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Capítulo 11 — Las ruinas bajo las raíces

Nexus: El Umbral Despierto Vol.1 · por Nexus · 26 de julio de 2026

La primera noche después de que los elfos los llevaran a Lytharel, Nyox no durmió.

La habitación donde los habían encerrado era pequeña, pero no incómoda. Tenía una ventana estrecha, una lámpara de aceite y tres camas de madera cubiertas con mantas verdes. Si uno ignoraba los arcos apuntándolos desde el pasillo y el hecho de que sus teléfonos descansaban dentro de una caja cerrada, casi podía parecer una habitación de huéspedes.

Casi.

Rein estaba sentado en el borde de una cama, con el tobillo apoyado sobre una manta doblada. Airi permanecía junto a la ventana, mirando el pueblo de Lytharel a través de los barrotes. Nyox llevaba casi una hora recorriendo la habitación de un extremo al otro, contando pasos para no pensar demasiado.

—Si sigues caminando así —dijo Rein—, vas a abrir un túnel hacia Japón.

Nyox se detuvo.

—Era una posibilidad.

—¿Con qué herramienta?

—Con frustración.

—No es una herramienta reconocida por la ingeniería.

—Tampoco lo era cruzar un callejón y terminar en un bosque que no figura en ningún mapa.

Rein no pudo discutir eso. Se acomodó el vendaje y miró la puerta.

El ornamento de Elián estaba allí, al otro lado de la pared, dentro de una caja que el anciano había cerrado con dos pestillos. Nyox podía recordar exactamente el sonido de la tapa al cerrarse. También podía recordar la expresión del viejo cuando vio los símbolos plateados.

No había sido miedo puro.

Había sido el reconocimiento de alguien que acababa de encontrar una vieja herida en una persona desconocida.

Airi apoyó la frente contra el marco de la ventana.

—No han decidido qué hacer con nosotros —dijo.

Nyox la miró.

—¿Eso lo sabes o lo estás suponiendo?

—Lo estoy sintiendo. Es distinto.

—¿Distinto cómo?

Airi tardó en responder. Miró a los guardias del pasillo sin fijar la vista en ninguno.

—Cuando alguien se acerca, me llega una presión. A veces es calor. A veces frío. No escucho pensamientos ni palabras. Solo… una dirección. Como si mi cuerpo supiera hacia dónde mirar antes que yo.

—Eso sigue sin explicar nada —dijo Rein.

—Lo sé.

—Perfecto. Me tranquiliza que ninguno de nosotros entienda lo que está pasando.

La respuesta fue tan seria que Nyox se arrepintió de haberlo dicho así. Airi se llevó una mano a la nariz. Cuando la apartó, había una línea pequeña de sangre en su dedo.

—Otra vez —murmuró Rein.

—No fue mucho.

—La cantidad no es el único problema.

Airi limpió la sangre con la manga.

—Cuando intento concentrarme en ellos, las sensaciones se mezclan. El anciano parece cansado. La mujer del cabello plateado está tensa. Los guardias esperan que hagamos algo peligroso.

—Eso último también se nota sin ninguna explicación extraña —dijo Nyox.

Rein levantó una mano.

—Propongo que no le pongamos nombre a nada todavía.

Nyox se volvió hacia él.

—¿A nada?

—A lo que vimos en el callejón, a lo que le pasa a Airi y a las cosas que mi cabeza cree ver cuando estoy agotado. Si empezamos a bautizar cada anomalía, vamos a confundir una hipótesis con un hecho.

Nyox lo observó un momento.

—Eso fue sorprendentemente sensato.

—Estoy herido, no incapacitado.

—Nunca dije lo contrario.

Airi soltó una risa breve. El sonido se apagó rápido, pero alcanzó para que la habitación pareciera menos ajena.

La puerta se abrió antes de que Nyox pudiera hacer otra pregunta.

