Pasaron pocas campanas desde aquella ceremonia, y la limpieza de la ciudadela aún no había terminado.
El eclipse no permitía diferenciar el día de la noche, y por eso la gente de Andross recurría a las campanas. Artefactos automáticos compuestos por una serie de engranajes, heredados por los genios ingenieros de antaño. Cada ciertas horas la campana sonaba, clara y limpia; una vez al mediodía, y otra a la medianoche.
Para cuando sonó la quinta campana tras la tormenta, aún se podía ver a obreros limpiando la arena remanente de las calles. Esos eventos siempre dejaban estragos en la ciudadela, y dado que la última tormenta fue inusualmente larga, todavía había mucha limpieza por hacer.
Lyubik alcanzó a escuchar que no se contaron desaparecidos, ni tampoco se reportó que algún knu salvaje se moviera junto con la tormenta y atacara alguna casa. Al menos eso fue lo que decían los informes iniciales, y prefirió no dudar en ellos.
No pasó mucho hasta que se enteró de que esos informes no eran del todo precisos.
De pie, vestido con una larga capa azabache terminada en una amplia capucha, el príncipe observó cómo las ruinas de un pequeño hogar se asomaban bajo un montículo de arena. Apenas había sido descubierto, por lo que no le extrañaba que no hubiera sido reportado.
Varios obreros de la casa Vekna se pusieron a trabajar, y al no encontrarse cuerpos aplastados se descartó que el peso de la arena hubiera destruido las paredes. Casi no había sangre o marcas de arrastre. Lo más probable era que un draco, criaturas que solían moverse junto con las tormentas, seleccionó al desgraciado que vivía ahí como su presa.
—Ahora incluso atacan dentro de los muros —se escuchó decir a uno de los obreros—. Es como si esas cosas supieran que durante las tormentas estamos indefensos.
—Ya te lo digo, y lo he dicho por varios ciclos hasta ahora —gruñó su compañero, mientras le facilitaba una pala—, los monstruos del exterior son más temerarios. Pronto ampliarán sus territorios hasta devorarnos… Y mientras tanto, nuestro rey está a salvo y celebrando sus misas en aquella gran torre.
Lyubik observaba a una distancia considerable, pero escuchó ese comentario con claridad. Apretó los puños bajo su túnica, intentando imaginar el terror de ese pobre ciudadano mientras era arrancado por la fuerza de su hogar.
Una mano firme sobre su hombro lo sacó de sus pensamientos.
—No hay más que hacer, Lyubik —le murmuró Muzlim, quien vestía de la misma forma—. Vámonos.
Lyubik asintió en silencio, y ambos dejaron atrás las ruinas de aquella casa.
Las calles se habían vuelto un terreno irregular, difícil de transitar debido a los montones de arena acumulados. Los príncipes apenas llevaban un rato recorriendo la ciudadela, y ya les parecía que sus botas estaban inundadas.
Lyubik aseguró su capucha, apretando una tira suelta de tela contra su rostro para protegerse de los granos de arena que todavía revoloteaban a su alrededor. Las ruinas enterradas, los obreros encargándose de la limpieza, los ciudadanos deambulando de un rincón a otro, presas de la angustia… Cada vez que terminaba una tormenta, daba la impresión de que Andross se había tornado en un paraje desértico, tal y como el resto del mundo. ¿Cuánto faltaría para que el daño fuera irreversible? Eso era lo que el príncipe se preguntaba cada vez que atestiguaba tal ambiente.
—Fue más larga de lo normal —dijo Muzlim de pronto, devolviéndole a la realidad.
—¿Qué?
—La tormenta. Duró más de lo usual, y con solo echar un vistazo se ve que fue más densa que otras veces. Si las cosas se ven así aquí, no quiero ni imaginar el estado del pueblo exterior… Habrá mucho trabajo por hacer.
Ambos se detuvieron cuando la calle volvió a sentirse más sólida. La limpieza ya casi había terminado cerca de la Torre Blanca, y los edificios vecinos parecían haber recuperado su estética regular. Comparado con las casas pequeñas y parcialmente sepultadas que dejaron atrás, esa zona de la ciudadela proyectó una imagen grandiosa, casi resplandeciente. No obstante, sus colores grises y paredes frías evitaron que esa sensación perdurara; cada rincón de Andross parecía cargar con un pesimismo que, para Lyubik, era casi natural.
