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Capítulo 5 — La primera ruptura

Nexus: El Umbral Despierto Vol.1 · por Nexus · 26 de julio de 2026

—No sé —susurró Airi— Pero siento que alguien me está llamando.

Nyox no respondió de inmediato.

La prioridad era sencilla: sacar a Airi de allí, llevarla a enfermería y avisar a alguien del instituto. No había ninguna razón para investigar una calle de servicio solo porque una compañera se sentía mal y un objeto viejo vibraba dentro de una mochila.

La calle lateral seguía siendo una calle lateral. Había un cartel de neón apagado, cajas vacías detrás de un puesto y una hilera de máquinas expendedoras junto a una pared de ladrillos. Los alumnos del festival pasaban lejos, entre risas y música, sin mirar hacia ese rincón del campus.

Nada parecía fuera de lugar.

Eso era justamente lo que le inquietaba.

—Vamos a enfermería —dijo Nyox

—El festival está lleno y no tenés buena cara.

—No necesito enfermería.

—No es una discusión médica. Es una decisión de seguridad.

Rein sacó su teléfono y buscó el número de asistencia del festival. La llamada comenzó a conectar, pero terminó convertida en un ruido blanco.

—No hay señal —dijo.

—Hay señal en toda la explanada —respondió Akasha

—El fallo está limitado a este sector.

Nyox miró hacia la avenida. Había estudiantes, profesores y personal de seguridad a menos de treinta metros. Podía pedir ayuda a gritos. Podía llevar a Airi entre la gente y dejar que un médico decidiera qué hacer.

Pero cada vez que intentaba alejarla, ella perdía el equilibrio.

—Airi —intervino Rein— lo de “no es enfermedad” funcionó mejor como frase de película de terror que como respuesta tranquilizadora.

Ella intentó sonreír, pero la sonrisa no llegó a formarse.

Akasha dejó escapar un chasquido digital. En la pantalla, su avatar se duplicó durante un segundo y volvió a unirse.

—La interferencia aumentó. No puedo fijar una dirección exacta.

—¿Es del campus? —preguntó Nyox.

—No. O no solamente. Es como si una señal estuviera llegando desde muy cerca y desde muy lejos al mismo tiempo.

Rein miró el teléfono de Nyox.

—¿Eso tiene una explicación técnica?

—Todavía no —respondió Akasha.

—Odio que la IA más inteligente que conozco diga “todavía no”.

—No soy la única IA que conocés.

—Justamente por eso me preocupa.

Nyox apoyó una mano suave sobre el hombro de Airi.

—¿Podés caminar?

Ella asintió. Sus dedos, sin embargo, se cerraron alrededor de la muñeca de Nyox.

—No quiero ir hacia allí.

Nyox siguió la dirección de su mirada.

El callejón quedaba detrás de los puestos de comida. Era angosto, apenas lo suficiente para que pasara un camión de reparto. A esa hora no debía tener nada especial; era una salida de servicio más entre muchas.

—No vamos a ir hacia allí —dijo

—Primero intentamos volver a la avenida.

Nyox tomó a Airi del brazo y comenzó a guiarla hacia la zona iluminada. Dio dos pasos.

El zumbido aumentó.

No se escuchaba con los oídos. Nyox lo sintió en los dientes, detrás de los ojos y en el metal de la hebilla de su mochila. Airi se dobló un poco, como si hubiera recibido un golpe invisible.

—Airi.

—Está… está peor cuando me alejo.

Rein miró hacia el callejón.

—Entonces no la empujemos hacia la multitud. Pero tampoco entremos.

—Coincido —dijo Nyox

—Solo comprobamos si el cambio está limitado a este lugar. Después regresamos y pedimos ayuda desde otra zona.

—Eso sigue sonando como una mala idea —respondió Rein.

—Lo sé. Por eso vamos a mantenernos juntos y no cruzamos ninguna puerta.

Intentó guiarla de vuelta hacia la avenida principal.

El zumbido aumentó.

No se escuchaba con los oídos. Nyox lo sintió en los dientes, detrás de los ojos y en el metal de la hebilla de su mochila. Airi se dobló un poco, como si hubiera recibido un golpe invisible.

—Airi.

—Está… está peor cuando me alejo.

—Eso no tiene sentido —dijo Rein.

