El golpe que habían oído junto al arroyo no volvió a repetirse.
Eso no ayudó.
Nyox dejó que el fuego pequeño se consumiera hasta quedar reducido a brasas. Habían hervido suficiente agua para llenar la botella de Rein y la suya; Airi apenas había bebido unos sorbos, pero el color había vuelto un poco a su cara.
La tarde seguía bajando entre los árboles. La luz dorada no era la de Yozora, aunque Nyox no podía explicar por qué lo sabía. Tal vez era la forma en que las sombras se estiraban sobre las raíces. Tal vez era la falta de aviones, cables o ruido de ciudad. Tal vez era simplemente que ningún bosque japonés debía estar al otro lado de un callejón.
Rein acomodó el tobillo vendado sobre una piedra plana.
—Propongo una votación.
—No —dijo Nyox.
—Ni siquiera sabés cuál es la propuesta.
—Cada vez que empezás una frase con “propongo una votación”, termina con una idea que me obliga a correr o a cargar algo.
—Mi propuesta era no caminar de noche.
Nyox lo pensó. Era una buena propuesta, lo cual le resultó sospechoso.
—¿Qué cambió?
—Me torcí el tobillo al atravesar una pared. Estoy madurando.
Airi miraba el bosque al otro lado de la corriente.
—No creo que debamos quedarnos aquí.
Los dos la miraron.
Ella apretó las manos sobre las rodillas.
—No es una voz. No como antes. Es… una sensación. Como cuando estás cerca de una calle y sabés que un auto viene aunque todavía no lo veas.
—¿Sentís que algo viene? —preguntó Nyox.
—Siento que alguien ya está cerca.
El fuego dejó de parecer una buena idea.
Nyox apagó las brasas con tierra húmeda. No quería entrar en pánico; el pánico era útil solo durante los primeros segundos, cuando te hacía saltar fuera del camino de algo que caía. Después se convertía en ruido. Necesitaba decidir con lo que tenía.
Tenían una botella de agua, algunas barras de cereal, una navaja, un teléfono que a veces fingía despertar, una herida leve, un tobillo torcido y ninguna idea de dónde estaban.
No era un buen inventario.
Pero era un inventario.
—Vamos a seguir el río hasta encontrar un lugar más abierto —dijo
—Si hay gente, el agua nos puede llevar a un camino. Si no la hay, al menos no caminamos a ciegas.
Rein levantó una mano.
—Quiero que conste que la parte donde el río nos lleva a un dragón sigue sin gustarme.
—Si aparece un dragón, negociamos.
—¿Con qué?
Nyox miró la última barra de cereal.
—Con una oferta inicial baja.
Rein soltó una risa cansada. Airi no, pero su boca se curvó apenas.
Caminaron despacio. Nyox iba primero y marcaba los troncos con la navaja cada cierta distancia. Rein avanzaba apoyado en una rama gruesa que habían convertido en bastón. Airi cerraba la fila, aunque de vez en cuando se detenía y giraba la cabeza hacia los árboles.
El bosque era hermoso de una forma incómoda. Los troncos altos tenían vetas plateadas bajo la corteza. Algunas hojas mostraban un borde azul al recibir el sol. Había flores blancas que se cerraban cuando el viento pasaba sobre ellas, como si escucharan algo que los humanos no podían oír.
Nyox se obligó a no sacar conclusiones.
Un árbol extraño seguía siendo un árbol extraño. No una prueba de magia. No una respuesta. No una razón para que su cabeza se adelantara a lo que tenía delante.
—Encontré algo —dijo Rein.
Había llegado hasta una marca en el barro, cerca de una curva del arroyo. Nyox se agachó.
No era una huella de animal. Eran varias, pequeñas y profundas, con una forma casi triangular. Más adelante aparecían otras, de botas o sandalias. Había marcas de ruedas angostas y un trozo de cuerda hecho de fibras vegetales.
—Hay gente —dijo Nyox.
—O había —corrigió Airi.
Nyox levantó la vista. El río cambiaba de dirección hacia una zona donde los árboles parecían menos densos.
—Seguimos.
