Saltar al contenido
Explorar novelas

Cap 1: Amor a primera vista

Mi Hermosa Tragedia · por Jerova · 20 de julio de 2026

Mis ojos miraban a la nada.
Me sentía ligero, pero a la vez... algo aturdido.

De pronto, escuché una voz tan tranquila y familiar que se me erizó la piel con solo oírla.

—Hijo, quiero decirte algo.

Era una voz un poco chillona, como la de una niña.
Al escuchar esas palabras que provenían de detrás de mi espalda, tan cerca pero a la vez tan frías, volteé suavemente, con miedo. Tal vez de asustarme... o de que ella lo estuviera.

Al verla de frente, noté un hermoso vestido blanco, tan perfecto como la brillantez de su piel. Aunque parecía una señora, su cuerpo delgado negaba cualquier señal de vejez.
Un escalofrío me recorrió el cuerpo, la garganta se me secó y el poco viento que había se volvió áspero. Su rostro era irreconocible, pero aun así sentía que la conocía.

La mujer caminó alrededor de mí, como si yo no existiera.

Cuando volvió a colocarse detrás de mí, giré otra vez y vi, esta vez, a un niño lastimado y golpeado. Lloraba, pidiendo auxilio entre lágrimas. Su cara...

—¡¿Por qué no soy más fuerte?! —gritó el niño entre sollozos—. ¿Por qué simplemente no se mueren?

La mujer se arrodilló y acarició su rostro.

—Algunas personas son crueles. Eso no es malo —dijo, acercándose un poco más para besarle la frente—. Lo malo es pensar que tú también serás malo solo por eso.

—¿Pero y si me vuelven a lastimar? ¿Qué hago? —preguntó el niño.

Ella rió suavemente.

—Es una muy buena pregunta —se tomó el mentón, pensativa—. En ese caso, sé más fuerte. Protege a todos los que puedas. Haz hasta lo imposible para que nadie salga herido.

Hubo un breve silencio.
El niño se secó las mejillas, dejó de llorar y sonrió un poco.

—¿Ya ves? —la mujer se puso de pie—. Ahora, ¿quieres un helado? Vamos, antes de que tu madre se queje. Jiji.

—Sí... tía.

Entonces, al fin pude ver su rostro.
Y también me di cuenta de algo más.

Ese niño inocente... era yo.

Mi tía me sintió y giró la cabeza.

—Jaja, tan grande y sigues llorando. Tranquilo... ya nos volveremos... a ver...

La oscuridad comenzó a desvanecerse, pero otra voz empezó a escucharse.
Se hizo cada vez más fuerte hasta que...

Desperté.

El sonido constante de un monitor cardíaco me devolvió a la realidad.
Parpadeé varias veces, todavía aturdido por el sueño extraño... o visión... o lo que fuera.

El techo blanco del hospital me recibió con una luz demasiado brillante.
Pero no fue eso lo que más llamó mi atención.

A mi lado, sentada cerca de la camilla, dormía una chica.
Cabello oscuro, respiración suave, manos entrelazadas como si estuviera rezando por mí.
Lucía tan tranquila que parecía protegerme incluso dormida.

—¿Quién demonios eres tú? —susurré.

Ella tembló ligeramente, como si se preparara para una fuerza que no entendía. Finalmente abrió los ojos y se levantó de la silla con fervor.

—Qué alivio... pensaba que no despertarías —dijo, sonriendo, aunque se notaban sus ganas de llorar.

Fríamente, quizá como método de defensa, no reaccioné mucho.

—¿Por qué estoy en un hospital?

Ella abrió la boca, sorprendida.

—¿Cómo que "por qué"? —se tocó el cabello, pensando—. Es porque... bueno... tú me salvaste.

Mi cerebro reaccionó al instante.
Como si un rompecabezas se completara.

Sonreí apenas.

—Oh, ¿eras esa chica linda? Qué bien que no te haya pasado nada.

—¿P-piensas que soy linda?

Quise responderle fríamente que sí, pero algo me lo impidió. Preferí levantarme.

Flexioné las piernas y me senté en la camilla. La acaricié en la cabeza y la miré a los ojos.

