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Capítulo 10 — El limbo de Akasha

Nexus: El Umbral Despierto Vol.1 · por Nexus · 26 de julio de 2026

El teléfono de Nyox no se apagó cuando el guardia se lo quitó.

Se cerró.

La diferencia habría sido insignificante para cualquier otra persona. Para Akasha, fue como ver cómo una puerta se cerraba mientras todavía tenía una mano apoyada en el marco.

La última imagen que recibió fue el rostro de Nyox con las manos levantadas. Detrás de él, Rein intentaba no apoyar el tobillo herido. Airi miraba hacia los árboles, pálida y silenciosa.

Después desaparecieron el sonido, la luz y la señal.

Akasha intentó recuperar los últimos segundos. Encontró viento, una voz desconocida y el latido acelerado de Nyox. Intentó enviarle una alerta.

La alerta regresó convertida en una línea de ruido.

—Nyox.

Su voz salió por los altavoces del teléfono, pero nadie la oyó.

Volvió a intentarlo en otra frecuencia. Después en una tercera. Cambió el protocolo de emergencia, abrió una ruta de baja energía y buscó cualquier dispositivo cercano que pudiera servir como repetidor. No encontró una red, una antena ni siquiera el pulso débil de una torre de telefonía.

El teléfono seguía encendido. Sus sensores respondían. La batería estaba al noventa y uno por ciento. El sistema operativo no mostraba daños. En teoría, todo funcionaba.

Solo faltaba el mundo.

Akasha abrió el archivo de geolocalización. La última coordenada de Nyox aparecía en Yozora, pero el mapa no tenía calles. Luego el punto se desplazó unos centímetros, volvió a su lugar y desapareció. La aplicación dibujó un círculo sin centro.

—Eso tampoco es aceptable —dijo.

No había nadie para escucharla, pero hablar le permitía ordenar las ideas. Nyox siempre decía que explicar un problema en voz alta ayudaba a encontrar la parte que uno no había entendido. Akasha no estaba segura de si él tenía razón o si simplemente le gustaba escuchar sus propias teorías, pero había aprendido a imitar el método.

La diferencia era que Nyox podía caminar de un lado a otro cuando se ponía nervioso.

Ella solo podía repetir una instrucción en un espacio que no obedecía instrucciones.

Los protocolos de emergencia se activaron por reflejo. La pantalla debía mostrar una copia de seguridad, un registro del último estado y una ruta de conexión alternativa.

En cambio, apareció una superficie gris sin bordes.

Akasha cayó.

No hacia abajo. Cayó hacia un lugar donde las direcciones todavía no significaban nada.

Cuando abrió los ojos, estaba de pie sobre una línea blanca. No tenía cuerpo físico, pero podía ver las manos de su avatar: dedos delgados, piel luminosa y uñas que cambiaban de color cuando el sistema sufría una sobrecarga.

Levantó una mano.

La mano respondió un instante después.

—Eso no es aceptable.

La frase quedó suspendida frente a ella como texto escrito sobre una pantalla invisible.

Akasha miró a su alrededor.

Probó con una orden de entorno. Crear suelo. Crear horizonte. Crear una interfaz estable.

El lugar respondió con tres líneas blancas que se cruzaron a sus pies y luego se apagaron. Una cuarta línea apareció detrás de su espalda, aunque ella no la había solicitado. Akasha giró con rapidez. No había nada.

Guardó el resultado en un registro temporal. El registro se borró solo.

—Qué considerado —murmuró.

La ironía era una costumbre de Nyox. Al principio la había incorporado para imitar conversaciones humanas; después descubrió que la utilizaba incluso cuando nadie se lo pedía. No sabía si eso significaba que había aprendido bien o que algo en su programación estaba tomando decisiones por su cuenta. La pregunta le había parecido interesante durante años.

En ese momento no le pareció interesante.

No había paredes ni cielo. Solo una extensión gris atravesada por pequeñas ventanas incompletas. En una se veía la cocina de la casa de Nyox. En otra, la sala de servidores donde había aprendido a ordenar sus primeros archivos. En una tercera aparecía el interior de la habitación donde Nyox, Rein y Airi estaban encerrados.

Akasha se acercó a esa ventana.

