Explorar novelas

Tres meses de silencio y fuerza

LO QUE EL ALMA NO OLVIDA · por Jennifer G · 25 de julio de 2026

Capítulo 30: 

 

Han pasado tres meses. Tres meses que parecen una vida entera encerrada entre estas cuatro paredes, lejos de todo lo que conocí, lejos de todos los que me aman. Me miro en el espejo rajado que hay en la habitación y apenas me reconozco: mi cara ha cambiado, se ha llenado de una palidez que no se quita, pero lo que más llama la atención es mi vientre, que empieza a redondearse suavemente, marcando con suavidad la vida que crece en mí a pesar de todo el horror que nos rodea. Paso las horas acariciándolo, hablándole bajito, prometiéndole que no le pasará nada, que mamá lo protegerá cueste lo que cueste. Es mi único refugio, mi única verdad en medio de tanta mentira.

 

Lucas ha cambiado completamente. Ya no es el hombre que planeaba todo con frialdad, ni el que hablaba de amor y familia con voz dulce. Ahora desaparece días enteros y regresa al amanecer, o cada semana sin falta, borracho, tambaleándose, con los ojos vidriosos y la mente perdida en algún lugar oscuro del que ya no sabe salir. Ya no hay planes, ni discursos, ni promesas falsas: solo hay ira ciega, confusión y una necesidad enfermiza de reclamarme una y otra vez, como si el alcohol le hiciera olvidar que ya me tiene aquí, y tuviera que demostrárselo a sí mismo con violencia cada vez que vuelve.

 

Cuando llega así, ni siquiera me reconoce al principio. Me mira como si fuera una extraña, luego como si fuera una posesión que alguien le ha querido quitar, y grita cosas sin sentido, mezclando mi nombre con el de Mateo, acusándome de traiciones que no existen, de amores que no he tenido más que en mi corazón. Y luego… luego me toma sin preguntar, sin importarle mis lágrimas, sin importarle el pequeño que llevo dentro, sin importarle nada más que su propia sed de destrucción y dominio. Ya no hay ternura, ni cuidado, ni rastro de lo que algún día quiso ser: solo hay fuerza bruta, dolor y un miedo helado que me recorre cada vez que escucho el motor de su coche acercarse por el camino de tierra.

 

Aprendí a no luchar. Aprendí a quedarme quieta, a mirar hacia la pared, a cerrar los ojos y dejar que pase la tormenta, refugiándome en lo más profundo de mi alma, en ese lugar donde él no puede entrar. Allí estoy a salvo. Allí estoy con Mateo, con mis padres, con la vida que debimos tener. Allí le hablo a mi bebé, le cuento cómo es su papá, le digo que es un hombre bueno, fuerte, que nos ama más que a nada en el mundo. Y siento que el pequeño responde a mis caricias, como si también él supiera que no estamos solas, que el amor verdadero no se pierde aunque nos encierren y nos mientan.

 

A veces, cuando se duerme profundamente por el efecto del alcohol, me siento a su lado y lo miro con una mezcla de lástima y horror. ¿En qué se ha convertido? ¿Cómo pudo el amor que decía tenerme transformarse en esta bestia que nos hace daño a las dos? Pero entonces recuerdo lo que ha hecho, todo lo que ha robado, todo lo que ha destruido, y la lástima se apaga para dejar paso a una determinación más fuerte que nunca. Tengo que sobrevivir. Tengo que sacar a este niño de aquí. Tengo que volver a mi vida.

 

Hoy ha vuelto a llegar igual. La misma semana, la misma hora, el mismo olor a alcohol y a rabia. Me ha buscado, me ha tomado, me ha hecho sentir su poder sin límites, y ahora duerme roncando pesadamente en el sofá, mientras yo me quedo acurrucada en un rincón, abrazando mi vientre con todas mis fuerzas, limpiándome las lágrimas en silencio. No voy a dejar que esto me rompa. No voy a dejar que él gane. Cada golpe, cada humillación, cada noche de miedo solo me hace más fuerte. Mi bebé y yo somos un equipo. Y mientras mi corazón siga latiendo, seguiremos esperando. Porque lo que el alma no olvida, jamás se rinde. Y sé que en algún lugar, Mateo no se ha rendido tampoco. Sé que sigue buscándonos. Y algún día, muy pronto, nuestras almas volverán a encontrarse.

