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Cap 2: Soledad

Mi Hermosa Tragedia · por Jerova · 22 de julio de 2026

¿Cuánto tiempo pasó? Creo que ya lo olvidé, tal vez fueron unos 5 días. Irrelevantes, tal vez, pero para ellas fue una eternidad de angustias.

Después de esos días de incomodidad, donde me desperté tan renovado, mi mamá y yo salimos del hospital juntos, en un sol frío pero brillante.

—¡Amigo! —exclamó mi madre a un mototaxista, al cual yo fui rápido a seguirle el ritmo, en ningún momento desapegándome de ella. Se acercó hacia él—. Amigo, dígame, ¿cuánto me deja para ir directo a nuestra casa?
El chofer, de postura robusta y con apariencia de casi un vagabundo debido a la suciedad de su ropa, le miró de pies a cabeza y le respondió:
—Mmm... Para ti, reina, te dejo a unos 10 soles.

Mi madre, con una sonrisa aún risueña, se mantiene, pero por su apretón más fuerte hacia mi mano se notaban las ganas de acribillarlo.

Finalmente, dejó mi mano para acercarse al taxista (me dolía mucho, casi me quitaba la circulación).

—Por favor, amigo —se sentía rápidamente un tono más agudo y hasta casi de una niña en su voz. Se acercó más hacia él tan solo para acariciar su brazo mientras la miraba fijamente—. ¿Y si me das un descuento? Podrías hacer una buena obra hoy mismo.

Desde mi perspectiva se notaba el gran gusto que le estaba dando al hombre y cuando, de la nada, le quiso tocar los pechos, le alejó rápidamente esa mano.
—¿Qué dice? ¿Serías tan amable de hacerlo?

El hombre asintió con la cabeza y se sentó preparado para manejar.
Cada vez que recuerdo ese momento no sé si admirar a mi madre o tenerle miedo.

Después de ese espectáculo tan asqueroso, entró a la moto y me llamó con la mano con una sonrisa leve. Entré con la vergüenza de mirar directamente a mi madre. Quise hablar, pero algo en la garganta evitaba que lo hiciera.

Mi madre, como tal, es muy callada y reservada. Sin embargo, a veces es terrorífico cómo deja esa rutina con tanta naturalidad.

El taxista encendió una música que podría catalogar como aberración auditiva; era como escuchar a perros y gatos peleándose mientras hay una tormenta de sangre en el fondo.

Ignorando eso, vinieron ideas a la cabeza:
"¿Por qué salvé a esa chica? ¿Fue suerte? No... Me daría asco ver a alguien morir en mi propia cara. Mierda, eso está mal. Eso no ayuda incondicional. No debería pensar en el porqué. Solo es una estupidez pensar que alguien no merece ayuda solo porque no me puede beneficiar".

De tanto sobrepensar no lo noté, pero ya habíamos llegado al barrio, mi dulce hogar.

Salí rápido de la movilidad, caminé sobre la hierba solo para estar al lado de la puerta y apoyarme en su costado. En esta pose extraña me dedicaba a mirar a mi madre a lo lejos; ella estaba hablando con el taxista con tranquilidad y agradeciéndole mucho. No sé qué dijo, ni me interesaba lo que dijeran, me parecía innecesario.

Lo que sí pude presenciar es cómo el taxista le quiso tocar otra vez a mi madre para luego espantar su mano con un leve golpe en su palma. Chocaron los cinco, al menos eso quería mostrar en escena. Luego se marchó rápidamente hacia mí.

—¡Hijo! —decía en el camino—. ¿Qué quieres comer hoy? —me preguntaba mientras me cariñaba y acariciaba la cabeza, que por cierto con las justas podía hacerlo.

—Madre, no importa lo que diga para comer, igualmente tú cocinarás lo que te gusta.
Mi madre me miró seriamente, pero rápido quitó esa careta.
—Ay, hijo, tú sabes que te gusta la comida que yo preparo.

Empezó a abrir la puerta. Al pasar mi madre primero, yo fui rápidamente camino a mi cuarto a hacer lo que me gustaba, pero...
—Eyy, niño, ¿a dónde crees que vas? Debes limpiar la sala primero.
Me había agarrado de mi camisa y yo rápidamente afirmé con la cabeza para agarrar la escoba y el recogedor.

Después de un tiempo perdido, finalmente acabé. Me senté un rato en el sofá, pero escuché la vibración cerca de la mesilla que estaba al costado. Estaban llamando por teléfono.
—¡Madre! —exclamé mientras llevaba el teléfono a la cocina. El nombre del que llamaba me era extraño, pero también lo ignoré; no era relevante.

Llegué a la cocina, pero no estaba. Se estaba quemando la comida y, con irritación, la apagué.
—¡Madre! ¿Dónde estás?
Mi mamá, saliendo del baño con el cabello mojado, solo cubierta por su toalla, fue rápido a la cocina.
—¡Oh! Mi celular, gracias, hijito.
Me abraza y se va rápido a su cuarto.

Pensé mentalmente: "Genial, ahora estoy mojado. Será mejor que también limpie la humedad en el suelo...".

—¡Hijo! Discúlpame por no acompañarte otra vez a comer. Pero tengo otro trabajo —decía mientras se ponía un labial y llevaba un vestido morado, con un cabello hecho remolinos pero bellos, objetivamente—.
—¿Otro trabajo? ¿Que no te habían despedido?

—Sí, Gero, pero conseguí otro, uno donde se venden productos de belleza —daba pequeños giros, casi como si quisiera que le pregunte cuál es mi opinión.
—Está bien, madre... cuídate.
—¡Bye! —decía mientras sacaba la lengua y se ponía de puntillas, estando medio cuerpo afuera de la casa. (😜)

La cerró con fuerza, casi tanto que me asustó.