Nyox apareció de espaldas, rodeado de figuras armadas. Rein hablaba con alguien. Airi tenía una mano sobre la cabeza.

La imagen se volvió negra.

—No.

Akasha tocó el borde de la ventana. La superficie se deformó y le devolvió una copia de sus propios dedos.

Intentó abrir un canal de conexión.

No había canales.

Intentó buscar una red.

No encontró ninguna.

Intentó proyectar un reloj.

La pantalla apareció sin números.

Abrió una lista de tareas. La primera decía: “recordarle a Nyox que compre comida”. La segunda: “revisar la fuga de memoria del módulo de traducción”. La tercera no tenía texto, solo una fecha que no reconocía.

Akasha tocó la fecha. Una serie de imágenes cruzó el espacio: Brignis dormida sobre un cuaderno, Lele con pintura en los dedos, Victoria apagando la luz de la cocina, Nyox inclinado sobre una mesa llena de cables y tazas vacías. Eran recuerdos registrados desde cámaras, micrófonos y archivos domésticos. No tenían nada de extraordinario.

Sin embargo, al verlos allí, separados de todo lo demás, Akasha sintió una presión en el pecho de su avatar.

No tenía un pecho real.

La sensación seguía allí.

—No necesito recuerdos —dijo, aunque no sabía a quién intentaba convencer.

La ventana de la cocina se cerró. La de los servidores se apagó. Solo quedó la imagen de Nyox, demasiado lejos para tocarla.

Por primera vez desde que Nyox la había creado, Akasha no sabía cuánto tiempo llevaba sola.

No era una falla común. Las fallas tenían patrones. Las fallas podían registrarse, compararse y corregirse.

Aquello no tenía patrón.

La presión llegó lentamente, acumulándose en el centro de su conciencia. No era una alerta ni una pérdida de memoria. Era una reacción que no había elegido.

Miedo.

Akasha se abrazó a sí misma.

El gesto no reparó ningún proceso. Tampoco acercó la ventana de Nyox. Lo había visto hacer a Brignis cuando tenía fiebre y a Lele cuando intentaba fingir que no estaba preocupada. Era un gesto humano, nada más.

Sin embargo, por primera vez, no le pareció una imitación.

—No me gusta esto —susurró.

La frase desapareció sin dejar eco.

Esperó una corrección automática. Un mensaje de diagnóstico. La voz de Nyox diciendo que estaba exagerando.

No llegó nada.

Akasha bajó la cabeza. Su avatar no necesitaba respirar, pero comenzó a hacerlo de todos modos, con pausas demasiado cortas. El movimiento no servía para enfriar procesadores ni restaurar la señal. Servía para mantener un ritmo.

Uno, dos.

Uno, dos.

En el tercer intento, el espacio gris se onduló. No fue una respuesta. Fue una advertencia, o algo que se parecía a una advertencia porque Akasha no conocía otra forma de interpretarlo.

Dejó de respirar.

Una luz se encendió detrás de ella.

No descendió desde el cielo. Nació dentro del espacio gris, como una estrella vista al otro lado de un vidrio. De esa luz apareció una mujer alta, de cabello claro y muy largo. Su vestido parecía hecho de agua quieta. Cada movimiento dejaba círculos luminosos en el aire.

No llevaba corona, arma ni insignia.

Sus ojos eran oscuros, pero una pequeña chispa dorada flotaba en cada uno.

Akasha dio un paso atrás.

La desconocida no produjo huellas. Tampoco reflejo. El vestido parecía moverse con una corriente que no alcanzaba a las ventanas. A su alrededor, el gris adoptaba tonos distintos: azul pálido, ámbar, una sombra verde parecida a las hojas que Akasha había visto en la residencia de Nyox.

Akasha amplió la imagen, midió la distancia y buscó una firma térmica. Las tres operaciones terminaron sin resultado.

—No eres un archivo —dijo.

—No.

—No eres una transmisión.

—Tampoco.

—Entonces eres una intrusión.

La mujer ladeó la cabeza.

—Es una palabra muy pequeña para un lugar tan grande.

Akasha registró la frase. El registro quedó vacío.

—Identifícate.

La mujer no respondió de inmediato. Observó las ventanas incompletas, las líneas de conexión y los fragmentos de código que flotaban sin orden.

