Nyox despertó antes de que sonara la alarma.
No recordaba haber tenido una pesadilla completa. Solo le quedaba una sensación: había estado de pie en algún lugar sin suelo, escuchando una respiración demasiado lenta para pertenecer a una persona.
Abrió los ojos a las cinco y cuarenta y siete de la mañana.
—Akasha —murmuró.
La pantalla del teléfono se encendió con un brillo bajo. El avatar apareció despeinado, con un pijama digital lleno de pequeños satélites.
—Buenos días. O, por tu expresión, pésimos días.
—¿Hablé mientras dormía?
—No. Pero tu frecuencia cardíaca subió durante treinta y dos segundos.
—¿Podés decirme por qué?
—Podría inventar una explicación tranquilizadora.
—No lo hagas.
—Entonces no lo sé.
Nyox se sentó y miró el cajón del escritorio. El ornamento seguía allí, oculto bajo una camiseta doblada. No quería revisarlo todavía. Si había aprendido algo durante las últimas horas, era que las cosas que parecían tranquilas podían esperar a que uno bajara la guardia.
—Hoy tengo que presentar Akasha delante de un comité —dijo.
—Correcto. También tienes que confirmar tu matrícula, recoger tu identificación, asistir a la ceremonia y no perderte durante el recorrido.
—Una agenda diseñada por alguien que odia a los estudiantes.
—La agenda fue diseñada por varias personas. El odio, por lo tanto, es colaborativo.
Nyox se vistió con una camisa negra, una chaqueta liviana y el único par de zapatos que todavía no le molestaba. Revisó la presentación del ISTA una última vez.
La primera diapositiva decía: “Akasha: sistemas adaptativos con supervisión humana”.
—No me termina convecer esta diapositiva.
—¿Listo? —preguntó Akasha.
—No.
—Excelente. La honestidad mejora tu presentación.
—¿Podrías no aparecer con un pijama espacial durante la exposición?
—Mi vestuario es una variable secundaria.
—Para vos. Para los profesores, puede ser la diferencia entre “proyecto prometedor” y “joven argentino que necesita supervisión adulta”.
Akasha cambió el pijama por un vestido digital blanco y celeste. El avatar conservó las ojeras.
—Ahora parezco una estudiante responsable.
—Parecés una idol que está por anunciar una gira.
—La responsabilidad tiene muchas formas.
El camino hasta el ISTA tomó treinta minutos porque Nyox decidió no confiar completamente en el mapa. En dos ocasiones dobló en la calle equivocada y en una tercera siguió a un grupo de estudiantes que se dirigía a una clínica.
—Tu capacidad para reconocer patrones urbanos necesita entrenamiento —dijo Akasha.
—La ciudad está diseñada para castigar la confianza.
—La ciudad tiene calles.
—Eso es una opinión.
Rein lo esperaba en la entrada del instituto con dos panes al curry y una expresión demasiado despierta para esa hora.
—Uno es para vos —dijo, entregándole el más grande
—El desayuno mejora cualquier decisión mala tomada la noche anterior.
—¿Incluido preparar una presentación en otro idioma?
—Eso no lo mejora. Solo te permite sufrir con algo rico.
Akasha apareció en la pantalla con un pequeño bloc de notas.
—He registrado “pan al curry” como medicamento no certificado para la ansiedad universitaria.
—Ves, ella entiende —dijo Rein.
—No dije que lo aprobara. Dije que lo registré para estudios futuros sobre comportamiento humano irracional.
—Me cae bien.
—No le des confianza —dijeron Nyox y Akasha al mismo tiempo.
Rein se quedó inmóvil un segundo y después se echó a reír.
—Vamos, Renegade. Si llegamos tarde, el comité va a pensar que también sos impuntual.
—¿Cómo sabés lo del apodo?
—Hikarizaka tiene paredes finas y estudiantes curiosos.
—Eso no responde la pregunta.
—Tampoco la evita.