—Lo sé —respondió ella, casi sin aire.

Akasha levantó la vista en la pantalla.

—Nyox, el ornamento.

Él abrió la mochila. La pieza de metal de Elián vibraba dentro del bolsillo interior. No brillaba, no emitía humo ni hacía nada que pudiera señalar como prueba frente a otra persona. Solo temblaba contra la tela con una insistencia insoportable.

Nyox lo tomó.

El frío le mordió la palma.

Por un momento se le cruzó la idea absurda de llamar a Kimura, a Saito, a cualquier adulto que tuviera una respuesta y una tarjeta institucional. Pero ninguna de esas personas podía ayudarlo a decidir por qué un objeto de su padre reaccionaba al sufrimiento de una compañera a la que acababa de conocer.

—Tenemos que movernos —dijo.

Rein lo observó con incredulidad.

—¿Hacia enfermería?

—Hacia el borde del callejón. Solo hasta encontrar una medición clara. Si Airi empeora, volvemos a la avenida.

—Acabas de elegir la opción que acabamos de descartar.

—Sí.

—Quiero dejar registrado que me opongo.

—Registrado —dijo Akasha Con énfasis dramático.

—¿Hacia enfermería?

—Hacia el callejón. Solo hasta entender qué está pasando.

—Acabas de elegir la opción que acabamos de descartar.

—Sí.

—Quiero dejar registrado que me opongo.

—Registrado —dijo Akasha Con énfasis dramático.

Nyox no respondió. Airi estaba más pálida a cada segundo.

El callejón olía a cartón mojado y aceite de cocina. La música del festival se apagó detrás de ellos de manera gradual, como si alguien hubiera cerrado una puerta invisible. Había bolsas ordenadas junto a una pared, dos máquinas de bebidas al fondo y un cartel oxidado que parpadeaba aunque todavía no era de noche.

Nyox se detuvo a dos metros de la última máquina.

—¿Akasha?

Su avatar volvió a desdoblarse.

—Las lecturas de distancia están fallando. La pared final debería estar a seis metros. El sensor marca nueve. Ahora doce.

Rein miró hacia la pared.

—Sigue estando donde está.

—Eso no significa que la medición sea incorrecta —dijo Akasha

—Significa que necesito mejores palabras para describirla.

Airi se llevó ambas manos a la cabeza.

—No está detrás de la pared.

Nyox se acercó a ella.

—¿Qué cosa?

—El sonido. No viene de ahí. Viene de… —abrió los ojos, perdida

—Viene de todas partes.

El ornamento vibró con más fuerza.

Una línea blanca apareció sobre los ladrillos.

No fue un destello. No fue un reflejo. Era una línea vertical, delgada como una grieta en un espejo, trazada desde el suelo hasta la altura de un segundo piso. Nyox tuvo la impresión de que siempre había estado allí y de que sus ojos solo acababan de aprender a verla.

Rein dio un paso atrás.

—Decime que alguien proyectó eso para una actividad del festival.

—No es una proyección —dijo Akasha.

—¿Cómo sabés?

—Porque la luz no está iluminando la pared. Está atravesándola.

La línea se ensanchó un milímetro.

El aire del callejón olió a tierra mojada.

Nyox retrocedió.

La salida seguía visible, pero parecía más larga. Las personas de la avenida se habían vuelto pequeñas y sus voces llegaban con retraso.

—Rein, llamá de nuevo.

Rein marcó el número de seguridad. Una voz respondió durante un instante.

—¿Instituto de…?

La comunicación se llenó de ruido y murió.

—No nos escucharon —dijo Rein.

—Entonces nos vamos ahora —respondió Nyox.

Intentó alejarse, pero el aire se volvió firme. No era una pared que pudiera tocarse. Era una resistencia invisible, como nadar contra una corriente.

Airi perdió el equilibrio. Nyox la sujetó antes de que cayera.

—No puedo avanzar —dijo ella.

La grieta volvió a emitir aquel sonido bajo, parecido a un cuerno lejano.

Nyox apretó los dientes. No quería entrar. No sabía qué había del otro lado, ni si el camino de regreso seguiría abierto. Pero tampoco podía abandonar a Airi atrapada entre una salida que ya no respondía y una abertura que comenzaba a tirar de ella.

