de campo.

Rostella la esperaba junto a un mapa de la zona.

—Doctora Amahara.

—Teniente Primera Kalaskov. Es un honor conocer a la Dama del Frío en persona.

—No use ese apodo durante una misión.

—Entendido. Lo guardaré para momentos de menor tensión dramática.

Kenji, detrás de Rostella, levantó una mano.

—¿Usted es la persona que va a decirnos qué cosa rara nos puede morder?

Mizuki lo examinó de arriba abajo.

—Soy bióloga, médica de campo y analista de anatomía comparada. Puedo decirles si algo tiene dientes, cuánto puede correr y qué órgano no conviene perforar si queremos que siga respirando.

—Excelente. ¿También sabe dónde sirven alcohol en esta ciudad durante una cuarentena?

—Te acabo de conocer y ya me arrepiento.

Mei soltó una risa breve. Fue la primera desde Kagari.

Rostella les entregó una carpeta con fotos del callejón.

—Reglas: no tocar nada sin registrar, no alejarse del equipo, no usar fuego salvo amenaza inmediata y no asumir que entendemos lo que vemos.

Mizuki hojeó las mediciones. Su expresión alegre se apagó poco a poco.

—Esto no es una contaminación. La presión se mantiene estable, pero el volumen interior cambia. La pared no está reflejando otro paisaje.

—¿Qué está haciendo? —preguntó Haruto.

Mizuki ajustó las gafas.

—Mostrando otra superficie. Como si dos espacios intentaran ocupar el mismo lugar sin mezclarse.

Kenji inclinó la cabeza.

—Eso suena peor que “portal”.

—No usé esa palabra.

—Pero la pensaste fuerte.

—Todos leemos novelas. La diferencia es que yo no uso ficción como método de clasificación.

Rostella la miró un segundo más. Mizuki había hecho una broma, pero sus manos ya estaban colocando muestras de aire y sensores dentro de bolsas selladas. Sabía cuándo la curiosidad era una herramienta y cuándo podía matar.

El callejón estaba a veinte metros, detrás de un cordón militar doble. Desde afuera parecía ordinario: ladrillos húmedos, contenedores, una puerta oxidada. Un técnico movió un escáner láser sobre la entrada. La lectura cambió de dieciséis metros a veintisiete y volvió a dieciséis.

—La distorsión está estable por ahora —dijo el técnico.

—“Por ahora” no es una unidad de medida —respondió Rostella.

El hombre bajó el escáner.

—No, teniente.

Al fondo del callejón, una superficie vertical temblaba como aire caliente sobre asfalto. Era casi transparente. A través de ella se veía una sombra verde que no pertenecía a ninguna pared de Yozora.

Mizuki encendió una cámara portátil.

—No es agua. No es humo. No es una pantalla.

—¿Qué queda? —preguntó Haruto.

—Algo para lo que todavía no tenemos una categoría.

Takamura apareció junto al perímetro con una carpeta sellada.

—La misión sigue siendo de reconocimiento. Si no encuentran a los estudiantes en quince minutos, regresan. La cuerda de seguridad se extiende hasta veinte metros. Si el interior supera esa distancia, abortan.

—¿Y si la entrada se cierra? —preguntó Mei.

El coronel no respondió enseguida.

—Entonces encuentran otra salida.

Rostella no agradeció la sinceridad. Hizo una seña a su equipo.

Vadim se colocó en la parte posterior. Kenji fijó la cuerda a un ancla de acero. Mei revisó el seguro de su rifle. Haruto llevó una mano a la funda de su katana. Mizuki guardó una muestra de aire y revisó el cargador de la pistola, sin perder la sonrisa por completo.

—¿Lista? —preguntó Rostella.

—No —dijo Mizuki—. Pero puedo avanzar.

Esa respuesta le gustó.

Haruto cruzó primero.

Su cuerpo perdió definición durante un instante, como si la imagen de una cámara tuviera mala señal. Después desapareció al otro lado.

—Suelo estable —informó por radio—. Árboles. Luz natural.

Rostella cruzó detrás.

El frío la atravesó desde el cuello hasta los tobillos. No fue doloroso. Fue la sensación de que el cuerpo había olvidado durante un segundo qué temperatura debía tener.

Cuando abrió los ojos, estaba en un bosque.

Había troncos cubiertos de musgo, hojas grandes moviéndose sin viento y una luz amarilla descendiendo entre las ramas. El aire olía a tierra mojada, igual que en el callejón, pero era más limpio y más profundo.

Rostella se giró de inmediato.

El portal había desaparecido.

La cuerda seguía atada a su cintura. Del otro lado solo había árboles.

Mizuki cruzó después, seguida por Mei, Kenji y Vadim. Kenji tiró de la cuerda hasta que la tensión dejó de responder.

—Excelente —dijo—. Me encanta cuando la puerta de salida decide no existir.

Vadim revisó el visor.

—No hay señal con Yozora.

Mizuki se agachó junto al suelo, tocó una hoja sin arrancarla y miró alrededor con una mezcla de fascinación y preocupación.

—No es un parque japonés.

—Gran descubrimiento —dijo Kenji.

—No. Escuchá.

Todos se quedaron quietos.

No se oían autos, aviones ni generadores. Solo agua a lo lejos, insectos y un sonido bajo, parecido a un cuerno que venía desde el interior del bosque.

Rostella observó a su equipo. Cinco personas, una científica nueva, ninguna radio y un objetivo que había desaparecido antes de que pudieran encontrarlo.

—Formación cerrada —ordenó— Caminamos cien metros, buscamos señales de los civiles y regresamos al punto de entrada.

Mizuki miró la pared de árboles detrás de ellos.

—Teniente… no existe punto de entrada.

Rostella ajustó el seguro de sus pistolas.

—Entonces vamos a encontrar otro.

El bosque no respondió.

Mucho antes de que Rostella cruzara aquella distorsión, tres estudiantes sin radio ya habían despertado bajo árboles parecidos. Sus caminos aún no se habían encontrado. Pero el mismo silencio los rodeaba.

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