La caminata hasta los niveles superiores de la Torre Blanca siempre era agotadora.
Lyubik y Muzlim habían atravesado esa escalonada un sinfín de veces, pero aun así dudaban que llegara el día en que pudieran acostumbrarse.
—¿Quieres descansar? —dijo Muzlim cuando escuchó el primer jadeo.
Lyubik no respondió, pero su hermano pudo ver la frustración en su mirada. Incluso el siempre sereno príncipe mayor tenía su orgullo.
—¿Qué le dirás a nuestro padre? —insistió Muzlim, y aunque la expresión de Lyubik se suavizó levemente, continuó sin responder—. Sabes que debe estar muy molesto, ¿verdad?
Por una parte lo compadeció, pero por otro lado, deseó que la reprimenda que lo esperaba hiciera que dejara de descuidar sus responsabilidades.
El silencio de su hermano llevó a Muzlim a centrar su atención en la caminata. La escalonada que ascendía en espiral, pegada a las paredes de la Torre Blanca parecían no encontrar final; eran frías, blancas como el resto de la estructura, y la corrosión de los ciclos otorgaba una apariencia tan grotesca que llenó la infancia de Muzlim de pesadillas. Prácticamente toda la torre era así, tanto en el interior como en el exterior. No podía ponerlo en palabras, pero su hogar parecía siempre susurrar terrores que no comprendía, y las propias estatuas que decoraban los pasajes no hacían más que alimentar ese temor. Un miedo infantil e ilógico, pensaba Muzlim, pero más de una vez volteó exaltado ante la idea de que alguien lo llamaba desde las sombras.
En ese momento tuvo dicha sensación, pero lo pudo ignorar cuando Lyubik habló.
—Ya debemos haber pasado la segunda torreta —dijo, con sus pasos haciendo eco entre las grotescas paredes—. ¿Padre estará en sus aposentos?
—No ha pasado mucho desde la ejecución, apenas volvimos fui a buscarte. Probablemente se encuentre terminando la reunión con la corte. ¿Deberíamos verlo ahí?
Lyubik se lo pensó por un momento.
—Iré a sus aposentos y lo esperaré allí. Las reuniones últimamente implican temas de vital importancia, y este… asunto menor estaría fuera de lugar. Mejor será discutirlo en privado.
«Mientes —pensó Muzlim—, solo te asusta enfrentar al resto de la corte».
Esa timidez siempre extrañó a Muzlim, puesto que Lyubik era el príncipe mayor, aquel que cargaba con el manto de la herencia.
Continuaron ascendiendo, pasando de largo la vigésima quinta planta, con el objetivo de alcanzar la trigésima y última planta: los aposentos del rey Murok.
Allí fue donde los príncipes acabaron, en la cima de la Torre Blanca, donde las grandes escaleras espirales conectaban y encontraban su final. Aquella planta era de las pocas que en la actualidad estaba bien cuidada, con el suelo nivelado y pulido, a diferencia de la roca corroída que formaba al resto de la torre. Una gran puerta doble de tonalidad oscura, el doble de alta que Muzlim y lo suficientemente ancha como para albergar a cuatro adultos, se impuso ante ellos. Los grandes pomos circulares colgaban inertes, a la espera de ser manipulados para entrar; Lyubik se tomó un momento, y Muzlim supuso que su hermano por fin se dio cuenta del lío en el que se metió.
—Lyubik…
—¡Lo sé! ¡No hables!
Lyubik no fue capaz de contener sus nervios, pues apoyó ambas manos contra la puerta para abrirla de un empujón. Muzlim resopló al verlo, pues parecía que su hermano olvidó que los aposentos del rey estaban cerrados bajo llave durante su ausencia. Alta fue la sorpresa de ambos cuando las bisagras rechinaron en un eco agudo, a medida que la gran puerta deslizaba con suavidad, abriéndose de par en par.
Lo primero que vieron fue a los faroles encendidos.
La habitación era amplia, adornada con múltiples alfombras y pellejos de vaips salvajes colgados en las paredes, todos ellos ejecutados por la mano del rey Murok. Los príncipes, al mirarlas, a veces llegaban a sentir que el dolor de esas bestias seguía grabado en sus rostros. La cama cubierta con sábanas de terciopelo parecía ser lo único que brillaba ante la luz de los faroles, y en el extremo opuesto a la misma estaba él, de pie frente a una de las grietas de la torre, con la mirada fija hacia el exterior. Con la postura recta y las manos cruzadas tras su espalda, el rey Murok no pareció reaccionar ante la llegada abrupta de sus hijos.