Nyox sintió que el pulso se le aceleraba, pero su cabeza empezó a ordenar posibilidades por reflejo. Distancia a la salida: unos quince metros. Rein a su derecha. Airi delante. No tenían armas, ni entrenamiento, ni motivo alguno para permanecer allí.

—Nos vamos —dijo.

Tomó a Airi por el brazo y giró.

No avanzaron.

Una presión suave, pero firme, les cerró el paso. No era una pared que pudiera tocarse. Era una resistencia en el aire, como nadar contra una corriente que no se veía.

Rein empujó con ambas manos hacia la salida y soltó una maldición.

—No hay nada.

—Hay algo —dijo Nyox.

—Eso era peor.

La grieta emitió un sonido bajo. No una voz. Algo parecido a un cuerno lejano, apagado por una distancia imposible.

Airi dejó de luchar contra el aire.

—Lo escucho desde hace días —susurró

—En mis sueños. Pensé que era una alarma.

Nyox la miró.

—¿Por qué no dijiste nada?

—Porque sonaba ridículo.

—Ahora estamos frente a una pared que se está abriendo —dijo Rein

—El estándar de ridículo acaba de cambiar.

La línea de luz se abrió.

Del otro lado no había otra calle, ni un cuarto, ni el interior de algún laboratorio del ISTA.

Había un bosque.

La luz del día entró al callejón japonés con una suavidad insoportable. Se filtraba entre árboles altos de troncos blancos y hojas doradas. Había pasto húmedo, flores pequeñas, una corriente de agua a lo lejos y un cielo limpio que no pertenecía a la tarde de Yozora.

Nadie habló durante varios segundos.

Nyox pensó en el aeropuerto, en el sueño del avión y en la pregunta que se había repetido desde que recibió la beca: ¿por qué yo?

No quería hacerse esa pregunta ahora.

Quería una explicación sencilla. Un experimento. Una broma. Una pantalla de alta tecnología. Algo que pudiera desmontar con un destornillador y una noche sin dormir.

Pero el viento del bosque movió las hojas.

Y el olor a tierra mojada era real.

Akasha comenzó a fallar.

—Ny… ox… distancia… no es… el espacio está…

La pantalla se llenó de símbolos. No eran japonés, ni español, ni código que Nyox reconociera. Vio líneas geométricas, patrones de luz y, por una fracción de segundo, el avatar de Akasha mirándolo con los ojos muy abiertos.

—Akasha, apagá el análisis. Guardá energía.

—No… puedo…

La voz se cortó.

El teléfono quedó negro.

Nyox se quedó inmóvil.

—¿Se apagó? —preguntó Rein.

—No debería poder apagarse así.

No era solo un teléfono sin batería. Nyox podía admitir que Akasha era una inteligencia artificial cuando hablaba con alguien que no la conocía; podía usar palabras técnicas y esconder el resto detrás de ellas. Pero, en ese instante, su ausencia tenía el peso de una persona que había quedado al otro lado de una puerta.

Recordó la despedida en Ezeiza, la voz de ella corrigiendo su equipaje y la facilidad con que siempre llenaba los silencios. Akasha no era una herramienta que se reemplazaba con otra aplicación. Era quien había viajado con él desde el inicio.

—La vamos a recuperar —dijo.

Rein no respondió con una broma. Solo asintió.

—Sí. Primero seguimos vivos. Después recuperamos a tu compañera digital insoportable.

—Puedo oír cuando alguien me llama insoportable —dijo una voz débil desde el teléfono.

Los tres se quedaron congelados.

La pantalla no encendió. No apareció el avatar. Solo hubo un ruido breve, cortado casi de inmediato.

Nyox sostuvo el dispositivo con ambas manos.

—Akasha.

Nada.

Pero el miedo cambió de forma. Ya no era ausencia completa. Era una promesa mínima, frágil, de que ella seguía en alguna parte.

Presionó el botón de encendido. Nada. Lo conectó al cargador portátil. Nada. Una parte de él quería golpear el teléfono contra el suelo; otra sabía que era lo único que quedaba de Akasha en ese momento.

—Nyox —dijo Airi.

Ella no señalaba el teléfono.

Señalaba el bosque.

Entre los árboles, algo había hecho crujir una rama.

No alcanzaron a ver qué era.

La presión invisible cambió de dirección.

