Diciembre, 1838
El invierno de aquel año fue especialmente crudo en el reino de Vesperholt. En la intimidad de su despacho, el Rey Onyx Delacroix mantenía la mirada fija en el pliego de pergamino que acababa de llegar desde las tierras del norte. Sus ojos grises recorrían las líneas con una fijeza que delataba su desconfianza. Cuando Lamia, su esposa, entró al lugar, dejó caer la carta sobre la madera oscura con un gesto de desdén.
—Es una propuesta de Vladislav Von Strauss —sentenció Onyx—. Ofrece la mano de su hija para nuestro hijo, Nicholai. ¿Cómo se atreve? Nicholai es un heredero de sangre pura. Vincularlo con una humana es un insulto a nuestro linaje.
Lamia observó el sello de los Von Strauss. Su voz fue pausada, despojada de emoción.
—No se apresure a juzgar, Majestad. Mírelo con frialdad. Vesperholt es vasto, pero no somos una potencia militar. Vladislav gobierna un reino de guerreros; son temidos en todo el continente. Una alianza con ellos nos daría el respeto que la diplomacia no ha logrado conseguir. Nos daría un lugar en el Consejo Supremo de Vampiros.
Onyx guardó silencio, sopesando las palabras. En el tablero del poder, la pureza de sangre debía ceder ante la supervivencia de la corona.
—Iremos a Silent Hollow —decidió él—. Si vamos a entregar el futuro de nuestro hijo, lo haremos mirando a Vladislav a los ojos.
El viaje hacia el norte fue largo y silencioso. El carruaje real avanzaba por senderos de piedra rodeados de niebla, hasta que la silueta gótica del castillo de los Von Strauss se recortó contra el cielo plomizo. En el interior, Onyx observaba a su hijo con severidad. Nicholai, que a sus nueve años ya empezaba a reflejar la rigidez de su padre, mantenía la mirada fija en el paisaje sombrío. Su cabello blanco, largo y sedoso, contrastaba con la oscuridad de su traje.
—Te comportarás con respeto —le advirtió el rey—. Esta unión no es un simple compromiso; es el destino de nuestro linaje.
Al llegar, las formalidades fueron breves. Los dos patriarcas se encerraron de inmediato para cerrar el pacto.
—Acepto la propuesta —declaró Onyx con voz firme, dejando el documento sobre la mesa—. Nuestros hijos se unirán cuando tengan la edad adecuada para asegurar la continuidad de nuestra sangre.
Vladislav asintió con un triunfo contenido.
—Es lo más sensato, Onyx. La pequeña será criada bajo nuestras leyes —añadió Vladislav con frialdad—. Al cumplir los quince años, se le concederá la inmortalidad. Dejará atrás su rastro humano para ser digna de tu familia.
Onyx asintió. En su mundo, los pactos de sangre no se cuestionaban. Se cumplían.
Mientras los hombres cerraban el trato, Lamia e Isabelle guiaban a Nicholai hasta la habitación donde dormía la bebé. Nicholai se acercó a la cuna con una mueca de desprecio.
—Es muy fea —soltó el niño—. Y no es como nosotros. ¿Por qué tengo que hacerlo?
—Nicholai… — le reprendió su madre en un susurro, mirando de reojo a Isabelle.
—No se preocupe, Lamia —intervino Isabelle con suavidad—. Los niños son sinceros. El tiempo le enseñará a entender el peso de esta unión.
Lamia se arrodilló frente a su hijo, hablándole con la seriedad que exigía su rango.
—Escucha, cariño. En familias como la nuestra, estas cosas son necesarias; se han hecho de generación en generación. Ella es noble y te aseguro que será la esposa perfecta para ti. Yo también lo hice en mi momento.
Nicholai volvió a mirar a la bebé, viendo en ella solo un estorbo para su libertad.
—Está bien —respondió él con un bufido de indiferencia—. Lo haré por la familia.
Se dio la vuelta y salió de la habitación sin mirar atrás.