Octubre, 1840
En el corazón de Mistwood, donde el poder se medía por la pureza de la sangre, el ambiente en la residencia de los Zhao era tan gélido como el acero. En el salón principal, Zhao Wei y Li Rong, dos patriarcas de cabello negro azabache recogido con distinción, compartían más que vino; compartían el desprecio por aquello que manchaba sus linajes.
—Solo ha sido una deshonra tras otra —sentenció Zhao Wei, apretando su copa con frustración—. No es justo que tu hijo tenga que vincularse con una híbrida bastarda como lo es Hua.
Li Rong asintió con una sonrisa gélida, manteniendo la calma que su rango exigía.
—Lo bueno es que tu hijo mayor, Zhao Xuan, sí es de sangre pura y no un bastardo. Cuando tenga la edad adecuada, podrá casarse tranquilamente con mi querida hija, Li Ruo. Ambos son niños aún, así que hay tiempo. Para Li Xun, que es más pequeño, buscaré en otra familia importante.
—Será lo mejor —respondió Wei, y su voz se transformó en un gruñido sordo—. Esa maldita bastarda… desde que nació vive un infierno a mi lado. Si sigue respirando es solo por Lín Xiu; de lo contrario, ya estaría muerta desde hace mucho. No es más que un estorbo en esta casa.
Róng levantó su copa, observando a su aliado con una chispa de malicia.
—No hagas corajes, Zhao Wei. Ya habrá momento para que puedas hacerlo. Cuando sea mayor, puedes echarla de tu casa a su suerte. Mientras tanto, hazla sufrir. Me retiro, ya es muy tarde y no quiero ser inoportuno.
Mientras los hombres sellaban el destino de sus hijos entre muros de piedra, en los jardines de la propiedad la realidad era distinta. Bajo la luz de la luna, la pequeña Hua y Li Xun, ambos de cuatro años, compartían un breve momento de paz, ajenos a las palabras de odio de sus padres.
El contraste entre los dos niños era doloroso. Li Xun, un niño de cabello negro como el carbón, reía mientras intentaba animar a su amiga. A su lado, Hua parecía una criatura de otro mundo: su piel era pálida, y su cabello, blanco como la seda, caía en ondas suaves, contrastando con la oscuridad de la noche. Ella lo miraba con gratitud silenciosa, brillando con la única calidez que conocía.
—Mañana seguro nos volveremos a ver, como de costumbre —susurró el niño con entusiasmo—, y podremos seguir jugando.
Hua lo miró con esos ojos verde esmeralda que tanto odiaba su padrastro, apretando sus manos con fuerza.
—Sí… —respondió ella en un hilo de voz—. Espero que mañana sea un mejor día para ambos.
El momento se rompió cuando la voz de Li Rong estalló desde la entrada, ordenando la retirada. Tras un rápido abrazo, el niño de cabello negro se alejó siguiendo los pasos de su padre. Hua se quedó sola en mitad del jardín, sintiendo cómo el silencio de la noche la envolvía de nuevo. Sabía que, al cruzar esa puerta, dejaría de ser una niña para volver a ser simplemente el "estorbo" de cabello blanco de los Zhao.