Sonó la segunda campana, cuyo tintineo hizo eco entre las ominosas paredes interiores de la capilla. Así fue como Anika supo que era ya mediodía.
«Entonces la ejecución debe haber cesado».
Anika, a comparación de sus hermanos menores, realizaba actividades muy limitadas. Una de ellas era presentarse durante las misas y asistir al sumo pontífice según fuera requerido. Eso no le disgustaba y, de alguna forma, llegó a encontrar cierto encanto en los coros, en el incienso y los sermones. De niña todo eso le parecía sofocante, sin embargo, lo prefería por mucho antes que tener que presenciar una ejecución pública.
En ese sentido, la capilla era un refugio ciertamente acogedor.
Solo imaginar a la muchedumbre clamando por muerte, mientras que alguien despojado de su dignidad era empalado por la gran espada de los verdugos la hizo estremecer. Apretó las manos contra el vestido y volteó hacia la ventana más cercana. La tormenta del exterior cubría todo el paraje, y de no ser por los múltiples candelabros y velas estarían a oscuras. Anika suspiró, preocupada. Las tormentas de arena eran relativamente comunes, y aunque la Torre Blanca estaba preparada no pudo evitar temer por la seguridad de sus hermanos. No quería ni pensar en lo que pasaría si alguno de ellos se quedaba fuera en medio de una tormenta.
—Su alteza —se escuchó por lo bajo la voz de Janna, su doncella.
Anika se giró y Janna, en lugar de devolverle la mirada, señaló con un gesto sutil hacia el altar. Allí se encontraba el sumo pontífice, acompañado de un grupo de jóvenes acólitos. La estaba mirando con cierto reproche, y entonces Anika comprendió que la estaban llamando.
Se sobresaltó avergonzada, y avanzó con paso apresurado entre las butacas. Dio un pequeño tropezón al subir los pequeños escalones, y se ruborizó al notar que tanto los acólitos como los diáconos repartidos por la capilla voltearon a verla. Probablemente Janna se estaría aguantando las ganas de reír.
—¡Estoy aquí! —dijo al encontrarse frente al altar, con la voz más exaltada de lo que pretendió.
Anika se quedó helada en su lugar, mientras que los acólitos fruncían los rostros; algunos incómodos, otros entretenidos. El sumo pontífice, por su parte, la observó unos instantes con el rostro inexpresivo, sin decir nada.
Pese a haber estado a su lado por tanto tiempo, Anika aún se sentía intimidada cuando le dirigía ese tipo de miradas. El alto pontífice era un hombre anciano, probablemente el mayor en todo Andross, y pese a haber vivido por más de cien ciclos, todavía mantenía un porte firme e imponente. Era alto y delgado, pero la larga túnica holgada que vestía, blanca como la arena, le brindaba una presencia que Anika no se podía explicar.
Se quedó estudiando a la muchacha con la mirada, y sin despegar la mirada hizo un gesto con la mano. Al instante los acólitos endurecieron sus rostros y volvieron a sus tareas, al igual que los diáconos y el resto de los sirvientes.
—Mi señora —dijo entonces el sumo pontífice—, si perdió algo, dudo que lo pueda encontrar en medio de una tormenta.
Anika apretó los dientes y bajó la mirada.
—Ahora mismo estamos en medio de los preparativos, pero aun así espero un enfoque total por su parte —continuó el anciano—. Es una ceremonia importante, la de esta noche. Tengo entendido que es consciente de eso, mi señora.
El reproche de sus palabras, vagamente oculto tras su modismo formal, hizo que Anika se encogiera incluso más.
—Mis más sinceras disculpas, santidad. No volverá a ocurrir.
El sumo pontífice se mantuvo en su lugar. Un gruñido gutural se le escapó, lo que tranquilizó a la muchacha. Con el tiempo había aprendido a interpretar esos sonidos como una suerte de aprobación.
—El eclipse y el Nueth demandan la tierra, y por ello nuestra labor en este suelo sagrado requiere perfección. Usted, mi señora, como parte del linaje real cumple un rol fundamental e indispensable. —El sumo pontífice dio unos pasos al lado, invitándola a pararse junto a él—. Su posición en nuestro clero requiere que mantenga su enfoque, mi señora.
Anika tragó saliva y se posicionó junto al anciano. Logró calmar su respiración para adoptar una postura más firme, propia de una dama en su posición. Ese andar provocó otro gruñido por parte del alto pontífice.
Cuando se detuvo ante el altar tuvo un vistazo amplio del interior de la capilla. Era un espacio amplio, dividido en dos hileras de butacas rígidas. Cada una estaba fijada al suelo, confeccionada con el mismo material corroído que formaba a la Torre Blanca. Eso les otorgaba una apariencia sombría y única; ninguna butaca era igual a otra.