Descansaron con sus espaldas apoyadas contra la pared de un callejón. Aún podían ver, a lo lejos, a algunos obreros removiendo y cargando arena. Varios removían escombros, mientras que otros arrastraban a víctimas que sí pudieron encontrarse. Pocos de ellos aún conservaban todos sus miembros unidos. Los príncipes observaron fijamente, mas no dijeron nada al respecto.
—Es como si una fuerza superior quisiera decirnos que aquí no estamos a salvo —dijo Lyubik, con la voz apagada—. Y aunque lo sabemos, no podemos hacer otra cosa más que escondernos tras estos muros.
—Las tormentas son iguales en todas partes, solo que son erráticas. Siempre lo han sido. —Muzlim se quitó la capucha para sacudir la arena de su pelo—. Aunque no creo recordar una así de dura, o al menos no durante los últimos ciclos.
Lyubik también se quitó la capucha. Sus cuernos rasgaron levemente la tela.
—Tal vez el Nueth está fortaleciendo las tormentas para acabar con nosotros —dijo.
Muzlim volteó hacia él, arqueando una ceja.
—Pensé que no creías en el Nueth. Siempre te ves fastidiado durante las misas.
—Era sarcasmo, tonto —dijo Lyubik con un suspiro—. Aunque, para tu información, sí creo en el Nueth. Sería una necedad no hacerlo. En lo que no estoy de acuerdo es en la idea de la iglesia de que solo con rezar y quedarnos quietos tendremos nuestra «tierra prometida».
—¡Qué boca tan blasfema la tuya!
—Oh, cállate. Creo en nuestra historia y en que en algún lugar nos espera un futuro mejor. Pero no es aquí. Y no lo obtendremos si solo esperamos a que una tormenta, más poderosa que esta, nos sepulte por completo.
Muzlim frunció los labios y se cruzó de brazos.
—Hablas del otro mundo —dijo, y Lyubik asintió—. Llevas demasiado tiempo con eso en la cabeza. Es casi lo único de lo que hablas. Entiendo tu punto, pero ya viste lo que nuestro padre opina. No escucha…
—Tendrá que escuchar —insistió Lyubik—. Tenemos los datos de las otras expediciones, y tenemos los recursos. Debe entender lo importante que realmente es una tercera expedición.
—¿Y cómo harías que lo entienda?
Lyubik abrió la boca, pero la cerró al instante. Cruzó miradas con su hermano, y por un largo instante no se sintió capaz de hablar. Tenía la respuesta. Sabía lo que tenía que hacer, solo que no se atrevía a decírselo a Muzlim.
El rey Murok no era tonto. Le había demostrado a Lyubik que comprendía la importancia de la expedición, sin embargo, había algo que para el rey tenía mayor prioridad. Eso era su legado.
—No lo sé.
Muzlim no se vio muy convencido.
—Así no conseguirás nada —murmuró—. Vives en una fantasía.
Lyubik frunció el ceño.
—Tú tampoco lo entiendes. Solo ahora hemos visto a inocentes cuyas vidas fueron tomadas por la tormenta, ¿y no sientes nada al respecto?
—No digas eso —se apresuró a decir Muzlim—. Yo también veo y siento el dolor de nuestra gente. No suelto lágrimas por cualquier vida que se pierda, pero no creas que eso significa que no me afecta.
«Por supuesto que le afecta —pensó Lyubik, de pronto arrepentido por su arrebato—, sino, no vendría conmigo».
El alto príncipe se quedó en silencio, sin saber qué decir.
—Deberíamos volver —dijo Muzlin de pronto—, nuestro padre no aprueba estas salidas, y no estamos en la mejor postura para hacerlo rabiar. Especialmente desde que alguien pensó que sería buena idea saltarse sus tareas.
—Yo no soy al que le gritaron y se fue con el rabo entre las piernas.
Muzlim frunció el ceño con esa respuesta, aunque no tardó en enseñar una media sonrisa que intentó disimular.
Lyubik rio, y ambos se colocaron las capuchas antes de salir del callejón.

Desde la terraza de su habitación, Anika solo pudo ver arena.
