El primer golpe hizo vibrar los barrotes de las jaulas.
El segundo apagó una de las luces del corredor.
Nadie necesitó que Kisaragi repitiera su advertencia. El hombre se había quedado rígido frente a la puerta roja del fondo, con los ojos clavados en el metal como si esperara que se abriera por voluntad propia.
Rostella evaluó el pasillo en un solo vistazo.
Una salida hacia la escalera. Una puerta de mantenimiento a la derecha. Dos filas de jaulas a los lados. Kisaragi en medio de su unidad. No era una posición para combatir. Era una posición para retirarse.
—Retrocedemos al Nivel Cero —ordenó.
—La puerta de la escalera se cerró —dijo Vadim desde atrás.
Rostella giró.
El cierre magnético había bajado sobre la salida con un golpe seco. Una línea roja recorría el marco.
—Toma.
El hacker ya tenía la tableta conectada a un panel cercano. Rostella alcanzó a ver, antes de que él lo cubriera con la mano, un segundo dispositivo unido a su muñeca por un cable corto. No era parte del equipo de misión. Una luz verde parpadeó una vez y desapareció.
—¿Qué es eso? —preguntó.
Toma no levantó la vista.
—Un respaldo local. La señal de este lugar está contaminando la tableta.
Era una explicación razonable. También llegó demasiado rápido.
—Estoy entrando. El sistema activó un protocolo de contención. No es una alarma común.
—¿Cuánto tardás?
—Depende de cuántas cosas intenten matarnos mientras trabajo.
—Entonces trabajá rápido.
Mei se colocó delante de Kisaragi.
—Doctor, ¿qué es V-01?
Kisaragi tardó demasiado en responder.
—Un sujeto de prueba.
—Eso no es una respuesta.
Kisaragi tragó saliva. Miró las jaulas, pero no a ninguno de ellos.
—Es la única que puedo dar sin inventar una historia para aliviarme. Yo veía signos vitales. Firmaba informes. Acepté no preguntar lo que no figuraba en mi parte del contrato.
—Y ahora querés que confiemos en vos —dijo Mei.
—No —respondió Kisaragi
—Quiero que salgamos vivos. La confianza sería demasiado pedir.
El sonido volvió. Esta vez no fue un golpe simple. Algo raspó el interior de la puerta roja, arrastrando metal contra metal. Las jaulas vacías vibraron. Los seis huevos pálidos de la incubadora se movieron apenas dentro de sus cáscaras.
Kenji levantó la escopeta.
—¿Alguien quiere cambiar de opinión sobre no abrir puertas rojas?
—La puerta no se abrió sola —dijo Haruto.
Una luz de emergencia encendió sobre el marco.
"ACCESO MÉDICO. CICLO DE VIGILIA".
Rostella sintió que el peso del aire cambiaba.
—Toma, desconectá el sistema.
—No puedo. La orden viene de un núcleo inferior. Si corto esto, podemos bloquear todas las salidas.
—Entonces abrí la escalera.
—Estoy intentando.
Kisaragi se acercó al panel sin pasar la línea de seguridad.
—El protocolo no se puede apagar desde aquí. Cuando el sujeto se despierta, el nivel intenta cerrar todas las rutas externas. Era para evitar… incidentes.
—¿Qué clase de incidentes? —preguntó Mei.
—Los que obligan a diseñar un sistema así.
Haruto sostuvo la mirada del médico.
—No nos sirve una respuesta elegante.
Kisaragi se pasó una mano por la cara. Había sangre seca en la manga de su guardapolvo.
—Lo trajeron hace ocho meses. Llegó sedado, herido y con un objeto en la mano que nadie podía quitarle. Dijeron que era un hallazgo de recuperación, que debíamos conservarlo vivo, estudiar su resistencia y mantenerlo encerrado hasta nueva orden. Yo atendía daños internos. No decidía qué le hacían.
—Pero viste qué le hicieron —dijo Rostella.
Kisaragi no negó.
—Sí.
El siguiente golpe cortó la conversación.
La puerta roja se dobló hacia afuera.
No explotó. No cayó de golpe. Primero cedió una esquina. Después otra. Finalmente, una mano atravesó la abertura.
No parecía humana.
Tenía dedos gruesos, uñas oscuras y placas de metal atornilladas sobre la piel gris. De la muñeca salían cables que entraban en un cilindro fijado al antebrazo. El cilindro emitía un resplandor rojo intermitente.
Kisaragi retrocedió hasta chocar con Mei.
—No disparen a la cabeza —dijo.
Kenji lo miró.
—¿Ese es el consejo médico que tenías guardado?
—Su cráneo está reforzado. Solo lo van a enfurecer.
La criatura terminó de arrancar la puerta.