El terreno empezó a elevarse. A un costado del agua encontraron un pequeño carro de madera volcado, con una rueda rota y varias cajas abiertas alrededor. No parecía viejo. El barro sobre los tablones todavía estaba fresco.
Rein se acercó usando el bastón como apoyo.
—Esto sí parece un camino.
Nyox revisó una de las cajas sin tocarla primero. Dentro había vendas, frascos vacíos y una manta infantil rasgada. No había comida, ni herramientas de trabajo, ni objetos abandonados por accidente.
Había prisa.
Airi señaló una marca oscura junto a la rueda.
—¿Sangre?
Nyox no respondió enseguida. El color se había mezclado con el barro, pero el olor metálico era suficiente.
—Sí.
Rein bajó la mirada. Hasta entonces, el bosque había sido un problema imposible, pero casi abstracto. Un sitio donde podían perderse. El carro cambió algo. Alguien había sufrido allí antes de que ellos aparecieran.
En un árbol cercano había una cuerda cortada. La fibra era igual a la que habían encontrado junto a las huellas, pero tenía uno de los extremos quemado.
Nyox fotografió todo con el teléfono de Rein aunque no tuviera señal. No sabía si las imágenes sobrevivirían, ni si algún día alguien en Japón las vería. Aun así, registrar la escena era mejor que fingir que no existía.
—No nos quedamos —dijo
—Si quienes hicieron esto vuelven, no vamos a poder defendernos.
—¿Y si quienes vivían acá necesitan ayuda? —preguntó Airi.
Nyox miró la manta rota. Quiso decir que ayudar no servía si se convertían en tres personas más que había que rescatar. La frase era lógica. También era cruel.
—Si encontramos a alguien y podemos ayudar, lo hacemos —dijo
—Pero no vamos a correr hacia una pelea que no entendemos.
Airi asintió. Era la respuesta que necesitaban, aunque no fuera una promesa heroica.
No habían dado diez pasos cuando una flecha se clavó en el barro delante de él.
Rein se quedó quieto con una obediencia admirable.
Una segunda flecha atravesó una rama sobre sus cabezas. No los había alcanzado por decisión de quien disparaba.
—No se muevan —dijo una voz desde los árboles.
No era japonés. No era inglés. Nyox no entendió una sola palabra, pero el tono no necesitaba traducción.
Levantó las manos despacio.
—No queremos pelear.
La frase tampoco tuvo efecto.
Entre los troncos aparecieron figuras altas y delgadas. Llevaban capas verdes, armaduras ligeras de cuero y metal, y arcos que mantenían tensos sin temblar. Sus orejas eran puntiagudas. Sus ojos no mostraban la curiosidad que Nyox habría esperado ante tres desconocidos vestidos como estudiantes.
Mostraban miedo.
Rein murmuró sin mover los labios:
—Ahora sí podés decir “portal” con tranquilidad.
Nyox no respondió.
Una mujer de cabello plateado salió de detrás de un árbol. No llevaba el arco, sino una espada corta y una capa oscura sobre la armadura. Sus ojos recorrieron a Nyox, a Rein y luego a Airi. Al ver las mochilas modernas, su mano se cerró sobre la empuñadura.
Habló otra vez, más despacio.
Nyox negó con la cabeza.
—No entendemos.
La mujer dijo algo a los arqueros. Dos rodearon a Rein. Otro tomó a Airi por el brazo.
Nyox dio un paso hacia ella.
Una flecha pasó junto a su rostro y se clavó en el árbol detrás.
El mensaje fue claro.
Airi lo miró.
—Nyox, no.
No porque no quisiera que la ayudara. Porque sabía que un movimiento equivocado podía hacer que las flechas dejaran de ser advertencias.
Nyox apretó los puños. Había ganado partidas imposibles porque podía decidir rápido. Pero no todas las situaciones eran una partida. No tenía información, no tenía equipo y no podía convertir su orgullo en una estrategia.
—Está bien —dijo, bajando las manos con lentitud— No vamos a resistirnos.
Los arqueros les quitaron la navaja, las mochilas y los teléfonos. Uno de ellos tomó el de Akasha. Nyox se tensó, pero no se movió. Cuando otro guardia descubrió el ornamento plateado en su bolsillo, el pulso se le disparó.