Entró la mujer de cabello plateado. De cerca parecía más joven de lo que él había calculado, quizá treinta años, aunque la forma en que observaba cada salida le daba una severidad mayor. Llevaba la espada corta en la cintura y una venda nueva alrededor de la muñeca.

Detrás de ella apareció el anciano.

Se detuvo en el umbral, apoyado en su bastón. Uno de los guardias intentó acompañarlo, pero el viejo levantó una mano y lo dejó afuera.

La mujer señaló el suelo.

Nyox entendió que debían sentarse.

—Esto parece una entrevista —murmuró Rein.

—Si nos ofrecen agua, es una entrevista. Si nos ofrecen veneno, es una despedida.

La mujer no entendió las palabras, pero sí el tono. No sonrió.

El anciano colocó tres piedras sobre la mesa baja. Después tomó una cuarta, dibujó con ella un círculo en el polvo y dejó la piedra en el centro.

Airi se acercó un poco.

—Quiere mostrar algo.

—¿Cómo lo sabes?

—Está pensando en un lugar. No en una persona.

El anciano señaló el círculo y luego el bosque. Después apuntó a la puerta donde habían guardado el ornamento.

Nyox sintió que el pecho se le tensaba.

—Quiere llevarnos a algún sitio.

La mujer de cabello plateado habló con el anciano, rápida y baja. Él respondió sin levantar la voz. La discusión duró menos de un minuto, pero la tensión entre ambos era evidente. La mujer golpeó la mesa con dos dedos y señaló a Nyox. El anciano negó una vez. Luego señaló el ornamento.

Airi cerró los ojos.

—No discuten por nosotros —dijo—. Discuten por el objeto.

—Eso era bastante obvio —respondió Rein.

—No. Ella quiere destruirlo. Él quiere llevarlo a las ruinas.

Nyox miró al anciano.

—¿Ruinas?

El viejo no entendió, pero la palabra pareció acercarse al gesto. Tomó la piedra del centro del círculo y la hundió en el polvo. Después dibujó líneas hacia abajo, como raíces que penetraban la tierra.

La mujer habló con una palabra que se repitió dos veces.

—¿Lytharel? —preguntó Nyox.

Ella negó.

El anciano tocó el suelo con el bastón y pronunció otra palabra, más larga.

—¿Ruinas? —intentó Airi.

El anciano asintió.

No era una traducción exacta. Era un acuerdo mínimo.

Nyox señaló la puerta y luego se señaló a sí mismo.

—Quiero mi objeto.

La mujer desenvainó apenas la espada.

Rein susurró:

—Creo que esa frase perdió algo en la traducción.

Nyox levantó las manos.

—No quiero pelear. Solo necesito saber por qué les importa.

El anciano observó su rostro durante un largo momento. Luego tomó el bastón con ambas manos y lo apoyó frente a él, como si estuviera decidiendo si entregar una herramienta o una parte de su historia.

—Nadie toca el ornamento —dijo la mujer en un japonés torpe, pero comprensible—. Nadie debe llevarlo a las ruinas.

Nyox se quedó quieto.

—¿Hablas japonés?

—Poco. Un mercader enseñó algunas palabras. Hace tiempo.

El acento era extraño, pero el significado no.

—¿Quiénes son ustedes? —preguntó Nyox.

La mujer señaló al anciano.

—Edran. Guardián de Lytharel.

Luego se señaló a sí misma.

—Seyra.

Nyox inclinó la cabeza.

—Nyox. Él es Rein. Ella es Airi.

Rein levantó dos dedos en un saludo.

—Encantado. Lamento que nuestra primera reunión haya incluido flechas.

Seyra no pareció entender la broma, pero Edran sí entendió el gesto amable. Tocó su pecho con el puño.

—Lytharel —dijo.

Nyox señaló hacia afuera.

—Lytharel.

El anciano asintió.

Edran volvió a dibujar el círculo. Esta vez añadió una montaña, una línea de árboles y una torre derrumbada. Después colocó la mano sobre el símbolo invisible del centro y la cerró lentamente.

Seyra dijo algo en su idioma. Airi la miró con concentración.