Ante la Torre Blanca se extendía la ciudadela, y más allá de sus muros residía el pueblo exterior; allí vivían las familias de clases menores, obreros, aldeanos comunes e incluso algunos miembros de la baja nobleza. Mientras más se alejaba de la Torre Blanca, más parecía fundirse con el paraje desértico del exterior, y lo único que lograba diferenciar un punto del otro eran los inmensos muros grisáceos que rodeaban a Andross. Era la gente del pueblo exterior la que más sufría durante las tormentas, y era allí donde más vidas se perdían a causa de los knu voladores que se movían junto a las nubes de arena. Los llamaban dracos, o eso recordaba Anika de sus clases de historia, y a diferencia de los vaips, eran prácticamente imposibles de domesticar.
Anika suspiró, recargada contra el borde de la terraza. No sabía mucho de los knu salvajes más que lo que decía en los libros de historia y bestiarios. Solo podía imaginarlos basándose en las ilustraciones de esos textos, y eso ya resultaba sumamente perturbador. Tal vez jamás vería en persona a un draco, lo cual era de las pocas cosas que agradecía al no tener permitido bajar al pueblo exterior. Como princesa, sus acciones estaban muy limitadas. Se había mostrado en la ciudadela en contadas ocasiones, pero nunca había puesto un pie en el pueblo exterior.
Era por su seguridad, lo entendía muy bien. Sin embargo, no podía negar que su curiosidad a veces cosquilleaba con fuerza, invitándola a comprobar con sus propios ojos el estado de su propio reino.
—Alteza —llamó Janna de pronto—, ha sonado la campana del mediodía.
—La escuché.
—Debería alistarse, pues pronto será hora de su almuerzo.
«Agh… el almuerzo», pensó con amargura. Dada la situación, aún había invitados que se refugiaban en la Torre Blanca mientras que la limpieza del exterior avanzaba. Entre ellos estaban las tres hijas de lord Adalid.
Anika tenía agendado almorzar con ellas, sin embargo, no las soportaba. A ninguna de ellas.
Era cierto que Anika nunca había experimentado de primera mano el horror de las tormentas, pero al menos ella sí entendía (o creía entender) el peligro que suponían y cómo afectaban a su nación. Las Adalid, por su parte, parecían vivir en otra realidad, una donde cada lugar debía estar dispuesto para ellas. Para Anika ese trío de cabezas huecas vivía en una fiesta constante, y ni siquiera durante las misas podían controlar su hambre de atención.
—¿Alteza? —murmuró Janna, preocupada al ver la forma en que Anika arrugaba la frente.
La princesa hubiera preferido conocer en persona a un draco, pero no podía hacer nada ante las peticiones de su padre.
—Janna, ¿qué es lo que siempre te digo?
—De acuerdo, de acuerdo… Anika, ¿se siente bien? ¿Qué sucede?
—Oh, si comenzara a decirte no terminaría jamás.
Janna se mordió los labios. No pareció atreverse a decir lo que estaba pensando, pero eso fue suficiente para que Anika no se sintiera sola.
Se puso de pie, sacudió sus hombros y se echó el cabello para atrás. Dio un último vistazo al exterior, sin saber cómo sentirse al imaginar cuántos inocentes habrían perdido sus hogares, mientras que su único problema era lidiar con un grupo de chicas nobles.
Durante los siguientes minutos Janna la ayudó a alistarse. Acompañó a Anika hasta su baño personal, donde una bañera circular previamente preparada la esperaba con agua caliente y distintas esencias que perfumaban el vapor. Aquel olor consiguió calmar a la princesa, quien extendió los brazos a los lados para que Janna le quitara la bata.
Fue un proceso rutinario para ambas, así había sido desde que eran niñas, y Anika había perdido la vergüenza de ser vista por su doncella hacía ya muchos ciclos. No solía pensar en ello, pero cuando se sumergía y sentía las manos ásperas de Janna recorriendola para asearla, no podía evitar preguntarse si permitiría que alguien más la tocara así.
Tampoco entendía por qué siquiera esa idea rondaba su mente.
Acto seguido, Janna le llevó el vestido que, previamente, eligieron para la ocasión. Era una prenda elegante, pero relativamente simple considerando su posición, y así lo prefería Anika. Era mejor ahorrarse el berrinche que alguna de las Adalid podía tener si ella se vestía mejor. Además, tampoco le interesaba competir. Era un vestido opaco, lo que contrastaba con su piel y cabello blanco. No tenía mangas, y aunque era lo suficientemente ajustado como para conservar cierta elegancia, también estaba ciertamente suelto como para no llamar demasiado la atención. Su escote cerrado hasta el cuello también ayudaba con eso.
