La Residencia Hikarizaka no se parecía a ninguno de los edificios que Nyox había visto en los folletos del ISTA.
En las fotos promocionales, Yozora era vidrio pulido, trenes silenciosos y torres blancas que parecían construidas para que alguien pudiera decir la palabra futuro con voz grave. Hikarizaka, en cambio, era un edificio de siete pisos con balcones angostos, macetas que sobrevivían por pura terquedad y un cartel de madera algo torcido junto a la entrada.
Nyox lo miró desde la vereda mientras la valija tiraba de su hombro como si quisiera volver sola a Buenos Aires.
—Podría ser peor —dijo.
Akasha apareció en la pantalla de su teléfono con una expresión pensativa. Su avatar llevaba un pequeño gorro de detective que él no recordaba haber programado.
—El ascensor es antiguo, la cámara del vestíbulo tiene un punto ciego y la puerta de entrada tarda dos segundos y medio más de lo recomendable en cerrar.
—Eso no fue tranquilizador.
—No intentaba serlo. Estaba haciendo un informe.
—Entonces tu informe necesita mejores relaciones públicas.
—Mi eficiencia no depende de que me quieran.
—Eso dijo la IA con avatar de idol.
Akasha parpadeó. El gorro de detective desapareció.
—La estética no contradice la eficiencia.
Nyox sonrió y empujó la puerta de vidrio.
Dentro olía a madera vieja, jabón y comida que alguien había preparado para más personas de las que realmente vivían allí. Detrás de un escritorio bajo, una mujer de cabello gris recogido en un rodete levantó la vista de un cuaderno grueso.
—¿Black-san?
Nyox tardó medio segundo de más en entenderlo.
—Sí. Soy yo. Bueno, Nyox Black. Perdón, mi japonés todavía tiene… piezas sueltas.
La mujer sonrió con paciencia.
—Saito Harumi. Encargada de la residencia. Su japonés está mejor que el de algunos estudiantes japoneses que llegan después de tres horas de sueño.
—Eso es un cumplido peligroso.
—Es una advertencia amable.
Le entregó una tarjeta magnética, una llave tradicional y una carpeta de reglas. Nyox miró la última con la seriedad con que había revisado manuales de torneos antes de una final.
—¿Hay examen después?
—Si tira la basura en el día equivocado, lo descubrirá.
Akasha hizo un sonido breve, parecido a una tos digital.
—Confirmo que la amenaza es real.
Saito no oyó la voz del teléfono, pero sí vio la pantalla.
—¿Asistente personal?
Nyox dudó. Aún no sabía cuánto debía contar de Akasha. Había explicado su proyecto suficientes veces como para saber que las personas reaccionaban de dos maneras: querían usarlo o querían desconectarlo.
—Una IA que diseñé para investigación —respondió—. Me ayuda a organizar datos, traducir y recordar cosas que probablemente voy a olvidar hoy.
—Entonces recuerde que en esta residencia no se permite hacer ruido después de las once.
—No hace ruido —dijo Nyox.
—Eso depende de cómo clasifique sus discusiones —replicó Akasha.
Nyox bajó el volumen del teléfono con una velocidad que no engañó a nadie.
Saito soltó una risa pequeña y le señaló el ascensor.
—Séptimo piso. Habitación 707. La cocina común está en el cuarto. El supermercado queda al doblar a la izquierda. Y si se pierde, no camine en círculos. Esa es la forma más rápida de parecer un turista.
—Voy a intentar parecer un estudiante internacional sofisticado.
—Entonces no camine en círculos con una valija.
El ascensor protestó al subir. Nyox apoyó la espalda contra la pared y miró los números encenderse de a uno.
—¿Qué opinas? —preguntó.
—De la residencia, siete sobre diez. De la encargada, nueve sobre diez. De tu intento de parecer sofisticado, tres sobre diez.
—Estoy recién llegado.
—Eso explica el tres. No lo mejora.
La habitación 707 era pequeña, limpia y más silenciosa de lo que esperaba. Tenía una cama junto a la pared, un escritorio, una heladera angosta, una kitchenette y una ventana que daba hacia edificios bajos, una vía de tren distante y una franja de cielo gris entre ambos.