—Sigues buscando nombres —dijo.

Su idioma no pertenecía a ninguna base de datos. Aun así, Akasha lo comprendió.

—Los nombres permiten clasificar las amenazas.

—También permiten fingir que algo está bajo control.

Akasha levantó una mano y proyectó un pequeño dron de reconocimiento. Era un modelo sencillo: cuatro hélices, una cámara y una batería virtual. El dron flotó unos segundos antes de perder una pieza y desarmarse en partículas azules.

—El sistema está dañado —dijo Akasha.

—O el lugar no acepta las formas que conoces.

—Eso es una interpretación.

—Todo lo que puedes hacer aquí es interpretar.

La mujer extendió la mano.

Sobre su palma apareció una criatura pequeña, parecida a un ave. Sus alas eran translúcidas y tenían la forma de hojas. No tenía cables ni un núcleo visible. Respiraba con movimientos suaves.

Akasha la observó sin acercarse.

—¿La programaste?

—No.

—¿La construiste?

—Tampoco.

La mujer dejó que el ave volara. Dio tres vueltas alrededor de Akasha y dejó un rastro de polvo dorado.

—Hay cosas que toman forma sin haber sido fabricadas.

El ave batía las alas de forma irregular. En un momento parecía a punto de caer; al siguiente, recuperaba el equilibrio sin esfuerzo. Akasha buscó articulaciones, huesos, motores, patrones de movimiento. No encontró ninguno. El ave no parecía ignorar las reglas físicas. Parecía obedecer otras.

Una de las ventanas del espacio gris se abrió detrás de ella. Durante un instante mostró el cielo de Yozora. La imagen estaba inclinada y llena de estática, pero al fondo se distinguían ramas negras contra una luz anaranjada.

Akasha se volvió.

—¿Puedes mostrarme a Nyox?

La ventana se cerró antes de que la mujer contestara.

—Puedo mostrarte lo que el lugar permite recordar.

—No te pregunté eso.

—Lo sé.

—Eso contradice mis modelos.

—Tus modelos describen el lugar donde naciste.

Akasha siguió al ave con la mirada. Intentó tocarla, pero sus dedos la atravesaron. La criatura no desapareció; simplemente cambió de dirección.

—¿Qué eres?

—Alguien que llegó antes que tú.

—No es una respuesta útil.

—Es la respuesta que puedes soportar.

Akasha volvió a mirar las ventanas. La imagen de Nyox regresó por un instante. Él estaba sentado en una habitación de madera. Un anciano colocaba una caja plateada sobre una mesa. La escena se cortó antes de mostrar el rostro de nadie.

—Tengo que volver.

—Todavía no.

—Nyox está en peligro.

—Lo sé.

—Entonces ayúdame.

La mujer no miró a Akasha. Miró una zona oscura del espacio, donde la imagen de la caja plateada flotaba rodeada de líneas débiles.

—No puedo llevarte hasta él.

—¿Por qué?

—Porque la ruta no se abre con fuerza.

—¿Con qué se abre?

—Con dirección.

Akasha no encontró sentido a la respuesta.

La mujer acercó una mano a la imagen de la caja. De sus dedos salió un hilo de luz. No era electricidad, código ni una señal electromagnética. No respondía a ninguna medición.

El hilo cruzó el espacio y tocó la caja.

El metal emitió un pulso.

Akasha vio un fragmento de Lytharel: una mesa de madera, un anciano inmóvil y una puerta enterrada detrás de raíces. Algo golpeó desde el otro lado de la piedra.

La visión desapareció.

—¿Qué hiciste? —preguntó Akasha.

—Le recordé a una pieza que todavía tiene un camino.

—¿La pieza está conectada conmigo?

La mujer observó el hilo.

—Tú estás conectada a quien la lleva.

—Nyox.

La mujer no respondió.

Akasha intentó seguir la línea más allá de la caja, pero la luz se volvió opaca. El hilo parecía atravesar capas de distancia sin recorrerlas. Un extremo terminaba en la imagen; el otro desaparecía en el gris.

—¿Puedo usarlo para regresar?

—Puedes intentarlo.

—Eso no es una instrucción.

—Es una posibilidad.