Bueno, para este momento había pensado en comer, pero no sentía tanta hambre. Aún era muy temprano. Me fui directo a mi cuarto, que está al fondo del pasillo. En el camino vi el cuadro de una mujer. Una mujer a la cual respeto mucho. Me detuve y le puse la mirada firme a esa joven imagen; después de un tiempo me marché con una leve sonrisa, para seguir a lo que quería hacer.

Abrí la puerta de mi cuarto con un suspiro en mi interior. Quería sentarme en mi escritorio, pero encima solo había ropa que no logré acomodar. Así que moví dicha ropa encima de mi cama. Me senté y empecé a escuchar música; no era una música propia del estudio, pero me gustaba, era muy frenética. Al menos así parecía que hago mis problemas de matemáticas con mucha rapidez.

—¡Bien! Al fin terminé una hoja completa... —decía mientras cerraba mi cuaderno con gran grosor por el uso que le doy.

Después de eso me puse a bailar ligeramente. Con el simple hecho de que en mis audífonos sonara una música, se me activaba la imaginación. Sentía cómo empezaba a bailar sin razón alguna, casi por instinto. Me sentía como un príncipe bailando en las lindas tinieblas.

Bailando... Cerrando los ojos con gran infantilidad. Tanta fue mi imaginación que me tropecé con la cama, cayendo rendido en su absoluto poder. Parte de mi ropa explotó con el impacto, volando por los aires y cayendo en las tierras inmundas.
—Carajo...
Fue lo primero que dije al abrir mis ojos. Rápidamente me levanté, quité mis audífonos y subí la ropa caída del suelo.

Miré la ropa, pero preferí ignorarlo y seguir con cosas más importantes. Fui directo a por un DVD; me dediqué a copiar todo lo que había ahí en una televisión algo desfasada para la época, pero era servible.

Las películas de Bruce Lee... decían que para su época las cámaras apenas podían percibirlas. Por eso Bruce lo hizo más lentas. ¡Y aun así eran muy difíciles para mí!

Empecé con patadas sencillas, al menos para ir calentando el cuerpo. Luego seguí con golpes al aire y cambios repentinos de postura.

Por un momento me sentí emocionado. Demasiado. Al momento en que Bruce Lee hace una patada girando en el aire, intenté imitarlo.

El primer intento quise hacer la patada con todas las ganas, pero... caí al suelo. Con un poco de dolor me levanté y rebobiné el DVD. Lo puse otra vez para ver cómo lo hacía.

Quise hacer mi segundo intento. Puse mi pie izquierdo al frente, di un giro de la cadera y salté. ¡No me dio tiempo para alzar la pierna! Casi me caía otra vez.

—¿Qué es lo que falla? —pensé.
Otra vez volví a rebobinar el video, solo para darme cuenta de algo que no hacía: la cosa es impulsarte con la misma pierna con la que patearás, como si fuera un rodillazo desde el aire, pero girando y al final extendiendo la pata.

Lo volví a intentar una tercera vez, preparándome para un segundo error. Me puse en guardia; la pierna que estaba atrás la puse al frente, golpeando el suelo con la planta del pie. Empecé a girar mi cadera sin perder la mirada al frente. Alcé mi pierna que estaba atrás y, al momento de alzarla lo suficiente, con todas mis fuerzas me impulsé con mi pierna para dar esa patada.

—¡Al fin lo hice! Me siento... tan feliz... —pensé mientras estaba aún en el aire. Ahora solo quedaba bajar bien. Pero...

Empezaron a tocar la puerta y quedé nublado mentalmente. Me distraje por un momento, pensé en el aire.
—¿Qué? Mi mamá no puede ser. Mi mamá nunca regresa ni aunque se le olvidara algo. ¿Es alguien más? Será mejor que...

Al intentar terminar mi razonamiento, mi pierna tocó el suelo de mala forma, doblándose un poco. Caí al suelo... ¡otra vez! Quería gritar; las ganas se inundaban como las ganas de ir al baño. Rápidamente me puse un pantalón en la boca mientras me desahogaba con todas las fuerzas que tenía.

Después de amortiguar el grito, escuché otra vez el sonido de la puerta.

—Carajo... —mascullé.

Me levanté de inmediato, molesto, y caminé hacia la puerta principal.

—Lo siento, mi madre no está. Vuelva más tarde —dije sin abrir.

El golpe volvió a sonar. Más fuerte. Más insistente.

Fruncí el ceño.

—¿En serio...?

Abrí la puerta de golpe.

—Carajo, ¿¡qué cosa es tan importante para que toquen de esa manera!?

Me quedé en silencio.

Era una chica.

Demasiado bien vestida para este barrio. Demasiado limpia. Demasiado... presente. Un perfume suave me llegó antes incluso de procesar su rostro. Por alguna razón absurda, tuve la impresión de que brillaba.

—Ho-hola, Gero —dijo, sonriendo, aunque con un nerviosismo leve.

Lucía.

Mi cabeza tardó un segundo de más en reaccionar.

Justo entonces, mi teléfono vibró en el bolsillo.

Respondí sin pensarlo.

—¿Sí?

—Amor mío —dijo la voz de mi madre, alegre como siempre—. Últimamente te he estado dejando solo, así que le dije a tu novia que te acompañe y cuide de ti. Perdón por no avisarte antes, byee—

—¡Espera, madre, no cortes! —dije, pero la llamada ya había terminado.

Me quedé mirando la pantalla.

En el hospital... habían dicho algo sobre eso.

Alcé la vista.

Lucía seguía ahí. Sonriendo. Incluso soltó una pequeña risa al ver mi cara.

No dijo nada.

Eso, por alguna razón, fue peor.

 

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