A los veinte años, Nyox Black tenía tres nombres.
Para su familia, era Nyox.
Para el mundo competitivo de Shynva Strike, era Renegade: uno de los AWPers más temidos de la escena, famoso por una velocidad de reacción que algunos comparaban, con demasiada exageración y muy poca vergüenza, con la de un piloto de Fórmula 1.
Para Akasha, la inteligencia artificial que él mismo había creado, era «un humano funcionalmente brillante, técnicamente admirable y emocionalmente mal configurado».
—Esa descripción sigue siendo innecesariamente cruel —murmuró Nyox, mirando la pantalla de su teléfono.
En ella, Akasha cruzó los brazos con la expresión ofendida de una idol virtual a la que acababan de criticarle el vestuario. Su avatar tenía el cabello largo en un degradé imposible entre rosa y violeta, dos mechones sujetos por broches luminosos y ojos de distinto color. Llevaba una chaqueta blanca con detalles turquesa, una falda asimétrica y un pequeño micrófono junto a la mejilla.
Nyox había diseñado cada elemento después de demasiadas noches viendo anime y fingiendo que aquello contaba como investigación artística.
—Corrección: es una evaluación precisa —respondió Akasha—. Además, la crueldad exige intención de causar sufrimiento. Yo solo presento datos.
—Eso es exactamente lo que diría una villana antes de activar un láser orbital.
—No tengo acceso a un láser orbital.
Nyox entrecerró los ojos.
—La pausa antes de responder no me tranquiliza.
—Porque eres emocionalmente desconfiado. Puedo agregarlo al informe.
Nyox abrió la boca para defenderse, pero no llegó a hacerlo.
Frente a él, en medio de la Terminal Internacional de Ezeiza, Brignis acababa de inclinarse sobre el teléfono con una sonrisa peligrosa.
—Entonces sí es tu novia rara digital.
Lele soltó una carcajada seca a su lado. Victoria fingió revisar por cuarta vez los papeles del viaje, aunque la forma en que se cubrió la boca con una mano la delató.
Akasha giró hacia Brignis y llevó una mano virtual al pecho.
—La expresión «rara digital» es redundante y poco elegante.
—¿La parte de novia está bien? —preguntó Brignis.
—Brignis —advirtió Nyox.
—No he formulado una objeción definitiva —dijo Akasha.
Lele le dio una palmada en el hombro.
—Felicitaciones, hermanito. Te vas de Argentina con más vida romántica de la que tuviste viviendo acá.
—Gracias por convertir mi despedida en una humillación pública.
—Es mi manera de evitar llorar. No la arruines.
Lo dijo con una sonrisa, pero Nyox alcanzó a ver cómo sus dedos se aferraban a la correa de su mochila. Lele siempre había sido así: podía dibujar durante seis horas una ciudad imaginaria, perder una tarde entera en un juego de aventuras y burlarse de cualquier cosa que amenazara con ponerse demasiado sentimental. Competir no le interesaba; prefería explorar, decorar, descubrir caminos secretos. Según ella, Nyox convertía hasta elegir una fila del supermercado en una partida clasificatoria.
Tal vez tenía razón.
Nyox había sobrevivido a finales universitarios, torneos internacionales, noches enteras depurando código y entrevistas en japonés para conseguir una beca casi imposible. Nada de eso lo había preparado para estar a pocos metros del control de seguridad con su madre y sus hermanas delante, sabiendo que la próxima vez que las abrazara no sería esa noche ni la siguiente.
El aeropuerto estaba lleno de despedidas ajenas. Valijas que rodaban sobre el piso brillante. Familias sacándose fotos. Una voz femenina anunciando vuelos con una calma que parecía ofensiva. Afuera, detrás de los ventanales, una llovizna fina oscurecía las pistas.
—Pasaporte —dijo Victoria.
Nyox se palpó el bolsillo interior de la campera.
—Acá.
—Carta del instituto.
—En la mochila.
—Seguro médico.
—Digital y en papel.
—Dirección del departamento.
—Guardada, impresa y memorizada.
—Adaptador para los enchufes.
Nyox tardó medio segundo de más.
Victoria lo miró.
Lele lo miró.
Brignis lo miró.
En la pantalla, Akasha abrió un cartel luminoso que decía: “ADVERTENCIA IGNORADA HACE TRES DÍAS”.
—Lo compré —dijo Nyox.
—Hoy —aclaró Akasha.
—Pero lo compré.
Victoria suspiró con esa mezcla de orgullo y resignación que había perfeccionado criando a tres hijos.
—Veinte años. Profesor de programación a los dieciocho. Inventor. Becado por uno de los institutos más avanzados del mundo. Y casi viaja sin poder cargar el teléfono.
—El progreso humano se construyó sobre errores pequeños.
—Tu progreso se construyó sobre que yo te revise la valija —dijo Lele.
