¡Qué carajos! ¿No puede tener más descaro al ir con esa falda un poco corta? Su blanco de su vestimenta... es tan blanco que ya me quiere dar una enfermedad visual.
-Pue-¿puedo pasar?
Dijo Lucía, casi susurrando el pedido, agarrando con fuerza su falda y una pequeña cartera negra que parecía muy poco común. Ni siquiera mi madre podría usar esto.
Suspiré con aún tenso aliento y luego puse mi mano sobre mi frente. Ella aún me miraba sonriente. ¿Se puede cansar de hacerlo?
Finalmente junté un poco de fuerzas para darle paso a la puerta.
-Gracias, Gero -dijo ella.
Tras ello, Lucía al entrar vio el techo blanco y las paredes un poco grises.
-Qué lindo hogar -dijo Lucía mientras jugaba con su cabello-. ¿Me puedo sentar aquí?
Yo confirmé con la cabeza sin decir nada.
Ella caminó hacia el sillón, acomodó su falda y se sentó con una elegancia que me pareció demasiado precisa. Irónicamente, sus piernas temblaban como si fueran las de un pollo.
Y ahora me empieza a mirar... ¡Ahhhh! ¿Por qué mierda le dije esas cosas tan raras cuando estábamos en el hospital?
No debí hacer esa estupidez... No... No debo arrepentirme, fue lo correcto para que no se sintiera mal. No es hora de pensar en el pasado...
Me arreglé el cabello mientras me miraba, casi como un mantra para concentrarme.
Es hora de caminar hacia el futuro.
Mientras hacía mi monólogo interno, ella se rió un poco por mi expresión y cara de casi pujar para ir al baño.
Yo hice que no fui consciente de su risa. Caminé muy meticulosamente para ver a Lucía desde cada ángulo posible.
Primero miré su ropa, todo estaba blanco menos... las botas, eran negras.
Luego me moví a su alrededor, ella me seguía con la mirada algo intimidada.
Posiblemente ella piense que soy acosador. Ahhhhhhhhh. NO, cabeza fría.
Noté sus brazos, tan claros y limpios.
Me puse atrás del sillón, ya no podía verme.
-Ahhhh... ¿Gero? ¿Qué estás haciendo? -decía con su voz un poco quebrada pero igual de dulce.
Empecé a mirar su cabello.
-Es negro, demasiado negro -dije.
De pronto agarré un poco de su cabello con curiosidad.
-Está sedoso -susurré.
Lucía, ruborizada, rompía cada vez más su voz.
-S-si. Me gusta cómo queda cuando lo hago.
Finalmente dejé su cabello al terminar de olerlo (que, por cierto, olía a fresas).
Con tanta rapidez agarré una silla para sentarme al frente suyo.
Lo único después de esa acción fue el sonido de la silla golpeando fuertemente el suelo y un silencio tan incómodo como ver a un bebé calvo con arrugas de viejo.
Me puse firme en la silla, cruzando mis brazos.
-Tú te llamas Lucía.
El poco tiempo que ella se sintió intimidada se desvaneció con una risa de las fuertes.
-Sí, soy Lucía.
Ella se encorvó para acercarse un poco más, mientras ponía sus manos encima de su mentón.
-Y supongo que tú te llamas Gero.
Su maldito intento de ternura... es súper efectivo...
Aunque había abierto mucho mis ojos por la expresión que ella hizo, volví a una cara seria.
-¿Cuántos años tienes?
Lucía, con gran vigor y emocionada, se alejó de mí y se puso firme.
-Yo tengo 15 años, ¡toda una adulta!
-¿Toda una adulta? -susurré.
-¿Y usted? ¿Cuántos años tiene? -decía mientras ella jugaba con su pelo.
-Tengo 16 años.
Después de escuchar eso, Lucía pegó un grito de emoción. Fue tan molesto que me aturdió por un momento.
Lucía recuperó la compostura.
-Ah-ah, lo siento.
Volvió a cruzar sus piernas.
-¿Qué te gusta hacer?
Me puse a pensar en lo que había pasado. ¿Acaso le gustó que fuera mayor que ella?
¿Por qué? Bueno, no importa.
Me levanté de la silla.
-Sígueme.
-Está bien.
Gero, o sea yo, voy con ligeros cojeos camino a mi cuarto.
Voy por el pasillo, de nuevo saludo al cuadro de mi tía.
Ella lo ve y también me copia, aunque con ligera torpeza.
Abro la puerta de mi cuarto y...
-Es muy... -dijo Lucía con una cara un poco desilusionada.
-¿Desordenado? Sí, lo sé -decía mientras prendía la televisión.
-¿Eso es una película de Bruce Lee? -se tapó la boca con su mano-. Ya veo de dónde sale tanta seriedad.
-Sí, ahora por favor ponte en un sitio donde no me estorbes.
Lucía se sienta en la cama mientras no deja la mirada hacia mí.
Empiezo a moverme con movimientos básicos otra vez. Aunque con cada pisada al suelo me empieza a doler, lo disimulo un poco.