Una alfombra rojiza bajo sus pies caía sobre los escalones, extendiéndose por el pasillo nacido entre ambas hileras. Al final de la misma, junto a la puerta, se encontraban un par de diáconos, los cuales también estarían allí durante la ceremonia. Su labor era bendecir a cada individuo antes de permitirle entrar. Solo así se podía pisar un espacio sagrado.
—¿Ensayó su canto, mi señora? —preguntó el sumo pontífice.
«Es lo único que hago».
—Sí, santidad —respondió en cambio.
El sumo pontífice no dijo más. Señaló con la mirada hacia las butacas, y Anika respiró hondo antes de cantar. Entonó una melodía antigua, una canción que los antiguos eruditos compusieron en tiempos remotos, cuando el eclipse aún no había oscurecido al mundo. No había una lírica en ese coro, ni tampoco nociones de alguna devoción nacida desde la esperanza. Solo miedo, y una fe enfocada en que ese canto lúgubre mantuviera alejado al mal encarnado, cuyo nombre era la única palabra reconocible en esa canción:
Nueth.
Al acabar, Anika sintió que le faltaba el aire. No por el canto en sí, sino por lo que el mismo le producía. Incluso sin lírica, casi podía sentir lo que los eruditos de antaño tanto temían.
Su canto produjo un eco alargado en la capilla, y cuando todo se sumió en silencio, Anika bajó la mirada hacia el altar. Allí había un cáliz dorado que, de momento, estaba vacío.
—Impecable, mi señora —dijo de pronto el sumo pontífice—. Aunque a la mitad su voz pareció desentonar. ¿Un problema del que deba saber?
—Nada más cuido mi voz, santidad —respondió Anika—. La perfección en el canto es fundamental, y no me gustaría arriesgarme a forzarme antes de la ceremonia.
No era una mentira, o al menos no del todo. Realmente Anika no disfrutaba esa tarea, pues siempre se sentía abrumada ante la angustia que esa canción cargaba. Al menos la «perfección» que el sumo pontífice tanto demandaba servía como la excusa perfecta para no empeñarse tanto. Supo que el anciano aprobaba su juicio al escucharlo gruñir una vez más.
Lo siguiente fue sencillo. Anika nada más tuvo que bajar la mirada y alejarse del altar. Con el canto de apertura entonado y las respectivas bendiciones dadas, su papel había terminado; solo restaba dirigirse a las grandes butacas, al frente de todas las demás. Ese era el puesto que le correspondía a la familia real, y dónde más quería estar.
Siempre se animaba cuando podía estar junto a sus hermanos.

Anika fue liberada poco después, y junto a Janna bajó las escaleras para salir de la primera torreta (aquella donde se hallaba la capilla). Ambas mantuvieron un ritmo pausado al caminar, pero en cuanto las puertas se cerraron a sus espaldas y salieron de la vista del sumo pontífice, relajaron sus posturas.
—Su actuación fue espléndida como siempre, alteza—dijo Janna, sonriendo.
—Por el Nueth —soltó Anika en un suspiro—. Sabes que no tienes que llamarme así cuando estamos solas. Además, no fue la gran cosa… no mentía cuando dije que no quería forzarme demasiado antes de esta noche.
Janna asintió en silencio.
Anika había cantado frente a la corte y los sacerdotes desde que tenía uso de razón, sin embargo, siempre se sentía igual de nerviosa en los momentos previos a la ceremonía. Aunque era la estimada princesa Anika Lokthri, cuya voz era elogiada en cada rincón de Andross, sentía que la presión de tantas personas importantes observándola la abrumaba. Incluso los altos mandos de la iglesia consideraban su talento como una bendición, y por eso se le otorgaba el honor de bendecir la apertura de las ceremonias con su canto.
Aún con todo ese respaldo, tanto el sumo pontífice como su padre demandaban perfección, y esa presión a veces resultaba difícil de llevar.
—Quisiera tomar aire —dijo Anika tras detenerse junto a un pilar. Subieron hasta las plantas superiores de la Torre Blanca, donde había menos presencia y actividad de los sirvientes. Era ideal para alejarse de las responsabilidades y tener un momento de privacidad, aunque fuera corto.
—La tormenta aún no ha terminado —señaló Janna, mirando a través de un hueco sellado en la pared.
Anika apretó los labios, pensativa. Al igual que muchos, detestaba las tormentas de arena, y esa estaba resultando ser particularmente larga.
—Entonces supongo que la terraza estará bien. De todas formas debo matar el tiempo hasta la noche.
—¿No preferiría volver a su habitación, alteza? —preguntó Janna, a lo que Anika respondió frunciendo el ceño—. ¿No preferirías volver a tu habitación, Anika?