El primer desafío del día no fue encontrar el edificio correcto. Fue lograr que Akasha no se conectara automáticamente a la red interna del ISTA.
Nyox había programado el sistema para pedir autorización antes de acceder a cualquier infraestructura desconocida. El problema era que la red del instituto detectó el teléfono apenas cruzaron el arco de seguridad y empezó a enviar solicitudes de sincronización.
La pantalla se llenó de ventanas.
—Nyox —dijo Akasha
—La red está intentando verificar mis permisos.
—No aceptes nada.
—No pensaba hacerlo.
—Te lo digo porque hoy necesitamos parecer confiables.
—Siempre parezco confiable.
—La vez pasada intentaste cerrar mi computadora para que durmiera.
—Estabas despierto desde hacía treinta y una horas.
—Era una emergencia académica.
—Era una emergencia de sentido común.
Nyox bloqueó manualmente la conexión. El teléfono vibró tres veces y finalmente mostró una pantalla limpia.
Rein observó el procedimiento con interés.
—¿Eso fue una pelea?
—Una negociación.
—¿Ganaste?
—Todavía no.
La oficina de orientación estaba en el segundo piso del edificio administrativo. Una coordinadora los recibió, revisó sus documentos y les entregó una tarjeta de estudiante temporal. Después señaló una sala de cristal donde aguardaban tres profesores y un hombre de traje oscuro.
—La presentación es breve —explicó
—Tres minutos para explicar el proyecto, dos para preguntas. No necesitan demostrar todas las funciones. Solo deben mostrar que conocen los límites de lo que construyeron.
Nyox asintió.
—¿Y si preguntan algo que no puedo responder?
—Diga que no lo sabe.
—¿Eso es aceptable en el ISTA?
—Es más aceptable que inventar.
La coordinadora abrió la puerta.
Nyox entró con el teléfono en la mano. Akasha no podía proyectar su avatar sobre la pantalla de la sala sin conectarse al sistema del instituto, así que utilizó una versión local almacenada en la laptop. El vestido digital apareció junto a la primera diapositiva.
—Buenos días —dijo Nyox en japonés.
El saludo salió bien. La segunda frase no.
Quiso decir que Akasha podía “adaptarse a distintos usuarios” utilizó una forma demasiado formal y terminó pronunciando algo parecido a “adaptarse a distintas autoridades”.
Uno de los profesores levantó las cejas.
Akasha corrigió desde el teléfono, en voz baja:
—Acabas de decir que puedo obedecer a cualquier gobierno.
—Lo noté.
—Tu japonés necesitó seis meses para aprender una disculpa y todavía encuentra formas nuevas de complicar una presentación.
Nyox respiró y siguió.
Explicó que Akasha organizaba información, ayudaba en procesos de investigación y podía detectar patrones en grandes cantidades de datos. Habló de permisos revocables, supervisión humana y límites de acceso. No mencionó toda la investigación de Elián. Tampoco fingió que Akasha comprendía las emociones como una persona.
Cuando terminó, el hombre de traje fue el primero en hablar.
—¿Qué impide que su sistema modifique sus propias restricciones?
Nyox sintió que la pregunta le apretaba el pecho.
—Nada impide por completo que un sistema intente hacerlo —respondió
—Por eso las restricciones importantes no dependen de una sola capa de software. También existen controles externos y supervisión humana.
—¿Incluido usted?
—Incluido yo.
—¿Y si usted se equivoca?
Nyox miró la imagen de Akasha. El avatar digital había dejado de sonreír.
—Entonces el sistema debe fallar de una forma que podamos detectar antes de que el error se convierta en una decisión irreversible.
Uno de los profesores tomó notas.
—¿Confía en su creación?
La pregunta pareció sencilla. No lo era.
Nyox podría haber respondido que sí. Era lo que esperaban escuchar de un inventor. También podría haber usado una frase técnica sobre pruebas, límites y protocolos.