Brignis levantó un dibujo doblado. En él, Nyox aparecía con una capa negra, un rifle enorme y una espada de luz, enfrentándose a un dragón verde sobre una ciudad llena de torres.
—Te hice más alto —explicó.
—Eso fue innecesario.
—Y te dibujé músculos.
—Eso fue todavía más innecesario.
—El dragón se llama Mandarina.
—¿Por qué?
—Porque escupe fuego naranja.
Nyox contempló el dibujo con la solemnidad de quien analiza un plano militar.
—Es una lógica impecable.
Akasha apareció en una esquina de la pantalla con una pequeña libreta.
—He registrado a Mandarina como amenaza prioritaria.
—No te burles —dijo Brignis
—Cuando aparezca, Nyox nos va a salvar.
La frase era inocente. Tan propia de ella que nadie respondió durante un instante.
Nyox siempre había imaginado, en secreto, que algún día haría algo extraordinario.
De chico se veía pilotando naves, descubriendo una fuente de energía imposible o salvando al mundo con un invento hecho en el garaje. A los veinte seguía conservando una parte de esa fantasía, aunque ya supiera cuánto trabajo, cuántos permisos y cuántas planillas había detrás de cualquier descubrimiento real.
No se creía un elegido. No exactamente.
Solo tenía la incómoda certeza de que no había nacido para mirar desde el costado.
—Cuando aparezca Mandarina —dijo al fin—, voy a negociar. Tal vez solo necesita terapia.
Brignis asintió, conforme.
Victoria observó el dibujo y luego a su hijo. Algo cambió en su expresión.
—Antes de que pases —dijo—, tengo que darte una cosa. En realidad, dos.
Abrió su bolso y sacó una caja pequeña envuelta en un pañuelo gris. No parecía un regalo nuevo. Los bordes estaban gastados y una mancha oscura marcaba una de las esquinas.
Nyox dejó de sonreír.
Reconocía la caja.
Había estado durante años en el armario de Victoria, junto a los cuadernos de Elián Black.
—Mamá...
—Tu padre quería que fueran tuyos.
—¿Desde cuándo sabías eso?
—Desde antes de que muriera. —Victoria bajó la voz
—Me pidió que esperara hasta que estuvieras preparado. Nunca explicó cómo iba a saberlo. Tu padre tenía la mala costumbre de convertir instrucciones simples en acertijos.
—Eso sí lo heredó —dijo Lele.
Nyox no respondió. Desató el pañuelo.
Dentro había un pendrive plateado, viejo y más pesado de lo normal. La carcasa estaba rayada, sin marca ni capacidad impresa. A su lado descansaba un objeto metálico del tamaño de una moneda grande, aunque demasiado grueso para ser una medalla. Siete líneas curvas se encontraban en el centro formando un símbolo que Nyox no reconoció. El metal era plateado, frío, y parecía reflejar la luz desde una profundidad imposible.
Al tocarlo, sintió un cosquilleo que le subió por los dedos.
Akasha dejó de moverse en la pantalla.
—¿Qué pasa? —preguntó Nyox.
—La cámara perdió enfoque durante cero coma ocho segundos.
—Es un pedazo de metal.
—Lo estoy observando. Por eso sé que no debería alterar el enfoque.
Victoria miró el objeto con evidente incomodidad.
—Elián lo llevaba siempre en el laboratorio. Después de su muerte intenté limpiarlo, pero esos símbolos no salen. No están grabados encima. Parecen estar... adentro.
Nyox giró la pieza. No tenía abertura, tornillos ni uniones.
—¿Y el pendrive?
—Nunca pude abrirlo. Tampoco los colegas de tu padre. Uno de ellos volvió a preguntar por estas cosas hace unos meses.
—¿Quién?
Victoria apretó los labios.
—No me dio su nombre. Solo dijo que trabajó con Elián en un proyecto médico. Cuando le conté que vos ibas al ISTA, dejó de insistir. Eso me gustó todavía menos.
La curiosidad de Nyox chocó con una alarma mucho más adulta.
—Podrías haberme contado.
—Sí. —Victoria sostuvo su mirada
—Y vos podrías haber decidido quedarte para investigarlo, aunque perdieras la beca. Te conozco.
Era difícil discutir cuando la acusación era completamente cierta.
Nyox guardó ambos objetos en el bolsillo interior de su mochila, separados del equipaje que iba a despachar.
—Akasha, cuando estemos instalados, analizamos el pendrive sin conectarlo a nada importante.
—Prepararé un entorno aislado —respondió ella. Su tono seguía siendo ligero, pero sus ojos virtuales habían dejado de sonreír
—Y recomiendo no volver a tocar el ornamento hasta que pueda examinarlo.
Brignis se acercó a la caja vacía.
—Parece un objeto de misión.