—Dice que ese objeto estuvo allí antes. O que algo igual estuvo allí.

—¿Antes de qué?

Airi negó con la cabeza.

—La palabra se mezcla con dolor.

Edran señaló las casas dañadas del pueblo. Después hizo un movimiento de arrastre con la mano. Finalmente colocó seis dedos sobre la mesa y retiró uno.

Nyox recordó las figuras raspadas del dibujo infantil.

—Perdieron a alguien.

Seyra bajó la mirada.

El anciano no corrigió la interpretación.

Durante unos segundos, nadie intentó llenar el silencio. La historia de Lytharel estaba allí, en las paredes quemadas y en las ventanas rotas, pero no les pertenecía todavía.

Edran se puso de pie.

Señaló la puerta, luego el bosque y finalmente la caja del ornamento.

—Quiere que vayamos —dijo Airi.

—¿Y ella?

Seyra respondió con una palabra corta.

—No confía.

—Tiene buen criterio —dijo Rein.

Nyox miró a Airi. Después a Rein. Ninguno estaba en condiciones de correr, y quedarse dentro del pueblo tampoco los acercaba a Japón. El único rastro que tenían del portal había desaparecido. El único objeto que podía explicar la reacción de los elfos estaba bajo custodia de un anciano que quería llevarlo a unas ruinas.

No era un buen plan.

Era el único.

—Aceptamos —dijo Nyox.

Seyra frunció el ceño.

Nyox se señaló el pecho, después hizo el gesto de caminar y apuntó hacia el bosque. Luego dibujó con las manos un círculo y fingió abrir una puerta.

—Casa —dijo—. Queremos volver a casa.

Seyra entendió esa parte. Su expresión no se suavizó, pero dejó de sostener la espada.

Antes de salir, Edran ordenó que les devolvieran dos botellas de agua, una bolsa de pan oscuro y los vendajes que les habían quitado al registrarlos. No les devolvieron los teléfonos ni la navaja. Rein revisó el pan con la misma atención con la que inspeccionaba un circuito sospechoso.

—No parece envenenado —dijo Airi.

—¿Cómo puedes saberlo?

—Por el olor.

—Bien. Prefiero ese método.

Nyox guardó una botella en la mochila vacía que le habían devuelto. El gesto de Edran no era confianza; era una tregua. Aun así, la aceptó. En una situación normal, habría querido saber de dónde venía el agua, quién había preparado el pan y por qué un anciano herido se arriesgaba a sacar a tres desconocidos del pueblo. En Lytharel, preguntar todo antes de avanzar habría sido otra forma de quedarse quieto.

Seyra le entregó un cuchillo pequeño a Rein, pero mantuvo la mano sobre la empuñadura durante un segundo más de lo necesario.

—Solo para el camino —dijo.

Rein lo examinó.

—Prometo no iniciar una revolución.

Seyra no entendió la frase, pero sí la sonrisa. Por primera vez, sus labios se movieron apenas.

No llegó a ser una sonrisa completa.

Era suficiente para recordar que, antes de las casas quemadas y las personas desaparecidas, ese pueblo también había sabido vivir.

Edran golpeó el suelo con el bastón una vez.

La decisión estaba tomada.

Salieron de Lytharel antes de que el sol alcanzara el centro del cielo.

Edran iba delante con dos guardias. Seyra caminaba detrás de Nyox y los otros, vigilando el bosque. El ornamento viajaba dentro de una caja amarrada al costado del anciano. Cada vez que la caja golpeaba su cadera, el metal emitía un sonido pequeño, casi imperceptible.

Nyox intentó memorizar el camino otra vez, pero el sendero no se parecía al que habían recorrido la tarde anterior. Cruzaron un puente de raíces, bordearon un claro cubierto de flores azules y subieron por una ladera donde las rocas formaban escalones naturales.

—¿La ciudad está lejos? —preguntó Rein.

Edran lo miró sin entender.

Rein hizo un gesto de caminar y después señaló hacia atrás.

