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IV. La misa

Los Príncipes Gemelos · por Cr0w · 25 de julio de 2026

El sumo pontífice observó, desde el alto estrado, cómo varios rostros importantes iban llenando el lugar. No se molestó en prestar mucha atención a los jefes de la servidumbre o a los nobles menores, aunque sí habían algunos individuos que llamaron su atención. Cabezas de las altas casas nobles, cuya labor era fundamental para el control de recursos, personal y la propia defensa de Andross. Uno a uno entraron, luego de recibir la bendición de los diáconos de la entrada, para tomar sus respectivos asientos.

Reconoció a Baro Rokath, quien dirigía un amplio complejo de herrerías al servicio de la familia real. Tras él, caminando con aire de autosuficiencia, se encontraba el joven lord Rapek, heredero de la casa Craftha. Dada la enfermedad de su padre, era él quien solía representar a su casa en los eventos importantes, sin embargo, daba la impresión de que ya se consideraba la cabeza de su familia. Llevaba del brazo a lady Sylvia, la hija menor de lord Sank Adalid. El sumo pontífice arrugó el rostro, pues esa mocosa prepotente lucía un vestido celestino sin mangas, bastante hermoso, sí, aunque con un escote sumamente revelador.

No solo ella, sino que su madre y el resto de sus hermanas también vestían como si se dirigieran a una fiesta. Sus vestidos audaces y peinados llamativos iban en contra de los códigos de la iglesia, sin embargo, no recibieron llamado de atención alguno. Ninguno de los diáconos o acólitos lo harían (aunque en sus rostros se leía lo mucho que querían hacerlo), pues eran respaldadas por el propio lord Sank.

El jefe de la casa Adalid tenía una postura firme, y mantenía la vista fija al frente mientras que era guiado a su asiento. Era un hombre que consentía demasiado a sus hijas, incluso para los estándares de la clase alta, pero también resultaba ser el distribuidor de armamentos más influyente de Andross. Aunque era lord Baro quien se encargaba de su manufacturación, era lord Sank el que se aseguraba de que las mejores armas llegaran a las manos de los soldados.

La casa Adalid también dirigía a su propio ejército privado, el cual podía rivalizar incluso con las fuerzas de la familia real. El sumo pontífice había escuchado rumores de que, algunos ciclos atrás, lord Sank jugó una treta contra lord Baro, y el contrato que tenían estipulado no era más que una estafa para poder controlar el negocio de las armas y, en secreto, hacerse con los productos de mayor calidad para su ejército.

El sumo pontífice desconocía la veracidad de esos rumores, y realmente no eran un asunto que le incumbiera.

Fueron pocos los demás nobles que se presentaron a la ceremonia. Era esperable, pues la tormenta impediría que muchos llegaran hasta la Torre Blanca. Además de ellos, el sumo pontífice reconoció a varios jefes de la servidumbre; la ama de llaves y algunas de sus doncellas, como Janna; Koben, el mayordomo, y su hija Ayka; algunos generales del rey como Marcreed, quien comandaba la guardia real.

Para el sumo pontífice esos últimos nombres rozaban la irrelevancia. Sus rostros condescendientes y falsos no tenían respeto por la iglesia, y su fe siempre había sido cuestionable. Escuchaba sus susurros en los pasillos, veía sus comportamientos impuros fuera de esos muros sagrados, y los veía recibir la bendición de la entrada con un descaro que le revolvía las entrañas.

Aun así, no le sorprendió verlos tomar sus asientos. Las misas eran ceremonias que habían trascendido por cientos de gobiernos, y negarlos significaba negar a la propia familia real. A los nobles y jefes de la servidumbre solo se les permitía ausentarse en contextos excepcionales, como lo era esa tormenta.

Quién sí lo tomó desprevenido con su presencia, y le provocó más interés que el resto de los presentes, fue lord Arlon Lovik, quien iba acompañado de cerca por lady Kyra, su esposa, y su joven hijo Rubell.

Los tres avanzaron con el mentón en alto, mientras que el resto de presentes los seguían con la mirada; algunos sorprendidos, y otros incómodos. Incluso lord Rapek borró su sonrisa arrogante en cuanto los vio. Nadie esperaba que lord Arlon se presentara, pues su hermano menor había sido ejecutado esa misma mañana.