—Luce preciosa, alteza —dijo Janna.
No era lo que Anika quería oír, pero el cumplido no le disgustó.
Finalmente, Janna le cepilló el cabello, dejándolo caer sobre su espalda, a excepción de dos trenzas laterales que se unieron en una sola por detrás de su cabeza.
«Pareciera que voy a cenar en un evento importante», pensó la princesa, repentinamente frustrada. Habría preferido no cuidar tanto su imagen, pero dado que Janna parecía disfrutar ese tipo de sesiones, prefirió no decir nada.
—¿Lista, alteza? —preguntó Janna.
La princesa no respondió.
—¿Lista, Anika? —se corrigió Janna.
La princesa sonrió, se puso de pie e hizo su mayor esfuerzo para que su rostro no reflejara lo que realmente sentía.

La primera en saludar fue lady Silk, la hija mayor de los Adalid.
—¡Ahí está! Nuestra adorada anfitriona.
Se había reservado la terraza del décimo nivel para el almuerzo. La misma fue preparada con antelación para que las cuatro compartieran la misma mesa. Anika se adentró con semblante relajado, bajo la idea de que sería la primera en llegar; no fue capaz de disimular su sorpresa al ver que sus invitadas llegaron antes de la hora acordada.
«Por supuesto que tenían que ser las primeras en llegar».
Anika forzó una sonrisa y se acercó, sin embargo, se paró en seco al notar que las hijas de lord Adalid no estaban solas. Sylvia, la menor de ellas, tenía el brazo entrelazado con un joven noble. Anika reconoció a Rapek Craftha. Lo había visto en la misa, también acompañado de Sylvia, pero no imaginó que seguiría en la Torre Blanca.
—Lord Rapek —saludó la princesa, recuperando la compostura—. ¡Pero qué agradable sorpresa! No esperaba verlo aquí.
Rapek enseñó los dientes con una sonrisa.
—Espero no importunarla, Alteza. Dada la situación del exterior, se me ha permitido permanecer en la torre, y lady Sylvia insistió en que no sería un problema que las acompañara en su almuerzo.
—¡Por supuesto que no lo es! —saltó Sylvia, con una voz chillona que retumbó en la terraza—. Para nosotras es un placer tenerte aquí, milord, y la princesa estará encantada, ¿no es así, Ani?
Anika apretó la mandíbula al escucharla, y tuvo la impresión de que Janna, detrás de ella, reaccionaba de forma similar.
—Creo… que no hemos tenido la oportunidad de coincidir adecuadamente hasta ahora, lord Rapek —dijo Anika al final—. Sería un honor que nos acompañara.
Se alivió al verse capaz de conservar sus modales. Ese hombre, al igual que las Adalid, no le daba buena espina, pero aun así parecía una oportunidad para entablar conexiones y establecer una relación apropiada con el heredero de los Craftha. Después de todo, el trabajo de esa casa era fundamental para el sostenimiento de Andross, y no le convendría acabar en malos términos con Rapek.
Anika hizo un gesto con la mano, a lo que Janna respondió con una reverencia para luego adelantarse al lado contrario de la terraza, donde el resto de los sirvientes permanecían de pie. Se quedó con ellos, y Anika invitó a los demás a tomar asiento.
Las hermanas mayores tomaron asiento en silencio. Lady Sylvia, por su lado, sostuvo una sonrisa boba sin soltar el brazo del joven Craftha.
—Dígame, lord Rapek, ¿ha tenido noticias de su padre? —preguntó la princesa—. Disculpe mi rudeza, pero dada su delicada salud, no puedo evitar preocuparme. Especialmente después de tal tormenta.
Rapek sonrió, aunque sus cejas se fruncieron en un extraño gesto.
—Agradezco su consideración, Alteza. Mi padre está bien protegido en nuestros terrenos, así que no debe preocuparse.
—Ya veo —sonrió Anika—. ¿Y sobre su salud…?
—Estable. Como dije, no debería preocuparse demasiado —se apresuró por responder Rapek, sin cambiar su expresión—. Son nuestros campos los que deberían tener su atención. Por lo general contamos con las medidas para proteger las cosechas de la arena, aunque uno nunca puede estar del todo seguro.
Cuatro sirvientes cruzaron la entrada, cada uno cargando una bandeja plateada. Las dejaron con cuidado ante los jóvenes, descubriendo como entrada tiras de bistec blanco, acompañado de raíces rojas y ahumadas.
