La isla no figuraba en ningún mapa civil.
Desde la ventanilla del avión militar, solo parecía una mancha negra sobre un mar más negro todavía. Estaba a varias horas de Yozora, lejos de las rutas comerciales y de cualquier costa que pudiera justificar una estación meteorológica abandonada. La lluvia golpeaba el fuselaje con una violencia constante. Abajo, las nubes se abrían y cerraban como si el océano respirara.
La Teniente Primera Rostella Kalaskov ajustó la correa de su paracaídas y repasó por última vez el rostro de cada integrante de su unidad.
Seis personas. Seis especialidades. Una misión que en el informe parecía simple: entrar en el Complejo Kagari, recuperar pruebas sobre una instalación ilegal y extraer cualquier superviviente.
Rostella desconfiaba de las misiones simples.
—Última revisión —dijo, sin alzar la voz.
Vadim Serebryakov levantó dos dedos desde el fondo del avión. Su máscara cubría el rostro por completo, salvo una franja oscura donde se suponía que estaban los ojos. El rifle desmontado descansaba asegurado contra su pecho. A sus veintiséis años, Vadim tenía la costumbre de usar menos palabras de las necesarias y de no fallar una observación.
—Visor, cuerda, señal y ruta de extracción —enumeró.
—Haruto.
Haruto Kagetsu comprobó la funda impermeable de la katana corta que llevaba en la espalda y ajustó el seguro de su pistola.
—Todo listo. Y si el supuesto búnker está lleno de ratas, solicito permiso para no discutir con ellas.
—No tenés permiso para discutir con nada —respondió Rostella.
—Eso me deja muy pocas opciones de entretenimiento.
Haruto sonrió, pero sus manos no dejaron de moverse. Su humor desaparecía antes de una misión; lo que quedaba era la disciplina que había aprendido de su abuelo, de los monjes que lo entrenaron y de una vida entera dedicada a no desperdiciar un solo movimiento.
—Mei.
Mei Arakawa ajustó las vendas reforzadas de sus manos. Tenía el cabello oscuro recogido y una mirada despierta, casi alegre, que engañaba a quien no la hubiera visto pelear.
—AK, cuchillos, dos cargadores extra y ganas de terminar antes de que Kenji rompa alguna puerta por diversión.
—Eso es calumnia —protestó Kenji Adebayo desde el otro lado del avión.
Era el mayor de la unidad, ancho de hombros y demasiado grande para el espacio estrecho de la cabina. Llevaba una escopeta de combate, una ametralladora pesada desmontada y munición suficiente para iniciar una discusión diplomática. Su sonrisa era fácil; su disciplina, menos visible pero real.
—Yo rompo puertas por necesidad táctica.
—Tu necesidad táctica suele llegar antes que el plan —dijo Rostella.
—Por eso el plan tiene emoción.
—Por eso el plan tiene informes disciplinarios —contestó Mei.
Toma Fujisaki, el sexto integrante, no participó en el intercambio. Estaba inclinado sobre una tableta protegida contra golpes, revisando una copia incompleta de los planos del complejo. Llevaba gafas rectangulares, cabello oscuro bien peinado y una expresión amable que a Rostella siempre le había parecido demasiado calculada para ser espontánea.
—El acceso principal no responde —dijo Toma
—Pero hay una estación meteorológica en superficie. Si las coordenadas son correctas, el búnker está debajo.
—¿Y si no lo está? —preguntó Haruto.
—Entonces habremos saltado de noche a una isla sin nombre para visitar ruinas. Una salida cara, pero memorable.
Rostella revisó sus dos pistolas Magnum. El metal frío y conocido bajo sus manos era suficiente para ordenar el pensamiento.
—Escuchen. Kagari no es una incursión de castigo. No vamos a destruir nada ni a improvisar una cruzada. Entramos, documentamos, extraemos pruebas y sacamos a cualquier persona viva. No toquen muestras ni equipos sin registrar. Si el lugar sigue activo, asumimos que tiene defensas. Si tiene defensas, asumimos que alguien quiere ocultar algo.
—¿Y si encontramos a quienes lo operaban? —preguntó Mei.