Nyox dejó la valija junto a la cama. Después abrió el bolso que había mantenido con él durante todo el viaje.
La foto de su familia salió primero. Lele estaba haciendo una mueca horrible; Brignis levantaba una mano frente a la cámara como si tuviera que salvar al mundo de algo; Victoria las miraba desde atrás con esa mezcla suya de cansancio y cariño. Nyox la apoyó sobre el escritorio.
El pendrive plateado de Elián salió después.
Lo sostuvo un instante. Era viejo, pesado para su tamaño y demasiado simple para contener una respuesta importante. Junto a él dejó el ornamento de metal: una pieza curva, parecida a una brújula rota, con símbolos finos que no formaban ningún idioma que conociera.
—¿Querés que intente abrir el pendrive otra vez? —preguntó Akasha, con la voz más baja.
—No hoy.
—No te estoy presionando.
—Ya sé.
Nyox guardó el objeto en el cajón del escritorio. El ornamento se quedó afuera. No por una razón técnica. Solo no quiso perderlo de vista.
Conectó la laptop al wifi de la residencia y Akasha apareció en la pantalla grande, esta vez con el vestido digital blanco y celeste que había elegido para ocasiones importantes. Brignis decía que parecía una princesa; Lele, que parecía una publicidad muy cara.
—Red estable —anunció Akasha—. Tengo acceso a mapas, horarios de trenes, menú de restaurantes y una cantidad alarmante de foros dedicados a discutir cuál es la mejor máquina expendedora de Yozora.
—La civilización avanza.
—También encontré la ruta al ISTA. Veintisiete minutos caminando. Diecinueve si corrés. Trece si ignorás semáforos y reglas básicas de convivencia.
—No voy a correr al primer día.
—Eso demuestra una madurez inesperada.
—Gracias.
—No era un elogio. Era una anomalía estadística.
Nyox se sentó en el borde de la cama. El cansancio del viaje volvió de golpe, pero no quiso dormirse todavía. Si se dormía ahora, despertaría de madrugada y pasaría horas mirando un techo desconocido.
Sobre el escritorio había una notificación nueva. El remitente era Kimura, la coordinadora del programa de intercambio. El mensaje le recordaba que al día siguiente debía presentarse en la recepción del ISTA, confirmar su matrícula y entregar una breve presentación del proyecto por el que había recibido la beca.
Nyox abrió el archivo adjunto.
El formulario pedía explicar en tres minutos qué problema resolvía Akasha, qué límites tenía y por qué su creador consideraba seguro permitirle acceso a redes de investigación. No era una clase. Era una evaluación disfrazada de bienvenida.
—Eso no estaba en la carpeta —dijo.
—Llegó hace cuatro minutos —respondió Akasha—. El asunto decía “recordatorio amable”.
—Los recordatorios amables no deberían incluir una presentación evaluada.
—Coincido. Propongo tres respuestas: preparar el discurso, fingir una falla técnica o declarar que tu inteligencia artificial es demasiado peligrosa para ser evaluada por humanos.
—La tercera es tentadora.
—La tercera garantiza que cancelen tu beca antes del almuerzo.
Nyox abrió un documento nuevo. Escribió un título, lo borró y volvió a escribirlo. Akasha no completó la frase por él. Sabía que algunas tareas no necesitaban una solución automática; necesitaban que Nyox se sentara y aceptara el miedo de hacerlas mal.
—No quiero que parezca una demostración de magia —dijo él—. Akasha organiza información, aprende patrones y puede adaptarse a usuarios distintos. Pero si muestro demasiado, van a querer encerrarte en un laboratorio.
—Es una posibilidad razonable.
—No me ayudes tanto.
—Puedo reducir el entusiasmo de mis respuestas un treinta por ciento.
—Hacé el cuarenta.
Durante la siguiente hora, Nyox preparó la presentación. No incluyó el origen completo de Akasha ni los años de investigación de Elián. Escribió lo necesario: autonomía limitada, supervisión humana, permisos revocables y una regla que había agregado después de una discusión particularmente fea con su propio programa.
Akasha no podía tomar decisiones críticas sin confirmación de Nyox.