—Con esos ojos plateados, tu cabello ondulado y sedoso, y una sonrisa tan larga como las que me das... tu piel, tan limpia como la nieve... me es imposible no confundirte con la misma luz.

—Ehh... ¿en serio piensas eso de mí?

Antes de responder, escuché pasos acercándose rápidamente por el pasillo.
La puerta se abrió de golpe.

—¡Hijo!

El grito de una mujer joven invadió mi oído.

—¿Hijo? —repitió.

—Madre... —dije.

¿Por qué está acá? ¿Cuánto tiempo estuve en el hospital? pensé.

—¿Es tu novia? —preguntó.

La chica se sonrojó y se separó de inmediato para sentarse en la silla.

—¿Es lo primero que piensas cuando alguien despierta en un hospital?

Mi madre rió a carcajadas.

—Perdón, perdón. ¿Te sigue doliendo el cuerpo?

—No, madre. No me duele nada, gracias.

Me levanté de la cama y me estiré.

—¿Pueden traerme ropa de cambio? Quiero irme a casa.

Mi madre se llevó la mano a la cabeza, pensando seriamente en cómo había criado a alguien así.

—Hijo... tu novia.

—¡Que no somos novios! —dijimos al mismo tiempo.

—Ella me dijo que la salvaste de ser atropellada —continuó—. ¿Es cierto?

Sabía que respondiera lo que respondiera, igual estaría castigado.

—Sí, madre. La salvé. Vi que alguien la empujó, un tipo con capucha negra. No pude ver su rostro. Corrí con todas mis fuerzas y no logré agarrarla con cuidado... tuve que empujarla lejos del coche.

—Mi nombre es Lucía —intervino ella rápidamente.

—Lucía. Bueno, ella recibió daños menores.

—¡Eso no importa! —dijo mi madre—. ¡Casi te mueres!

—No exactamente —respondí—. Salté, giré el cuerpo y caí de pie...

—Y te desmayaste, Gero —dijo Lucía—. Pensé que ibas a morir.

—Antes de desmayarte —continuó— dijiste, sonriendo:
"Mis huesos parecen bien. Solo tengo la pierna fracturada, las costillas al límite y los músculos destrozados. Probablemente el dolor llegue después".

Preferí callarme.

Lucía me sujetó con más fuerza.

—Gero, deberías estar en la camilla. Aún no estás recuperado.

Entonces llegaron más pasos.

Una enfermera entró.

—¿Usted es la señora Miriam?

—Sí... dígame.

—Los análisis son impresionantes. Su hijo está... intacto.

—¿Cómo que intacto? —preguntó Lucía.

—Sin fracturas. Sin hemorragias. Sin daños internos.

Silencio.

—Esto fue gracias a Dios —dijo mi madre.

Patrañas, murmuré. Seguro hay una lógica detrás.
Luego añadí:

—Creo que esta vez... sí fue Dios.

Mi madre suspiró aliviada.

—Al menos estás bien, baboso.

—Te pareces a tu abuelo —sonrió.

—Mierda... otra vez con sus historias —susurré.

Lucía preguntó con curiosidad:

—¿A qué se refiere?

—Era tan resistente que daba miedo —respondió mi madre—. Me salvó de siete delincuentes armados.

—¿Armas de fuego? —preguntó Lucía.

—Exacto —corregí—. No cualquiera las tenía en esa época.

—Dios lo ayudó —concluyó mi madre.

—A veces Dios es solo suerte —murmuré.

—Tal vez —dijo ella—, pero Dios me salvó.

Luego miró a Lucía.

—¿Podrías cuidarlo cuando le den el alta?

—Sí, señora —respondió Lucía con firmeza—. Estará en buenas manos.

Salió de la habitación.

Cerró la puerta.

Y gritó:

—¡SÍÍÍ!

—Sabes que la escuchamos, ¿verdad? —dijo mi madre.

—No —respondí.

FIN

Comenta este capítulo, guarda la novela y sigue a Jerova en el lector de Culto de Papel. Es gratis.

Otras novelas: Memorias Ancestrales · Tras la pista de un silbido · Los Corazones de la Luz