—Los detenemos si podemos. Respondemos si amenazan al equipo.
El piloto habló por el intercomunicador.
—Treinta segundos.
Rostella se puso de pie. Su cabello rubio estaba atado alto, lejos del cuello del uniforme. Las luces rojas de la cabina le devolvieron su propio reflejo en una ventana: ojos verdes, rostro sereno, una línea de cansancio que no pensaba mostrar a nadie.
—Kalaskov primero —ordenó el controlador de salto.
Ella se acercó a la compuerta abierta. El viento entró como un golpe helado.
Entrenar en invierno siempre le había resultado más fácil que entrenar bajo el sol. El frío no mentía. Solo exigía que uno se moviera o aceptara las consecuencias.
—Formación Viento Norte —dijo.
Los cinco respondieron con un gesto.
Rostella saltó.
El mar desapareció debajo de ella. Durante un instante solo existieron la lluvia, el ruido del aire y el tirón brutal del paracaídas al abrirse. Abajo, la isla crecía entre la niebla: rocas oscuras, árboles bajos inclinados por el viento y una construcción rectangular sin luces en el centro.
La estación meteorológica.
Vadim tocó tierra a unos metros, silencioso incluso con el temporal. Mei cayó bien, rodó y se levantó sin perder el arma. Haruto aterrizó con una precisión irritante. Kenji maldijo al hundirse hasta los tobillos en barro. Toma fue el último; comprobó de inmediato que su tableta seguía funcionando.
—Perímetro —ordenó Rostella.
No hubo respuesta del bosque. Solo lluvia sobre hojas y el océano golpeando las rocas.
Rostella no dio la orden de entrar enseguida. Vadim recorrió el borde de la estación con el visor, Haruto examinó las ventanas y Mei comprobó que no hubiera cables bajo el barro. Kenji se quedó junto al equipo de descenso, callado por una vez. Toma fotografió la fachada, pero lo hizo demasiado rápido, como si la estuviera comparando con algo que ya conocía.
—Nadie toca una puerta hasta que sepamos si quiere abrirse o atraparnos —dijo Rostella.
La frase no era una broma. En los informes, los edificios abandonados siempre tenían razones simples para ser peligrosos: derrumbes, gases, trampas improvisadas. Kagari ya había conseguido que esa lista sonara ingenua.
La estación tenía ventanas tapiadas y una antena partida por la mitad. El letrero metálico de la entrada había sido arrancado; quedaban cuatro agujeros de tornillos y una sombra rectangular más limpia que el resto de la pared.
Haruto pasó los dedos por el marco.
—Esto no lleva años abandonado.
Rostella se acercó. Debajo del barro había marcas de neumáticos recientes.
—No —dijo Solo quiere parecerlo.
La puerta principal estaba cerrada con una cadena oxidada. Kenji la examinó con una mirada esperanzada.
—¿Necesidad táctica?
—No.
Toma señaló una caja eléctrica empotrada en la pared.
—La cadena es decorativa. El cierre real está aquí. Sigue recibiendo energía.
—¿De una isla abandonada? —preguntó Mei.
—No dije que tuviera sentido.
Vadim se alejó unos pasos y levantó el visor hacia el bosque.
—Huella térmica a cuarenta metros. Pequeña.
Todos apuntaron en esa dirección.
Un animal salió de entre los arbustos. Parecía un zorro, salvo por el pelaje excesivamente oscuro y los ojos reflejando una luz azul en la tormenta. Se quedó quieto, observándolos. Luego desapareció sin hacer ruido.
Kenji bajó un poco la escopeta.
—No soy biólogo, pero eso no me gustó.
—No gastes munición en animales —dijo Rostella.
—No iba a disparar.
Mei lo miró.
—Mentira.
Toma abrió la caja. Tres luces se encendieron detrás del panel, verdes y blancas. El mecanismo no usaba un teclado convencional; tenía tres círculos metálicos con surcos finos que parecían exigir piezas físicas.
—Primera llave —dijo.
—¿Dónde está? —preguntó Rostella.
Toma recorrió con la linterna el interior de la estación a través de un vidrio roto.
—Adentro, probablemente. O alguien quería que pareciéramos idiotas bajo la lluvia.