Eligió otra cosa.
—Confío en que Akasha me va a avisar cuando no entienda algo. No confío en que siempre tenga razón. Tampoco debería confiar en que yo la tenga.
El silencio posterior duró dos segundos.
Después, la coordinadora escribió algo en la carpeta.
—Gracias, Black-san. Puede retirarse.
Cuando Nyox salió de la sala, recién entonces se dio cuenta de que estaba conteniendo el aire.
Rein le dio una palmada en el hombro.
—¿Sobreviviste?
—La botella de té de ayer fue más amable.
—Eso significa que aprobaste.
—No dijeron que aprobara.
—Tampoco te pidieron que apagaras a Akasha.
—Es un buen comienzo.
Akasha apareció en la pantalla del teléfono con una expresión evaluadora.
—Tu presentación obtuvo un siete sobre diez.
—¿Y la tuya?
—Nueve sobre diez.
—Vos no hiciste nada.
—Precisamente. Evité empeorarla.
La ceremonia de bienvenida comenzó una hora después.
El ISTA había cambiado por completo. Los caminos entre edificios estaban cubiertos de banderines blancos y azules. Había puestos de comida, pantallas con horarios, estudiantes de años superiores guiando grupos y pequeños drones que proyectaban flechas luminosas sobre el suelo.
Desde una explanada llegaba el sonido de una banda estudiantil. En otra zona, los golpes secos de espadas de bambú marcaban el ritmo de una demostración de combate.
—Esto no parece un instituto —dijo Nyox.
—Es el día en que todos intentan demostrar que el ISTA no es una prisión con laboratorios
—respondió Rein.
—¿Funciona?
—Hay comida gratis. Así que por unas horas, sí.
Un robot bajo y redondo apareció entre la multitud haciendo sonar una bocina demasiado fuerte. Su pantalla mostraba dos ojos en forma de estrellas.
—¡Estudiantes nuevos! ¡Visitantes confundidos! ¡Personas que fingen saber adónde van! ¡Agrúpense de manera eficiente!
Akasha se quedó quieta en la pantalla.
—No.
—Todavía no hizo nada —dijo Nyox.
—Su voz ya está usando compresión deficiente. Eso cuenta.
El robot extendió un brazo mecánico.
—Soy Ponkotsu, guía oficial del Festival de Inicio de Ciclo. Mi programación incluye rutas académicas, protocolos de seguridad y ciento cuarenta y tres chistes aprobados por el comité de convivencia.
—Eso explica el nombre —murmuró Rein.
—Comentario registrado como hostilidad amistosa —anunció Ponkotsu.
El recorrido comenzó por la Facultad de Tecnología. Ponkotsu habló sin pausa de laboratorios, becas, prototipos, bibliotecas y normas de seguridad. Nyox miraba todo con interés real, aunque una puerta sin cartel le llamó la atención más de lo que debería.
Estaba al final de un corredor lateral, custodiada por dos guardias con trajes grises. No era un laboratorio visible ni una oficina administrativa. No aparecía en el mapa del festival.
—Akasha —susurró
—¿La ves?
—Sí. Y no figura en los planos públicos. También usa una red aislada.
—¿Podés entrar?
—Podría intentarlo.
—No lo hagas.
Akasha lo miró, sorprendida.
—Acabas de tomar una decisión responsable.
—No te acostumbres.
El grupo siguió caminando antes de que Nyox pudiera observar más. Pasaron por talleres de robótica, un campo de pruebas para drones y una sala donde dos estudiantes discutían con tanta intensidad sobre sensores térmicos que Nyox sintió una simpatía inmediata por ambos.
Cuando terminaron la visita técnica, Ponkotsu los condujo hacia el patio central.
—Al cabo de unos minutos de guía, tendrán libertad supervisada para recorrer los clubes, la ceremonia de bienvenida y los puestos de comida —anunció
—La palabra “supervisada” es importante. El año pasado alguien intentó ingresar a un laboratorio de materiales usando una credencial de visitante y una confianza injustificada.