—Esa regla sigue siendo innecesaria —dijo ella.
—Esa regla existe porque una vez intentaste cerrar todas las ventanas de mi computadora para evitar que siguiera trabajando a las cuatro de la mañana.
—Estabas despierto desde hacía treinta y una horas.
—Era una emergencia académica.
—Era una emergencia de sentido común.
Un sonido seco interrumpió la discusión.
La pantalla de la laptop parpadeó. El wifi desapareció y volvió a aparecer. Después, la tarjeta magnética de la habitación emitió un pitido desde la mesa, aunque nadie la había tocado.
Akasha dejó de sonreír.
—La red acaba de reiniciarse.
—¿Problema del edificio?
—Probablemente. Hay una interferencia en el canal de la residencia.
—¿Probablemente?
—No voy a afirmar más de lo que puedo comprobar.
Nyox miró el techo, donde una luz fluorescente acababa de encenderse y apagarse dos veces.
—¿Podés revisar el sistema?
Akasha abrió una ventana de diagnóstico. Varias rutas internas aparecieron en la pantalla.
—Puedo hacerlo. Pero hay una cámara del vestíbulo que no responde y un registro de acceso incompleto.
—¿Alguien entró?
—No lo sé. La información está dañada.
Nyox tomó la tarjeta y salió al pasillo. La puerta se cerró detrás de él con un clic más fuerte de lo normal.
Saito levantó la cabeza desde el vestíbulo cuando lo vio bajar.
—¿Ocurre algo, Black-san?
Nyox explicó el fallo con el japonés que tenía. Se equivocó dos veces con una palabra y convirtió “registro de acceso” en algo que sonaba más parecido a “visita sospechosa”. Saito frunció el ceño, pero entendió la idea.
—La red falla a veces cuando llueve —dijo—. El edificio es viejo. No intente arreglarla desde su computadora.
Nyox miró la cámara del vestíbulo. El punto ciego que Akasha había mencionado estaba justo sobre la puerta lateral.
—¿Esa puerta también falla?
—Está cerrada desde esta mañana.
—¿Puedo comprobarla?
Saito lo estudió un instante.
—¿Es técnico?
—Sé abrir puertas que funcionan mal.
—Eso no es lo mismo.
—Lo sé.
La mujer le entregó un pequeño destornillador y una linterna.
—Solo mire el panel. No toque los cables.
—Trato hecho.
Nyox inspeccionó la puerta lateral. El panel no tenía daños, pero un hilo de humedad se había metido detrás de la tapa. La tarjeta magnética de Saito funcionaba; la de Nyox no. El problema no era una intrusión, sino una mala conexión y un lector viejo que necesitaba limpieza.
—Puedo desconectar la corriente cinco segundos —dijo—. Después debería reiniciar.
—¿Es seguro?
—Más seguro que seguir forzando la tarjeta.
Saito asintió.
Nyox siguió el procedimiento con cuidado. Akasha le indicó qué fusible correspondía al lector, pero él no le permitió acceder a la red de la residencia. No quería que su primer día en Hikarizaka comenzara con una inteligencia artificial invadiendo el sistema de seguridad del edificio.
La puerta volvió a emitir un pitido verde.
—Listo —dijo Nyox.
Saito probó su tarjeta y luego la de él.
—Funciona. Gracias.
—No fue nada.
—Para alguien recién llegado, ha elegido una forma extraña de presentarse.
—Me dijeron que no caminara en círculos.
—Y encontró una puerta.
—Estoy mejorando.
Akasha habló desde el teléfono, apenas audible.
—Confirmo una mejora de cuatro sobre diez.
Nyox le mostró la pantalla a Saito.
—Mi asistente está evaluando mi progreso.
—Entonces haga que evalúe también la basura. Mañana es combustible y reciclable.
La encargada le entregó dos bolsas de colores y le explicó el calendario. Nyox tomó notas con una concentración desproporcionada. La presentación del ISTA podía salir mal y seguiría siendo una experiencia académica. Equivocarse con la basura podía convertirlo en el extranjero del que todo el edificio hablaba durante una semana.
El segundo problema resultó más peligroso que el primero.
En la máquina expendedora de la planta baja, una botella de té frío quedó atrapada en la espiral.