La princesa sonrió.
—¿Y estar encerrada ahí hasta que la siguiente campana suene? ¡No, gracias! Vamos, al menos en la terraza tendremos más espacio para respirar sin asfixiarnos.
El ánimo en sus palabras contagió a la doncella, quien sonrió de la misma manera. Anika entonces la tomó de las manos para guiarla a través de los ensombrecidos pasillos, únicamente iluminados por los candelabros que reposaban en las hendiduras de las paredes.
Janna se mostró algo tensa, pues no era apropiado que alguien de su posición mantuviera ese tipo de contacto tan cercano con la princesa. Podía ser su doncella, pero aun así notaba las miradas acusatorias de los señores de la Torre Blanca cuando se tomaba libertades así; incluso otros sirvientes la veían con malos ojos cuando Anika le hablaba como a una igual.
Eso a la princesa no le acomplejaba. Podía leer los temores de Janna y aprendió a controlarse por su bien, sin embargo, allí eso no importaba mucho. El evento de la mañana había vaciado las plantas superiores, por lo que nadie podría verlas. Con eso en mente, Anika jaló de su doncella para que aceleraran el paso, teniendo como testigos solamente a las velas tintineantes y los cuadros de pintorescas figuras que adornaban el pasillo.
Janna quiso relajarse, pero sintió que incluso los rostros en las pinturas de los antiguos lores y reyes la observaban con reproche en sus ojos.

El pasillo, las velas y los cuadros pronto se quedaron atrás, y un pronunciado arco les dio paso hasta la terraza. Pese a contar con las barreras activas (evitando que la arena entrara a la terraza) la amplitud del espacio sin duda fue refrescante. Anika dejó de sentirse encerrada apenas puso un pie allí, e inhaló hondo mientras que tiró de Janna para invitarla a seguirla, no obstante, la doncella opuso resistencia. Eso extrañó a la princesa, y cuando volteó hacia ella notó una expresión que le puso los pelos de punta. Janna tenía los ojos abiertos como platos y los labios temblorosos, con la vista fija en un punto concreto de la terraza. Anika miró en la misma dirección. Fue entonces cuando lo vio, y todas sus dudas fueron resueltas.
En el fondo de la terraza, casi completamente a oscuras, una figura se encontraba de pie ante una de las barreras. Estaba tan quieto y callado que Anika no lo notó hasta ese momento.
«Ay, no —pensó Anika—, nuestro padre debe haberlo regañado de nuevo».
No era la primera vez que Muzlim buscaba refugio en los niveles superiores, donde nadie pudiera encontrarlo, y tampoco era la primera vez que Janna se congelaba al tenerlo cerca. Pese a que Muzlim no solía ser abiertamente amable con los sirvientes, tampoco era desalmado. Sin embargo, siempre pareció sentir cierto recelo hacia Janna, uno muy sutil, pero que no pasaba desapercibido.
—Espera aquí —dijo Anika, con suavidad en su voz—. Iré a hablar con mi hermano.
—Puedo retirarme…
—No quiero que te vayas —cortó la princesa, apresurada—. Solo dame un minuto, ¿sí?
Janna dudó, incómoda. Para Anika fue evidente que no quería estar cerca del príncipe menor, pero aunque su rostro gritaba que quería correr, acabó por asentir en silencio.
Anika le sonrió, y en el fondo se odió por hacer sentir así a su amiga. Quería pasar el rato con ella, por lo que pudo simplemente darse la vuelta e irse… Sin embargo, conocía lo suficientemente bien a Muzlim como para saber que algo no andaba bien.
No podía simplemente ignorarlo.
Se acercó con paso agraciado, y un gesto de Muzlim le hizo saber que notó su presencia. Aun así, el príncipe mantuvo la vista al frente, inclinándose para apoyar los brazos en el borde de la terraza.
—¿No saludas? —dijo Anika al detenerse junto a él—. Tus modales siguen dejando mucho que desear, hermanito. Hacerte el misterioso no es lo tuyo.
Muzlim no respondió a la broma. En su lugar, giró la cabeza incluso más, casi dándole la espalda. Dio la impresión de que quiso decir algo, pero en su lugar solo soltó un sollozo ahogado. Ese comportamiento era familiar para Anika, y si Muzlim había estado llorando, eso explicaba que no quisiera mirarla.
—¿Vas a dejar que yo sea la única que hable? —continuó Anika—. Sabes que hoy se celebrará una misa, por lo que debo cuidar mi voz. ¿Qué harás si no puedo cantar debido a que mi hermanito no me responde?
—Entonces no hables.
—¡Ah! ¿Ves que sí puedes responder? ¡Vamos, no seas tan distante!