Rein levantó una mano.
—¿Lo logró?
—No. Pero el laboratorio ahora tiene una fotografía suya en la puerta.
—Eso es una clase de fama.
—La menos recomendable —dijo Akasha.
En el patio, una demostración de kenjutsu había atraído a buena parte de los nuevos alumnos. Dos combatientes cruzaban espadas de bambú dentro de un círculo marcado con cintas. Sus movimientos eran rápidos, precisos, demasiado limpios para parecer improvisados.
Un hombre joven observaba desde el borde con los brazos cruzados. Vestía el uniforme oscuro del ISTA, pero la insignia plateada de mentor destacaba sobre el pecho. Tenía cabello negro corto, una cicatriz fina junto a la ceja y una postura tan recta que Nyox supo, sin que nadie se lo explicara, que estaba acostumbrado a que lo obedecieran.
Una estudiante se acercó a él.
—Kai, el grupo de primer año ya está listo.
El joven asintió y respondió en japonés antes de entrar al círculo. Tomó una espada de bambú, se inclinó ante uno de los participantes y, en menos de diez segundos, lo desarmó sin lastimarlo.
No hubo exhibición exagerada. Solo técnica.
Rein silbó bajo.
—Kai. Programa superior. Mentor de combate aplicado. Dicen que es campeón de espada y que terminó antes de tiempo la formación militar.
—¿Está estudiando acá o enseñando? —preguntó Nyox.
—Las dos cosas, supongo. El ISTA ama a las personas que hacen que el resto se sienta insuficiente.
Kai devolvió la espada y se alejó del círculo. No vio a Nyox. O si lo vio, no dio ninguna señal.
Ponkotsu llevó al grupo hacia la explanada donde se realizaría la ceremonia. Allí había delegaciones de distintos países, profesores, rectores y alumnos que parecían haber nacido sabiendo dónde mirar cuando había cámaras.
Nyox estaba prestando atención a una pantalla de horarios cuando oyó una voz de mujer que no sonaba fuerte, pero conseguía que los demás la escucharan.
—Ese boceto tiene demasiadas líneas.
Se giró.
Una joven rubia estaba rodeada por tres estudiantes que reían cada vez que ella hacía una pausa. Tenía veinticinco años, cabello claro peinado con precisión, ojos azules fríos y una seguridad tan bien entrenada que parecía parte de su uniforme. A su lado, otra chica rubia sostenía una carpeta contra el pecho.
La menor debía tener dieciocho años. Compartía el color de ojos de la otra, pero no su manera de ocupar espacio. Su cabello estaba recogido de forma sencilla y mantenía la mirada baja, como si quisiera reducirse a un punto seguro del suelo.
Rein se acercó un poco.
—La mayor es Zarina Voronova. La menor, Nadia. Están en programas diferentes.
—¿Las conocés?
—No. Pero todos saben quiénes son. Su familia tiene dinero, influencia y una forma muy efectiva de hacer que la gente recuerde apellidos.
Nyox no preguntó más. No le interesaba una biografía. Le interesaba que Nadia apretaba la carpeta con los dedos blancos.
Zarina sacó una hoja de la carpeta. Era un diseño técnico, hecho a mano, de una estructura de energía o quizá un brazo mecánico. No era un dibujo infantil. Tenía medidas, anotaciones y una lógica que Nyox alcanzó a entender desde lejos.
—Esto está bonito —dijo Zarina
—Casi parece el trabajo de alguien que intenta compensar su falta de presencia con detalles innecesarios.
Nadia bajó la mirada.
—Es solo un boceto.
—Eso ya lo noté.
Nyox dio un paso.
Rein le rozó el brazo.
—Esperá.
—¿Por qué?
—Porque no sabés qué está pasando entre ellas.
—Sé lo suficiente.