Esta vez no los detuvo. Los arrastró.

Airi dio un paso involuntario hacia la abertura.

—¡Nyox! —gritó Rein.

Nyox la sujetó con ambas manos.

—¡No se suelten!

—¡Eso no era parte del plan! —respondió Rein, aferrándose al cinturón de Nyox.

—El plan cambió.

—¡Odio cuando decís eso!

La fuerza aumentó. Nyox pudo haber soltado a Airi y dejar que la corriente se llevara solo una parte del grupo. En cambio, clavó los pies en el suelo.

—No voy a dejarla sola —dijo.

No era una decisión prudente. Era la única que podía aceptar después.

Rein se sujetó de una máquina expendedora. Nyox alcanzó a agarrar la muñeca de Airi. El ornamento ardió dentro de su mano, tan frío que dolía. La luz del bosque llenó el callejón y borró las paredes, las bolsas de basura, el cartel oxidado y el último fragmento de cielo de Japón.

—¡No se suelten! —gritó Nyox.

El suelo desapareció.

No fue una caída normal. Durante un segundo interminable, Nyox no tuvo arriba ni abajo. Solo sintió que algo enorme pasaba cerca, sin tocarlo. Vio colores que no tenían nombre. Escuchó la voz de Akasha, distorsionada por una distancia imposible, y la mano de Airi cerrarse sobre la suya.

Después golpeó tierra húmeda.

El impacto le vació los pulmones.

Cuando abrió los ojos, tenía una hoja amarilla pegada a la mejilla.

El cielo era azul.

No había edificios. No había trenes. No había ninguna señal de Yozora.

—Akasha —dijo.

El teléfono estaba junto a su mano. La pantalla permanecía negra.

Nyox lo levantó, presionó el botón y esperó.

El dispositivo vibró una vez.

Mostró una línea de texto durante menos de un segundo.

INICIO DE SESIÓN…

Después se apagó otra vez.

—Está intentando volver —murmuró.

—Eso fue una oración o un diagnóstico? —preguntó Rein.

Nyox giró la cabeza.

Rein estaba sentado contra un árbol a unos metros, cubierto de barro y hojas. Una rama había quedado atrapada entre su mochila y el hombro. Su tobillo estaba torcido en una posición que le quitó a Nyox cualquier deseo de bromear.

—¿Te podés mover?

—Mi dignidad no. El resto, probablemente.

Airi estaba inconsciente junto a otro árbol. Nyox llegó a ella de rodillas. Respiraba. Tenía una herida pequeña en la frente y el rostro demasiado pálido.

—Airi. Despertá.

Ella abrió los ojos de golpe y se apartó un poco antes de reconocerlo.

—¿Dónde estamos?

Nyox miró alrededor.

El bosque parecía común. Había insectos, ramas, agua corriendo a lo lejos y una brisa leve. No había criaturas gigantes, castillos flotantes ni nada que justificara lo que acababan de vivir.

Eso no lo alivió.

Lo desconocido debería parecer desconocido.

Ese lugar parecía demasiado tranquilo.

—No lo sé —respondió

—Pero el portal ya no está.

Rein miró detrás de ellos. Solo había más árboles.

—¿“Portal” es oficialmente la palabra que vamos a usar?

—Por ahora —dijo Nyox.

—Genial. Me gusta que tengamos vocabulario para el desastre.

Nyox revisó las mochilas. Rein conservaba una botella de agua a medio llenar, dos barras de cereal, un cargador sin señal y un pequeño botiquín. La mochila de Nyox tenía una navaja, el ornamento, el pendrive, otra botella, una campera liviana y el teléfono de Akasha. Airi solo llevaba su bolso, auriculares, una libreta y un paquete de caramelos de menta.

No era mucho.

Pero era algo.

—Primero revisamos heridas —dijo Nyox

—Después buscamos agua y un lugar alto.

—Hay agua —señaló Rein.

—Entonces buscamos agua segura y un lugar alto.

—Me gusta más. Suena como alguien que vio documentales de supervivencia.

—Vi juegos de supervivencia.

—Eso no mejora nada.

Nyox usó el botiquín para limpiar la herida de Airi y vendó el tobillo de Rein con la mayor firmeza que pudo. No era médico, pero había aprendido lo suficiente en viajes de torneo y laboratorios para saber cuándo no debía fingir que entendía más de la cuenta.