Las hermanas Adalid sonrieron encantadas. Rapek se vio orgulloso, y no era para menos. Las verduras que Anika (y el resto de la clase alta) podían comer eran cortesía de la casa Craftha.
—¿Qué desearía para beber, Alteza? —preguntó uno de los sirvientes, enseñando dos botellas distintas—. Contamos con infusión de raíz carmesí, o si lo desea podemos ofrecerle este distinguido licuado de frutos blancos.
—¿Infusión? ¿Licuado? —dijo Rapek antes de que Anika pudiera responder—. ¡No nos tomen el pelo! Esta es una ocasión especial, no es una mera junta menor con individuos de poca clase. Tráiganos vino.
Aquel sirviente se quedó mudo, y Anika por poco se levanta de un salto.
—Lord Rapek, no creo que sea apropiado —espetó la princesa—. Como sabe, el vino es un producto muy costoso, el cual está destinado en su gran mayoría a la iglesia. No podemos disponer así como así de él.
—Alteza, no olvide que es mi familia la que facilita los frutos que se fermentan para su elaboración. Lo que no sería apropiado es que se me niegue su consumo. —Rapek levantó los cubiertos y cortó un trozo de bistec, metiéndoselo a la boca antes de terminar de hablar—. Además, como usted dijo, el vino está destinado en mayor parte a la iglesia, no en su totalidad. Creame, no seremos maldecidos por el Nueth por un gusto así.
Le guiñó un ojo, y al cabo de unos segundos Anika suspiró. Le dirigió una mirada rápida al sirviente, y él se alejó con paso apresurado. Al cabo de unos minutos regresó con el rostro sudado, el pelo despeinado, y una botella nueva en las manos.
«Esto no le gustará al sumo pontífice», pensó Anika, aunque no pudo negar que en el fondo deseaba probar el vino.
El resto de la velada fue una prueba de fuego para la paciencia de Anika. Esperaba tener que lidiar con conversaciones banales y superficiales con las hermanas Adalid, pero la sorprendieron yendo mucho más allá. Lady Sylvia no paró de juguetear colgada del brazo de lord Rapek, mientras que lady Syra, creyendo que pasaría desapercibida, se sirvió más vino del que podía costear. Lady Silk, tan solo unos pocos ciclos mayor que Anika, no dejaba de quejarse por la ausencia de su prometido. Se trataba de un joven caballero recientemente integrado a la orden de cazadores cruzados, un hito realmente admirable. Había salido en su primera cacería poco antes de la tormenta, aunque Silk no parecía del todo preocupada por su seguridad.
—Prometió que mataría a un vaip salvaje, incluso más grande que la montura del rey, en mi nombre —exclamó orgullosa—. Solo espero que cumpla, de lo contrario, no podré perdonarle su alargada ausencia.
«Eso si es que regresa, milady».
—Vamos, Silk, ten algo de consideración con el pobre. ¿Y si vuelve herido? O peor, ¿con un brazo menos? —dijo Syra entre hipos, con su cuarta copa en la mano—. Deberás consolarlo de alguna manera.
Silk no respondió. En su lugar, Anika notó por primera vez un atisbo de angustia en sus ojos.
—Mejor deja de beber —intervino Sylvia—. ¡Y no seas pesimista! No olvides que es Runda el que guía esa cacería. Con él es difícil que algo malo pueda pasar.
Anika, tras ver la mirada de Silk, quiso añadir algo, sin embargo, una repentina risa resonó entre las jovencitas. Rapek tenía una sonrisa de oreja a oreja, y se sacudió de tal manera que Sylvia se soltó de su brazo.
Las cuatro voltearon hacia él, e incluso las Adalid no supieron cómo reaccionar.
—¿Runda? —exclamó Rapek—. ¿Runda, el descornado? Oh, lo lamento, lady Silk, pero su adorado prometido no es muy afortunado si está bajo el mando de ese caballero. Tal vez esté siendo digerido por las crías de un draco en este momento.
Silk apretó los labios, y esta vez no se pudo poner en duda su angustia.
—Rapek —murmuró Sylvia, quien también notó la mirada de su hermana—. No tienes que decirlo de esa forma.