Estaba solo. No había sirvientes, ni siquiera el mayordomo o alguno de los consejeros. Los príncipes permanecieron clavados en sus lugares, incrédulos al ver que su padre, contrario a lo que creyeron, ya los estaba esperando.
Lyubik no dijo nada, y Muzlim tragó saliva, sintiéndose de pronto nervioso, como si fuera él quien debía dar explicaciones.
—La tormenta continúa —dijo el rey—, y parece que será larga.
Ninguno de los dos jóvenes supo qué responder.
—Es curioso, ¿no lo creen? Estuvimos fuera un período extenso, y la tormenta no comenzó sino hasta que la ejecución terminó y volvimos a la torre —continuó el rey. Su voz firme, autoritaria—. Sí, todos volvimos a la torre a tiempo, como si una fuerza superior velara por nosotros. Por todos nosotros, excepto por ti, Lyubik.
Fue entonces cuando Murok volteó.
La atención se dirigió a sus ojos, cuyo color celeste brilló con una intensidad mayor a la de los faroles. Esta vez fue Lyubik el que tragó saliva, y tras soltar un profundo suspiro dio un paso al frente. Muzlim, detrás de él, cerró la puerta y se mantuvo allí, en silencio.
—¿Puedo saber por qué? —preguntó el rey, sin despegar la mirada.
—Porque… yo no tenía que ser protegido.
—¿Por qué?
—Porque no asistí a la ejecución. Me quedé en la Torre Blanca.
—Y dejaste vacío el puesto que te corresponde a mi lado —interrumpió Murok—. Llegué a pensar que algo pudo haberte sucedido, pero aquí estás, de pie en mis aposentos, en perfecta condición y entrando sin pedir permiso.
—Lo lamento, padre… Majestad.
El rey mantuvo la mirada fija en Lyubik, esta vez sin decir nada, y el príncipe no fue capaz de sostener la mirada. Bajó la cabeza, mucho más tenso que antes. Muzlim se compadeció al verlo, pese a haber deseado que afrontara un regaño severo.
Sin pensarlo mucho, Muzlim se adelantó.
—Majestad, si me permite hablar…
—Silencio —Murok lo interrumpió en seco, y las palabras se estancaron en su garganta—. No tienes permitido hablar, ni tampoco tienes permitido estar aquí. Fue tu hermano el que faltó. Ahora mismo no tienes cabida en este lugar, Muzlim.
El príncipe menor se quedó clavado en su lugar. Incluso Lyubik alzó la cabeza, incrédulo.
Ante el silencio de ambos, Murok volvió a hablar:
—¿No fui lo suficientemente claro? Vete. Ahora.
Los ojos de Muzlim se abrieron a tal punto que Lyubik creyó que se saldrían de sus cuencas. Esta vez fue él quien bajó la cabeza, y aunque por un momento pareció querer protestar, se tragó su orgullo y dio media vuelta. El príncipe menor arrastró los pies hasta la salida. La puerta rechinó nuevamente, y se cerró en un golpe seco, el cual se perdió en el eco de las paredes.
Así, Lyubik y el rey Murok se quedaron solos, y el silenció volvió a reinar en la habitación.
Pasaron unos instantes de silencio antes de que el príncipe pudiera alzar la voz:
—Majestad, yo… reconozco mi falta el día de hoy. Soy consciente del lugar que me corresponde a su lado como alto príncipe de Andross, pero… —Lyubik se tomó una pausa, rodando sus ojos hacia la pared, buscando una salida. Aunque llegó allí confiado y con la intención de ser honesto, en ese momento se arrepintió de su propia arrogancia—. No quise ir. No quise presenciar una ejecución, no de nuevo. Lo lamento, Majestad. Si esperaba alguna otra respuesta yo… no la tengo.
El rey alzó una ceja y estudió a su hijo en silencio.
—No quisiste ir —repitió Murok, desviando la mirada hacia el exterior—. No sabía que simpatizabas con el traidor.
El ejecutado, Maron, dejó de lado sus deberes e intentó huir, y eso fue todo lo que se requirió para ser denigrado al mismo nivel de asesinos y violadores. Ya ni siquiera su nombre era pronunciado. La deserción era un crimen imperdonable; eso dictaminaba tanto la ley como la moral de la armada, sin embargo, Lyubik no consideraba que justificara el castigo aplicado.
—Acércate, Lyubik.