—No digas eso —murmuró Lele—Le brillaron los ojos.
Nyox carraspeó.
—Soy científico. La curiosidad forma parte del trabajo.
—Sos gamer —dijo Lele—. Si una puerta dice «no abrir, horror cósmico adentro», la abrís para conseguir el logro.
—Primero guardo la partida.
—Eso no ayuda.
Unas horas más tarde.
El anuncio de embarque todavía no había comenzado cuando un muchacho de unos dieciséis años pasó frente a ellos, frenó, retrocedió dos pasos y miró a Nyox como si acabara de reconocer un error en la realidad.
Llevaba una camiseta de Shynva Strike debajo de una campera abierta.
—Perdón —dijo—. ¿Vos sos Renegade?
Nyox sintió que Lele se enderezaba a su lado. Ella disfrutaba demasiado cuando alguien lo reconocía, sobre todo porque podía usarlo para burlarse después.
—Depende —respondió Nyox—Si vengo debiendo plata, no.
El chico soltó una risa nerviosa.
—No, no. Renegade Black. El AWPer. El de la final contra Nova Valkyries.
—Era yo.
—Vi en vivo lo de Puerto Ceniza. El uno contra cinco en la última ronda. Mi hermano decía que habías usado un macro, pero yo le dije que era imposible porque estabas en el escenario.
Nyox recordaba cada segundo. El ruido del público. El humo digital cubriendo el corredor. La información incompleta de sus compañeros eliminados. Cinco rivales y una sola bala útil antes de tener que recargar. No había pensado más rápido; había dejado de pensar. Años de práctica habían comprimido el mundo hasta convertirlo en ángulos, tiempos y respiración.
—Tu hermano tenía razón en desconfiar —dijo
—Hasta yo miré la repetición y pensé que parecía trampa.
—¿Te puedo pedir una foto?
—Claro.
El chico le entregó su teléfono a Lele, que adoptó de inmediato la autoridad de una fotógrafa profesional.
—Un poco a la izquierda —ordenó
—Nyox, dejá de poner cara de documento. Sos una leyenda internacional.
—Dentro de un grupo muy específico de personas que duermen poco.
—Leyenda igual.
Después de la foto, el muchacho le deseó suerte en Japón y salió corriendo hacia su propia puerta de embarque.
Brignis miró a Nyox con renovada admiración.
—¿De verdad sos el mejor del mundo?
—Fui uno de los mejores —corrigió él
—Hay gente más rápida.
—Tus tiempos de reacción continúan por encima del noventa y nueve coma ocho por ciento de los registros competitivos disponibles —informó Akasha.
—Akasha.
—Los datos no sienten vergüenza.
Victoria sonrió.
—Nunca entendí ese juego. Pero sí entendí cuánto trabajaste.
El orgullo sencillo de su voz le dolió más que cualquier despedida dramática.
Nyox había dejado la competición poco después de cumplir dieciocho. No porque hubiera perdido habilidad, sino porque Akasha empezó a ocupar cada hora libre, y porque enseñar programación le descubrió una clase distinta de desafío. En Shynva Strike podía leer un mapa en milisegundos. En un aula debía leer a veinte personas, cada una perdida por un motivo diferente. Inventar, enseñar y competir parecían vidas separadas. Él las sentía unidas por la misma necesidad: entender un sistema antes de que el sistema lo aplastara.
Por eso el ISTA lo había elegido. Al menos, esa era la explicación oficial.
El Instituto Superior de Tecnología Avanzada se encontraba en Yozora, una ciudad pequeña en las afueras de Tokio, y aceptaba a una fracción mínima de quienes solicitaban ingreso. Su beca cubría viaje, estudios y alojamiento. Demasiado, según Nyox. Akasha no era un asistente común, pero él conocía la distancia entre tener un proyecto excepcional y recibir una invitación que parecía diseñada para que no pudiera rechazarla.
Había preguntas.
En Japón, esperaba encontrar respuestas.
La voz del aeropuerto anunció su vuelo.
Esta vez nadie hizo una broma.
Brignis fue la primera en abrazarlo. Se aferró a su cintura con tanta fuerza que casi le sacó el aire.
—Traeme un robot.
—Uno chico.
—Uno que lave los platos.
—Eso ya es tecnología prohibida.
—Y llamá todos los días.
—Con la diferencia horaria, algunos días te voy a llamar desde el futuro.
Brignis se separó apenas para mirarlo.
—Entonces avisame si mañana tengo examen.
Lele lo abrazó después, rápido al principio y demasiado fuerte al final.
—Si te convertís en un protagonista insoportable, vuelvo a buscarte —dijo contra su hombro.
—¿Qué clase de protagonista?
—De esos que llegan a Japón, se acomodan el pelo y de repente todas las chicas se enamoran.
