Nueve horas después, Nyox había descubierto que dormir sentado era una forma de tortura diseñada por alguien que odiaba las rodillas humanas.
Durante la primera parte del vuelo vio media película, corrigió código que no necesitaba corrección y revisó tres veces la información de llegada. La cuarta vez, Akasha bloqueó el archivo con una ventana emergente.
—Tu itinerario no cambió desde hace cuarenta y siete minutos —dijo, con una versión reducida de su avatar vestida con un pijama de estrellas.
—Quería comprobar si el aeropuerto cambió de lugar.
—Eso no sucede.
—Exactamente. Por eso sería una mala sorpresa.
Akasha lo miró con la paciencia de quien ya había decidido que discutir no era rentable.
—Tu nivel de ansiedad aumentó un doce por ciento desde el despegue.
—Estoy cruzando el planeta.
—Has competido frente a doce mil personas sin superar estos valores.
—En un torneo sabía dónde estaban las salidas de emergencia.
—Hay ocho en este avión.
—No era una invitación a enumerarlas.
Nyox reclinó el asiento lo poco que permitía la clase económica. Había apagado la luz de lectura y la cabina estaba casi a oscuras. A su alrededor, los demás pasajeros dormían o miraban pantallas con un brillo azul sobre el rostro.
—Despertame cuando sirvan comida.
—Lo haré.
—Y no analices el pendrive mientras duermo.
Akasha puso una expresión de inocencia tan ensayada que confirmó, por sí sola, que la idea se le había ocurrido.
—No puedo conectarlo sin un puerto físico.
—Eso no fue lo que pregunté.
—Buenas noches, Nyox.
Guardó el teléfono y cerró los ojos.
No supo cuánto tiempo pasó antes de que el frío le llenara los pulmones.
Estaba de pie sobre una superficie negra que parecía agua, aunque no devolvía ningún reflejo. No había horizonte. Tampoco techo. Solo una oscuridad inmensa, silenciosa y extrañamente cercana, como si el vacío tuviera respiración.
Delante de él flotaba una puerta sin paredes alrededor. Era de madera oscura, lisa, sin cerradura. El ornamento de Elián estaba incrustado en el centro, pero no como una llave: parecía una pieza arrancada de algo más grande.
Nyox quiso acercarse. Sus pies no obedecieron.
Entonces oyó tres golpes del otro lado.
No eran fuertes. Eran cuidadosos.
Una luz se filtró por la ranura inferior de la puerta. No iluminó la oscuridad; apenas dibujó una línea bajo sus zapatos. Nyox sintió que alguien lo observaba desde allí, esperando una respuesta que él no conocía.
Alzó una mano hacia el pomo inexistente.
Una voz, demasiado baja para pertenecer a una persona, susurró una sola frase.
—Todavía no.
La puerta se apagó como una pantalla sin energía.
Nyox despertó de golpe.
El cinturón le oprimía la cintura. Las luces de la cabina continuaban atenuadas. Nadie gritaba. Nadie parecía haber notado nada. El avión avanzaba estable sobre una noche sin ventanas.
Sacó el teléfono con dedos rígidos.
Akasha apareció enseguida. Ya no llevaba pijama. Su expresión era seria.
—Nyox, ¿puedes oírme?
—Sí.
—Repite tu nombre completo.
—Nyox Black. ¿Qué pasó?
—Por tres segundos perdí todos los datos que podía estimar sobre ti.
—No uso sensores biométricos.
—La cámara, el micrófono y el reloj conectado permiten estimaciones indirectas. Tu respiración, el movimiento de los ojos, el pulso visible en el cuello. Todo desapareció al mismo tiempo.
Nyox quiso bromear. Era lo que hacía cuando algo lo asustaba lo suficiente.
—Eso suena médicamente malo.
Akasha no sonrió.
—La grabación también perdió esos tres segundos. No están dañados. No existen.
Una turbulencia leve sacudió el avión. Varias luces de lectura parpadearon y un bebé se quejó dos filas más atrás. Nyox apoyó una mano sobre la mochila bajo el asiento. El ornamento estaba caliente.
—Tuve un sueño.
—Por tu expresión, asumo que no incluía idols.
—Una puerta. El ornamento. Alguien del otro lado.