Seyra respondió con los dedos: tres. Luego señaló el sol.

—Tres horas —dijo Nyox.

Seyra negó.

—Tres… algo.

—Podrían ser tres días —dijo Rein.

—No ayudes.

El bosque cambiaba a medida que subían. Los árboles tenían más raíces expuestas y menos hojas. En varios troncos había líneas talladas, círculos incompletos y figuras de animales con los ojos raspados. Ninguna marca parecía reciente, pero algunas tenían manchas oscuras en los bordes.

Airi se detuvo frente a una de ellas.

—No es un idioma.

—¿Cómo lo sabes?

—No está escrito para leerse. Está hecho para recordarse.

Nyox se acercó. La figura parecía representar una mano abierta atravesada por varias líneas. Bajo ella había tres formas curvas, como lunas o cuernos.

—Eso no es una conclusión científica —dijo Rein.

—No dije que lo fuera.

—Me tranquiliza que lo aclares.

Edran los llamó con un gesto. No quería que se quedaran atrás.

Más adelante encontraron un muro de piedra cubierto por musgo. No era una pared aislada; se extendía entre las raíces y desaparecía bajo la tierra. Edran apartó la vegetación con el bastón y reveló una serie de relieves.

Nyox limpió uno con la manga.

El primer relieve mostraba un valle rodeado de torres. Las figuras que lo habitaban llevaban túnicas, armaduras y herramientas. No parecían un solo pueblo. Había cuerpos altos, cuerpos pequeños, personas con cuernos, personas con orejas largas. Todos estaban representados junto a caminos que partían de una misma plaza.

El segundo relieve mostraba fuego en el cielo.

El tercero mostraba las mismas torres divididas por una línea negra.

No había nombres. No había fechas. Solo consecuencias.

—¿Una guerra? —preguntó Nyox.

Edran colocó la mano sobre el segundo relieve. Después señaló el cuarto, donde varias figuras caían alrededor de una estructura circular.

Seyra habló con una voz más baja.

—La Guerra de la Separación.

Nyox la miró.

—¿Eso fue lo que pasó aquí?

—Hace muchas generaciones. No aquí. En todo el bosque. En todo lo que conocíamos.

Rein observó las torres divididas.

—¿Y qué separó a la gente?

Seyra no respondió. Edran sí lo hizo, aunque sus palabras fueron demasiado rápidas. Su bastón golpeó tres veces el suelo y señaló la tierra, el cielo y el centro del relieve.

—No entiendo —dijo Nyox.

—Él dice que nadie entiende todo —tradujo Seyra—. Los viejos solo conservan partes.

—Eso suena familiar.

—¿En tu tierra también olvidaron las cosas importantes?

Nyox pensó en Elián, en el pendrive plateado y en el adorno que había viajado desde Argentina hasta un pueblo de árboles imposibles.

—Mi padre decía que la gente no olvida las cosas importantes. Olvida por qué eran importantes.

Seyra no entendió cada palabra, pero captó el tono. No intentó traducirlo.

El sendero terminó frente a una pendiente cubierta de raíces enormes. Edran apartó un manto de hojas y apareció una abertura negra entre dos bloques de piedra. Había escalones descendiendo hacia la oscuridad.

Las ruinas estaban debajo del bosque.

No eran un templo intacto. Eran un conjunto de corredores hundidos, columnas quebradas y salas enterradas. Las raíces atravesaban los techos y se habían enrollado alrededor de las paredes como dedos. En algunos puntos, una luz azulada nacía de pequeñas vetas minerales. En otros, el agua descendía por las piedras y formaba charcos poco profundos.

Nyox encendió la linterna del teléfono de Rein. La batería marcaba doce por ciento.

—Esto va a ser divertido —dijo Rein.

—No uses esa palabra aquí.

—La estaba usando como defensa emocional.

Edran bajó primero. Seyra indicó que no tocaran nada. Lo dijo en un idioma que Nyox no comprendió, pero el gesto hacia las paredes fue suficiente.