Una orden sencilla y directa, la cual estremeció al joven. Se mordió los labios y obedeció, posicionándose al lado de su padre. Murok mantuvo la vista en el exterior, con una firmeza tal que casi parecía que podía ver lo que había más allá de la tormenta.
—Levanta la mirada, Lyubik. Dime, ¿qué es lo que ves?
Obedeció, aunque no pudo ocultar su confusión. Llegó a entrecerrar los ojos, forzando su vista por si alcanzaba a ver algo oculto tras la arena. Al cabo de unos segundos sintió la mirada de su padre, y acabó bufando con resignación.
—No veo nada. Con una tormenta así, mire a dónde mire solo hay arena y más arena.
—Exacto —esa respuesta confundió aún más a Lyubik—. Nos vemos sometidos por la arena que domina nuestro mundo. Olvídate de nuestra ciudad, ni siquiera el exterior de nuestro hogar es seguro, y solo podemos relajarnos aquí gracias a la protección que envuelve a la Torre Blanca.
Lyubik ya sabía todo eso. También sabía que las arenas de por sí no eran peligrosas, pero que criaturas como los vaips o los dracos salvajes las aprovechaban para moverse con libertad, y que las tormentas podían ser tan densas que hasta el más experimentado podría perderse, corriendo el riesgo de ser atacado por una bestia o acabar siendo sepultado por la arena.
Si uno se quedaba fuera durante una tormenta podía darse por muerto.
—Sin embargo, no podemos permitir que nuestra gente lo crea así —continuó diciendo Murok—. Quienes dominan este mundo somos nosotros, los knu, y no las bestias del exterior o las tormentas. No se puede permitir que se nos rebaje, o que nuestros propios soldados cedan ante nuestros enemigos. Debemos demostrar poder y firmeza si queremos mantener a nuestras tierras seguras, libres del miedo de ser consumidos. ¿Entiendes entonces por qué el traidor fue castigado?
—Porque si no podemos controlar a nuestra propia armada, no podemos esperar que se confíe en nuestra fuerza. —Lyubik ya tenía esa respuesta ensayada—. No solo es una muestra de poder, también es una advertencia para quienes tengan ideas como esas.
Para Lyubik, aquello era irracional. No podía entender cómo asesinar a sus propios subordinados de manera pública podría fortalecer la lealtad hacia la realeza; él siempre creyó que eso debilitaría las relaciones con el pueblo y las casas nobles, no obstante, el tiempo llegó a demostrarle lo contrario. Él mismo había visto cómo la gente celebraba las ejecuciones, e incluso las familias de los acusados llegaban a maldecir sus nombres.
—Así es —asintió el rey—. Vivimos tiempos difíciles, hijo mío. Las tormentas son cada vez más frecuentes y duraderas, las tribus exteriores ganan territorio y nuestras tierras se reducen ciclo tras ciclo. Mostrar debilidad es un lujo que no nos podemos permitir. También es por eso que tú, príncipe de Andross, no puedes faltar a tus deberes, ni mucho menos dejar vacío el puesto que te corresponde a mi lado.
—Lo entiendo —respondió Lyubik, con la mandíbula apretada—, pero no por eso lo acepto.
Incluso él se sorprendió por sus propias palabras. Siempre asentía y aceptaba los discursos de su padre, por muy en desacuerdo que pudiera estar, pero esta vez… algo fue diferente. Su corazón latía con fuerza, mientras que una extraña ansiedad estremecía su cuerpo.
Frustración.
Se quedó inmóvil, esperando una reprensión que nunca llegó. En su lugar, Murok, igual de extrañado, hizo un gesto sutil con los ojos, permitiéndole continuar.
—Mire, Majestad —dijo finalmente Lyubik, tras pensárselo un momento—, mire al exterior. Las tormentas son cada vez peores, usted mismo lo dijo. Los vaips dominan las tierras del exterior, mientras que las colmenas de dracos se extienden por los cielos. Si no contamos a las tribus salvajes o los peregrinos, casi podemos asegurar que somos el último gran reino restante en… el mundo.
Murok asintió lentamente mientras que se llevaba la mano a la barbilla. Lyubik se tomó una pausa para centrarse en los granos de arena que chocaban contra la barrera traslúcida, y sintió un escalofrío solo de imaginarse a sí mismo en medio de esa tormenta.
—Los tiempos de prosperidad son lejanos, tanto que casi no existen escritos de ese entonces. Nuestra tierra es infértil, nuestro cielo es negro, y las condiciones son cada vez más hotiles, como si el propio mundo nos intentara decir que no tenemos permitido vivir.
—¿A qué quieres llegar?