—¿Qué? ¿Acaso lo dudas? —espetó Rapek, con los ojos fijos en Silk—. Todas ustedes saben de lo que hablo. Perdone mi franqueza, milady, pero yo no contaría con que ese Runda proteja a alguien. ¡Ni siquiera pudo protegerse a sí mismo el día que perdió uno de sus cuernos! ¿Y aún así se le permitió conservar su puesto? ¡Vaya chiste!
Anika sintió que el rostro se le oscurecía. Mantuvo la mirada de piedra, tal y como había aprendido a hacer a lo largo de los ciclos. Sylvia y Syra enmudecieron, mientras que Silk entrelazaba sus dedos contra su pecho.
—No sigas —dijo en un hilo de voz—. No sigas…
Rapek iba a contestar, pero en ese momento un estruendo desde el exterior les llamó la atención. Anika volteó la mirada, y la expresión de lady Silk recuperó algo de su brillo. El gran campanario, en los lejanos muros de Andross, había sonado, y a diferencia de las pequeñas campanas del día y la noche, este tenía otro significado: el equipo de cacería había regresado.
—¡Ha vuelto! —exclamó Silk—. Por el Nueth, ¡ha vuelto!
—En ese caso podrá comprobarlo por sí misma —dijo Rapek, llevando la copa de vino a sus labios—, pero le advierto que no se haga muchas ilusiones. Tal vez su matrimonio termine incluso antes de haber empezado.
Sylvia le dio un empujón suave a Rapek; incluso ella se estaba hartando de esa actitud. Aun así, el joven lord no le hizo mucho caso.
—Solo recuerde, milady, que si su prometido sufrió algún contratiempo, no debe culparlo —continuó, tomando un largo sorbo—. Es lo que pasa a los desafortunados que caen en las manos del quebrado.
Anika dejó su copa en la mesa con más fuerza de la que esperó, pues los cubiertos dieron un pequeño salto. Aun así, su expresión no cambió.
—Habla con mucha dureza, lord Rapek —dijo la princesa, de forma que todos los ojos voltearon hacia ella—. Demasiada, para ser alguien con los cuernos tan pequeños.
Las hermanas Adalid se quedaron mudas, con los ojos como platos. Janna, al igual que algunos sirvientes, se tuvo que cubrir la boca para suprimir su risa. Rapek, por su parte, puso una cara que Anika jamás le había visto. Fue un retrato caótico entre vergüenza, incredulidad y rabia.
Anika supo que había cruzado una línea, pero no fue capaz de detenerse.
—Incluso mis hermanos, de tan solo catorce ciclos, tienen cuernos más impresionantes que los suyos. Y, por supuesto, tienen modales significativamente más apropiados que los que acaba de mostrar, milord.
«Por el Nueth —pensó Anika, apenas terminó de hablar—. Qué error tan grande acabo de cometer».
Las miradas de las Adalid se enfocaron en la cabeza de Rapek. Sylvia se mordió los labios, Syra soltó una risa seca, y solo Silk fue incapaz de reaccionar. El joven lord, por su parte, se puso de pie y dio un paso hacia Anika; una acción muy audaz incluso para un Craftha.
Se detuvo al instante, pero no porque haya reconsiderado su posición, sino porque una segunda campanada desde el exterior los alcanzó. Anika alzó la mirada, soltando un gimoteo ahogado.
—¿Tormenta? —soltó Rapek—. ¿¡Otra tormenta!?
—¿¡Tan pronto!? —exclamó Silk, con lágrimas asomándose en sus ojos—. Hobb sigue de cacería, ¡no puede quedarse fuera durante una segunda tormenta!
La voz de Silk temblaba, presa del pánico, lo que contagió a sus hermanas. Rapek, por su lado, corrió hasta el borde de la terraza para comprobar la dirección y tamaño de la tormenta.
—¡Milord, aléjese de la terraza, por favor! —ordenó Anika—. ¡La barrera se cerrará pronto! De momento tenemos que permanecer…
Sus palabras se perdieron en el aire. Los movimientos de los demás se congelaron ahí donde estaban. Todas las bocas se cerraron en un instante, y mientras que el silencio se apoderaba de la terraza, un sonido, tan solo uno, se antepuso a todos los demás.
Una tercera campanada.
Anika lo supo mientras que su cuerpo se encogía a causa de su temblor. Los cazadores no habían vuelto. Tampoco había comenzado una segunda tormenta. Era algo más. Algo que no estaba segura si sería peor o no.
«Peregrinos».
Los habitantes del exterior, los peregrinos, se habían presentado en Andross.