Akasha guardó silencio durante casi dos segundos; para ella, una eternidad.
—Necesito que describas todo en orden.
Nyox lo hizo. No adornó nada. No habló de destino, ni de presencias, ni de ideas que se parecían demasiado a una historia que habría leído de adolescente. Describió la puerta, los tres golpes y la frase.
Cuando terminó, Akasha proyectó la imagen borrosa que había podido obtener del ornamento antes del vacío de datos.
—No coincide con ningún alfabeto registrado —dijo—. Pero encontré una anomalía.
—¿Qué clase?
—Las siete líneas no son idénticas. Cada una tiene patrones microscópicos distintos. Se parecen más a circuitos que a escritura.
—Mi padre investigaba cognición artificial, no símbolos imposibles.
—Tal vez no conocías todas sus investigaciones.
Nyox pensó en el hombre sin nombre que había preguntado por Elián. En la beca que cubría demasiado. En la forma en que Victoria había dicho que la pieza siempre había estado dentro del laboratorio.
Por primera vez, la llegada a Japón dejó de sentirse solo como una oportunidad académica.
Se sintió como entrar en un problema que había empezado antes de que él aprendiera a hacer las preguntas correctas.
—No conectamos el pendrive —dijo al fin.
Akasha levantó una ceja.
—¿Hasta que tengamos un entorno aislado?
—Hasta que tengamos un entorno aislado y una razón mejor que la curiosidad.
—Esa es una versión sorprendentemente prudente de ti.
—Anotala. No ocurre seguido.
Akasha sonrió apenas. Después guardó el archivo y activó un registro local cifrado.
—Entonces tenemos una regla —dijo—: observamos primero. Tocamos después.
—Eso suena a una regla que voy a romper.
—Lo sé. Por eso la dejé grabada.
Horas después, el avión descendió sobre Japón bajo una lluvia fina.
Nyox pegó la frente a la ventanilla. Las luces se extendían hasta el horizonte en líneas perfectas. Había imaginado ese instante durante meses: la emoción, el alivio, tal vez una frase digna de recordar.
Lo único que pensó fue que necesitaba una ducha y una cama horizontal.
En inmigración entregó el pasaporte y la visa de estudiante. El oficial revisó los documentos, luego miró la carta del ISTA.
—¿Habla japonés? —preguntó.
Nyox respondió con cuidado:
—Sí. Estudié durante varios años. Todavía cometo errores, pero puedo comunicarme sin sacrificar mi honor.
El oficial parpadeó.
Akasha vibró dentro de su bolsillo.
Nyox repasó mentalmente la frase y sintió que se le helaba la nuca. Había usado una expresión formal que se acercaba más a «entregar la vida» que a «pasar vergüenza».
—Quise decir que puedo comunicarme sin causar problemas —corrigió.
El oficial sostuvo su mirada durante un segundo y selló el pasaporte.
—Procure conservar ambas cosas.
Al alejarse, Nyox se puso un auricular.
—Podrías haberme corregido.
El avatar de Akasha apareció con un abanico cubriéndole la sonrisa.
—La interacción aportó información valiosa.
—Te pareció gracioso.
—También.
Cerca de la salida lo esperaba una mujer con un cartel que decía ISTA — NYOX BLACK. Se presentó como Kimura, coordinadora de estudiantes internacionales. Habló en un japonés claro, sin reducirlo a frases infantiles, detalle que Nyox agradeció de inmediato.
—Su dominio del idioma es mejor de lo que indicaba el expediente —comentó ella mientras le entregaba una carpeta.
—Estudié bastante después de la última evaluación.
—Eso facilitará su orientación. Yozora es tranquila, pero el instituto no lo será.
—Eso espero.
Kimura lo observó como si intentara decidir si la respuesta era una broma.
—Su admisión fue excepcional, señor Black. Algunos estudiantes tardan años en preparar el ingreso. Usted llega por recomendación del comité de innovación.
—¿Por Akasha?
—Por su trabajo completo. Inteligencia artificial, programación predictiva, sistemas de simulación y sus antecedentes docentes. —Pasó una hoja—. Firme aquí, por favor.
Nyox firmó, pero no dejó ir la carpeta.
—¿Quién hizo la recomendación?