Lucía parece mirarme después de hacer ese gesto. Al volverle la mirada, junto a solo el ruido de la película, me dejó de mirar fijamente y empezó a mirar la ropa desordenada en la cama.
Se levantó con ánimos y empezó a ordenar mi ropa.
-Gero, eres increíble. Eres demasiado preciso y elegante al hacer tus maniobras -decía Lucía mientras ella ya había arreglado casi toda la ropa.
-Hay ropa también en el suelo, te lo agradecería si también la guardas.
Ella afirmó con la cabeza para luego hacer lo que ella quisiera.
Estaba tranquila hasta que vio una prenda íntima mía.
Ella, por alguna razón, la miró fijamente, tardó mucho en reaccionar, pero finalmente se avergonzó de hacer eso y simplemente la lanzó sin mirar a la cama.
Continuó ordenando, ahora mi escritorio.
-Gero, no estaría mal que dediques 10 minutos a ordenar tus cosas.
La miré, pero otra vez la ignoré para acabar con otro salto. En el aire, un salto de doble patada.
Salté, lo hice. De hecho, lo hice tan bien que el único problema fue mi equilibrio.
-¡Gero!
Ya estaba en el suelo.
-Gero, ¿estás bien?
Intentaba levantarme, pero era imposible para mí.
-No te preocupes.
Ella me dio su brazo como apoyo.
Caminé junto a ella para sentarme en la silla "gamer" que yo tenía.
-Gracias, Lucía.
-Pero tienes que tener más cuidado, por favor.
Arrodillándose a mis piernas, ella agarró la parte baja del pantalón.
-Tienes que ser más precavido con tus juegos.
Ella remangó la basta de mi pantalón.
-¡Oh, por Dios! Está muy hinchado.
Ella decía mientras miraba un gran hematoma en mi tobillo.
-¡Vamos a la sala!
Suspiré, pero me di cuenta de la situación.
-Está bien, vamos.
Me levanté por mí mismo, pensaba ir solo, pero... Lucía me ayudó a caminar, no podía evitar separarme de ella. Fácilmente me caería.
Al fin me llevó a un sillón y me ayudó a sentarme.
-Descuida, voy a traer un poco de hielo. ¿Dónde está tu refrigerador?
Yo le señalé atrás mío y rápidamente se marchó.
En mi pequeña soledad nunca pude ver algo tan molesto como esto...
De pronto miré la mesilla y tenía un cuchillo. Qué raro, mi madre es muy descuidada, pero es la primera vez que se le olvida algo así.
No importa, tal vez con este cuchillo pueda quitar la hemorragia interna en externa.
Agarré el cuchillo de mesa con determinación para cortar mi hematoma.
Pero al casi hacer la acción, una mano me agarra.
De pronto vi otra silueta brillando, me parecía muy... familiar.
-Tía... ¿Mitrha? -susurré al ver casi un espectro perfecto de ella.
Momento después, solo vi a Lucía, agarrándome con sus dos manos.
Su cara me miraba fijamente, pero ya no sonreía. Estaba... llorando.
-¿Qué ibas a hacer?
-Yo solo quería...
-¡¿Hacer qué?!
Estaba quebrándose otra vez.
-No todo se fuerza como si nada, ¡idiota!
Ya no se estaba conteniendo de las ganas de llorar y apoyó su cabeza en mi brazo.
Finalmente, solté el cuchillo.
-Perdón, había visto en un anime que se quitaban la hemorragia cortándolo.
Ella agarró el cuchillo caído y lo guardó.
-Pero no estamos en un anime. Tienes que ser más realista.
Puso el hielo en mi tobillo. Me contraje por el dolor que sentía por el simple contacto; aunque no quise gritar, lo hacía por dentro. Creo que una bala dolía menos.
Lucía se rió un poco, aunque aún tensa por lo que pasó antes.
-¿Viste? Si te duele solo esto, hubiera sido peor si lo cortaras.
-El dolor no importa, lo que importaba es que con eso podría continuar.
Ella ató el hielo con vendaje, presionando constantemente el punto.
Después de ello se levantó.
-Bueno... Gero, estarías peor que antes.
Ella colocó mi pierna encima de la mesilla.
-Mi padre, que es doctor, dijo que eso era de estúpidos.
-¿Estúpidos?
-Pues sí -decía ella mientras se reía fuertemente y se tapaba la boca.
A veces dudo si ella era muy creída o muy humilde.
-Pero bueno, no te pongas así -jugaba con sus dedos-.
¿Qué te gustaría hacer ahora?
-Tengo videojuegos. Si quieres, podemos jugar los dos -decía mientras señalaba la tele de la sala.
Agarró los controles de una Nintendo Switch.
-Oh, son juegos antiguos, del 2020.
Afirmé con la cabeza.
Ella acercó un sillón y lo puso cerca mío. Se sentó para jugar.
-¡Bien! Sea el juego que quieras, yo te ganaré.
-¡Eso ya lo veremos!
Al empezar la primera partida de Smash Bros, ella jugaba con mucho vigor.
Estaba tan concentrada y, por alguna razón, mi cara la sentía caliente.
Sonreí genuinamente mientras ella no me miraba.
Maldición, creo que me va a dar fiebre.