Rostella eligió la ventana lateral. Haruto retiró el vidrio con cuidado; Vadim cubrió desde afuera. Mei entró primero y revisó el suelo antes de permitirles pasar.
La estación era una oficina vacía con escritorios cubiertos por lonas, mapas meteorológicos viejos y monitores desconectados. No era un abandono real; era una imitación cuidadosamente construida para que cualquier visitante se cansara antes de mirar debajo de la superficie. Había polvo, pero no tanto como debía. Un vaso de cartón se encontraba junto a una consola; todavía conservaba una marca húmeda de café en el fondo.
—Alguien estuvo acá hoy —dijo Mei.
Rostella no respondió de inmediato. Revisó el vaso, las marcas de barro y una hoja de guardia arrugada bajo una consola. La última firma tenía menos de doce horas. El nombre estaba tachado con marcador negro, pero la hora permanecía legible.
—No es una tumba —dijo
—Es una puerta que alguien sigue usando.
Rostella revisó los cajones. Encontró credenciales rotas, una caja de guantes quirúrgicos y un llavero de metal con un disco circular grabado con tres líneas entrecruzadas.
El mismo dibujo que estaba en el panel exterior.
—Toma.
Él conectó el disco a la consola. Las luces cambiaron de color. En una pantalla apareció una frase en inglés y japonés, seguida de símbolos que ninguno reconoció.
"ACCESO DE MANTENIMIENTO: NIVEL CERO."
—Eso abre una puerta secundaria —dijo Toma.
—O despierta algo —respondió Haruto.
—Las dos posibilidades no se excluyen.
Un ruido metálico se oyó debajo del suelo.
La pared del fondo se abrió hacia adentro.
Detrás había una escalera de acero que descendía a la oscuridad.
Rostella pidió que esperaran un minuto. No era una demora; era una decisión. Vadim dejó un marcador luminoso junto a la escalera. Mei anotó la hora. Haruto revisó el mecanismo de cierre y Kenji aseguró una cuerda de retorno a una columna de la estación.
—Si la radio falla, la cuerda es nuestro camino de regreso —dijo Rostella.
—Y si la cuerda se corta —preguntó Kenji.
—No dejes que se corte.
El aire que subió desde abajo olía a desinfectante, humedad y algo dulce, parecido a carne quemada.
Rostella sacó una Magnum de cada funda.
—Vadim, última posición. Haruto, adelante conmigo. Mei y Kenji, centro. Toma, nada de conectarte a una red sin avisar.
Toma levantó la tableta.
—Teniente, mi trabajo literalmente consiste en conectarme a redes.
—Tu trabajo consiste en volver vivo para explicarme qué encontraste.
Él sonrió apenas.
—Entendido.
El Nivel Cero no era un búnker militar convencional. El primer corredor estaba limpio, demasiado limpio, con placas de metal oscuras y líneas de luz apagadas en el suelo.
No bajaron de golpe. Rostella avanzó tres pasos, esperó, y dejó que los demás confirmaran el suelo antes de continuar. Cada puerta recibió una fotografía, cada cámara una revisión, cada símbolo una marca en el plano incompleto de Toma. Kagari no iba a ganar tiempo obligándolos a correr.
Eso era, al menos, lo que Rostella esperaba. Las puertas no tenían nombres; solo números y símbolos de colores. En las paredes había cámaras de seguridad con los lentes cubiertos de polvo.
Mei se detuvo frente a una de ellas.
—Polvo arriba. Lente limpio.
Rostella la miró.
—¿Sigue activa?
Toma acercó la tableta.
—No lo sé. Pero alguien la limpió.
No avanzaron hasta que Vadim encontró el cable de alimentación que corría detrás de un panel. Haruto sujetó el cable con la punta de su katana y Mei lo cortó con una herramienta aislada. La luz mínima de la cámara se apagó.
—Una defensa menos —dijo Mei.
—Una que conocemos —corrigió Rostella.
El primer pasillo terminaba en una puerta de seguridad con una rueda manual y una pantalla rota. A la izquierda había tres tubos transparentes que salían de la pared. Dentro de cada uno flotaba un líquido de color distinto: rojo, azul y blanco.
