La noche sobre el reino de Vesperholt traía una brisa que anunciaba tormenta. Lamia caminaba junto a Onyx por los senderos cercanos al castillo; la inquietud no la dejaba en paz.
—No me agrada que Nicholai esté en esa expedición —murmuró ella—. No debieron permitir que se alejara tanto. Si alguien nota quién es...
—Nada ocurrirá —sentenció el rey con firmeza—. Nicholai debe ver el mundo. Debe comprender por qué los humanos no son aliados, sino una amenaza. Tarde o temprano intentarán traicionarlo. Su futuro ya tiene dueño: se unirá a la hija de Vladislav. Es el único vínculo que le garantiza seguridad.
Un ruido seco quebró la calma. No era el crujido de las ramas, sino el golpe de botas pesadas sobre la tierra. Onyx se tensó de inmediato, reconociendo el peligro en el aire.
—Corre.
Fue un latigazo. Antes de que pudieran reaccionar, un grupo de hombres surgió de la penumbra con antorchas y un odio antiguo. Una ráfaga de polvo de ajo golpeó el rostro del rey. Onyx se dobló, asfixiándose, mientras su piel comenzaba a desprenderse bajo un dolor insoportable. Lo forzaron a hincar las rodillas.
A plena luz de las antorchas, no hubo juicios. Solo el impacto seco de las piedras contra su piel. Onyx, debilitado, intentó cubrir a Lamia con su propio cuerpo, pero el ataque no daba tregua. Entonces, apareció el brillo de la madera tallada.
El grito que desgarró la noche no fue humano. Fue el fin de un linaje.
***
A kilómetros de distancia, en el campamento, Nicholai se levantó de golpe. Sintió un tirón violento en el pecho, como si un hilo invisible se hubiera roto dentro de su sangre. El aire se volvió extrañamente quieto.
—¿Alteza? —Sebastian apareció frente a él.
No hizo falta que hablara. Sebastian se arrodilló sobre la tierra húmeda y extendió una pesada funda de cuero negro: era la espada de Onyx. El niño de once años miró el arma y entendió que el peso de ese acero ahora descansaba sobre sus hombros. Había salido de casa como un príncipe; regresaría como un rey coronado por el luto.
***
El Salón de la Noche nunca había parecido tan inmenso. Menos de una semana después, Nicholai caminaba hacia el altar, evitando mirar las dos urnas de plata que contenían las cenizas de sus padres. El luto se transformó en deber cuando el Sumo Sacerdote alzó la corona.
—Nicholai Delacroix, heredero de la sangre y la noche —tronó el sacerdote—, ¿jura gobernar con firmeza, proteger nuestro linaje y castigar a quienes osen amenazarlo?
Nicholai tragó saliva, pero su voz no flaqueó:
—Lo juro.
El metal helado descendió sobre su cabeza. El peso fue inmediato, un recordatorio físico de que su infancia había muerto. La sala estalló en un grito unísono que hizo vibrar los muros:
—¡Eterna sea su sangre, larga vida al Rey!
Al sentarse en el trono de ónice, sus pies no alcanzaban a tocar el suelo. Sus manos se aferraron a los brazos fríos del asiento para no resbalar. La corona le pesaba, obligándolo a mantener el cuello rígido frente a los nobles que lo analizaban como lobos.
***
Días después, el consejo estaba lleno de hombres que veían su juventud como una debilidad.
—Majestad, los recursos se agotan —dijo un consejero—. Necesitamos una decisión firme. Ahora.
Antes de que Nicholai pudiera responder, su tío Drake se puso en pie. Era un hombre alto, de porte severo, que no ocultaba su desprecio.
—La juventud es un estorbo en este trono —dijo Drake, helando el ambiente—. Este reino no se mantiene con esperanzas. La política es cruel y el deber es lo único que te queda, Nicholai. Si intentas ser piadoso, cavarás tu propia tumba.
Sebastian intervino con calma, mirando a Drake a los ojos:
—El hierro es necesario, pero un reino que solo conoce el castigo termina por devorarse a sí mismo.
—¿Hierro o esperanza? —Drake soltó una sonrisa irónica—. La esperanza no detiene una estaca, Sebastian.
Nicholai apretó los dedos sobre el trono. Miró a su tío y luego a los consejeros. Sintió el peso de la corona, pero esta vez no intentó acomodarla.
—Si el deber es lo único que me queda —dijo Nicholai con una amargura que no correspondía a su edad—, entonces cumpliré con él. Pero no seré el títere de sus miedos.