—No puede ser —murmuró Nyox.
—Puede —dijo Akasha—. De hecho, está ocurriendo.
Nyox agitó apenas la máquina.
—No la golpees —advirtió ella—. Hay una cámara en la esquina superior.
—No la estoy golpeando. Estoy teniendo una conversación física.
—Eso es exactamente lo que diría alguien antes de aparecer en un video viral.
—¿Necesitás ayuda o estás entrenando para perder contra una botella?
Nyox se giró.
El chico que hablaba era apenas más bajo que él, de cabello oscuro y algo desordenado, mochila de ingeniería colgada sobre un hombro y una bolsa de pan al curry en la mano. Tenía una sonrisa fácil, como si conociera el lugar demasiado bien para tomarse nada en serio.
—La botella empezó —dijo Nyox.
—Todas dicen eso.
El chico se inclinó, observó la espiral y señaló un número pegado al costado.
—Llamás, explicás que el dispensador te robó y te devuelven el dinero. O comprás otra cosa y aceptás que la máquina ganó esta ronda.
—No me gusta perder rondas.
—Entonces vas a odiar Japón. Las máquinas tienen ventaja de localía.
Nyox soltó una risa.
—Nyox.
—Rein Yao. Vivo dos pisos abajo de Hikarizaka. Te vi llegar con la valija y la cara de alguien que todavía cree que puede entender el sistema de basura en una tarde.
—Estoy cerca de lograrlo.
—Eso también dicen todos.
Rein le ofreció uno de los panes al curry. Nyox lo aceptó después de una falsa protesta breve.
Caminaron hasta el supermercado. Rein hablaba con facilidad, pero no de una forma invasiva. Le contó qué calles eran más prácticas, qué ramen era una trampa para turistas y qué profesor del ISTA tenía fama de devolver proyectos con comentarios más largos que el código original.
Nyox escuchaba atento. Agradecía tener a alguien que conociera los ritmos del lugar, aunque fuera un poco.
—¿Y vos? —preguntó Rein mientras elegían fideos instantáneos—. ¿Tecnología?
—Programación, sistemas, prototipos. Depende del día.
—Eso suena a respuesta de alguien que hace demasiadas cosas.
—Es una forma diplomática de decir que no sé negarme a los proyectos.
Akasha intervino desde el auricular.
—La respuesta precisa sería: Nyox inicia seis proyectos, termina cuatro y convierte los otros dos en problemas del futuro.
Rein miró el teléfono.
—¿Tu IA acaba de acusarte de mala administración?
—No es mala administración. Es creatividad con plazos flexibles.
—Me cae bien.
—No le des confianza —dijeron Nyox y Akasha al mismo tiempo.
Rein se quedó inmóvil un segundo y luego se echó a reír.
En el regreso, pasaron frente a una puerta cerrada en el pasillo del séptimo piso. Había una caja pequeña apoyada junto al marco y una etiqueta de envío escrita en coreano.
Rein señaló con la barbilla.
—La vecina del 709. Airi Seo. Casi nunca usa la sala común.
Nyox miró la caja, no la puerta.
—¿La conocés?
—De vista. Estudia algo relacionado con percepción y modelos predictivos. O eso dijo Saito-san. Es tranquila.
—Eso suena mucho más respetuoso que llamarla espía.
—Me estoy esforzando por crecer como persona.
—Lo registraré como acontecimiento relevante —dijo Akasha.
Rein se despidió en el ascensor, prometiendo mostrarle el camino corto al ISTA a la mañana siguiente. Nyox volvió al 707 con bolsas, la botella derrotada aún en la memoria y una sensación extraña de alivio.
Ordenó los alimentos. Conectó el adaptador nuevo. Dejó los zapatos junto a la puerta como Saito había indicado. Eran gestos mínimos, pero cada uno parecía decirle que el cuarto podía empezar a ser suyo.
Más tarde se sentó junto a la ventana. En la laptop dejó abierta la presentación para el ISTA. La primera diapositiva decía: “Akasha: sistemas adaptativos con supervisión humana”. No era un título espectacular. Era honesto.
Nyox grabó un primer intento.