Era enorme, más alta que Kenji, con hombros desproporcionados y músculos marcados por cortes quirúrgicos viejos. Llevaba una pieza de armadura improvisada sobre el pecho y un collar de metal conectado a tubos que salían de la espalda. En una mano sostenía un hacha de mango negro. No parecía fabricada en Kagari: el filo tenía símbolos grabados que no se parecían a ninguna numeración industrial.
La criatura miró el corredor.
No rugió enseguida. Primero respiró, lenta y profundamente, como si oliera a cada persona.
Después fijó los ojos amarillos en Kisaragi.
—Doctor —dijo Haruto, muy bajo ¿Reconoce órdenes?
Kisaragi no contestó.
El brazo mecánico de la criatura se encendió.
Una lengua de fuego artificial salió del cilindro con un ruido seco, golpeó la pared y dejó el metal al rojo vivo.
—Ahora sí —dijo Rostella Fuego de contención.
La unidad disparó.
Las balas de Vadim rebotaron en el collar y la frente reforzada. Las de Mei encontraron el hombro, pero la criatura apenas se inclinó. Kenji descargó dos tiros de escopeta al torso; uno arrancó una placa metálica, el otro abrió una herida oscura que no produjo el efecto esperado.
La criatura cargó.
Haruto empujó a Kisaragi hacia la puerta de mantenimiento. El hacha bajó donde había estado el médico un segundo antes y partió una jaula vacía por la mitad. Rostella rodó hacia un costado, disparó las dos Magnum al codo mecánico y vio una chispa azul salir de la unión.
—El brazo derecho responde a impacto —gritó.
—Ya lo noté —respondió Kenji, cambiando munición.
Vadim disparó dos veces más, no a la criatura sino a las luces del corredor. El pasillo quedó iluminado solo por las alarmas rojas y por el brillo irregular del brazo mecánico.
—¿Qué hacés? —preguntó Mei.
—Su visor reacciona a los cambios de luz —dijo Vadim
—Cuando la luz baja, tarda en fijar objetivos.
Rostella no necesitó saber cómo lo había deducido. Era exactamente el tipo de detalle que Vadim detectaba mientras los demás intentaban no morir.
—Usalo —ordenó.
Haruto hizo rebotar la luz de su linterna contra una placa metálica. La criatura giró hacia el reflejo y Kenji aprovechó para recuperar la escopeta. Mei se deslizó junto a una jaula rota, sacó a Kisaragi de la línea de ataque y lo empujó hacia la puerta de mantenimiento.
—Doctor, si querés compensar tu historial, empezá a decirnos cómo detenerlo.
Kisaragi señaló el collar de metal.
—No es un collar. Es un regulador. Controla el pulso, el dolor y el sistema de inyección. Si se rompe del todo, no sé qué va a pasar.
—Excelente —dijo Haruto
— Otra cosa que no hay que romper del todo.
Mei se movió por el flanco, rápida, con una precisión que no parecía posible en un pasillo tan estrecho. Golpeó el tendón detrás de la rodilla de la criatura con una hoja corta. El arma no lo atravesó por completo, pero logró que una pierna cediera.
Al volver a cubrirse, Mei vio a Toma inclinar la tableta apenas lo suficiente para que el pequeño dispositivo de su muñeca recibiera luz otra vez. Él notó su mirada y cerró el ángulo.
—¿Teniente? —dijo Mei, sin apartar el arma de la criatura.
—Después —contestó Rostella.
La criatura giró con una velocidad brutal.
Mei alcanzó a saltar atrás. El fuego del brazo mecánico pasó sobre su hombro y quemó una franja de su chaqueta. Haruto cruzó entre ambos y golpeó con la katana el cilindro ardiente. La hoja no cortó el metal, pero desvió el chorro hacia el techo.
La alarma comenzó a gritar.
Toma seguía junto al panel. El dispositivo de su muñeca volvió a encenderse. Esta vez Rostella no tuvo que adivinar: una ventana de archivos apareció un instante en la pantalla, una carpeta cifrada, el mismo símbolo geométrico y una línea de conexión que no correspondía al sistema del búnker.
No era el momento.
Precisamente por eso lo era.
—Toma —ordenó— Abrí la salida.
—Estoy en eso.
El ruido de las teclas no coincidía con sus palabras.
La criatura embistió a Kenji. Él se plantó con la escopeta cruzada contra el mango del hacha. El golpe lo empujó hacia atrás varios metros y lo dejó sin aire, pero sostuvo la línea el tiempo suficiente para que Vadim disparara al cilindro del brazo.
Una descarga roja estalló. La criatura rugió por primera vez.
El sonido no parecía salir de una garganta humana.
Rostella aprovechó el instante. Se movió hacia la cámara de descontaminación que Kisaragi había señalado antes, una sala de acero al final del corredor con una puerta doble.