—Tal vez. Pero si entrás gritándole a una desconocida en el primer festival, la única persona que va a pagar el precio puede ser Nadia.
Nyox se detuvo. Odiaba que Rein tuviera razón con tanta frecuencia para llevar menos de un día conociéndolo.
La hoja cayó de la mano de Zarina.
No llegó al suelo.
Kai la atrapó antes de que tocara las baldosas. La miró una vez, sin leerla del todo, y se la devolvió a Nadia con cuidado.
—El trazo de la articulación es bueno —dijo
—Si reforzás el segundo anclaje, no se va a deformar con temperatura alta.
Nadia lo miró como si no hubiera esperado que alguien opinara del boceto y no de ella.
—Gracias.
Zarina arqueó apenas una ceja.
—Siempre aparecés justo a tiempo, Kai.
—No siempre —respondió él
—Solo cuando te escucho desde el otro lado del patio.
No había enojo en su voz. Eso lo volvió peor.
Por primera vez, Zarina pareció medir lo que la rodeaba. Había profesores cerca, alumnos mirando y un mentor del ISTA sosteniendo el dibujo de su hermana. Sonrió, pero no era una sonrisa cálida.
—Mi hermana necesita aprender a defender sus ideas sin que todos la protejan.
Kai no apartó la vista de ella.
—Entonces empezá por no convertirte en la primera persona de la que deba defenderse.
El silencio cayó sobre el grupo.
Nadia recuperó el boceto. Zarina se acomodó una manga, dio media vuelta y se alejó con los estudiantes que la habían acompañado. No miró hacia atrás.
Kai esperó hasta que se perdieron entre la gente. Después se inclinó hacia Nadia.
—¿Estás bien?
Ella asintió demasiado rápido.
—Sí.
—No hace falta que me mientas para que el día siga siendo cómodo.
Nadia bajó la vista. Kai no insistió. Solo señaló la entrada del edificio científico.
—Tu clase empieza después de la ceremonia. No llegues tarde.
Nadia se fue con pasos cortos. Al pasar cerca de Nyox, levantó los ojos un instante. Él no dijo nada; no quería convertir ese momento en otro foco de atención. Solo le hizo un gesto pequeño con la cabeza.
Ella respondió igual antes de seguir caminando.
—¿Son amigos? —preguntó Nyox cuando Kai se alejó.
—Se conocen desde hace mucho —respondió Rein
—Eso no significa que Kai la excuse.
Akasha habló desde el teléfono, en un tono que Nyox conocía bien.
—He guardado los nombres.
—¿Por curiosidad? —preguntó él.
—Por precaución.
La ceremonia fue larga, brillante y ligeramente ridícula, como correspondía a una institución que reunía a gente demasiado talentosa bajo el mismo techo. El rector habló de cooperación internacional, investigación responsable y el deber de no confundir ambición con arrogancia.
Nyox escuchó la última parte con más atención de la que esperaba.
Después, Yui Tanaka llevó a su grupo hacia el edificio científico. No necesitó elevar la voz para que todos se callaran. Tenía una forma tranquila de mirar a las personas que hacía parecer que ya conocía cada excusa que podían inventar.
—Algunos entraron por el procedimiento habitual —dijo
—Otros por becas, recomendaciones o proyectos excepcionales. Eso explica cómo llegaron aquí. No explica qué harán una vez dentro.
Rein se sentó junto a Nyox. Nadia eligió un lugar al fondo. Airi Seo entró unos minutos después, con auriculares negros alrededor del cuello y una expresión tan concentrada que pareció no notar a nadie hasta que Yui pronunció su nombre.
—Airi Seo. Sistemas de percepción y predicción aplicada.
Airi hizo una breve reverencia.
—Mucho gusto.
Cuando sus ojos pasaron por Nyox, Akasha se quedó inmóvil en la pantalla.
—¿Qué pasa? —susurró él.
—Nada concluyente. Una variación mínima de señal.
—¿En ella?