 

El sonido del coche rompe el silencio de la tarde mucho antes de que se vea nada por el camino de tierra. El motor ruge con violencia, como si reflejara el estado de quien lo conduce, y se detiene de golpe frente a la puerta. Los pasos que se escuchan después son pesados, torpes, golpeando la madera con furia, y cuando la puerta se abre de golpe, la figura de Lucas se recorta en el marco: desaliñado, con la ropa sucia, el aliento cargado de alcohol y los ojos perdidos en una mirada que ya no reconoce ni compasión ni razón.

 

Al ver a Elena sentada en el sofá, acariciándose suavemente el vientre, algo en él se rompe por completo. El rastro de la falsa ternura que alguna vez fingió desaparece por siempre, dejando al descubierto solo la rabia, el rencor y la locura que lo han devorado durante meses. Entra tambaleándose, golpeando las paredes a su paso, y la mira con un asco y una furia que helarían la sangre a cualquiera.

 

—¡Mírate! —grita con voz ronca y rota, escupiendo cada palabra como si fuera veneno—. ¡Mírate bien! Te di todo. Te di mi vida, mi cuidado, mi amor… y tú no fuiste capaz de verlo. ¡Eres una cualquiera! ¡Una perra que no supo valorar lo que le daba un hombre de verdad!

 

Elena se levanta asustada, retrocediendo hasta chocar contra la pared, con las manos protegiendo instintivamente su vientre.

—Lucas, por favor… estás mal —alcanza a decir con voz temblorosa—. Siéntate, descansa…

 

—¡No me hables! —ruge él, acercándose con pasos inseguros pero amenazantes—. ¡No me hables con esa boca que le pertenecía a él! ¡Eres una traicionera! ¡Una puta que se entregó al primero que le dijo cuatro palabras bonitas! ¿Crees que no sé lo que hiciste? ¿Crees que no sé que te entregaste a él como si nada mientras yo me moría por ti?

 

Las palabras salen de su boca una tras otra, crueles, hirientes, llenas de una mentira que él mismo se ha creído para justificar su odio. La acusa de todo, de nada, de amarlo poco, de amarlo demasiado, de haberle robado la vida, de haberle quitado la razón. Y mientras grita, se acerca más y más, hasta que su aliento le golpea la cara y su mano se alza con violencia.

 

El golpe le llega de lleno en la mejilla, haciéndola girar la cabeza y caer de rodillas al suelo. El dolor es agudo, pero el miedo es mucho mayor. Ella se encoge sobre sí misma, protegiendo su vientre con todas sus fuerzas, mientras él sigue gritando, golpeando los muebles, lanzando todo lo que encuentra al suelo, convertido en un ser que ya no tiene nada que ver con el hombre que alguna vez conoció.

 

—¡Te mereces esto! —le grita mientras ella llora en silencio—. ¡Te mereces que te traten así porque no sabes ser de nadie! ¡Solo sirves para romper corazones y destruir vidas! ¡Maldita sea la hora en que te encontré!

 

Pasa unos minutos así, desahogando toda su miseria sobre ella, descargando en su cuerpo y en su alma todo el dolor que él mismo se ha buscado. Y cuando ya no le quedan fuerzas para gritar, ni para golpear, se deja caer en una silla, agarra la botella que traía en la mano y empieza a beber desesperadamente, tragando el alcohol como si fuera la única cosa capaz de calmar el fuego que lo quema por dentro. Bebe hasta que se le caen las lágrimas, hasta que se le nubla la vista más de lo que ya lo estaba, hasta que su cuerpo se rinde y se desliza hasta quedar tirado en el suelo, roncando pesadamente, olvidando por un rato todo lo que es y todo lo que ha hecho.

 

Elena se queda mucho tiempo en el suelo, sin atreverse a moverse, con la mejilla ardiendo y el corazón latiéndole a mil por hora. Poco a poco se arrastra hasta un rincón, abrazando su vientre y susurrando promesas de protección a esa pequeña vida que sigue creciendo a pesar de todo. Sabe que él no es el mismo hombre que la trajo aquí. Sabe que la locura y el alcohol se han llevado lo poco que quedaba de él. Y aunque el miedo sigue ahí, latente, ahora también hay algo más: la certeza absoluta de que no puede quedarse aquí ni un día más. Que tiene que escapar antes de que él vuelva a despertar y ya no se detenga ante nada.

 

La casa queda en silencio de nuevo, un silencio pesado, lleno de dolor y de miedo… pero también de una esperanza que empieza a abrirse paso entre las sombras, tan frágil como tenaz.

 

 

 

 

Comenta este capítulo, guarda la novela y sigue a Jennifer G en el lector de Culto de Papel. Es gratis.