Anika imitó la postura de Muzlim, acercándose en un intento por presionarlo. El príncipe no se inmutó, por lo que se acercó un poco más, haciendo chocar sus hombros. Se recargó poco a poco sobre él, y amplió su sonrisa a medida que Muzlim se tensaba para poner resistencia.
No tardó mucho en empujar de vuelta, recuperando su equilibrio y, finalmente, volteó hacia su hermana.
—¡De acuerdo, de acuerdo! —exclamó, intentando parecer molesto—. ¿Qué es lo que quieres?
Anika rio. Le resultaba adorable cuando Muzlim forzaba su voz para mostrarse más intimidante de lo que realmente era.
—¿Otra vez te regañaron, Muz?
Muzlim quiso responder, pero al instante apretó los labios y bajó la mirada. Se quedó así por un momento, por lo que Anika creyó que no respondería; no obstante, la sorprendió con una voz mucho más suave, casi como un susurro.
—Me hizo callar —dijo el príncipe, apretando los puños contra la viga—. Lyu estaba en un lío y quise apoyarlo, pero me hizo callar… y me echó sin siquiera mirarme.
Anika suspiró. No era la primera vez que algo así sucedía, y sucesos así tendían a ser el principal motivo del mal humor de Muzlim.
—Oh, hermanito, lo estás tomando demasiado personal. Lyu fue el que se metió en un lío, padre se molestó con él. Es lógico, y tú estabas en medio, así que la tomaron contigo…
—¡Siempre hace lo mismo! —interrumpió Muzlim, aún sin levantar la mirada—. Soy responsable, cumplo mis tareas al pie de la letra, tengo buenos resultados en mis lecciones y siempre estoy presente cuando se me requiere… y aun así… Su majestad me trata con tal desprecio… es tan injusto… ¿Tan difícil es siquiera mirarme a la cara?
Su voz comenzó a quebrarse, por lo que Anika comprendió cuán afectado realmente estaba.
—Hey, tranquilo. Sé que te frustra, pero sigues siendo un príncipe de Andross, y adorado miembro de nuestra familia. Nuestro padre es duro, sí, pero lo es con todos nosotros. No te desprecia, ¿por qué lo haría?
—Porque soy diferente. —Muzlim levantó por fin la mirada, enseñando una expresión consternada por la angustia—. Diferente a él, a Lyu, y a ti. Siempre he notado cómo me mira, y la forma en cómo me trata pese a todo lo que hago.
Su voz se ahogó, y las palabras pasaron a ser un mero gimoteo. Muzlim apretó los dientes y se aferró a la viga. Anika vio que sus ojos se habían humedecido.
El príncipe ya no tuvo las fuerzas para hablar, e incluso él se vio sorprendido por su repentina honestidad. Muzlim no solía ser así, o al menos no con otras personas, ni siquiera con Lyubik.
Con Anika siempre había sido diferente.
Ella entonces extendió las manos hacia las mejillas de Muzlim, obligándolo a verla a los ojos. Él no puso mucha resistencia, aunque se vio sorprendido por ello.
—Escúchame bien: tendrás diferencias físicas visibles con nosotros, pero eso es irrelevante —dijo ella, con una seriedad que rememoró a su padre—. Siempre cumples con tu labor de forma impecable; tú mismo lo dijiste y tienes razón. No me importa lo que otros puedan decir, en lo que a mí concierne, tú, Muzlim Lokthri, eres el más digno de nosotros en llevar nuestro apellido. ¿Quedó claro?
Muzlim observó a su hermana con la boca entreabierta. No fue capaz de responder, y simplemente pudo balbucear a la vez que asentía lentamente.
Anika entonces le sonrió.
—¡Muy bien! ¡Así me gusta!
Aquel cambio de semblante sobresaltó a Muzlim, pero antes de que pudiera decir algo Anika tiró de él para acercarlo, depositando un suave beso en su frente.
—Anímate, hermanito —dijo ella—. Recuerda la ceremonia de esta noche. Todos estaremos allí, incluyendo a nuestro padre. ¡Muestra tu postura más digna, y que vea que sus palabras no pueden derrumbarte!
—S-sí.
Anika le guiñó un ojo, soltándolo y alejándose de la viga. Finalmente consideró que Muzlim necesitaba ese espacio más que ella, por lo que le dejaría disfrutar de su privacidad un poco más.
Se despidió y volvió con Janna. La doncella seguía nerviosa, aunque se tranquilizó al comprender que se irían de allí.
Anika le sujetó de la mano para guiarla al exterior, volteando una última vez para despedirse de su hermano. Janna, inconscientemente, también volteó. La doncella se estremeció profundamente al tener la impresión de que, desde aquel rincón oscuro, Muzlim la estaba mirando fijamente.