—Eso no —dijo, antes de poder detenerse.
La mujer de cabello plateado miró el objeto.
Su expresión cambió.
No fue reconocimiento. Fue alarma.
Ordenó algo con rapidez. El guardia envolvió el ornamento en un paño y lo sostuvo lejos de Nyox, como si pudiera quemarlo.
Rein inclinó la cabeza hacia él.
—No sé qué hiciste, pero creo que les caés peor que nosotros.
—No hice nada.
—Esa frase está perdiendo valor estadístico.
Los hicieron caminar por un sendero oculto entre raíces y helechos. Ninguno tenía las manos atadas, pero las flechas los acompañaron todo el camino. Airi caminaba con la mirada fija en el suelo. Rein apoyaba el peso en la pierna sana y fingía que el tobillo no le dolía. Nyox intentó memorizar la ruta: arroyo a la izquierda, árbol partido, roca en forma de arco, bajada con musgo azul.
No sabía si serviría.
Pero recordar era lo único parecido al control que tenía.
Después de media hora, el bosque se abrió.
Frente a ellos había un pueblo construido entre raíces enormes. Las casas combinaban madera clara, piedra y hojas tejidas. Puentes angostos unían plataformas levantadas entre los árboles. Debería haber sido hermoso.
No lo era.
Varias ventanas estaban rotas. Una torre de vigilancia tenía el borde quemado. Había fogatas apagadas, carros abandonados y marcas de arrastre en el barro. Los habitantes se escondían detrás de puertas entreabiertas al verlos pasar. Algunos sostenían herramientas como armas. Otros simplemente miraban con una tristeza que Nyox entendió sin idioma.
—No parecen felices de vernos —murmuró Rein.
—Nos creen parte de algo —respondió Nyox.
Al pasar junto a una vivienda quemada, vio un dibujo hecho con carbón sobre un tablón caído. Mostraba árboles altos, figuras pequeñas y una línea vertical en medio de la tierra. Sobre la línea, alguien había dibujado un círculo oscuro. Varias marcas de manos rodeaban el borde, como si los niños hubieran querido cubrirlo o impedir que creciera.
Nyox no dijo nada a los demás. No necesitaba otra razón para sentir el ornamento pesando en el bolsillo ajeno.
La mujer plateada lo vio mirar el dibujo. Su expresión se endureció y ordenó a los guardias avanzar más rápido.
Una niña elfa, escondida detrás de una mujer mayor, señaló la campera negra de Nyox y dijo una palabra que nadie tradujo. La mujer le cubrió la boca de inmediato.
Los llevaron a una construcción de piedra en el centro del pueblo. Dentro había un salón amplio, iluminado por lámparas de aceite. En las paredes colgaban tapices viejos; varios estaban rasgados. Sobre una mesa había mapas pintados a mano, frascos vacíos y una caja llena de flechas gastadas.
Un anciano esperaba sentado detrás de la mesa. Tenía cabello blanco, una cicatriz que le cruzaba la mejilla y un bastón tallado con símbolos de hojas. La mujer de cabello plateado habló con él durante un minuto entero.
El anciano miró a Nyox, a Rein y a Airi. Su desconfianza no era abstracta. Era la de alguien que había perdido algo demasiado reciente.
Golpeó el suelo con el bastón.
Nyox levantó las manos otra vez, ya cansado de hacerlo.
—Venimos de Japón. No sabemos dónde estamos. No atacamos a nadie.
El anciano no entendió las palabras. La mujer plateada, en cambio, pareció reconocer el gesto de la mano sobre el pecho. Señaló a Nyox, después al pueblo, luego hizo con ambas manos el movimiento de algo que se rompe.
Airi miró el círculo que la mujer trazaba en el suelo. La rama quemada, las piedras empujadas contra el borde y el gesto de las cadenas no formaban un idioma que ella conociera.
Sin embargo, la imagen le provocó una presión detrás de los ojos.
—Creo que habla de una ruptura —dijo despacio O de algo que llegó y rompió el lugar.
La mujer no entendió las palabras, pero vio el gesto de Airi hacia el círculo. Repitió el movimiento, esta vez con más fuerza. Después hizo el gesto de cadenas alrededor de sus propias muñecas.
