Moon Vathory caminaba por las calles de Silent Hollow con un solo objetivo. Al llegar a la residencia de su hermano, la puerta se abrió de inmediato para revelar a Dante Vathory.
—¿Moon? —Dante la recibió con un abrazo—. Qué sorpresa... hace meses que no sabía de ti. Pasa.
Dentro de la casa, Caleb, de ocho años, dejó su libro de lado al verla.
—¡Tía Moon! Qué bueno verte.
—Vaya, Caleb… has crecido —comentó ella—. Me imagino que Lysith también.
En ese momento, Alani entró con la pequeña Lysith de dos años. La niña, al ver a Moon, se tensó y gritó:
—¡No! ¡Ella es una bruja! —La pequeña salió corriendo de la habitación.
El silencio que siguió fue cortante. Moon no ocultó su fastidio:
—Parece que me confunde con esos seres mediocres y rastreros que se hacen llamar mágicos —murmuró con desprecio.
Dante trató de disculparse, pero Caleb aprovechó para hablar:
—Padre, ¿puedo salir a jugar al parque central con mis amigos?
Dante asintió, pero su tono se volvió una advertencia:
—Está bien, Caleb... pero recuerda lo que te he dicho siempre. Mantente lejos de los Strauss. Su sangre y la nuestra no deben mezclarse. No quiero problemas, ¿entendido?
El niño salió rápido. Poco después, Moon también se dispuso a irse. Dante intentó detenerla:
—Espero que no vayas a buscar a Vladislav, porque después de lo que te hizo yo...
—No cometería el mismo error dos veces, Dante —lo cortó ella con frialdad—. Gracias por recordarme ese error de mi pasado.
***
En el parque central, Caleb y Zen Strauss se sentaron en una banca, alejados de los demás niños.
—Supongo que tu padre también te prohibió juntarte conmigo —dijo Caleb.
—Estoy harto de esto —respondió Zen—. Nuestras familias tienen rivalidad desde hace siglos y dudo que ellos recuerden por qué. No quiero ser tu enemigo.
Caleb lo miró con seriedad.
—Entonces sigamos siendo amigos en secreto. Si se enteran, será un problema.
Zen le tendió la mano con firmeza.
—Hagamos un pacto, Caleb. Pase lo que pase, ellos no decidirán quiénes somos. Nuestra amistad será inquebrantable.
***
Horas más tarde, en el castillo, Vladislav buscaba a su heredero. Se cruzó con Isabelle en el pasillo principal.
—¿Dónde está Zen? —preguntó el rey sin saludar.
—Le di permiso para ir al parque —respondió Isabelle con calma—. Majestad, no puede tenerlo encerrado siempre.
—Espero que le hayas recordado que no debe acercarse a los Vathory —sentenció Vladislav—. No permitiré que mi sangre se mezcle con esa plaga. Los herederos deben conocer su lugar.
—Son solo niños, Majestad —insistió ella, tratándolo con la distancia del rango—. ¿Hasta cuándo cargaremos con este odio?
Vladislav no respondió y siguió su camino. Mientras tanto, en un ala apartada del castillo, la pequeña Vail jugaba sola cuando una bruma negra brotó del suelo. Moon Vathory apareció frente a ella.
—Hola, señora —dijo Vail, mirándola con curiosidad.
—¿Señora? —Moon soltó una risa seca—. Tienes un nombre bonito, Vail. ¿Quieres ser mi amiga?
—¡Sí! ¿Puedo decirle a mi mami?
—De ninguna manera —susurró Moon, inclinándose hacia ella—. Seremos amigas secretas. Pero tienes que prometerme algo: no le dirás a nadie que me has visto. ¿Lo juras?
Vail asintió convencida. Moon desapareció en las sombras, dejando a la niña sola con su primer secreto.