El sumo pontífice entonces dio un vistazo alrededor, notando cómo aumentaban los murmullos respecto a los recién llegados. «Su familia ha sido manchada por la traición de uno de sus miembros. La deshonra y el resentimiento los perseguirán por los ciclos venideros… Y aun así, helos aquí», pensó.

Tomaron sus respectivos asientos, y mantuvieron sus miradas al frente, sin prestar demasiada atención a los múltiples ojos acusatorios que tenían encima. Rubell pareció flaquear por un momento, pero un rápido toque de su madre le hizo recuperar el enfoque.

Presentarse así ciertamente requería valor, aunque el sumo pontífice no pudo decidir si se trataba de un acto temerario e insensato.

No pasó mucho hasta que, repentinamente, las voces se fueran callando una por una. Se recuperó el orden sin la necesidad de que los diáconos intervinieran, puesto que el rey Murok y sus hijos hicieron acto de presencia.

El silencio hizo que el eco de las pisadas del rey resonaran con fuerza. Las paredes interiores vibraron con cada paso. Los diáconos entonces cerraron las puertas, pues nadie tenía permitido entrar después del rey. Siempre era el último en llegar, y así se aseguraba de que todos los convocados fueran puntuales.

La firmeza fría del rey estremecía a los nobles; incluso el sumo pontífice sentía que le debía silencio a Su Majestad, a menos que él pidiera lo contrario. Murok no dijo nada. Ni siquiera se inmutó cuando pasó junto a lord Arlon, no así el príncipe Lyubik, quien por un instante cruzó miradas con Rubell.

Cuando el rey y sus hijos llegaron a sus butacas, frente a todas las demás, fue como si un enorme peso se liberara de los hombros de los presentes. Murok tomó asiento con calma, seguido de sus hijos; Muzlim a su derecha y Lyubik a su izquierda.

El rey giró los ojos hacia el altar, dándole así permiso al sumo pontífice para iniciar la ceremonia.

Hizo un gesto con la mano, y tres acólitos lo acompañaron hasta el mesón del altar. Todos vestían de blanco, con velos estampados con el símbolo de la iglesia cubriendo sus rostros. El sumo pontífice también lo usaba, y aunque era lo suficientemente traslúcido como para permitirle ver, notaba cómo la edad le afectaba. Aun así, no tuvo problemas para llegar al mesón. Allí uno de los acólitos le entregó un cáliz dorado, mientras que otro depositaba suavemente una botella de licor. El tercer acólito encendió las velas dispuestas sobre el mesón.

Al mismo tiempo, los diáconos se distribuyeron junto a las paredes, rodeando todo el perímetro de la capilla. Cuando cada uno estuvo en su lugar, un último acólito cruzó el pasillo central; en sus manos llevaba incienso recién encendido, cuyo olor alcanzó a cada uno de los presentes. Aquel joven acólito hizo una reverencia antes de dejar el incienso sobre el mesón, para después tomar su lugar junto a los demás.

Con todo dispuesto en su respectivo lugar, el sumo pontífice juntó las manos y bajó la cabeza. Los acólitos lo imitaron y retrocedieron lentamente al tiempo que las luces se iban apagando (a excepción de los candelabros del mesón). Sus figuras se perdieron en un rincón oscuro, y por unos instantes pareció que el altar había sido despojado de su orador. La capilla fue entonces presa de un silencio sepulcral, donde la oscuridad fue tal que solamente el mesón del altar era visible.

No se oyó ni siquiera un suspiro, hasta que el eco de unos pasos rompió el silencio.

Desde las sombras emergió la figura de la princesa Anika. Vestía de blanco, con bordados rojos y dorados decorando su vestimenta. Al igual que el resto de los miembros de la iglesia, usaba un velo que le cubría el rostro, mientras que su cabello blanco y cuidadosamente peinado caía sobre su espalda.

Toda la atención se centró en ella. La princesa se detuvo ante el mesón, y su mirada, oculta tras el velo, estudió al público que tenía delante.

Respiró hondo y su voz se deslizó entre sus labios junto con el aire exhalado. Primero fue un coro suave, que poco a poco aumentó su intensidad. La misma canción que había ensayado, antes pausada y controlada, ahora estaba cargada de pasión, y aunque no tenía lírica alguna, su ritmo remontaba a una época remota; una en donde caía fuego desde el cielo, donde los animales y las personas se quemaban desde dentro con tan solo respirar, y donde un horror inenarrable emergía desde las profundidades, arrastrándose con la intención de arrasar todo aquello que encontrara a su paso.