Nyox comprendió lo suficiente.
—¿Los atacaron? —preguntó.
La mujer no entendió, pero la expresión debió cruzar la barrera. Miró las casas dañadas a través de la puerta. Luego señaló una pared donde se distinguían dibujos infantiles: figuras altas bajo árboles, una casa, un río. Faltaban algunas figuras; el espacio raspado parecía reciente.
Rein dejó de hacer chistes.
El anciano habló con una voz ronca. Airi cerró los ojos, pero no intentó traducirlo. Solo miró sus manos: una señalando las casas dañadas, otra marcando una dirección hacia el bosque y ambas cerrándose como si arrastraran algo.
—No entiendo sus palabras —dijo Airi
—Pero las imágenes se me quedan encima. Veo humo. Veo figuras altas. Algunas parecen personas; otras, no. Y veo gente llevándose a otros.
Nyox miró a la mujer plateada. Ella asintió una vez, sin suavizar el mensaje.
No dijo quiénes eran los hombres. No explicó por qué habían atacado. No necesitaba hacerlo para que Nyox entendiera que Lytharel estaba de luto.
—No fuimos nosotros —dijo él.
El anciano lo observó en silencio. Después señaló las ropas modernas, las mochilas y el lugar de donde habían salido: el bosque.
Para él, podían ser cualquier cosa.
Uno de los guardias depositó el ornamento de Elián sobre la mesa.
El anciano dejó de respirar.
No tocó el objeto. Acercó el bastón y lo sostuvo a pocos centímetros de los símbolos plateados. La mujer de cabello plateado retrocedió un paso.
El anciano pronunció una palabra que hizo que la mujer plateada retrocediera apenas.
Airi se llevó una mano a la sien. El zumbido volvió, muy bajo.
—¿Qué dijo? —preguntó Rein.
—No lo sé —respondió Airi
—Solo sentí… una puerta cerrándose. No sé si es un recuerdo suyo o algo que me está confundiendo.
Rein no hizo más preguntas.
El anciano dijo algo más. Esta vez señaló a Nyox, luego al ornamento y por último a las marcas quemadas de una de las paredes.
La mujer plateada miró a Nyox directamente. Su voz salió lenta, armada con palabras que claramente no dominaba, pero que parecían haber sido ensayadas mucho tiempo atrás.
—Ese signo… no pertenece a este lugar.
Nyox intentó recuperar el ornamento. Un guardia levantó el arco antes de que pudiera dar dos pasos.
—Es de mi padre —dijo, señalándose el pecho y luego el objeto. Mi familia.
El anciano observó el gesto. No pareció convencido, pero tampoco lo interpretó como una amenaza. La mujer plateada habló con él en voz baja. Airi se esforzó por seguir la conversación; a veces repetía una sílaba, como si una palabra se acercara y se alejara de su memoria.
—No entiendo la frase —dijo Airi finalmente
—Pero el anciano no mira el objeto como si fuera una herramienta. Lo mira como si lo hubiera visto en una pesadilla antigua.
La mujer plateada señaló el ornamento, luego las raíces del bosque y finalmente el suelo. Era una advertencia, no una explicación.
El anciano golpeó el bastón contra el suelo dos veces. Un grupo de guardias llevó a Rein y Airi hacia una habitación lateral. Nyox intentó seguirlos, pero la mujer plateada se interpuso.
—No —dijo. Esa palabra sí la pronunció con claridad.
Rein giró la cabeza hacia Nyox.
—No hagas nada heroico por cinco minutos. Te lo pido como amigo reciente.
Nyox apretó los dientes.
—Cinco minutos.
La mujer plateada tomó el ornamento con el paño y lo colocó dentro de una caja de madera que cerró con dos pestillos. El anciano no le quitó los ojos de encima ni un instante.
Nyox entendió entonces que el objeto no les había dado una respuesta.
Les había dado una razón para temerlo.
Nyox sintió que el salón se volvía más frío.
El anciano apoyó ambas manos sobre el bastón.
La desconfianza en su rostro no había desaparecido.
Había sido reemplazada por reconocimiento.
Y Nyox supo que, desde ese momento, volver a casa iba a exigir más que encontrar un camino.