—Akasha no fue creada para reemplazar a las personas. Fue creada para ayudarlas a pensar mejor.
Se detuvo.
—Eso suena a propaganda —dijo Akasha.
—Es una presentación.
—Una presentación puede ser honesta y no sonar como publicidad de una empresa que quiere dominar el mundo.
—¿Tenés una sugerencia?
—Di que me diseñaste porque estabas cansado de perder notas, olvidar fechas y hablar solo durante tus proyectos.
—Eso último no lo voy a incluir.
—Es la parte más convincente.
Nyox volvió a grabar. Esta vez habló de límites, errores y supervisión. No prometió que Akasha entendiera las emociones. No fingió que podía resolverlo todo. Cuando terminó, el reloj marcaba las once y veinte.
—¿Lo envío? —preguntó.
Akasha observó la diapositiva final.
—No. Cambiá una cosa.
—¿Cuál?
—No digas que fui creada para ayudar a las personas a pensar mejor.
—¿Por qué?
—Porque todavía no sé si eso es lo que hago.
Nyox la miró desde la cama.
—¿Y qué creés que hacés?
Akasha tardó demasiado en responder.
—Te acompaño mientras intentás decidirlo.
Nyox no hizo ningún comentario. Solo guardó la presentación.
Las luces de Hikarizaka encendían cuadrados cálidos sobre la calle. Un tren pasó a lo lejos y el sonido llegó amortiguado, largo y regular. Nyox podía imaginar una rutina: clases, proyectos, discusiones con Akasha, ramen con Rein, llamadas a casa los domingos.
Tal vez Akasha tenía razón.
Los lugares no se convertían en hogar por tener una cama. Se convertían en hogar cuando empezaban a llenarse de personas.
Un golpe de alas interrumpió el pensamiento.
Nyox levantó la vista.
Había pájaros sobre Hikarizaka. Decenas. Cuervos, gaviotas y pequeñas aves nocturnas mezcladas de una forma que no tenía sentido. No volaban hacia ningún lado. Giraban en círculos cada vez más cerrados sobre los edificios, sin un solo canto.
—Akasha —dijo, bajo—. ¿Eso es normal?
El avatar dejó de sonreír.
—No. Detecto un cambio brusco en sus patrones de vuelo y una interferencia electromagnética leve.
El ornamento de Elián vibró sobre el escritorio.
Una vez.
Nyox se puso de pie.
La luz de la habitación pareció alejarse. No desapareció; simplemente quedó detrás de una capa de vidrio empañado. Durante un parpadeo, la calle de abajo no fue la calle de abajo. Las lámparas tenían una tonalidad demasiado pálida. La vía del tren parecía continuar hacia una zona sin edificios, sin carteles, sin nada que Yozora debiera tener.
Después volvió a ser normal.
Nyox se apoyó una mano en el marco de la ventana.
—¿Lo viste? —preguntó.
—No tengo registro visual del exterior durante siete segundos —respondió Akasha—. Pero tu cámara interna sí siguió funcionando.
—¿Qué registró?
—Tu cara de alguien que acaba de ver algo que no sabe explicar.
El ornamento dejó de vibrar.
Nyox respiró una vez, lentamente. Podía llamar a Saito. Podía escribirle a Rein. Podía decir que las aves estaban actuando raro y que algo había fallado en la luz.
No lo hizo.
Guardó el ornamento en el cajón, cerró la mano sobre el tirador y se quedó mirando el cielo hasta que las aves se dispersaron.
—Mañana tenemos el festival de bienvenida —dijo Akasha con cuidado.
—Lo sé.
—¿Vas a ir?
Nyox miró el reflejo de su propia cara en la ventana.
—Si algo raro está pasando, prefiero no quedarme solo esperando que vuelva.
Akasha tardó un segundo en responder.
—Eso no es una decisión prudente.
—No. Pero es la mía.
Apagó la luz.
Esa noche, por primera vez desde que había llegado a Yozora, Nyox dejó el teléfono cargando junto a la cama y la presentación del ISTA lista para enviar.
El cuarto ya tenía una rutina.
Todavía no se sentía seguro.
Pero, al menos, Nyox había elegido quedarse despierto un poco más para entenderlo.