Aquel terror, esa maldad personificada que sacudió al mundo tenía un nombre, uno que sus ancestros transmitieron de generación en generación, y cuya pronunciación era la única palabra distinguible en ese canto:

Nueth. El origen de todos los males.

Cada vez que Anika pronunciaba ese nombre su voz parecía quebrarse. Giró la cabeza de un lado al otro, a medida que extendía los brazos en una ominosa postura. Los elevó a medida que el volumen de su canto aumentaba, sosteniendo una nota alta que erizó los cabellos de más de uno. Incluso cuando paró en seco el eco de la canción continuó resonando dentro de la capilla. Fueron unos extensos segundos antes de que su voz se apagara por completo, y en cuando se sumieron nuevamente en el silencio, las luces volvieron a encenderse. Casi como si la era oscura hubiera terminado, y con ello, el terror del Nueth.

Anika levantó el cáliz y, cuidando no empapar su velo con el licor, bebió un sorbo. Hizo una reverencia corta antes de volver por donde había llegado, siendo despedida con una ronda de aplausos.

Pasó junto al sumo pontífice, quien se dirigía a su lugar como orador. El anciano la vio a través de su velo, y aunque no tuvo manera de hacérselo saber, consideró que su actuación había sido perfecta.


Lyubik había escuchado cantar a su hermana un sinfín de veces, y aun así, siempre sentía que su corazón daba un vuelco. Un cosquilleo estremecía a su cuerpo con violencia, y le costaba trabajo mantenerse sereno ante tal actuación. No era tanto por el canto de su hermana (aunque sí lo consideraba sublime), sino más por el contenido. Esa canción, transmitida por la iglesia desde tiempos antiguos, remontaba al período más oscuro que su tierra hubiera atravesado; pese a no tener una lírica podía sentir el sufrimiento y desesperación que sus ancestros depositaron en ella.

Tragó saliva, con las manos apretadas contra sus muslos. Pudo notar por el rabillo del ojo que Muzlim se sentía igual, sin embargo, su padre se mantuvo inmutable, como era usual.

Aún se sentía incómodo por estar junto a él luego de la charla que tuvieron. Se hubiera ausentado, pero dadas las circunstancias no consideró sensato faltar a dos eventos el mismo día. Además, tenía la ilusión de encontrarse con el viejo Koma y charlar con él. Para su desilución, él sí se había ausentado.

«Al menos alguien puede excusarse sin consecuencias —pensó el príncipe—. ¡Qué afortunado!».

Lyubik suspiró por lo bajo, ansioso por salir de allí. Su mente divagaba fuera de la misa. Las palabras de su padre aún revoloteaban en su mente, y le disgustaba saber que el rey era consciente de sus deliberados descuidos. Creyó que podría quitarse la atención de encima y centrarse en el trabajo de Koma y sus eruditos. Durante los últimos ciclos Lyubik solamente había pensado en la tercera expedición, y en sus fuertes deseos de participar en ella.

«Muéstrame resultados, Lyubik». Esas palabras resonaban en su cabeza. No importaba qué argumento pudiera dar, Murok jamás lo escucharía mientras su desempeño en sus lecciones dejara qué desear. Debía mejorar. Debía ser el alto príncipe que se esperaba que fuera. Lo entendía bien, pero si lo hacía entonces su hermano…

Su atención se desvió al otro extremo de la butaca, donde Anika apareció en silencio para sentarse junto a Muzlim. La princesa le dirigió una rápida sonrisa a modo de saludo, y solamente por eso fue que la atención de Lyubik volvió al sermón del sumo pontífice.

—Más de mil ciclos han transcurrido desde que la oscuridad cayó desde el cielo. El eclipse eterno nos reclama. El Nueth nos reclama. Mas aquí permanecemos, con la fe de nuestros ancestros resistiendo contra el mal de este mundo. Hermanos, hijos e hijas de Andross, hoy nos refugiamos de la oscuridad en este complejo sagrado, pero nuestra voluntad no decaerá. ¡Nuestro valor no decaerá!

Lyubik resopló con más fuerza de lo que quiso y sintió la mirada afilada de su padre. Se enderezó inmediatamente, esforzándose por ocultar su fastidio.

