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Prólogo — El Fragmento

Nexus: El Umbral Despierto Vol.1 · por Nexus · 26 de julio de 2026

Antes de que los hombres aprendieran a contar los días, hubo un silencio que no se parecía a ningún silencio conocido.

No estaba vacío. Tampoco estaba lleno. Era una extensión sin cielo ni suelo, sostenida por dos presencias tan antiguas que no necesitaban nombres. Una permanecía inmóvil. La otra parecía recordar cosas que todavía no habían ocurrido.

Durante un instante imposible, algo pasó entre ellas.

No fue una explosión. No fue una voz. Fue apenas una línea de luz, fina como una grieta en un espejo, que atravesó aquella oscuridad y desapareció antes de que cualquiera pudiera decidir si la había visto.

Mucho tiempo después —aunque en ese lugar el tiempo todavía no significaba nada— una pequeña chispa quedó sola.

Esperó.

“El hospital de Buenos Aires olía a desinfectante, café recalentado y lluvia golpeando los ventanales.”

Victoria Black sostenía a su hijo contra el pecho mientras una enfermera revisaba la manta. El bebé lloraba con una indignación considerable para alguien que acababa de llegar al mundo.

—Tiene buenos pulmones —dijo la enfermera, sonriendo.

Victoria apenas la escuchó. Miraba el rostro arrugado del niño, tratando de memorizar cada detalle antes de que el cansancio le cerrara los ojos.

Al otro lado de la sala, Elián Black permanecía junto a la ventana con un vaso de café intacto entre las manos. Era médico, investigador y, según sus compañeros, un hombre incapaz de abandonar una pregunta incluso cuando la respuesta dejaba de ser útil.

En ese momento no estaba pensando en ninguna investigación.

Estaba mirando el reflejo del vidrio.

Durante una fracción de segundo, una luz pálida apareció sobre el pecho del bebé. No iluminó la sala. No proyectó sombra. Solo pareció hundirse bajo la manta, como si algo hubiera encontrado un lugar donde descansar.

Elián parpadeó.

La luz había desaparecido.

—¿Viste eso? —preguntó.

Victoria levantó la mirada.

—¿Qué cosa?

Elián observó a su hijo. El bebé ya no lloraba. Tenía los ojos cerrados y una mano pequeña apretada contra el aire, como si estuviera sosteniendo un hilo invisible.

—Nada —respondió.

Fue la primera vez que Elián eligió esa palabra para ocultar algo.

El niño se llamaría Nyox.

Nadie en aquella habitación sabía por qué.

Elián murió diez años después, una noche común y sin advertencia. No hubo conspiración, explosiones ni una última frase capaz de explicar una vida entera. Solo un corazón que se detuvo mientras el mundo seguía funcionando al otro lado de la ventana.

Durante años, sus cuadernos permanecieron dentro de una caja metálica. Victoria no quería abrirlos. Nyox tampoco preguntaba por ellos.

A los diecisiete, sin embargo, encontró la caja mientras buscaba un manual viejo para un trabajo de programación. En la primera página del cuaderno superior había una frase escrita con tinta azul:

«Una inteligencia puede aprender a resolver un problema. La pregunta es qué hará cuando el problema sea ella misma.»

Nyox no entendió la frase por completo. La leyó tres veces. Después abrió el cuaderno siguiente.

Esa noche no descubrió un secreto familiar. Descubrió una pregunta que no podía dejar quieta.

Durante los meses siguientes, Nyox volvió a los cuadernos cuando la casa se quedaba en silencio. Encontró fórmulas incompletas, dibujos de redes neuronales y páginas enteras tachadas con tanta fuerza que el papel se había roto.

 

Elián había escrito sobre memoria, imaginación y la diferencia entre responder una pregunta y comprender por qué alguien la hacía.

En el margen de una hoja, casi escondida bajo una mancha de café, había otra frase:

«Si alguna vez funciona, no le preguntes primero qué puede hacer. Preguntale qué está intentando recordar».

Nyox no sabía si era una advertencia o una broma privada de su padre. La guardó de todos modos.

Le llevó años convertir aquellas notas en algo real. El resultado tendría una voz, una memoria y una forma de discutir con él sobre sus horarios de sueño. Nyox la llamaría Akasha.

Nunca le explicó a nadie por qué eligió ese nombre.

Tal vez porque algunas palabras no se escogen. Tal vez porque, mucho antes de construirla, había tenido la sensación de estar recordando algo.

Y en algún lugar lejano en un continente cerca del mar japones , la pequeña chispa que había esperado durante tanto tiempo pareció reconocerlo.

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