Kenji frunció el ceño.
—¿Eso es combustible?
—No —dijo Toma— Ojalá fuera combustible.
En el suelo, Haruto encontró una línea casi invisible bajo una lámina metálica.
—Cable de presión.
—¿Trampa? —preguntó Mei.
—Sí. Si giramos la rueda antes de desactivar el sistema, algo cae del techo.
Kenji levantó la vista.
—¿Algo pesado?
—No quiero comprobarlo.
Toma examinó la pantalla rota y retiró una tapa lateral. Debajo había un módulo analógico con tres conectores. Cada uno llevaba una marca: un círculo, una línea vertical y un triángulo.
—Necesitamos el orden —dijo.
Rostella recorrió el corredor con la linterna. Junto a una puerta menor encontró un panel médico antiguo. Tenía tres indicadores que seguían encendidos pese al resto del apagón: pulso, oxígeno, temperatura. La secuencia de luces era roja, azul, blanca.
—Probá rojo, azul, blanco.
—¿Por qué?
—Porque Kagari quiere que pensemos como su personal. Y su personal trabajaba con cuerpos.
Nadie comentó nada.
Toma conectó los cables en el orden indicado. Mei sostuvo el cable de presión con una pinza. Kenji giró la rueda solo cuando Haruto levantó el pulgar.
La puerta se abrió sin que cayera nada.
Detrás había una oficina de observación. Escritorios volcados, archivadores abiertos y una pared de vidrio que daba a una sala vacía. En el centro había una camilla con correas de cuero. Una de las correas estaba rota.
Rostella no se acercó primero a la camilla.
Se acercó a los documentos.
La mayoría habían sido quemados. Quedaban etiquetas sueltas, números de lote y frases incompletas: “respuesta a estímulo”, “transferencia no autorizada”, “muestra incompatible”. No había nombres de pacientes. No había firmas completas.
—Esto no es una instalación de armas —dijo Mei.
—Todavía puede serlo —respondió Rostella
—Solo que no del tipo que esperamos.
Kenji se quedó mirando la pared de vidrio.
—¿Alguien usaba esa camilla?
Toma no levantó la vista de los archivos que copiaba.
—Alguien o algo.
Rostella se volvió hacia él.
—No supongas.
—No estoy suponiendo. Hay marcas en el suelo.
Las vio entonces. Arañazos profundos atravesaban las baldosas desde la camilla hasta una puerta lateral. No eran de una camilla arrastrada. Eran paralelos, irregulares y demasiado largos.
Vadim habló por el comunicador.
—Escuché movimiento en el nivel inferior.
—¿Humano? —preguntó Rostella.
Hubo una pausa.
—No puedo clasificarlo.
Rostella guardó los papeles legibles en una bolsa de evidencia.
—Entonces no bajamos todavía. Buscamos la segunda llave, revisamos el nivel y salimos.
No era prudencia vacía. Cada metro que recorrían dejaba un dato: marcas de arrastre, polvo retirado de un lente, el olor de productos médicos demasiado recientes. Rostella no necesitaba saber qué había en Kagari para entender que alguien había previsto una visita y había decidido que no debía salir con facilidad.
—La sala de registros está abajo —dijo Toma.
—Entonces bajamos cuando sepamos cómo regresar.
Continuaron por un corredor de servicio. Allí encontraron las primeras jaulas.
Las pequeñas estaban vacías y tenían bebederos, comida seca y etiquetas arrancadas. Las siguientes poseían barrotes demasiado gruesos para animales de laboratorio. Una conservaba una masa de pelo oscuro pegada al suelo. Otra tenía marcas profundas cruzando el metal desde dentro. En una tercera, seis huevos pálidos descansaban dentro de una incubadora rota, grandes como cascos de motocicleta, cubiertos por una cáscara que parecía piedra húmeda.
Kenji se inclinó sin tocar el vidrio.
—Decime que son una especie de avestruz muy cara.
—No lo sé —dijo Toma.
—No le pregunté a vos.
—Nadie sabe —dijo una voz desde el fondo del corredor.
Todos apuntaron.