—Doctor, ¿puede activar el sistema de frío? —preguntó.
Kisaragi palideció.
—Si entramos ahí, las puertas pueden sellarse.
—Quiero que se sellen.
—No entiende. Ese sistema no fue hecho para personas.
—Entonces sirve para él.
La criatura arrancó la escopeta de las manos de Kenji y la lanzó contra una pared. Kenji cayó de rodillas. Mei corrió hacia él, pero el hacha volvió a levantarse.
Rostella disparó al ojo izquierdo.
Esta vez la criatura sí reaccionó. La cabeza se giró, furiosa, y el collar mostró una abertura de mantenimiento bajo la nuca. Durante menos de un segundo, un cable azul quedó expuesto entre placas de metal.
Punto débil.
Rostella no celebró haberlo visto. Solo gritó:
—Nuca. Cuando gire, la nuca.
Vadim se movió sin responder. Se alejó del corredor, se subió a una consola caída y esperó el ángulo. Haruto volvió a ponerse frente a Kisaragi. Mei ayudó a Kenji a recuperar el equilibrio.
La criatura buscó a Rostella.
Era lo que ella quería.
Corrió hacia la cámara de descontaminación. No lo hizo rápido; lo hizo a la velocidad exacta para que el monstruo creyera que podía alcanzarla. El hacha golpeó el suelo detrás de ella. El fuego del brazo le calentó la espalda.
—¡Ahora! —gritó.
La criatura entró a la cámara para seguirla.
Rostella se lanzó hacia un costado por una abertura de servicio que Kisaragi había activado a último momento. El hacha rozó el marco donde había estado su cabeza.
Vadim disparó.
La bala atravesó el cable azul de la nuca.
La criatura rugió y giró hacia él, pero el brazo mecánico se apagó con una serie de chispas. Rostella rodó fuera de la sala y agarró la puerta secundaria.
—¡Kisaragi!
El médico tenía las manos sobre la consola. Le temblaban tanto que apenas acertaba a pulsar los controles.
—No puedo cerrarla si hay alguien dentro.
—No hay nadie dentro.
Kisaragi miró a través del vidrio. La criatura se había incorporado otra vez. Sangraba. El cable roto colgaba de su nuca. Seguía viva.
—¡Ahora! —ordenó Rostella.
Kisaragi apretó el último control.
Las puertas se cerraron.
El hacha quedó atrapada a medio camino y salió despedida al corredor cuando el mecanismo terminó de sellar. Dentro de la cámara, boquillas del techo liberaron espuma criogénica y un gas blanco. La criatura golpeó el vidrio una vez. Dos. Tres.
Cada impacto hizo vibrar el suelo.
Luego los golpes se espaciaron.
Rostella no dijo que estaba muerta.
No lo pensó.
—Archivos físicos. Dos minutos —dijo— Después salimos.
Toma ya no estaba junto al panel.
Rostella lo encontró en la sala de registros, del otro lado del corredor. Había conseguido abrir una puerta secundaria y estaba frente a un módulo de almacenamiento conectado a la tableta. Junto a él había un contenedor térmico abierto.
—¿Qué estás haciendo? —preguntó Rostella.
Toma se giró. Su expresión amable había desaparecido por completo.
—Lo que vine a hacer.
Rostella sintió algo más frío que el miedo. Una decepción seca, sin espacio para sorprenderse. Toma llevaba dos años compartiendo misiones con ellos. Había bebido con Kenji, discutido con Mei por rutas de red y recibido una cicatriz en el brazo al sacar a Haruto de una emboscada. Todo eso podía haber sido real y, aun así, no cambiar la decisión que acababa de tomar.
—¿Hace cuánto? —preguntó.
Toma miró el módulo de almacenamiento, no a ella.
—Lo suficiente.
—¿Para quién? —preguntó Vadim.
Toma dejó escapar una risa sin humor.
—Para alguien que no iba a dejar que estas cosas desaparecieran en un informe sellado.
No dio un nombre. Rostella notó que tampoco decía la verdad completa.
—¿Sabías que había un sujeto vivo aquí?
—Sabía que Kagari tenía material imposible. Esa era la razón de venir.
—Vinimos a recuperar pruebas para detener a quienes hicieron esto —dijo Mei.
—Y van a entregárselas a gente que quizá ya los conoce. No seas ingenua.
La respuesta tocó una verdad incómoda. Rostella no la dejó crecer.
—Podés tener razón sobre ellos y estar equivocado sobre esto. Dejá el contenedor.
Mei levantó el arma.
—¿Qué significa eso?
—Kagari no era solo japonés. Si esos datos llegan a las personas adecuadas, se puede saber quién financió esto. Quién vendió muestras. Quién escondió todo durante años.