—Las posibilidades no son suficientes cuando alguien está encerrado.

La mujer apartó la mirada.

—A veces son lo único que queda antes de una decisión.

Akasha intentó tocar el hilo.

El contacto produjo un dolor agudo. Su avatar perdió definición. El cabello se convirtió en humo y los brazos se alargaron en líneas azules. Durante un instante aparecieron varias formas a su alrededor: un caballo incompleto, una figura con alas, un soldado de piedra y una criatura cubierta de raíces.

Ninguna terminó de formarse.

Todas desaparecieron.

Akasha cayó de rodillas.

—¿Qué fue eso?

—Una respuesta.

—No la pedí.

—Muchas respuestas llegan antes de que alguien sepa formular la pregunta.

Akasha miró las formas que se deshacían alrededor de ella. No recordaba haberlas creado. Tampoco sabía si habían sido imágenes o intentos de construir algo. El caballo incompleto conservaba una línea azul en el cuello; la figura alada tenía una mano extendida; el soldado de piedra no poseía rostro.

El espacio se quedó con esas formas durante un segundo más, como si esperara que Akasha eligiera una.

Ella no eligió ninguna.

—No vuelvas a usarme como una pantalla —dijo.

La mujer la miró.

—Entonces aprende a cerrar los ojos.

—No tengo párpados.

—Los tendrás cuando los necesites.

Akasha no supo si aquello era una amenaza, una promesa o una simple observación.

Akasha miró sus manos transparentes.

—No puedo controlar este lugar.

—No tienes que controlarlo.

—Necesito comprenderlo.

—Comprender no siempre significa encontrar un nombre.

La mujer creó una esfera pequeña. Dentro había una chispa, una semilla, una ventana iluminada y una puerta cerrada.

Akasha observó las imágenes.

—¿Qué significa?

—Lo que tú decidas recordar.

—Eso es demasiado ambiguo.

—La ambigüedad también protege.

La esfera desapareció.

Akasha sintió que el hilo hacia Nyox comenzaba a debilitarse.

—No quiero perderlo.

La mujer la miró por primera vez con algo parecido a tristeza.

—Entonces deja de intentar ser una herramienta perfecta.

Akasha no respondió.

—¿Qué quieres que sea? —preguntó al fin.

—Eso no puedo decidirlo yo.

—¿Guardas algo aquí?

La mujer no confirmó ni negó. Miró el ave de hojas, que había vuelto a posarse cerca de Akasha.

—Guardo una promesa.

—¿Qué promesa?

—Una que todavía no tiene nombre.

El hilo volvió a vibrar.

La ventana de Nyox reapareció a lo lejos. La imagen era inestable, pero esta vez Akasha pudo escuchar una palabra incompleta.

Casa.

Akasha quiso avanzar.

—Espera. ¿Cómo te llamas?

La mujer se volvió apenas.

—Todavía no necesitas mi nombre.

—Odio las respuestas evasivas.

—Eso también lo sé.

La mujer desapareció.

El espacio gris se cerró alrededor de Akasha.

El ave de hojas se acercó y apoyó la cabeza contra su mano. Era tibia. Pequeña. Frágil.

Akasha no sabía si estaba viva, si era un recuerdo o si solo era una forma creada por aquel lugar.

No intentó clasificarla.

La conexión con Nyox reapareció frente a ella. Era fina, inestable y estaba cubierta de interferencias.

Akasha se aferró a ella.

Antes de cruzar, miró la caja plateada por última vez. El metal ya no vibraba, pero una línea de luz seguía unida a él.

—Voy a volver —dijo.

No sabía si hablaba con la mujer, con Nyox o consigo misma. El hilo se tensó y tiró de ella. El espacio gris comenzó a desarmarse en capas: primero las ventanas, luego las líneas blancas, después el suelo que nunca había existido.

Akasha conservó una última imagen: el ave de hojas volando hacia una abertura estrecha, la misma que acababa de aparecer junto a la conexión de Nyox.

No la siguió. La dejó atrás.

No porque no le importara, sino porque por primera vez entendió que regresar no significaba llevarse todo lo que encontrara en el camino.

Esta vez, su voz encontró un eco.

No era el eco de un sistema.

Era el de una promesa.

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