—A que tal vez el mundo tiene razón —respondió Lyubik con renovada seguridad—. Es por eso que no considero sensato aislarnos tras los muros de Andross, mientras que las bestias ganan territorio y la arena nos consume. Hemos aguantado así por cientos de ciclos, pero lo único que hacemos es posponer nuestra propia extinción. Yo… no quiero que las últimas generaciones de nuestra gente pasen sus días restantes en decadencia, viendo cómo poco a poco nos vamos reduciendo, esperando nuestro final.
—Tus palabras cargan sensatez —dijo Murok, intrigado—. Tus ideas parecen claras, y pese a comprender nuestro pasado y posible futuro, no noto esa resignación que dices que padecemos. Eso me hace querer preguntar ¿tienes algo que proponer?
Lyubik asintió, mirando a su padre con decisión.
—Irnos de este lugar —declaró, y por primera vez el rey se mostró sorprendido—. Estamos en un pequeño punto que cada vez se achica más, y por mucho que el mundo no nos quiera vivos, me niego a aceptarlo. Si no podemos vivir aquí, entonces debemos irnos.
—Irnos —repitió Murok, como si esa palabra le fuera extraña.
Era sencillo decirlo; una idea que incluso podía llegar a sonar impulsiva e incoherente. No obstante, Lyubik ya había pensado en eso, y por la mirada que le puso su padre, supo que él también.
—El otro mundo, ¿no? —dijo finalmente Murok.
Lyubik asintió.
—No es imposible, ni tampoco descabellado —Lyubik de pronto pareció entusiasmado, y tuvo que aclarar su garganta para regularse—. Las dos expediciones pasadas nos demuestran que es posible para nosotros habitar esas tierras, y creo que la tercera puede ser la clave de nuestra supervivencia. Sé que se están haciendo los preparativos y estudios para estabilizar la entrada —Lyubik tomó aire, sabiendo que ya no podía seguir callado—. Majestad, quiero participar en la expedición. Quiero ver al otro mundo, estudiar sus condiciones, su fauna, su geografía, ¡quiero saberlo todo! Así espero que podamos sentar las bases para preparar una migración completa y construir un nuevo reino.
—¿Y abandonar el que ya tenemos?
—No lo abandonaríamos… o tal vez sí. No quiero olvidar nuestras raíces, solamente quiero avanzar por el bien de nuestra gente. Por el bien de Andross.
Murok despegó los dedos de su barbilla y volteó hacia su hijo. Lo observó desde la altura con sus ojos fríos, aquellos que ni él ni Muzlim lograban descifrar.
La presión de su mirada fue casi insostenible, pero Lyubik hizo lo que pudo por mantenerse firme. No podía mostrar duda, no en ese momento. Tal vez no podía decir lo que su padre pensaba con precisión, pero sí sabía que si desviaba la mirada aunque fuera por un instante, todo su discurso habría sido en vano.
—Así que migrar. ¿Llegaste a esa conclusión por tu cuenta? —susurró Murok, rompiendo el silencio.
Fue en ese momento que Lyubik se permitió volver a respirar.
Asintió, con miedo de que sus palabras se ahogaran en su garganta.
«Sabe que estoy dudando —pensó el príncipe, con dolor en el pecho—. Lo sabe… pero no puedo flaquear… Aguanta Lyu, aguanta».
Al final fue Murok quien, junto con un suspiro, despegó la mirada.
—Dices que quieres lo mejor para el futuro de nuestra gente, ¿pero es eso lo que realmente guía tus palabras?
Lyubik no estuvo seguro de comprender la pregunta.
—Por supuesto —dijo, aún confundido—. Es lo único en lo que pienso.
—Bien, así es como debe ser —respondió el rey, aparentemente complacido—. Como próximo regente de Andross, debes saber que todas tus acciones deben ser para con tu gente, por muy duro que pueda llegar a ser. Tu idea no es del todo descabellada, Lyubik; es más, ese es precisamente el motivo por el que la viabilidad de una nueva expedición se está investigando.
«Lo suponía».
Lyubik había leído bastante de las expediciones, y también lo escuchó por parte del propio Koma, el erudito a cargo del proyecto. En un principio, las expediciones tuvieron como objetivo el estudio del otro mundo, con tal de volverlo una tierra de reserva de bienes que transportar a Andross. Con el tiempo esa idea evolucionó, y no fue difícil para Lyubik comprender que la posibilidad de migrar al otro mundo ya estaba siendo considerada.
