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Capítulo I: El peso de la herencia

Memorias Ancestrales · por Vane C. Tubón · 21 de julio de 2026

Anteriormente, septiembre de 1838

 La tormenta golpeaba con fuerza el castillo mientras, dentro de la habitación, Isabelle se aferraba a las sábanas. El dolor del parto era una punzada constante que la obligaba a arquear el cuerpo, buscando un alivio que no llegaba.

Afuera, la tormenta seguía castigando el castillo con violencia. En el pasillo, Velvet se acercó a su hermano. Sus cabellos eran de un blanco absoluto, igual que los de él, y su piel tan pálida que parecía brillar en la penumbra.

—Pronto vendrá al mundo un nuevo Strauss —dijo Velvet, intentando romper la tensión—. Deben estar muy felices.

Zen, de apenas ocho años, no podía ocultar su entusiasmo. Sus ojos grises, herencia de los Strauss, brillaban con una mezcla de orgullo y curiosidad. —Ya quiero conocer a mi hermano —intervino el niño—. Voy a ser el mejor hermano mayor; lo voy a cuidar mucho.

Vladislav apenas los escuchó. Su mente estaba en otro lado, en la pureza de su linaje. —Otro hijo más... —murmuró para sí mismo—. Ya tengo a mi sucesor, que es Zen. Este nuevo miembro será su apoyo; dos vampiros puros y fuertes para llevar el nombre Strauss a lo más alto.

Pero la seguridad de Vladislav flaqueó cuando Velvet notó su silencio. —Te veo preocupado. ¿Todo bien?

Él la miró fijamente. —¿Qué pasa si no nace siendo un vampiro?

Velvet soltó un suspiro de incredulidad. —¿En serio te preocupa eso? Deberías preocuparte por que el bebé nazca sano y que Isabelle no muera en el intento.

Un llanto agudo rompió la discusión. La puerta se abrió y una matrona salió con el rostro iluminado, ajena a la tormenta que se desataba dentro de Vladislav. —¡Es una niña! —exclamó—. Una hermosa niña... humana.

El mundo de Vladislav se congeló. Entraron a la habitación donde Isabelle descansaba, agotada. Él se acercó a la cuna, pero no vio el milagro que Isabelle veía. Vio una mancha.

Vladislav se inclinó sobre la pequeña criatura. Vail abrió los ojos y él retrocedió instintivamente. Eran de un lila profundo, idénticos a los de su madre, y unos suaves mechones rubios ya asomaban en su cabecita. Era hermosa, pero para Vladislav, esa belleza era un insulto.

—Su nombre será Vail —sentenció con voz gélida.

Mientras miraba a la bebé, un pensamiento amargo lo consumía: <<Nuestra estirpe, contaminada por la fragilidad mortal. ¿Cómo es posible que los grandes Von Strauss hayan engendrado esta aberración débil? Años de sangre pura desperdiciados en una simple humana. Siento como todo mi legado se cae frente a mí; tendré que convertirla cuando crezca, y nadie querrá desposar a una "convertida" de sangre diluida.>>

Vladislav dio media vuelta sin tocar a la niña, sus pasos resonando con frialdad sobre el suelo de piedra. No hubo un beso para Isabelle, ni una caricia para su hija; solo el silencio de quien acaba de recibir una sentencia.

—Majestad… —la voz de Isabelle fue un susurro roto, cargado de la tristeza que él se negaba a ver. Sus ojos lilas lo buscaron, suplicando un gesto que nunca llegó.

Él ni siquiera se detuvo al cruzar el umbral.

En la habitación, el ambiente cambió. Zen, ajeno al veneno que consumía a su padre, se acercó a la cuna con una fascinación que Vladislav era incapaz de sentir. El pequeño heredero de los Von Strauss extendió una mano pálida y rozó con cuidado uno de los mechones rubios de su hermana.

—Hola, hermanita —murmuró Zen con una sonrisa que iluminó su rostro de niño—. No tengas miedo. Yo voy a ser tu hermano mayor y te voy a cuidar siempre.

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