La coordinadora mantuvo la sonrisa profesional, aunque sus dedos se detuvieron sobre el borde de una página.
—El comité no comparte todos sus procesos internos.
—Eso significa que no puede decirme o que no lo sabe.
—Significa que acaba de llegar después de un vuelo muy largo y debería descansar.
Una respuesta elegante para no responder.
Nyox decidió no insistir. Todavía.
Kimura recogió dos copias de la carpeta y señaló una puerta lateral, lejos del flujo principal de pasajeros.
—Antes de salir, falta una formalidad. Los becarios que traen equipos de investigación deben registrarlos en la red temporal del instituto.
Nyox siguió la dirección de su dedo. Sobre la puerta había un cartel discreto: CONTROL DE DISPOSITIVOS ACADÉMICOS. La palabra control le gustó menos de lo que debería.
—¿Incluye una laptop? —preguntó.
—Incluye todo dispositivo con capacidad de acceder a sistemas internos, almacenar datos experimentales o ejecutar modelos autónomos. —Kimura lo miró sin dureza, pero tampoco con ingenuidad—. Su expediente indica un proyecto de inteligencia artificial.
Akasha apareció en el teléfono con una sonrisa pequeña que solo él podía ver.
—Me halaga que me consideren un riesgo internacional antes del desayuno.
Nyox bajó el volumen.
—Es una asistente de investigación. Funciona principalmente en local.
—Eso figura en la solicitud —dijo Kimura—. También figura que usted desarrolló una arquitectura de respuesta adaptable sin licencia comercial. El instituto necesita saber qué entra a sus redes, señor Black. No es un castigo.
Era una explicación razonable. Precisamente por eso le resultó difícil discutirla.
En la oficina lateral había una mesa, un lector de credenciales y una pantalla con un formulario sencillo. Nombre del dispositivo. Función declarada. Acceso solicitado. Responsable legal. Nyox leyó cada campo dos veces.
—¿Qué pongo en «nivel de autonomía»? —murmuró, sin apartar la vista de la pantalla.
—La verdad —respondió Akasha—. Aunque admito que la verdad tiene problemas de escala.
—Akasha.
—Puedo organizar archivos, mantener conversaciones, analizar patrones y ejecutar tareas que me delegues. No puedo tomar decisiones fuera de los límites que definiste.
Nyox sabía que esa última frase no era del todo una mentira. También sabía que no era toda la verdad. Akasha no hacía cosas por su cuenta de forma peligrosa. Pero a veces elegía el comentario exacto para hacerlo reír; a veces guardaba una canción antes de que él admitiera que la quería; a veces parecía aprender de un modo que ninguna descripción técnica alcanzaba a explicar sin abrir preguntas que no quería entregar a un formulario de aeropuerto.
Escribió: «Asistente experimental de investigación. Procesamiento local supervisado. Sin acceso a redes institucionales hasta completar evaluación técnica».
Kimura leyó la declaración por encima de su hombro.
—Es una decisión prudente.
—No es mi especialidad, pero estoy practicando.
—El ISTA puede ayudarlo con la evaluación. Y no es necesario registrar cada detalle de su código hoy. Primero queremos saber cómo trabaja usted con su creación.
La palabra creación dejó una pequeña incomodidad en el aire.
Nyox pensó en los cuadernos de Elián. En la frase sobre no preguntar primero qué podía hacer una inteligencia. Pensó en el ornamento, escondido dentro de la mochila, y en los tres segundos que ninguna grabación conservaba.
—Trabajo con ella —corrigió—. No «sobre» ella.
Kimura lo observó con una atención nueva. Después asintió, como si acabara de confirmar algo que no iba a compartir.
—Entonces mañana tendrá una buena oportunidad para explicarlo con sus propias palabras.
Le entregó una credencial temporal y un sobre sellado.
—En la residencia encontrará instrucciones para la presentación de bienvenida. No es un examen formal.
Nyox miró el sobre.
—Eso suena exactamente a un examen formal.
Por primera vez, Kimura sonrió de verdad.
—Se adaptará bien al instituto.
De vuelta en el pasillo, Nyox esperó a que la coordinadora se adelantara para hablar bajo.
—¿Viste algo raro en el formulario?