En el primer corredor había estatuas sin rostro. Una sostenía una esfera, otra una espada, otra un libro abierto. La última tenía las manos vacías y la cabeza inclinada hacia una puerta sellada.

Airi se acercó a la estatua del libro.

—No la toques —dijo Nyox.

Ella apartó la mano.

—No iba a hacerlo.

—La frase existe para cuando sí ibas a hacerlo.

Rein apuntó la cámara hacia el pedestal.

—Hay una marca debajo.

La inscripción no estaba grabada como las del bosque. Era una serie de líneas metálicas incrustadas en la piedra. Tenían el mismo brillo opaco que el ornamento.

Nyox sintió un tirón en el pecho.

El ornamento respondió desde la caja.

No vibró.

Se calentó.

Edran se giró de inmediato. Le dijo algo a Seyra. Ella tomó el arco y ordenó a los guardias retroceder.

—¿Qué pasa? —preguntó Rein.

Nyox no alcanzó a responder.

La puerta sellada del fondo emitió un sonido profundo. No parecía un mecanismo. Parecía una piedra respirando después de siglos.

Las vetas metálicas del pedestal se iluminaron una por una.

Airi se llevó ambas manos a la cabeza. La sangre volvió a aparecer bajo su nariz.

—Hay alguien —dijo.

—¿Dónde?

—No lo sé. En la puerta. Detrás. No… no es una persona. Es una memoria.

Edran golpeó el suelo con el bastón. Las luces se apagaron.

Durante un segundo, solo se oyó el agua.

Después, desde el otro lado de la puerta, algo raspó la piedra.

Seyra dio la orden de retirarse.

Edran no se movió.

Se acercó a la caja del ornamento y la abrió. Nyox dio un paso, pero dos guardias levantaron sus armas. El anciano tomó el objeto con ambas manos y lo sostuvo frente a la puerta.

Los símbolos plateados se encendieron.

No mostraron un mapa. No abrieron un portal. Solo proyectaron sobre la piedra una imagen fragmentada: figuras huyendo por un valle, una torre cubierta de fuego y una silueta pequeña llevando algo envuelto contra el pecho.

La imagen desapareció tan rápido que Nyox dudó de haberla visto.

Edran cayó de rodillas.

Seyra se volvió hacia él.

Airi susurró:

—El anciano conoce a la persona de la imagen.

Nyox miró la puerta, luego el rostro de Edran.

El viejo tocó la piedra donde había desaparecido la silueta. Sus dedos temblaban.

—¿Quién era? —preguntó Nyox, aunque sabía que Edran no podía responderle.

Seyra sí podía.

Le costó pronunciar la frase.

—Su hijo.

El corredor pareció estrecharse.

Rein bajó la cámara.

—¿Está vivo?

Seyra no contestó.

Edran levantó la cabeza. En sus ojos había rabia, culpa y una esperanza tan vieja que ya no parecía esperanza.

La puerta volvió a raspar.

Esta vez el sonido vino de dentro y de muy lejos.

Edran cerró la caja del ornamento con fuerza.

Nyox no sabía si las ruinas habían sido construidas para guardar algo o para mantenerlo lejos de quienes no debían encontrarlo. La puerta no se había abierto, pero había reaccionado al objeto de su padre.

Eso bastaba para convertir el viaje en algo más peligroso de lo que habían calculado.

Seyra levantó el arco.

—Nos vamos —dijo.

Nyox miró la puerta una última vez.

No sabía qué había detrás.

No sabía qué había hecho Elián.

No sabía si el hijo de Edran era una víctima, un traidor o simplemente otra persona perdida en un mundo que ya no reconocía.

Pero antes de que abandonaran el corredor, una línea fina apareció en la piedra.

No se abrió.

Solo dibujó, desde el centro de la puerta hasta el suelo, el mismo símbolo que llevaba el ornamento.

Y en algún lugar profundo de las ruinas, algo respondió con un golpe.

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