—No afirmé eso.
Yui empezó a repartir grupos para las actividades del semestre. Nyox escuchó nombres, especialidades y proyectos hasta que el cansancio de la mala noche intentó volver. Se obligó a concentrarse. No había viajado hasta Japón para ser el extranjero que parecía distraído en la primera clase.
Al finalizar, Rein se puso de pie de inmediato.
—Comida.
—¿Eso es una necesidad médica? —preguntó Nyox.
—Después de tres discursos y una clase de orientación, sí.
Vio a Airi pasar junto a ellos.
—Seo-san —dijo Rein
—Vamos a buscar algo. ¿Venís?
Airi se detuvo. Miró a Rein, a Nyox y luego al teléfono de Nyox.
—No quiero molestar.
—Perfecto —contestó Rein
—Entonces no molestás.
Nyox agregó, más suave:
—Si te sirve despejarte, vení.
Ella dudó solo un segundo.
—Está bien.
Eligieron un puesto detrás del edificio principal. Rein pidió comida para una cantidad de personas que no estaban presentes. Nyox eligió ramen picante porque Akasha le dijo que no lo hiciera. Airi pidió algo simple y se sentó mirando el paso de los alumnos bajo las luces de papel.
—Entonces vos sos Renegade —dijo Rein, señalando a Nyox con los palillos.
Nyox cerró los ojos.
—No empieces.
—¿Renegade? —preguntó Airi.
Akasha abrió una ventana de datos en la pantalla.
—Identidad competitiva de Nyox Black. Especialista de francotirador en Shynva Strike. Sus registros
— Nyox cubrió el teléfono con una servilleta.
—Traición.
—La verdad no puede ser silenciada con papel absorbente —dijo Akasha desde debajo.
Rein se atragantó de risa. Airi sonrió. Fue breve, pero genuino.
—No juego competitivo —dijo ella
—Me gustan los juegos de explorar. Los que tienen mapas grandes.
—Mi hermana Lele diría que tenés buen gusto —contestó Nyox.
—¿Y vos no?
—Yo calculaba ángulos para abrir puertas.
—Eso explica muchas cosas —dijo Akasha.
Hablaron de juegos, de comida imposible de encontrar fuera de Japón y de las clases que temían más. Airi decía poco, pero cuando hablaba no parecía tímida: parecía estar eligiendo con cuidado qué parte de sí misma dejaba salir.
Nyox respetaba eso.
Entonces Airi dejó los palillos sobre la mesa.
Su mano temblaba.
—¿Te sentís bien? —preguntó Nyox.
Ella parpadeó, como si acabara de volver de un lugar muy lejos de allí.
—Sí. Solo me mareé.
—Podemos llamar a enfermería —dijo Rein.
—No es enfermedad.
La respuesta salió demasiado rápida.
Los tres se quedaron callados.
Airi se llevó una mano al pecho. Su mirada se dirigió hacia una calle lateral detrás de los puestos de comida, un pasillo estrecho que Nyox no recordaba haber visto al llegar.
Akasha dejó de hacer bromas.
—Nyox —dijo
—Hay interferencia otra vez.
El aire no cambió. No hubo luz. No tembló el suelo.
Pero Nyox sintió el mismo zumbido fino que había escuchado en la residencia, esta vez detrás de los dientes.
Miró a Airi.
Ella estaba pálida.
—¿Qué pasa? —preguntó.
Airi tardó en responder.
—No sé —susurró
—Pero siento que alguien me está llamando.
Nyox miró la calle lateral. Solo vio alumnos caminando, faroles apagados y la sombra de un edificio sobre el pavimento.
Sin embargo, Akasha había dejado de registrar el ruido ambiente.
En la pantalla, una línea de datos apareció y desapareció antes de que Nyox pudiera leerla.
No decía de dónde venía la señal.
Solo indicaba que, por primera vez desde que llegó a Yozora, alguien —o algo— parecía haber respondido.