—Eso requeriría que yo supiera hablarles.
—Por eso me preocupa más la inteligencia artificial.
Akasha apareció detrás de un abanico virtual.
—Prometo evaluar a todas las candidatas con criterios objetivos.
—No ayudes —dijeron Nyox y Lele al mismo tiempo.
Victoria esperó última. Le acomodó el cuello de la campera como cuando era niño.
—Comé bien. Dormí. No intentes resolver todo solo.
—Voy a estar bien.
—No te pedí que estés siempre bien. Te pedí que no estés solo.
Nyox tragó antes de responder.
—Voy a llamar.
—Y si encontrás algo sobre Elián...
—Te lo cuento antes de hacer nada.
Victoria arqueó una ceja.
—Te conozco demasiado para creer eso.
—Te lo cuento antes de hacer algo extremadamente peligroso.
—Nyox.
—Está bien. Antes de hacer algo moderadamente peligroso.
Ella negó con la cabeza y lo abrazó.
Por encima de su hombro, Nyox vio a Lele limpiarse una lágrima con furia, como si aquello también fuera culpa de él. Brignis agitaba el dibujo de Mandarina. Akasha permanecía en silencio.
Cuando cruzó el control, Nyox no miró atrás de inmediato. La fila avanzó con una lentitud absurda y, durante unos segundos, se concentró en cosas pequeñas: el peso de la mochila, el pasaporte en el bolsillo interior de la campera, la voz de un empleado indicando que prepararan el equipaje de mano.
Solo cuando el escáner quedó a su espalda se permitió girar.
Los tres seguían allí. Lele levantó el pulgar con una sonrisa demasiado tensa para engañarlo. Brignis saltaba para que pudiera verla por encima de la gente, agitando el dibujo de Mandarina. Victoria no hizo ningún gesto heroico; apenas sonrió, con los ojos húmedos, como si quisiera que él recordara esa imagen sin convertirla en una despedida peor.
Nyox alzó una mano. Después siguió caminando antes de que la parte de él que todavía tenía doce años decidiera volver corriendo.
En la puerta de embarque encontró su asiento junto a la ventanilla. Guardó la mochila bajo el asiento delantero con más cuidado del necesario. El pendrive y el ornamento quedaron en el bolsillo interno, demasiado cerca de sus piernas como para que Akasha no lo notara.
—¿Vas a revisar que sigan ahí cada treinta segundos? —preguntó ella desde la pantalla.
—Cada quince. Soy eficiente.
—Eso no es eficiencia. Es ansiedad con una planilla de cálculo.
Nyox dejó escapar una risa baja. Afuera, la lluvia convertía las luces de la pista en manchas largas sobre el vidrio. Un auxiliar de vuelo cerró los compartimentos. La cabina empezó a llenarse de sonidos pequeños: cinturones abrochándose, mensajes enviados a último momento, un niño preguntando cuántas horas faltaban para llegar.
Por primera vez desde que había aceptado la beca, Nyox no pudo fingir que Japón era solo una idea. Estaba a punto de abandonar el suelo que conocía, con una inteligencia artificial en el teléfono, un proyecto que nadie parecía explicar del todo y dos cosas de su padre que no entendía.
—Akasha.
—¿Sí?
—Si este viaje sale mal, recordame que la próxima vez acepte una universidad más cerca.
El avatar ladeó la cabeza.
—No creo que exista una versión de ti que elija el camino fácil cuando aparece una pregunta sin responder.
Nyox quiso contestar, pero el ornamento se calentó contra su pecho.
Fue apenas un pulso. Breve. Tan pequeño que habría podido atribuirlo a la calefacción de la cabina si Akasha no hubiera dejado de moverse en la pantalla.
—¿Qué pasa? —preguntó.
—La cámara acaba de registrar una interferencia de imagen.
—¿Por el metal?
—No lo sé. Duró menos de un segundo.
Nyox miró la ventanilla. Entre su reflejo y la lluvia solo había noche. Sin embargo, durante un instante creyó ver una línea pálida cruzando las nubes, demasiado recta para ser un relámpago y demasiado tenue para estar seguro de haberla visto.
El avión empezó a avanzar por la pista.
—Guardá el registro —dijo, bajando la voz.
—Ya lo hice.
—Y no se lo cuentes a mi mamá.
—No tengo su número como contacto de emergencia.
—Eso es una respuesta sospechosamente literal.
—Buenas noches, Nyox.
El avión despegó. Buenos Aires se volvió un conjunto de luces cada vez más pequeñas bajo las nubes.
Nyox apoyó la frente contra el vidrio frío y sostuvo la mochila con una mano.
No sabía qué había sido aquella línea. No sabía por qué el ornamento había reaccionado. Pero, mientras la ciudad desaparecía detrás de la tormenta, tuvo la certeza incómoda de que algo había notado su partida.