—Nunca olviden, hermanos, la fuerza que los antiguos hijos de Andross tuvieron. Nunca olviden que siguieron resistiendo contra la infinita maldad del Nueth. ¿Cómo lo hicieron?, se preguntarán. ¿Cómo podría uno mantener su fe ante tan interminable perversión? Ellos creían en las palabras de los sabios de antaño, en las profecías de que aquello que llamamos «eclipse eterno» no trascenderá a la «eternidad».

«Decídete», pensó Lyubik, rodando los ojos».

—Ellos creían en algo más grande que ellos mismos. Más grande que las futuras generaciones. ¡Amplien su vista, hermanos! ¡Vean más allá de ustedes mismos! Allá, en la lejanía, se nos fue prometido un futuro donde la luz volvería a decorar nuestros cielos y bañar nuestras tierras. El eclipse no será eterno, hermanos. Su llegada nos librará del tormento, pero ese futuro solo estará al alcance de quienes se mantengan firmes; de quienes tengan su fe intacta. Por eso, hermanos, abran sus corazones y cierren sus ojos. Recemos con honestidad, e incluso después de la muerte gozaremos de dicho paraíso. Recemos.

En un movimiento colectivo, los presentes juntaron sus manos y cerraron los ojos, comenzando así un rezo silencioso. Lyubik también lo hizo, y, extrañamente, no se sentía tan fastidiado. Las últimas palabras del sumo pontífice captaron su atención. La promesa de un futuro libre del eclipse eterno resultaba tentadora. Las viejas profecías hablaban de la llegada de un salvador. Aquel que acabaría con esa maldición que estaba destruyendo a su mundo.

Un futuro sin eclipse, sin tormentas, sin Nueth.

Eso era lo que la iglesia creía, pero ¿y si la iglesia había malinterpretado esas palabras? Lyubik no creía en que el eclipse pudiera acabar, pero sí confiaba en un futuro luminoso. Un futuro en otras tierras, lejos del mal que los envenenaba poco a poco. Un futuro en el otro mundo. 

Tal vez por fin ese sueño que los antiguos sabios profetizaban se haría realidad, y sería él quien los guiaría hasta dicha utopía.

«Qué arrogante de mi parte —pensó Lyubik, riendo por lo bajo—. Creerme el salvador que fue profetizado hace más de mil ciclos».

Su propio raciocinio le advertía del peligro de esa idea, pero no podía evitar entusiasmarse con ello. Su abuelo intentó migrar al otro mundo y falló. Pero su abuelo no tenía el conocimiento que ahora Koma y él poseían. Si lograba convencer al rey, Lyubik tendría una mejor oportunidad de éxito en la expedición.

El rezo terminó, y con ello volvieron a abrir los ojos. Así procedieron al final de la ceremonia.

Los presentes avanzaron en una única fila hacia el altar, donde el sumo pontífice los bendeciría tras probar un sorbo del licor sagrado, aquel que, según decían, era conservado desde la antigua era.

La familia real fue la primera en ser bendecida. Primero el rey, luego Anika, seguido de Lyubik y finalmente Muzlim.

Cuando llegó su turno, Lyubik inclinó la cabeza, sintiendo los dedos ásperos del sumo pontífice acariciando su cabeza.

—Sea firme, Su Alteza —dijo el anciano—. Sea firme y fiel a su fe. Así su alma será salvada, y gozará de la eternidad en la tierra prometida.

El príncipe levantó la mirada, viendo de frente el velo del sumo pontífice. Su sello estampado llamó su atención. Se trataba de un círculo negro, rodeado de líneas gruesas y erráticas, similares a las llamas. Simbolizaba algo muy distinto a todo lo que Lyubik hubiera visto antes, y según leyó alguna vez, eso se llamaba «sol».

Esa era la fuente de la luz, de la vida. Aquello que su mundo había perdido, pero que el otro les ayudaría a recuperar.

Lyubik bebió en silencio, y por primera vez, estuvo de acuerdo con el pontífice.

Las palabras de su padre volvieron a resonar en su cabeza, pero Lyubik no temió. Avanzó decidido a convertir su ambición en una realidad. No podía simplemente esperar a que la profecía se cumpliera. Él se aseguraría de cumplirla por sus propios medios.

«Los salvaré. A mi familia, a mi gente, a mi reino —pensó antes de volver a su butaca—. Los llevaré a nuestra tierra prometida».

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