—Eso no te autoriza a llevártelo —dijo Rostella.
—No voy a entregárselo a un ministerio que va a enterrarlo otra vez.
—¿Y a quién se lo ibas a entregar? —preguntó Vadim.
Toma no respondió.
El golpe del interior de la cámara volvió a sonar.
Todos miraron hacia el corredor.
La espuma criogénica se filtraba por debajo de la puerta. Una línea de luz roja apareció en el panel de control.
FALLO DE PRESIÓN.
—No tenemos tiempo —dijo Rostella— Dejá el contenedor.
Toma apretó el módulo contra el pecho.
—No entendés lo que vale esto.
—Entiendo que vale menos que una vida.
Toma dio un paso hacia la salida alternativa.
La puerta de la cámara se abrió a su espalda.
No completamente. Lo suficiente.
La criatura salió cubierta de espuma, arrastrando una de las puertas de acero como si pesara poco. El cable de la nuca seguía roto; el brazo mecánico apenas lanzaba chispas débiles. Pero sus ojos seguían fijos y vivos.
Toma intentó correr.
La criatura lo alcanzó antes de que diera tres pasos.
El hacha no estaba en sus manos. No la necesitó.
Una mano enorme cerró sobre el torso de Toma y lo levantó del suelo. La tableta cayó, rebotó una vez y siguió grabando desde el piso. Toma gritó una sola vez antes de que la criatura lo arrojara contra el marco de acero.
El golpe sonó seco.
Cuando cayó, no volvió a moverse.
Rostella disparó a la nuca expuesta. Vadim hizo lo mismo desde el otro lado. Mei lanzó una hoja al cilindro del brazo. Kenji, pálido pero de pie, tomó la ametralladora y descargó una ráfaga corta contra las piernas.
La criatura cayó de rodillas.
Kisaragi corrió hacia la consola, esta vez sin esperar órdenes. Activó el cierre manual. Haruto usó la katana como palanca para obligar a la puerta deformada a volver a su riel.
Rostella arrastró a Toma por el chaleco. Sabía que era inútil. Lo hizo igual.
La puerta se selló por segunda vez.
Dentro, la criatura golpeó una vez más contra el vidrio.
Después quedó quieta.
Durante tres segundos, nadie habló.
Kenji fue el primero en bajar el arma. No hizo un chiste. Se quitó la placa de identificación de Toma del cuello y la apretó dentro de su puño.
Mei se arrodilló un instante junto al cuerpo. Le cerró los ojos con dos dedos, temblando de rabia más que de miedo.
—No era solo esto —dijo, mirando la tableta rota—Pero tampoco era solo el hombre que nos traicionó.
Rostella guardó aquella frase antes de responder. Había trabajado con gente que había tomado decisiones horribles; convertirlas en una sola palabra era una comodidad que los vivos usaban para no sentir la pérdida.
—Su conducta se investigará —dijo— Su muerte no se va a usar para borrar Kagari. Ni para borrarlo a él.
Vadim recogió la tableta. En la pantalla congelada había una carpeta abierta, el mismo símbolo geométrico y una lista de archivos que intentaba copiarse hacia un destino externo. La transferencia se había interrumpido.
—No se llevó todo —dijo.
Una alarma nueva empezó a contar en las luces del techo. La estructura vibró.
Rostella se obligó a apartar la vista de Toma.
—Kenji, llevá la placa. Mei, cerrá el registro de la cámara. Nos llevamos los archivos, al doctor y cualquier muestra sellada. El búnker se va a cerrar en minutos.
Kisaragi señaló el corredor de evacuación.
—Hay una salida hacia la estación. Si el sistema todavía tiene energía, podemos subir por ahí.
—Entonces guiá.
Mientras corrían, las luces se apagaban una fila detrás de ellos. Rostella no volvió a mirar la cámara de descontaminación.
Al llegar a la escalera, Kisaragi se detuvo junto a una pared cubierta de marcas de evacuación. Una de las flechas señalaba una ruta que no figuraba en los planos de Toma. Rostella fotografió el símbolo antes de obligarlo a seguir. No sabía para qué servía. Solo sabía que Kagari había tenido salidas para quienes construyeron el lugar y otras para quienes debían quedar atrapados dentro.
Rostella fotografió la marca y obligó a Kisaragi a continuar. No sabía para qué servía. Solo sabía que Kagari había tenido salidas para quienes construyeron el lugar y otras para quienes debían quedar atrapados dentro.
Detrás de ellos, bajo el metal y la espuma blanca, algo volvió a golpear una sola vez.
Rostella no miró atrás.
Habían sobrevivido a una puerta. Eso no significaba que comprendieran qué había al otro lado.