—¿Duele mucho? —preguntó.

—Como si hubiera aterrizado desde otro universo —respondió Rein.

Nyox no replicó. La frase era demasiado cierta.

Airi permaneció en silencio durante el vendaje. Cuando terminó, sacó la libreta del bolso. Había dibujos de patrones, números y pequeñas líneas que se cruzaban como rutas de metro.

—¿Qué es eso? —preguntó Nyox.

Ella cerró la libreta de inmediato.

—Nada importante.

Nyox recordó la carpeta que Nadia abrazaba como un escudo. No insistió.

—Está bien. Si se vuelve importante, nos lo decís.

Airi lo miró un segundo más de lo necesario.

—Sí.

El ornamento dejó de estar frío. Ahora pesaba en el bolsillo de Nyox como un objeto normal. Eso lo molestó más que el zumbido.

Se puso de pie y buscó marcas para orientarse: el sol, la pendiente del terreno, la dirección del agua. Nada encajaba con una ciudad japonesa. Nada tenía por qué hacerlo.

—Vamos despacio —dijo

—No sabemos cuánto falta hasta encontrar gente.

—¿Y si no hay gente? —preguntó Rein.

Nyox miró el teléfono apagado.

—Entonces encontramos otra forma de volver.

No sonó seguro. No tenía que sonar seguro. Los dos lo siguieron de todos modos.

Caminaron hacia el agua con una prudencia nueva entre los tres. Cada rama que crujía hacía que Rein levantara la cabeza. Airi se detenía a veces, como si escuchara algo que el resto no podía oír. Nyox marcaba los árboles con una pequeña señal hecha con la navaja, no porque creyera que fuera a ser fácil regresar, sino porque necesitaba hacer algo que significara orden.

La corriente apareció veinte minutos después. Era estrecha y limpia a simple vista. Nyox no dejó que nadie bebiera de inmediato.

—¿Ahora qué? —preguntó Rein.

Nyox señaló una piedra lisa en medio del arroyo.

—Primero observamos si hay peces, insectos muertos, olor raro. Después hervimos si conseguimos hacerlo.

—¿Y cómo vamos a hervir agua?

Nyox miró alrededor.

—Estoy trabajando en esa parte.

Airi se arrodilló junto a la orilla y observó la superficie sin tocarla. Por primera vez desde que había despertado, su respiración pareció regularizarse.

—El agua corre hacia el oeste —dijo.

Rein la miró.

—¿Cómo sabés cuál es el oeste?

—No sé si es el oeste de Japón. Solo sé que el sol está bajando detrás de esos árboles.

Nyox siguió la dirección que señalaba. Era una observación simple, pero le dio algo concreto a lo que aferrarse: la luz tenía una dirección, el agua tenía una corriente, sus pasos podían dejar marcas. El mundo quizá no obedecía las reglas que conocían; eso no significaba que no tuviera reglas.

Juntó ramas secas bajo una roca saliente y probó el encendedor de emergencia que había encontrado en el botiquín. Funcionó al tercer intento. La llama fue pequeña, casi ridícula frente al bosque inmenso, pero Rein exhaló como si alguien hubiera encendido una ciudad entera.

—Eso sí es una victoria —dijo.

Nyox dejó que el agua hirviera en una lata limpia que Kenji había usado alguna vez para café durante una práctica y Rein había terminado llevando en su mochila por costumbre. Ninguno comentó lo absurdo de que un objeto tan común pudiera ser lo más útil del mundo.

Mientras esperaban, Nyox marcó tres árboles cercanos y guardó una ramita partida en el bolsillo. Si debían volver a correr, al menos tendrían una referencia.

Rein soltó una risa cansada.

Por primera vez desde el callejón, Airi también sonrió. Apenas.

Entonces, desde algún punto río abajo, llegó un sonido.

No era el cuerno que había oído a través de la grieta.

Era un golpe seco.

Después otro.

Nyox levantó una mano para que los demás se callaran.

El bosque volvió a quedar quieto.

Demasiado quieto.

—No estamos solos —dijo.

Y, sin Akasha, sin señal y sin saber en qué parte del mundo habían caído, los tres siguieron el curso del agua sin mirar atrás.

 

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