Un hombre salió de una celda de cristal parcialmente abierta. Llevaba un guardapolvo manchado, barba de varios días y una venda improvisada en el antebrazo. Levantó las manos antes de que alguien disparara.
—No disparen. Por favor.
Rostella mantuvo las armas firmes.
—Nombre.
—Naoki Kisaragi. Investigador biomédico. O lo era.
—¿Trabajaba en Kagari?
—Sí.
—¿Por qué está encerrado?
Kisaragi miró las jaulas. Después miró la puerta del corredor que descendía hacia el nivel inferior.
—Porque intenté salir.
Un golpe resonó desde abajo.
Fue tan fuerte que el agua acumulada en el suelo vibró.
Kisaragi perdió el color del rostro.
—No bajen —dijo
—Si ven una puerta marcada en rojo, no se acerquen. Y si escuchan golpes, no contesten.
Rostella no bajó las armas.
—Doctor, necesito que nos diga qué hay en este lugar.
Kisaragi tragó saliva.
—Necesito que primero nos saquen de aquí.
—No podemos sacarlo sin abrir su celda —dijo Mei.
Rostella examinó el cierre. Tres indicadores rojos parpadeaban junto a la puerta de vidrio. El sistema tenía una cerradura biométrica inutilizada y una ranura circular idéntica a la que habían usado en la estación meteorológica.
—Segunda llave —murmuró Toma.
Kisaragi señaló una consola caída a unos metros, al otro lado de una línea amarilla pintada sobre el suelo.
—Antes de tocarla —dijo Rostella— explíqueme qué hace cada una de estas líneas.
El investigador la miró como si nadie le hubiera hecho una pregunta tan simple en mucho tiempo.
—La amarilla libera gas. La gris bloquea las puertas. La azul… no sé. La añadieron después de que yo dejara de tener acceso a este nivel.
Rostella guardó esa respuesta. No porque confiara en él, sino porque su miedo al pronunciarla no parecía ensayado.
—Ahí. Pero no pisen esa franja.
Kenji miró la línea, luego el techo.
—¿Qué pasa si la pisamos?
Kisaragi cerró los ojos un instante.
—El corredor se llena de gas sedante. Antes lo usábamos para controlar episodios de agitación.
—¿De personas? —preguntó Mei.
El investigador no respondió.
Haruto guardó la pistola y avanzó con pasos medidos, apoyando la punta de la katana sobre los bordes de las baldosas. Encontró un cable fino que salía bajo una rejilla y siguió su recorrido hasta un panel oculto. Mei sostuvo una luz sobre él mientras cortaba el contacto.
—Listo —dijo
—Pero no me pidan que lo haga de nuevo con el lugar temblando.
Toma conectó su tableta a la consola. Rostella observó los archivos que aparecían en la pantalla: registros médicos, códigos de inventario y bloques de texto cifrado. Toma copió más datos de los necesarios antes de introducir la clave.
—¿Qué estás guardando? —preguntó ella.
—El sistema borra información cuando detecta una intrusión. Estoy rescatando lo que pueda.
La respuesta era razonable. El tono también.
Sin embargo, Rostella anotó mentalmente el directorio que Toma había abierto antes de acceder a la celda. No pertenecía al sistema médico. Tenía el mismo símbolo geométrico que la primera llave.
La puerta se abrió.
Kisaragi salió despacio. Le temblaban las manos, pero no la mirada.
—La sala de registros está en el Nivel Uno —dijo
—Ahí guardaban los archivos físicos. Si vinieron por pruebas, es lo único que todavía puede importar.
—Y el golpe de abajo —dijo Rostella.
Kisaragi miró la puerta marcada con rojo al fondo del corredor.
—Si pueden evitarlo, no lo descubran hoy.
La tableta de Toma emitió un pitido.
Una única línea apareció en la pantalla, incompleta por el daño del sistema.
"PROTOCOLO V-01: VIGILIA INICIADA."
Nadie dijo qué podía significar. Kisaragi no apartó la vista de la pantalla, y ese silencio fue más útil que una explicación apresurada.
Ese fue el momento en que Rostella comprendió que Kagari no iba a dejarlos salir con respuestas fáciles.