—Sin embargo, ya comprenderás que no es tan sencillo —continuó el rey—. Se requieren ciclos de planeación y estudio, pues todavía sabemos muy poco. Su geografía y fauna ha cambiado mucho entre la primera y segunda expedición, por lo que es difícil saber qué nos esperará en la tercera.
—Lo entiendo, y estoy preparado.
—No, no lo estás —cortó Murok, tajante—. Eres un niño que sueña demasiado, y te refugias en una tierra lejana antes que dedicarte a conocer tu propio mundo. Lo de hoy es una cosa, pero tu rendimiento en tus lecciones, en tu formación, y tu propia presencia en los eventos que requieren tu atención es decepcionante. Has demostrado incompetencia en todo lo anterior de una forma… curiosa.
—Majestad, yo…
—Faltas deliberadamente, sueltas tus armas ante la mínima dificultad, y fallas en responder durante tus lecciones, aunque se me ha dicho que lo haces de forma mecánica, casi como si fuera… ensayado —Murok observó a su hijo, y por fin pudo ver cómo su firmeza se quebraba y desviaba la mirada—. Casi como si lo hicieras mal… a propósito.
Lyubik tragó saliva, y pudo sentir una gota de sudor cruzando su mejilla.
—¿Por qué, Lyubik? —preguntó el rey—. ¿Por qué te empeñas tanto en parecer incopetente, cuando luego te presentas ante mí con tanta ambición y fundamentos tras tus palabras? —Murok dio un paso al frente para aumentar su presión, y Lyubik respondió retrocediendo—. Eres el Alto Príncipe de Andross, y yo soy la única persona en todo este mundo que está por encima de ti. Tienes una responsabilidad muy grande, una que ninguno de tus hermanos llegará a comprender o compartir. Y no eres tonto, Lyubik, lo demuestras con cada una de tus palabras; sabes muy bien todo lo que depende de ti. No eres cualquier knu. Eres mi heredero.
Lyubik no se atrevió a alzar la mirada. Su fachada estaba completamente rota.
—Tal vez… —comenzó a decir el príncipe con la voz debilitada—. Tal vez espera mucho de mí, Majestad. Tal vez no soy el más apropiado para heredar su puesto, como usted cree.
Se arrepintió inmediatamente de decir esas palabras, pues supo que era lo que el rey necesitaba para terminar de comprender sus intenciones.
Una vez más, Lyubik se sintió comprimido por el peso de la mirada juzgadora de su padre. Sintió un frío estremecedor, y ya no pudo ser capaz de controlar su temblor.
—Hay fuerzas misteriosas actuando en nuestro mundo, Lyubik —dijo Murok—. Fuerzas que dictan el curso de las cosas, que nos han llevado hasta aquí, y que nos guiarán hasta un nuevo futuro. El destino. Fue el destino el que llevó a nuestro linaje a derrocar la tiranía del rey Drurek III. Fue el destino el que llevó a mi padre a la corona, el que me llevó a mí a la corona, y el que, en un futuro, te llevará a ti a la corona. No es lo que quieres o lo que crees, sino lo que debes hacer. El destino quiso que tú nacieras primero, Lyubik, y mientras no aceptes tu responsabilidad, no te consideraré preparado.
Lyubik reconoció su tono. Seco. Tajante. Sin lugar a discusiones. Murok no esperaba que Lyubik lo entendiera; exigía que lo aceptara.
—Muéstrame resultados, Lyubik —terminó de decir el rey, volteando una última vez hacia la grita que daba al exterior—. Hazlo y tu palabra, así como tus deseos, llegarán a ser tomados en consideración.
Esa era su condición. Su condena si es que quería llevar a cabo su plan, o siquiera ser parte del mismo.
Lyubik quiso protestar, dar a conocer sus sentimientos con la esperanza de que su padre pudiera comprenderlo, sin embargo, sabía que eso era imposible.
Esa era su maldición por haber sido el primero en nacer.
—Sí, Majestad.
Lyubik se retiró con la cabeza baja, y cerró la puerta tras de sí sin decir más. Creyó que podría llegar a un acuerdo con su padre, después de todo, él lo escuchó atentamente e incluso pareció estar de acuerdo en ciertos momentos. Tuvo esperanza, pero de cierta forma, todo transcurrió según lo esperable.
Era similar al asunto con Maron, el desertor ejecutado.
Lealtad o traición.
Primer príncipe o segundo príncipe.
Blanco o negro.
Lyubik ya lo sabía. En un mundo así, regido por las arenas blancas y el cielo negro, no había lugar para los matices.