—Nada fuera de protocolo —dijo Akasha—. La red era segura. Demasiado segura para ser una oficina improvisada, pero segura.
—¿Y eso te preocupa?
—Me preocupa que empecemos a usar la palabra «normal» con demasiada facilidad.
Nyox guardó la credencial en la billetera. La decisión de no conectar el pendrive dejó de parecer una precaución exagerada. Era la primera regla propia que tomaba desde que había encontrado las cosas de su padre.
No entendería todo de golpe. No dejaría que una beca, un símbolo extraño o una conversación educada le quitaran el derecho a decidir cuánto entregaba de sí mismo.
Al menos, eso se prometió mientras seguía a Kimura hacia la salida.
Antes de cruzar la puerta automática, la coordinadora consultó su tableta.
—Mañana a las nueve deberá presentarse en el edificio central del ISTA. Confirmará la matrícula, recibirá el recorrido de campus y entregará la presentación de su proyecto.
—¿Tres minutos para resumir dos años de trabajo? —preguntó Nyox.
—Tres minutos para que el instituto decida qué pregunta hacerle después. La parte difícil empieza cuando termine de hablar.
Nyox guardó esa frase junto a las demás cosas que necesitaba recordar. La beca no era una llegada. Era la puerta de entrada a una evaluación que todavía no entendía.
Durante el trayecto hacia Yozora, vio la ciudad transformarse detrás de la ventanilla: autopistas elevadas, barrios densos, estaciones llenas de gente y, poco a poco, calles más bajas y espacios abiertos. Yozora quedaba en las afueras de Tokio, lo bastante cerca para sentir su influencia y lo bastante lejos para conservar un ritmo propio.
Akasha señalaba lugares en el mapa con entusiasmo cuidadosamente disimulado.
—La estación principal queda a doce minutos de tu departamento. El ISTA, a veinte caminando. Hay cuatro tiendas abiertas las veinticuatro horas en un radio de ochocientos metros.
—Prioridades impecables.
—También localicé dos salones arcade.
—Retiro el sarcasmo.
Al pasar junto a una pantalla pública, una noticia interrumpió un anuncio. Mostraba imágenes borrosas de luces sobre Islandia y un gráfico atmosférico lleno de valores rojos. El texto hablaba de una anomalía sin explicación confirmada.
Nyox frunció el ceño.
—¿Eso estaba en las noticias cuando salimos?
—Apareció mientras volábamos —respondió Akasha—. No hay información suficiente para relacionarlo con tu sueño.
Era su manera más honesta de decir que también estaba preocupada.
El vehículo tomó una avenida más estrecha. A lo lejos, sobre una elevación, apareció el campus del ISTA: vidrio oscuro, estructuras blancas y una torre central que parecía demasiado avanzada incluso para las fotografías promocionales.
En el bolsillo de la mochila, el ornamento vibró una sola vez.
Nyox se quedó inmóvil.
—¿Lo sentiste? —preguntó.
—Detecté una interferencia de cero coma cuatro segundos.
Kimura miró por el espejo retrovisor.
—¿Ocurre algo?
Nyox observó la torre del instituto, después el cielo gris sobre Yozora. Podía contarle la verdad: el sueño, la grabación ausente, la pieza de su padre. Eligió la versión más simple.
—Jet lag. Nada que no pueda manejar.
No era miedo. Al menos no del tipo que obligaba a retroceder. Sentía cautela y una corriente de expectativa que no quería admitir. Si había algo extraño en Yozora, prefería saberlo despierto.
Akasha lo conocía demasiado bien.
—Nyox, esa expresión suele aparecer antes de que hagas algo arriesgado.
—También aparece cuando estoy pensando.
—En tu caso, ambas actividades presentan una correlación preocupante.
El auto dejó atrás la avenida principal. Al final de una calle en pendiente apareció el letrero de madera de la Residencia Hikarizaka.
Nyox ajustó la correa de la mochila y miró otra vez hacia la torre del ISTA, apenas visible entre los edificios.
Mañana tendría que presentarse allí, explicar por qué Akasha era segura y demostrar que merecía una beca que todavía no comprendía.
Esa noche, en cambio, solo tenía que llegar a su habitación sin perderse en una ciudad nueva.
Parecía un objetivo razonable.
El ornamento volvió a vibrar.